Ni un beso más de ti (Sin ti 2) Chapter 15 #2
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Chapter 15 #2

Más tarde esa noche, estaba en una fiesta privada en uno de los clubes más top de la ciudad.

¿Cómo había acabado ahí? Ni idea… o bueno, sí.

Algo dentro de mí me empujó a llamar a un viejo colega.

Según decían, llevaba meses sin verlo; para mí habían sido un par de semanas, las del coma y las de recuperación.

Se llamaba Samuel. Lo conocí en esas peleas clandestinas que frecuenté hace tiempo… esas que decidí dejar atrás de golpe.

La música me reventaba los oídos mientras yo disfrutaba de la atención de las tías que se acercaban. Risas, halagos… todo alimentaba el ego, pero en el fondo sabía que no valía de nada. Samuel se sentó a mi lado en el reservado después de dejar dos copas sobre la mesa.

—Joder, si te digo la verdad, echaba esto de menos.

Le sonreí justo cuando una chica con más piel que tela encima se dejó caer en mis piernas. Miré sus muslos, las ligas subiendo hasta engancharse en una minifalda ridículamente corta, y luego su abdomen plano hasta llegar a un sujetador negro que se ataba al cuello.

—Hola, guapo —murmuró con voz ronca—. Me ha parecido que necesitabas compañía.

Le pasé la mano por la espalda hasta su culo. La piel suave, sí, pero en mi cabeza ya sonaba el pensamiento: ¿cuántos más la habrán tocado antes que yo?

—Pues te has fijado bien.

Sonrió y bajó los labios a mi cuello, una mano subiendo por mi pecho. Le agarré la muñeca y frené el recorrido. Me miró extrañada.

—Pero ahora —susurré— ya tengo compañía. Así que lárgate.

Puso mala cara, se soltó de golpe y se fue. Samuel se rió.

—Joder, sí que te ha dejado marcado.

Fruncí el ceño.

—¿De qué hablas?

—De la chica esa con la que salías.

¿Hero? ¿En serio todo el mundo sabía que supuestamente había tenido algo con ella?

—No sé de qué hablas. —Mentira, sí sabía.

—Anda, no disimules. Sé que escondes tus mierdas igual que todos. Yo también la mantendría lejos de este mundo si quisiera protegerla.

¿Ocultarla? No tenía sentido. Si fuera así, ni Samuel ni el Choka habrían oído su nombre.

—No tengo nada con esa tía. ¿Tú me ves a mí en plan novio formal?

Samuel se rió a carcajadas.

—Por eso me sorprendió el rumor. —Sacó un cigarro, me ofreció uno que guardé para luego, y se encendió el suyo—. Jaden Murphy con novia… impensable.

—Ya… impensable. —Me quedé mirando a la pista de baile.

Desde el sofá miraba a la gente moverse en la pista, pero estaba perdido en mis propios pensamientos.

De repente, una chica rubia llamó mi atención, moviéndose con una gracia que no pasaba desapercibida.

Sin pensarlo, me levanté despacio, apoyándome en la barandilla del reservado con la copa en la mano para verla mejor.

Su pelo brillaba bajo las luces, y seguía el ritmo de la música como si fuera su mundo.

Me quedé ahí, casi hipnotizado, sin darme cuenta de cuánto tiempo había pasado.

Cuando por fin se giró, su cara no era la de la chica que llevaba dando vueltas en mi cabeza todo el día. Pero, ¿a quién le importaba?

Salí del reservado y caminé entre la multitud, abriéndome paso con el hombro hasta que pude localizarla.

Me quedé quieto tras ella, viendo como sus caderas se movían al ritmo de la música.

Sin poder evitarlo, me planté a unos centímetros posando mis manos en su cintura y acerqué mi cara a su cuello, oliendo su pelo.

No capté el olor a lilas. ¿A lilas? Fruncí el ceño.

—¿Cómo se supone que soy yo?

—¿De verdad quieres que lo diga delante de tus amigos? —entrecerró los ojos.

—Venga, ilumíname.

Me agaché, dejando el vaso en la mesa, y me incliné mirándola.

—Eres un tío arrogante, creído. —Metí las manos en los bolsillos de mi pantalón mientras me acercaba un paso a ella, acortando la distancia—, que se piensa que porque todas caen a tus pies puedes ir por ahí actuando como si fueras el centro del universo.

Di un paso atrás por el fogonazo del recuerdo y mis ojos se posaron en los ojos oscuros de la rubia a la que acababa de acercarme. No eran azules.

—¿Qué haces, flipado? —otra tía morena me apartó de un empujón de la rubia, quitándome las manos de ella—. Cómo te acerques de nuevo a mi novia, te reviento la boca.

Levanté las manos en son de paz, aún aturdido por el recuerdo, y salí de la pista hasta la salida de emergencia que daba a un balcón lo bastante grande como para que pudiera tranquilizarme un poco.

Una vez allí, me agarré a la barandilla con ambas manos y cogí una bocanada de aire.

—Es increíble —susurró—. Nunca había visto las estrellas tan de cerca.

—Me alegra haber sido yo quien te las enseñara.

—Y a mí —respondió, girando el rostro hasta que nuestras narices se rozaron.

Cerré los ojos con fuerza y cogí otra bocanada de aire. ¿Qué cojones me estaba pasando? El dolor de mi cabeza solo se extendió.

—Me gustas —solté, sin pensarlo más—. Joder, me gustas desde que te vi en casa de León. Habla conmigo. No te lo guardes. No huyas más. Quiero saber lo que sientes, lo que piensas. Todo.

—No quiero que vuelvas a hacerme daño —susurró, casi sin voz.

—No lo haré, Hero. No volveré a hacerte daño. Ya no tengo once años. Ahora sé lo que quiero, y sé hacerlo bien.

Apreté con fuerza la barandilla, gruñendo por el maldito dolor de cabeza que no me dejaba en paz. Sentí que alguien abría la puerta detrás de mí, y una voz preguntó si estaba bien. Pero no, no estaba bien. Estaba confundido, mareado y hecho polvo.

—Oye, tío…

Me apreté las sienes, tratando de aguantar la presión que me taladraba el cráneo. ¿Cómo había acabado así? ¿Cómo había dejado que alguien como ella me afectara tanto? Me sentía como si me hubiera caído por un precipicio y no tuviera ni idea de dónde iba a aterrizar.

No quería ser débil. No quería que una mujer me viera así. No quería amar ni sentirme atado a nadie. Quería seguir siendo el frío y cabrón que no se preocupa por nada ni nadie, el de siempre.

Pero, ¿qué cojones me había pasado? ¿Cómo había dejado que ella entrara en mi vida de esta forma?

Estaba cabreado conmigo mismo por permitírselo.

Tenía que tirar esos recuerdos al fondo del cajón, olvidarlos, enterrarlos y no volver a sacarlos jamás.

No podía ser vulnerable. Tenía que ser fuerte, invencible.

Apagar todo lo que sentía, ignorar lo que ella me hacía recordar.

Y eso fue justo lo que hice.

Solté un suspiro pesado, me alejé de la barandilla y crucé la puerta. Cerré los ojos con fuerza, intentando bloquear cualquier pensamiento que me hiciera parecer débil. Tenía que ser el Jaden de antes, el arrogante y distante, el que no dejaba que nadie se le acercara demasiado.

No iba a dejar que nada ni nadie me hiciera sentir así otra vez, tan roto y vulnerable como en esos recuerdos.

Con paso firme, volví al reservado, dejando atrás las mierdas del pasado.

Había apagado mis sentimientos y cerrado la puerta a cualquier debilidad.

De ahora en adelante, eso era lo único que iba a mostrar: un muro que nadie iba a derribar.