Chapter 13
Capítulo once
— PASADO —
Veinticinco días para la boda.
Hero
¿Has sentido alguna vez que conocías a alguien completamente y, de pronto, esa persona hace algo tan inesperado que te hace replantearte todo? Pues así me sentí yo con Michael. ¿Con quién si no?
Vale, también hay que decir que lo de “ conocer” es un poco relativo porque, en realidad, no lo conocía. Solo lo que me había montado en mi cabeza, pero el caso es que, ese día, todo lo que creía sobre él me explotó en la cara.
Estábamos comiendo, justo el mismo día del paseo en yate, cuando Michael se levantó con una copa de champán en la mano, una sonrisita de esas que dan ganas de darle una colleja y, con ese cuerpo de gimnasio bien trabajado soltó:
—Espero que estéis disfrutando de este día en este maravilloso yate, porque en realidad es mi regalo para vosotros por vuestra boda.
Y yo, que estaba tan tranquila bebiendo, me atraganté con el champán, literal.
No me lo esperaba ni de lejos. Mi hermano empezó a aplaudir y a gritar como si le acabaran de dar el premio al mejor cuñado del mundo.
Ximena, emocionadísima, se lanzó encima de su hermano (y él, con tal de que no le tirase el champán, casi le hace un placaje).
Y papá… bueno, papá se levantó con ese brillo raro en los ojos que solo saca cuando algo de verdad le emociona, y le dio la mano con cara de “ gracias, crack”.
Pero lo peor no fue que me hubiese equivocado con Michael pensando que era un creído que venía a presumir de barquito, no. Lo peor fue lo que vino después, cuando mi hermano me miró con esa sonrisita de sabelotodo y soltó:
—¿Ves, hermanita? A veces hay que esperar para conocer a una persona antes de sacar cualquier conclusión sobre ella.
Toma zasca. Y sí, admito que dolió. Porque, aunque no quería reconocerlo, puede que… solo puede… que me hubiera equivocado con Michael.
Pero ojo, que regalara un yate no significaba que dejara de parecerme un imbécil con piernas. A ver, ¿quién empieza una conversación con una desconocida hablando de zapatos? Si hubiera sido un tío normal, nuestra primera charla habría sido algo como:
—¿Estás bien?
—Sí, gracias.
—Lo siento. Soy Michael.
Así, fácil, educado. Pero no, él tenía que venir a destacar. Porque claro, entre todos los hombres del planeta, me tenía que tocar lidiar con el más raro de todos.
Desde ese día, ya habían pasado cinco días.
Cinco. Y ni rastro de él. Tampoco de Jaden, ni de Lucía, ni de Alice.
Como si se los hubiera tragado la tierra.
Ni llamadas, ni mensajes, ni un mísero visto en WhatsApp.
Y sí, al principio me sentí mal. Pero ahora que había pasado una semana… ahora estaba cabreada. Muy cabreada.
No había vuelto a hablar con Claudia del tema porque, la última vez que lo hice, básicamente me mandó callar.
Me escuchó llorar por videollamada porque Jaden no me cogía el teléfono y, justo antes de colgar, me soltó que odiaba verme así por un tío que no lo merecía, que al final nos había mareado a las dos con la misma historia y que, si se lo cruzaba por la calle, le daría una buena hostia.
Después me dijo que no quería volver a sacar el tema de Jaden.
Y aunque quería pensar que Claudia se equivocaba, otra parte de mí empezaba a dudar. ¿Y si tenía razón? ¿Y si Jaden solo había jugado conmigo como con todas las demás? ¿Y si todo lo que vivimos no fue real? Porque, si lo fue… ¿dónde estaba ahora?
Algunos días me levantaba hecha polvo. Otros, con el alma en un puño. Y hoy, sinceramente, era de esos días en los que me quería comer el mundo a gritos.
Estaba con Ximena, su madre y tres de sus amigas latinas: Valentina y Carolina, unas mellizas con el pelo tan largo y liso que daba envidia, y Gabriela, rubia platino, curvas imposibles y vestida carísima de pies a cabeza. Desde los bolsos hasta los retoques, todo gritaba “ tengo pasta y lo sabes”.
A ver, que no tengo nada en contra de las cirugías. Cada una hace lo que quiere con su cuerpo. Pero eso de ir presumiendo del dinero que te has gastado para verte así, me supera.
Habíamos entrado a una tienda del centro comercial Bal Harbour a mirar vestidos para la boda.
La idea era elegir un color común y que cada una llevara el diseño que quisiera.
Fácil. Pero mientras ellas se peleaban por los vestidos en las perchas, yo me quedé en shock con los precios.
¿Mil pavos por un vestido? Que me lo iba a poner una vez, por Dios.
Ni loca. Mis ahorros no daban para tanto lujo, así que me limité a mirar desde la distancia mientras ellas entraban y salían de los probadores con más brillo en los ojos que el escaparate de Tiffany ’ s.
Y yo, mientras tanto, pensaba que me tocaría ir a un centro comercial más terrenal. Porque sí, yo no era rica. Y porque no iba a vender un riñón por un maldito vestido de dama de honor.
—¿No te gusta ninguno? —preguntó Ximena, sin saber que el verdadero motivo por el que ni siquiera me atrevía a tocar uno de esos vestidos carísimos era por miedo a romperlo o dejarlo dado de sí y que me tocara pagarlo.
Y mucho menos iba a confesarle que no tenía dinero.
Me moría solo de pensarlo. Sería horrible que se ofreciera a comprármelo.
Odiaba que me pagaran cosas. Me hacía sentir pequeñita.
—No, no es eso —murmuré, incómoda—. Es que… no sé, creo que es demasiado para mí.
Ximena me dedicó una sonrisa comprensiva.
—Te entiendo. No pasa nada. Si quieres, el finde que viene miramos en otra tienda. Conozco una más sencilla cerca de aquí. Seguro que encontramos algo que te guste.
Le sonreí y asentí, aunque dudaba mucho que su definición de “ sencilla” coincidiera con la mía.
Ximena era de esas chicas que había nacido con la plata en la boca y lo sabía.
Había crecido entre lujos, y seguramente pensaba que no merecía menos que eso.
Como todos los ricachones, supongo. Pero no podía culparla.
No era su culpa no haber pasado nunca hambre.
Entonces, ¿por qué odias a Michael? susurró una vocecilla en mi cabeza que me pilló completamente desprevenida.
Pues… no lo sé. Supongo que porque además de pensar como un rico, iba por la vida como si fuera la última Coca-Cola del desierto.
—¿Crees que les quedan muchos vestidos más? —cambié de tema, queriendo salir mentalmente de ahí.
Ximena torció la boca, entre aburrida y resignada.
—Me temo que sí. Han entrado con más de quince cada una… y solo se han probado tres.
Suspiré, ya saturada.
—Creo que voy a salir a tomar un poco el aire. ¿Me mandas un mensaje cuando terminen?
—Claro. —Me sonrió, dejándome marchar sin insistir en acompañarme. Y lo agradecí. Bastante tenía ya ella con sus amigas y sus dramas de escote.
Salí de la tienda como si acabara de escapar de una pecera. Juraría que tenía sudor en la frente. Me paré frente a una fuente enorme de piedra oscura, rodeada de plantas y palmeras —porque en ese centro comercial todo tenía que parecer sacado de una película de Miami rica— y respiré hondo.
Necesitaba una bebida ya.
Miré el móvil. Eran las 11:11. Solo llevábamos un par de horas fuera de casa y yo ya estaba hasta el moño.
Encima, ni un solo mensaje, ni una notificación, ni un triste “ hola” de nadie.
Cero. Como si me hubiera evaporado del planeta.
Como si ya no tuviera amigos, ni familia, ni absolutamente a nadie.
Qué triste.
Pero justo antes de bloquear la pantalla, me quedé mirando los números. 11:11. Sabía lo que significaban. Cambios, pensamientos positivos… cosas buenas en el amor. ¿Era una señal? ¿Una indirecta del universo?
—¿Hero?
Me giré tan despacio que parecía que me estuviera moviendo a cámara lenta. Reconocí esa voz al instante. Grave, profunda, masculina. Joder, no podía ser.
Pero sí. Ahí estaba. Michael. Con un traje negro que le quedaba ridículamente bien. De esos que no quieres que le queden bien porque sería injusto… pero le quedaban. Y sí, lo odiaba un poco por eso también. Por estar tan bueno y saberlo.
No me detuve mucho a mirarlo. No quería que volviera a soltarme que estaba babeando como una pringada.
—Michael… ¿qué haces aquí?
Frunció un poco el ceño, ladeando la cabeza. Llevaba un maletín negro en la mano que no había visto al principio.
—¿No debería preguntarte eso yo? ¿No estabas de compras con mi hermana y sus venenosas amigas?
Me salió una media risa. Casi.
—Estaba. Ya no.
—¿No has encontrado nada para ti? —preguntó mientras daba un paso más hacia mí.
Desvié la mirada, incómoda, haciendo una mueca. Dudé un segundo… pero algo me empujó a decir la verdad.
—Todo era demasiado caro —admití con un suspiro—. No es mi rollo.
Y ahí estaba yo, contándole a Michael que su mundo de lujo me agobiaba. Tan surrealista como sincero.
Él alzó las cejas, sorprendido por lo que acababa de decir. Luego frunció un poco el ceño, como si algo no le cuadrara. O simplemente le costaba procesar que alguien pudiera rechazar lo caro por decisión propia.
—Estamos en Miami, si lo que quieres es un vestido más… asequible, este centro comercial no es la mejor idea —soltó, con su tono de siempre, medio borde, medio educado.
Entrecerré los ojos. ¿Vestido asequible? ¿Ya estaba fardando de cuenta bancaria? ¿O me estaba llamando pobre en toda la cara? Esto es justo lo que me reventaba de él.
—No he venido aquí por gusto, me han traído —solté, casi gruñendo—. Y sí, claro que puedo comprarme un vestido aquí si me da la gana, pero no pienso fundirme un dineral en uno cuando puedo encontrar otro más barato y que me sobre para cenar.
Michael me miró raro, como si no esperara que saltara así.
—Perdona, no sabía que eras tan… sensible con los comentarios sin malicia.
—¡Perdona tú! —le solté, con ese tono de “ me estás tocando las narices”—. No soy sensible, simplemente me cabrea que hables como si me conocieras de algo.
Arqueó una ceja, analizándome.
—Vale. Lo siento si te he molestado, no era mi intención —dijo, con ese tonito de “ estoy intentando no meter más la pata”—. Solo decía que este centro comercial es caro… para la mayoría de la gente que no vive aquí.
—Pues justo por eso deberías pensar mejor lo que dices antes de ir haciendo suposiciones sobre los demás —le espeté, cruzándome de brazos.
Hubo un silencio raro e incómodo. De esos en los que sabes que estás a punto de decir algo que no deberías.
—Vale, vale. —Resopló, pasándose una mano por el pelo mientras me miraba—. No quiero discutir contigo, Reina. Desde que nos conocimos no hacemos otra cosa y me agota.
—No me llames “ Reina” —dije sin pestañear, gélida—. Y si tanto te cansa discutir, piensa dos veces antes de abrir la boca.
Frunció el ceño, visiblemente picado.
—¿Por qué tienes que ser tan cabezota?
—¿Y por qué tú tienes que ir por la vida asumiendo cosas sin saber nada de mí?
Podía sentir cómo nos miraban desde lejos, pero en ese momento me daba igual. Estaba hasta arriba.
—¿Y tú no haces lo mismo conmigo? —replicó, con un tono grave y serio que me dejó clavada—. Das por hecho que porque nací con dinero ya soy un gilipollas. Yo no te juzgo por vivir en un piso cutre en España con una madre que se parte el lomo en el hospital para pagar deudas.
Me quedé congelada.
¿Qué…?
¿Cómo sabía eso?
Mis ojos empezaron a picar, pero tragué saliva y me obligué a mantenerme entera.
Michael se pasó la mano por el pelo de nuevo, agitado.
—No debería haber dicho eso —murmuró, maldiciendo por lo bajo mientras se giraba.
Aproveché para escabullirme por detrás de él. Tenía que irme. No podía llorar delante de él. No podía.
Pero sus dedos se cerraron alrededor de mi antebrazo, suaves, deteniéndome. Se colocó frente a mí.
—Joder… ¿por qué contigo todo tiene que ser tan complicado? —murmuró, y aunque lo dijo en voz baja, sonó a todo volumen en mi pecho. Sentía su mirada encima, y la mía se quedó fija en su camisa. No podía mirarlo.
No respondí. Tenía un nudo en la garganta que me dolía más que sus palabras.
Michael soltó un suspiro, bajando la vista hacia su mano, aún sobre mi brazo.
—Lo siento, de verdad, Reina. No tenía que haber dicho eso. Fue una gilipollez… pero es que…
—¿Qué? —pregunté, levantando la cabeza. Y ahí estaba su mirada, tan seria, tan intensa. Pero también… vulnerable.
—Es que… —Se quedó un segundo callado, como si buscara las palabras—. Eres la persona más jodidamente complicada que he conocido.
¿¿Yo, complicada??
Resoplé, soltando una risa sin gracia.
—Igual el problema no soy yo. Igual es que estás acostumbrado a rodearte de gente que te ríe todas las gracias.
Gente que te da todo lo que quieres sin chistar, y claro…
ahora te topas con una tía que no te pasa ni una y te parece un muro.
Pues no, Rey —quise darle con su misma moneda—.
No soy complicada, solo no me dejo manipular.
Y eso, para ti, es nuevo. Por eso vas por ahí como si llevaras zapatos de oro y…
—Tú también te estás equivocando bastante conmigo —me cortó, sin alzar la voz, pero con esa firmeza que me obligó a callar—. No voy de nada por tener dinero. No soy así.
—¿Ah, no? —Levanté las cejas, sin molestarme en disimular la ironía. Pero lo cierto es que el picor en los ojos empezaba a aflojar.
—No —repitió, más tranquilo—. Pero sí reconozco que contigo me equivoqué. Pensé que eras como todas las demás… y no. Eres justo lo contrario.
Esa frase me pilló con la guardia baja. No esperaba que lo soltara así, sin rodeos. No quería dejar que me afectara, pero lo hizo. Y como no sabía cómo reaccionar, tiré del recurso de siempre: tragarme el nudo y levantar el escudo.
—Pues lo siento, pero yo no puedo decir lo mismo de ti —dije firme, sin apartar los ojos de los suyos.
Vi cómo se tensaba un poco. No se lo esperaba.
—¿Por qué? —preguntó, como si necesitara entenderlo de verdad.
—Porque una cosa es lo que dices, y otra muy distinta lo que haces —contesté, y solté un suspiro que llevaba rato atascado en el pecho—. Y hasta ahora, lo que he visto de ti no demuestra que no te creas por encima de los demás.
Por encima de mí.
Frunció el ceño. Como si estuviera a punto de discutirlo, de soltar alguna réplica. Pero no lo hizo. Solo asintió despacio, como aceptando el golpe.
—Vale. Lo entiendo —murmuró, soltándome finalmente el brazo.
Me giré sin decir nada más y empecé a alejarme, con el corazón desordenado y la cabeza hecha un lío. Sentía una mezcla rara… alivio por haberlo dicho, y frustración por no saber exactamente porqué me dolía tanto.
Lo que sí tenía claro era que las cosas con Michael no iban a ser nada fáciles.
Por mucho que quisiera creer que era un niño rico con aires de superioridad…
la verdad es que, si lo pensaba en frío, no había hecho nada tan grave.
El problema, al final, no era él, sino yo y ese estúpido empeño por querer apartarlo de mi cabeza mientras lo idealizaba como si fuera algo que no era.