Ni un beso más de ti (Sin ti 2) Chapter 17
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Chapter 17

Capítulo quince

— PASADO —

Quince días para la boda.

Hero

Tenía que decir que la malas sensaciones de mi cuerpo habían seguido empeorando una semana después del primer desmayo.

Luego, hubo un segundo desmayo varios días más tarde, que me permití ocultarles a todos para no preocuparlos, pero en serio, yo sí que estaba preocupada.

No entendía qué estaba pasando, porqué me sentía mal todo el día, débil, con ganas de llorar y sin fuerzas. Y con mucho sueño.

Jaden, te necesito.

Había sido el último mensaje que le había dejado en su buzón, llorando.

Le necesitaba, de verdad que necesitaba escuchar su voz, necesitaba saber que él estaba allí, esperando a que regresara a España, pidiéndome disculpas y diciéndome lo mucho que me quería, lo muy enamorado que estaba de mí.

Pero no pasó en todas esas semanas, dudaba mucho que lo hiciera ahora.

Había hablado con mamá, sobre cómo me estaba empezando a agobiar el no saber nada, y ella me había tranquilizado. Si él seguía creyendo algo así, podríamos arreglarlo cuando volviera. Simple. No debía torturarme. Pero seguía torturándome. Era masoquista.

Al final, Reid y Lily fueron quienes me acompañaron a buscar el vestido de dama de honor para la boda de mi padre. Y vaya odisea. Recorrimos mil tiendas y ya había perdido la fe. Todo era o larguísimo, o cortísimo, o con más escote del que quería, o con aberturas que dejaban poco a la imaginación.

Y justo cuando me rendí… simplemente apareció.

Bueno, lo encontró Reid. Era del azul zafiro que habíamos elegido todas, y me quedaba como un guante: elegante, falda larga que caía hasta el suelo pero sin riesgo de matarme de un tropezón, escote en forma de corazón, encaje en la cintura y tirantes finos cruzados por la espalda.

Femenino, cómodo y sin que mi cartera llorara. Vamos, perfecto.

Con el vestido bien doblado en la bolsa, salimos por la avenida principal, riéndonos de la tontería que había sido mi drama de no encontrar nada y de cómo, al final, el vestido ideal me estaba esperando en el sitio más inesperado.

Entonces lo vi.

Mis pies se clavaron al suelo y mi cerebro… se apagó. Solo podía mirar, con la boca entreabierta, la enorme foto en el escaparate justo delante de mí.

—Hero, ¿qué…? —Reid frunció el ceño y se giró al ver que me había quedado tiesa. Lily y él volvieron sobre sus pasos y miraron lo mismo que yo.

—Ah, es preciosa, ¿verdad? —dijo Lily.

Levanté la vista hacia el cartel blanco con letras negras: Galería Fotográfica Anderson.

Mi corazón tardó un segundo en volver a su ritmo antes de poder decir:

—¿Es la galería de Michael? —pregunté en un susurro.

Lily sonrió y asintió.

—Sí.

—No me dijo que tenía una aquí en Miami.

Dijo que conocía una galería muy buena en Miami, no que fuera suya. Hubiera recordado esa matización.

—¿Quieres entrar? —preguntó Reid.

—Sí.

Entramos. Y madre mía, aquello era increíble: paredes blancas, luces suaves, todo colocado con un gusto increíble.

El ambiente era tan tranquilo que parecía que, si respirabas fuerte, ibas a romper algo.

Desde donde estaba podía ver fotos en blanco y negro, algunas de flores, retratos, edificios…

otras no sabía ni lo que eran, pero quedaban de lujo.

Una mujer vestida de negro se acercó con una sonrisa de esas que parecen ensayadas. Tenía pinta de rozar los treinta, maquillaje perfecto, uñas recién hechas y un moño bajo sin un pelo fuera de sitio.

—¡Bienvenidos a la Galería Fotográfica Anderson! —dijo con voz cálida, pero de esas que suenan muy de trabajo—. ¿Puedo ayudarles a encontrar algo o guiarlos por la exposición?

Leí su chapita: Michelle.

—Buenas tardes, Michelle —contestó Lily—. Sí, por favor, nos encantaría que nos hicieras una visita guiada.

La mirada de Michelle pasó por los tres, aunque se quedó un pelín más de lo normal en mi hermano.

Y, a ver, normal que se quedara mirándole…

Reid siempre había tenido ese algo que hacía que la gente se girara.

Desde crío ya tenía un encanto que hacía que las chicas orbitasen a su alrededor, y con los años, entre los viajes y todo el deporte que hacía, había pasado de guapo a peligro público.

—Por supuesto. Por aquí, por favor.

Yo, la verdad, estaba un poco impresionada. Todo allí olía a profesionalidad y glamour. Se notaba que Michael quería que su galería fuera de esas que te dejan con la boca abierta nada más entrar.

Fuimos recorriendo las distintas salas y yo estaba flipando con la calidad de las fotos.

Cada imagen parecía tener su propia historia, y no de esas aburridas, sino de las que te enganchan sin que sepas porqué.

Michelle, con esa voz suave y el entusiasmo que tenía, iba contándonos detalles de los artistas, de dónde venía la inspiración, de cosas que yo jamás me habría fijado sola.

Cada sección tenía su propio estilo: una toda en blanco y negro, otra en tonos magenta, otra en amarillos… y hasta una que parecía un arcoíris entero metido en una sola foto.

Al llegar a la última parte, Michelle bajó un poco la voz y hasta las luces parecieron acompañar el momento. Era como si estuviéramos a punto de descubrir el Santo Grial de la fotografía.

—Aquí guardamos nuestras joyas más preciadas —nos dijo, como si estuviéramos en una película—. Son obras maestras de uno de los fotógrafos más talentosos que existen.

Yo ya estaba con la intriga por las nubes.

—¿Y quién es? —pregunté, intentando sonar casual, pero por dentro estaba como un niño delante de una piñata.

Michelle sonrió de forma misteriosa.

—Es un pequeño secreto con el que jugamos en la galería.

Me acerqué y… madre mía. Cada fotografía era como un portal a otro mundo. No tenía ni idea de quién estaba detrás de la cámara, pero esa persona sabía exactamente cómo colarse en tu cabeza y tocarte algo por dentro.

Y entonces, Lily soltó:

—Oh, Michelle, cielo, no hace falta tanto secretismo. Ya sabemos quién las ha hecho.

La sonrisa de Michelle se congeló un segundo.

—Son de Michael, Hero. Como te dijo en la cena, la fotografía es una de sus grandes pasiones.

Volví a mirar las imágenes y sus palabras me golpearon. “ Quiero que sepas que no te mentí. Esa noche sí estaba siendo yo. ”

Que no me hubiera mentido con eso me quitó un poquito del enfado… pero solo un poquito. Lo de insinuar que yo iba detrás del dinero seguía ahí, clavado.

Aun así, no podía negar que las fotos eran una pasada. Las mías, a su lado, parecían hechas con un móvil de hace diez años. Michael jugaba en otra liga.

—¿Y por qué querría mantener en secreto que son suyas? —pregunté, acercándome a una que me dejó clavada en el sitio.

Era en blanco y negro, y la mujer retratada tenía una mirada que te atravesaba.

No sé cómo explicarlo… era como si te estuviera contando un secreto sin abrir la boca.

La luz le acariciaba la cara, marcándole la mandíbula y los pómulos de una forma que daba hasta vértigo.

Me quedé hipnotizada, intentando descifrar qué historia escondían esos ojos.

—Bueno —contestó Michelle—, el señor Anderson es muy reservado. Le gusta que las fotos hablen por sí solas, sin que su nombre distraiga. Y, bueno, el misterio también vende.

—En eso llevas toda la razón —respondió Lily mientras se quedaba embobada con una foto de un paisaje de esos que solo ves en postales carísimas. Y en la galería de Michael.

Yo seguía delante del retrato, y ahí me di cuenta de lo bueno que era Michael. Él no solo hacía fotos, sino que las convertía en algo que te dejaba con la boca abierta. Sentí a Reid ponerse a mi lado, con las manos a la espalda, mirando lo mismo que yo.

—Es Ania —me dijo. Fruncí un poco el ceño.

—Es preciosa —admití sin poder evitarlo.

Y lo era. Guapísima. Tanto que no entendía cómo una mujer así podía haber engañado a un tío como Michael.

Vamos, que de esa pareja podrían haber salido unos bebés de anuncio.

No sé porqué, pero ese pensamiento me quemó por dentro—.

¿Cómo va a querer enamorarse otra vez después de ella? Dudo que exista una mujer más guapa.

Reid soltó una risita por la nariz.

—Lo era… hasta que salió a la luz lo que le hizo a Michael. Ahí es cuando la belleza deja de importar y te das cuenta de que la fealdad real está dentro… y también se acaba notando fuera.

Me pillé comparándome con ella. No era fea, lo sabía. Tenía la piel perfecta, el pelo brillante, unos ojos oscuros… Vamos, todo lo que una mujer querría ser. Todo lo que yo, en algún momento, habría querido ser.

—Y sí hay mujeres mucho más guapas que ella —continuó mi hermano. Puse los ojos en blanco porque ya me veía venir que soltaría algo tipo “ Scarlett Jonhanson” o “ Jennifer Aniston”. Pero no. Añadió—: Como tú, por ejemplo. Le das mil vueltas.

Giré la cabeza hacia él y levanté una ceja.

—Por favor, no intentes animarme así.

—Lo digo en serio, Hero. ¿Por qué crees que Michael está de tan mala leche?

—Sorpréndeme.

—Está clarísimo que le gustas. —Se cruzó de brazos, como si acabara de resolver un caso—. Lo noto raro desde la primera vez que te vio. Creo que has roto todos sus prejuicios y eso lo tiene desconcertado… y reventado mentalmente. Veo cómo te mira cada vez que te tiene cerca.

Solté un suspiro. No era la conversación que me apetecía tener justo en ese momento.

—¿Cómo le voy a gustar a un tío que se ha dedicado a hablar mal de mí? —pregunté sin pensar.

Reid frunció el ceño y me miró fijamente. De repente, su cara se puso tensa y demasiado seria.

—¿Qué has oído?

Me mordí el labio.

Bien, Hero, acabas de meter la pata .

Reid y Michael eran amigos desde hace años.

Me di la vuelta y fingí interés por otra foto, aunque ni la miré. Estaba demasiado ocupada intentando no cagarla más.

—Hero… No habrías soltado eso sin pruebas. Te conozco. ¿Qué has oído?

Inspiré hondo y lo miré de nuevo.

—Michael cree que yo quiero algo con él por su dinero. Se lo escuché decir a su hermana el otro día.