Ni un beso más de ti (Sin ti 2) Chapter 12 #3
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Chapter 12 #3

Me ofreció la taza. Levanté una ceja y ni siquiera miré qué llevaba dentro. Solo pensé en lo cara que debía ser esa porcelana.

—¿Qué es? —pregunté, con desconfianza, sin disimular que lo estaba escaneando con la mirada.

—Chocolate caliente.

Levanté las cejas. ¿Chocolate? ¿En serio? ¿Me estaba vacilando?

—Estamos a treinta y siete grados, Michael.

—Ya, pero tú tienes frío. —Señaló los vellos erizados de mis brazos—. Pensé que te apetecería.

La verdad es que sí. Me apetecía. Mucho. Pero me mordí la lengua. Porque esto era raro. ¿Por qué iba a traerme chocolate caliente? ¿Le había dicho alguien que me encantaba? ¿Reid, tal vez?

Cogí aire y entrecerré los ojos.

—¿Qué estás tramando?

Frunció el ceño.

—¿Por qué crees que tengo que estar tramando algo solo por traerte una taza de chocolate?

—Porque no me fío de ti.

Dicho y hecho. Sin rodeos. Que lo supiera.

Michael desvió la mirada un segundo y luego se agachó en cuclillas delante de mí. Incluso así, nuestras miradas quedaron a la misma altura. Su cercanía me puso en alerta.

—No confiar en alguien no me parece un problema. El problema es confiar… y que te la claven por la espalda.

Michael bajó la mirada. No al suelo.

A mi cuello.

A mis clavículas.

A mi pecho.

Y se mordió el labio inferior. Joder.

Tuve que hacer un esfuerzo para no taparme con la manta que tenía enrollada en el regazo.

Me sostuvo la mirada otra vez, y sin dejar de mirarme, dejó los vasos en una mesita auxiliar.

Ni siquiera tuvo que levantarse para hacerlo.

Y entonces sí que se incorporó… y puso las manos a cada lado de mis piernas, en la cama.

Demasiado cerca.

Tuve que echarme ligeramente hacia atrás y fue peor, porque siguió inclinándose encima de mí haciendo que su cuerpo casi rozara el mío. Sus abdominales mojados, sus tatuajes, su olor a sal, su maldita seguridad. Y yo ahí, respirando de más.

Tragué saliva. Sentí cómo el calor me subía desde la boca del estómago, como si el sol me pegara de lleno… pero sabía que no era el sol.

—¿Qué te hace desconfiar tanto de mí?

Miré hacia los demás, como buscando una vía de escape. Nadie estaba pendiente. Quizá por eso se había atrevido a quedarse prácticamente subido encima de mí.

—T-todo —solté sin pensar, con voz más floja de lo que habría querido.

Michael se agachó un poco más, como si necesitara acortar aún más la distancia entre nosotros. Su cuerpo quedaba a solo unos centímetros del mío, y si bajaba un poco los brazos, estaríamos pegados de una forma nada inocente.

Y me moría de ganas.

Dios, todo esto está mal.

Le miré los labios. Era inevitable. Tenía los labios perfectos para besar y para joderte la vida. También para mentirte. Eso lo tenía claro. Pero, joder, qué ganas.

—¿Sabes lo que creo?

Negué con la cabeza, con la boca seca y la respiración como si hubiera corrido una maratón.

Las gotas de agua comenzaron a caerme en la piel. Estaba fría, pero era refrescante para el calor que empezaba a consumirme.

—Creo que nunca has conocido a alguien como yo.

Su voz, ronca y baja, me rozó la piel como un escalofrío. Se inclinó aún más, y su aliento cálido me acarició la mejilla. Me sentí arder. Sentí que, si decía una palabra más, lo iba a besar. O lo iba a matar. No sabía muy bien cuál de las dos.

—Puede que creas que sabes quién soy. Que me has catalogado por lo que ves. Pero no tienes ni puta idea.

Tragué saliva. Nunca lo había escuchado hablar así y…

Uff.

—¿Y qué se supone que debería saber?

Michael apartó la mirada un segundo, como si se debatiera internamente, y luego me miró otra vez, serio, intenso, peligroso.

—Que no soy solo el tío rico al que todo le sale bien. Hay muchas cosas detrás. —Se acercó más, hasta pegar sus labios a mi oreja. Su voz me estremeció—. Pero eso… eso tendrás que descubrirlo tú solita.

Y entonces se apartó.

Así. Sin más.

Me dejó con el corazón desbocado, los labios entreabiertos y un nudo en el estómago. Me mordí el labio sin querer. Lo odiaba. Lo odiaba por saber exactamente cómo jugar conmigo. Pero lo peor era que… parte de mí quería jugar también.

—¿Y si no quiero descubrirlo?

—Entonces sigue siendo tu problema, no el mío.

Michael me dedicó una media sonrisa y se fue directo hacia la barandilla de popa, donde estaban las escaleras para subir y bajar al agua.

—¿Por qué tengo la sensación de que no vas a parar? —le solté, cruzándome de brazos.

Él se giró, y esa mirada suya, oscura y medio divertida, no cambió ni un poco.

Joder, cuánto te odio en este momento.

—Porque no suelo rendirme fácilmente cuando quiero algo. —La chispa en sus ojos hizo que se me revolviera todo por dentro.

Me quedé mirándolo, sin saber si echarme a reír, tirarle la taza de chocolate o…

tirarme yo al agua para enfriar lo que fuera que me estaba quemando.

¿Estaba insinuando que me deseaba? ¿Así, tan tranquilo?

¿En serio? ¿Cuándo había cambiado de opinión?

¿Cómo había pasado de la desconfianza al deseo de una manera tan rápida? ¿Qué le había hecho cambiar de opinión?

—Bueno, pues no siempre se puede tener lo que uno quiere —dije con toda la seguridad que pude reunir, aunque por dentro estaba temblando.

Su expresión cambió. Más seria. Más intensa.

—Puede… —asintió—. Pero siempre merece la pena intentarlo.

Y esa maldita mirada suya me atravesó. Como si pudiera leerme. Como si supiera exactamente lo que pensaba. Lo odiaba un poco por eso. Pero no podía apartar los ojos.

—De todas formas, eso ya es asunto mío —añadió, con media sonrisa en la cara.

Y sin decir nada más, dio media vuelta y se tiró al agua de cabeza.

Me quedé allí, empanada. ¿Había sido una coña o estaba hablando en serio? ¿Me estaba tirando los tejos en toda la cara o simplemente disfrutaba viendo cómo me rallaba? Porque si era lo segundo… lo estaba consiguiendo.

Entonces, Ximena apareció subiendo por las escaleras con una sonrisa de anuncio de pasta de dientes y el pelo mojado pegado a la cara. No me dio ni dos segundos para procesar lo que acababa de pasar.

—Creí que no ibas a despertar antes de comer —dijo, agarrando una toalla para secarse el pelo—. ¿Has dormido bien?

—Sí, la verdad es que sí. Gracias por ponerme la sombrilla y taparme. Si no, estaría como una gamba ahora mismo.

Ximena soltó una risita.

—Ah, no fui yo. Fue Michael.

Me giré de golpe.

—¿Michael?

—Sí. Estábamos tomando algo cuando dijo que acabarías con fiebre si te dejábamos al sol tanto rato.

Fue él quien puso la sombrilla. Luego pensó que con la brisa te ibas a quedar fría, así que te tapó con la manta —dijo tan tranquila, mirando al agua, donde su hermano nadaba tan pancho con mi padre y Reid.

—Ah… —fue lo único que logré decir.

—¿Por qué pones esa cara? —preguntó Ximena al volver a mirarme, divertida.

Me incorporé y me arropé un poco más con la manta. A la sombra seguía haciendo fresco.

—Es que… no sé. Me ha pillado por sorpresa, supongo.

—No estás acostumbrada a que un hombre te trate así, ¿a que no?

Lo soltó tan directa que me dejó sin palabras. Como si me conociera de toda la vida. Como si supiera que lo que me sorprendía no era que Michael me tapara, sino que alguien se preocupara así por mí.

Se sentó a mi lado, en el único hueco donde aún daba el sol, y suspiró.

—Ay, si pudiera elegir un tipo de hombre con el que casarme, elegiría a alguien como mi hermano. Por eso estoy con tu padre. Es igual de atento y detallista que él.

—Bueno, es tu hermano… tampoco vas a decir nada malo, ¿no?

—Podría hacerlo, pero sus defectos son tan mínimos que tendría que pensarlo con calma.

—Venga, dime uno.

La verdad, lo único que quería era encontrarle una pega.

Cualquier cosa, por pequeña que fuera, me valía para justificar lo que tenía en mente desde que me había despertado.

Quería una excusa. Una razón para mantener a raya lo que sentía, para desmontar la imagen perfecta que me estaba montando de él sin quererlo.

Y entonces, Ximena me miró con cara de estar revelando un secreto súper serio y dijo:

—Odia el café.