Chapter 16 #2
¿Por qué me miró cuando entré si tan seguro estaba de que tengo un plan en marcha de acercarme a él para robarle todo el dinero como hizo su ex? ¿Por qué me invitó a llevarme a la galería que había aquí si tanto me odiaba? ¿Por qué tuve que bajar y sentarme delante de él como si nada?
No paré de dar vueltas en el jardín, preguntándome cosas que me encendían más y más. Sólo quería entrar ahí dentro, soltarle una hostia, preparar mi maleta y volverme para España esa misma noche; mandando a tomar por culo las más de dos semanas que me quedaban allí.
Pero entonces las cosas en mi cabeza se torcieron todavía más cuando me di cuenta de algo instantes antes de que sucediera.
Tropecé con el borde de la piscina y caí de bruces al agua a cámara lenta y soltando un grito.
El golpe me dejó sin aire, y el miedo me invadió cuando mi cuerpo tocó el agua.
¿Cómo había llegado tan cerca de la piscina sin darme cuenta?
El miedo tomó el relevo de la rabia. Chapoteé hacia arriba.
—¡Socor…! ¡Ayud…!
Me hundía, salía a la superficie y volvía a caer bajo el agua. Intentaba coger aire como podía, pero sentía que no podía mantenerme a flote. Otra vez abajo, otra vez luchando.
Grité.
—¡Ayud…
No podía estar pasando. No otra vez.
Quise gritar pidiendo ayuda, pero el agua se metió en mi boca antes de que pudiera decir algo con sentido.
Me hundí y volví a salir, una y otra vez, peleando por no hundirme mientras el pánico me comía por dentro.
Cada vez que intentaba respirar, el agua me arrastraba hacia abajo, como si me atrapara un remolino.
Los recuerdos de mi infancia me golpearon de repente: la primera vez que esto se hizo realidad, el día que me ahogué. El miedo, la lucha desesperada por no hundirme, la sensación de ahogo cuando el agua llenaba mis pulmones… todo volvió y me hundió aún más en la angustia.
Grité una y otra vez, pero mis palabras se ahogaron con el agua. Sentí que estaba a punto de no poder más, que iba a ahogarme de verdad. No podía dejar que esto pasara otra vez. Pero el miedo me paralizó y me dejó sin fuerzas.
Otra vez no, por favor, otra vez no.
De repente, unos brazos fuertes me rodearon y me sujetaron con firmeza. Me agarré a ellos con todas mis fuerzas, sintiendo cómo un poco de alivio me recorría el cuerpo al reconocer esos brazos.
Me sacaron del agua y, al abrir los ojos, me encontré con unos ojos marrones claros, el pelo revuelto como siempre, esos labios que había besado mil veces, esas mejillas…
¿Jaden? ¿Qué…?
Pero el aturdimiento se fue en un segundo, y la realidad me golpeó: era Michael quien me sostenía, no Jaden, y me sacaba del fondo de la piscina.
Por un instante me quedé en shock, sin saber bien cómo reaccionar, dándome cuenta de lo cerca que había estado de ahogarme otra vez.
Y entonces me di cuenta: había sido Michael quien me había salvado.
El mismo Michael que, indirectamente, había provocado que yo acabara en el jardín, junto a la piscina.
Por su culpa, llena de rabia, me tropecé y caí al agua.
Nada de esto habría pasado si no hubiera soltado esas cosas tan asquerosas sobre mí.
Nada de esto habría pasado si realmente se hubiera parado a conocerme, como había hecho yo con él.
Con un movimiento rápido, me aparté de sus brazos. El simple contacto con su cuerpo me estaba poniendo enferma. Me quemaba. No quería tenerlo cerca. No quería tener que verle la cara en toda mi vida, a ser posible.
—¡Suéltame! —espeté, apartándome con brusquedad y dándome cuenta de que ya hacía pie. Me giré y salí lo más rápido que pude del agua subiendo los escalones de la piscina.
La sorpresa y preocupación que se le marcaron en la cara a Michael duraron un suspiro, y en seguida se le notó a kilómetros la confusión.
—¿Estás bien? —preguntó con la voz cortada, todo perdido.
Me abracé los brazos porque tenía un frío que no pegaba nada con el calor que hacía.
—No necesito tu ayuda —solté, más dura de lo que quería, pero el miedo y la rabia me temblaban por dentro. Estaba hecha un manojo de nervios.
Michael frunció el ceño.
—Te estaba salvando la vida, Reina. ¿Acaso no lo has visto?—dijo confuso por la distancia que ponía entre nosotros, aún en la piscina y con el agua hasta la cintura.
—No te he pedido que lo hicieras —le solté cruzándome de brazos, desafiante, mientras salía del agua—. No necesito que nadie me salve.
En realidad, no necesitaba que fuera él quien me salvara, pero eso ni me molesté en decírselo.
—Por si no te has dado cuenta, te estabas ahogando.
El silencio pesado que quedó entre nosotros estaba cargado de todo lo que no me atrevía a decirle. Sabía que estaba siendo injusta, que él solo me había salvado, pero no podía quitarme de la cabeza lo que había dicho con Ximena. Todo falso, todo una mierda.
Lo odiaba.
—¿Qué te pasa? Pensaba que la otra noche habíamos arreglado nuestras diferencias. —Su voz sonaba firme, pero había decepción, y eso me dio un vuelco raro.
¿Decepción? Por favor, ¡si él me había mentido!
—¿Arreglado nuestras diferencias? —le solté con toda la rabia que llevaba.
Pensaba aclarar nuestras diferencias en ese mismo momento—.
¿Hablas de los dos días que llevas pasando de mí?
¿O de la charla que has tenido hoy con tu hermana?
Esa en la que me llamabas inmadura, mentirosa y encima me acusabas de querer ligar contigo por dinero.
Michael se quedó congelado en el último escalón, con la mirada perdida, pálido como si le hubiera dado un tortazo. No dijo nada, pero su silencio lo dijo todo.
—¿Has estado escuchando a escondidas? —Se acercó un poco, empapado, el traje pegado al cuerpo como una segunda piel.
Se había tirado al agua sin pensarlo para salvarme… ni de coña me iba a quedar con esa imagen.
Alejé ese pensamiento rápido.
—Ahora ya puedes dejar de fingir ser alguien que no eres —solté.
—Entonces tú también puedes dejar de hacerlo —sus ojos se quedaron fijos en los míos.
Me mordí la lengua.
—Sinceramente, me das pena. Porque realmente me creí esa versión de ti que fingiste durante la cena.
Pensé que eras así, e incluso me he estado sintiendo mal estos días al pensar que eras peor persona.
—Michael me miró con los ojos fríos y apretando los dientes, furioso.
No más que yo—. Pero yo no he estado actuando en ningún momento.
Lo que has visto, lo que ves, es simplemente quien soy.
—¿Y crees que me voy a tragar algo así?
—Me da igual si quieres creerlo o no, yo no tengo ningún motivo para intentar ser alguien diferente a quien soy. Pero lo que me ha quedado claro es que tú. —Lo señalé de la cabeza a los pies con un dedo—, todo tú… eres mentira.
Me giré, pero no alcancé a dar ni un paso cuando sentí su brazo girarme de nuevo hacia él.
—Te acabo de salvar la maldita vida, ¿y así es como me lo agradeces?
Me solté de un tirón.
—¿Cómo puedes ser tan hipócrita? ¿Salvarme la vida te da derecho a decir de mí lo que te dé la gana?
No te pedí que me salvaras, Michael. Si tan seguro estabas de que te quería engañar para quedarme con tu dinero, podrías simplemente haber dejado que me ahogara, sin más.
No he pedido tu ayuda, ni que me juzgues, ni tus comentarios despectivos.
Lo que necesito es que me dejes en paz. No quiero nada contigo.
—Así no vas a llamar mi atencion, Reina. Con eso solo vas a alejarme.
—¡Es que no quiero tu atención! ¿No lo entiendes? ¡No quiero tener nada que ver contigo!
Gruñó y separó la distancia que quedaba entre ambos. Sus manos fueron a mis mejillas y sus labios se acercaron a los míos con tanta rapidez que casi, casi no pude pararlo. Pero, gracias a Dios, lo hice. Me separé con rapidez y lo empujé lejos de mí.
—¿Qué haces? ¿No acabas de escuchar lo que te acabo de decir? ¡No quiero nada de ti!
Michael me miró como si yo fuera un puto extraterrestre que acabara de bajar del espacio. Sus ojos estaban abiertos de par en par, sus labios separados, su pecho subía y bajaba rápido con cada respiración.
—Pues que así sea —gruñó, apartándose con brusquedad hacia atrás.
Nos quedamos parados, separados por la tensión en el aire. Sus ojos fijos en los míos, los míos fijos en los suyos.
Y creo… creo que toda la situación pudo conmigo, porque un instante después sentí que perdía las fuerzas en las piernas y se me cerraron los ojos incluso antes de caer al suelo.
No sé cuánto tiempo pasé inconsciente, pero cuando volví en mí, Michael ya me había puesto en el sofá de la mansión.
En menos de cinco minutos apareció una enfermera, que empezó a hacerme preguntas mientras mi padre, Ximena, Reid y Michael me miraban como si yo fuera un objeto raro.
Yo ni siquiera levanté la mirada para mirarles a ellos.
La verdad, me sentía fatal: mareada, con ganas de vomitar todo lo que había comido.
Conté por encima que llevaba días emocionalmente hecha polvo, sin entrar en detalles, y también lo que pasó antes del desmayo: la caída al agua y la bronca con Michael.
—Pues sí, has sufrido un desmayo, Hero. —La enfermera cerró un maletín de primeros auxilios y se levantó mirando a los demás—. Pero parece ser que ya está bien, así que no tienen que ponerse nerviosos.
—¿Un desmayo? —preguntó mi padre—. ¿Por qué?
—Bueno, puede haber diversos factores que hayan afectado, como el estrés extremo, la ansiedad, la fatiga y la tensión acumulada.
La experiencia traumática de casi ahogarse, seguida de la discusión con su novio.
—Mis ojos se movieron inconscientemente a Michael, que también me miró ante las palabras de la enfermera.
Estaba de pie, con los brazos cruzados, junto a mi padre y mi hermano, con su rostro tenso por lo que había pasado—, pudo provocar una reacción física fuerte y que perdiera el conocimiento para protegerse del agobio emocional.
Además, el cansancio acumulado a lo largo del día podría haber contribuido al desmayo.
—¿Qué le recomienda, Crisilda? —Esta vez habló Michael.
—Lo más importante, que se tome un tiempo para recuperarse adecuadamente y evitar situaciones que puedan desencadenar más estrés. No más piscina, ni más discusiones. —Miró a Michael intensamente—. Aunque para evitar el miedo a ahogarse, le recomendaría que comience a dar clases de natación.
—Ni en un millón de años —murmuré.
Mi hermano fue el único que parecía haberme escuchado, y se rió en silencio.
—¿Cómo dice? —La enfermera me miró.
Pensé con rapidez.
—Que lo estaré pensando.
Crisilda sonrió y asintió.
—Será lo mejor, ya verás. Bueno, ya está todo, así que me marcho. Si necesitan algo, no duden en volver a llamarme.
—Le acompañamos a la puerta.
Mi padre y Ximena siendo los mejores anfitriones la acompañaron.
—Entonces, ¿para cuándo estarán los resultados de los análisis? —le preguntó mi padre sobre el bote de sangre que me había sacado la enfermera.
—Para dentro de un par de semanas, quizás menos. Le llamaré en cuanto los tenga.
El sonido de sus pasos y voces se alejaron, y yo seguí sintiéndome mal.
—¿Quieres beber agua? —me preguntó mi hermano. Asentí sin pensar en que él también se marcharía a la cocina y me dejaría sola con Michael.
Dejé la mirada perdida en el suelo, sintiendo la suya en mí.
—Lo siento —soltó desde lo lejos cuando Reid desapareció por el pasillo. Levanté la mirada—. Todo ha sido por mi culpa. No debería… no debería haberte hablado así.
Fruncí el ceño. Lo dejé proseguir.
—Quiero que sepas que no te mentí. Esa noche sí estaba siendo yo. Creo que me descolocó pensar que podrías ser realmente así y no estoy acostumbrado a conocer mujeres como tú.
No dije nada sobre el mismo tema, porque no quería discutir más con él. Me sentía débil, muy débil. Necesitaba comer o tomar algo y sin embargo.
—¿Y qué te ha echo cambiar de opinión? Antes no parabas de soltar mierda sobre mí.
—Aún no he visto a ninguna mujer meterse tanto en el papel hasta llegar al punto de desmayarse.
Sacudí la cabeza y bufé.
—No ha sido por ti, la situación me ha superado.
Reid llegó en ese momento con un vaso de agua. Me lo entregó sentándose a mi lado y me lo bebí de un trago.
—¿Te encuentras mejor?
Asentí, apoyando mi cabeza en su hombro. Él me abrazó, sin importarle quién hubiera delante.
—Solo quiero irme a casa, Reid —dije bajito.
—Lo sé, cariño, lo sé. Todo se arreglará.
—No, siento que nada se va a arreglar. Siento que todo va a peor.
—Tranquila, ya verás que no.
Me besó la coronilla y yo cerré los ojos, porque en sus brazos me sentía como en casa.
Y me permití pensar en Jaden en ese momento, y en todas las cosas bonitas que disfruté con él.