Chapter 12 #2
—¿Ah, sí? Pues a mí Mike me parece todo lo contrario. Me cae bastante bien, la verdad.
Le miré alucinando.
—¿Y eso? ¿Ya te ha comido la cabeza también? ¿Y desde cuándo lo llamas “ Mike”? ¿Sois coleguitas ahora o qué?
Reid se giró y apoyó un codo en la rodilla, sonriendo.
—¿Ya te has olvidado de que lo conozco desde hace años?
Puse los ojos en blanco. Claro que lo había olvidado. Siempre se me olvidaba que Reid siempre había venido más a ver a papá que a nosotras. Al final, mi madre no era su madre, así que tampoco lo podía culpar.
—Ah, claro. Entonces, ¿ahora pretendes que me crea que Michael es el tipo más majo del mundo y que todo lo que pienso de él está mal?
—Bueno, dime tú qué piensas exactamente y ya te digo si vas muy desencaminada o no.
Eché un vistazo rápido para asegurarme de que Michael seguía lejos y luego miré a Reid de nuevo.
—Es un flipado. Presumido, chulo, creído, superficial, un poco borde… y me cae fatal.
Reid soltó una carcajada, encantado con mi ataque gratuito. Yo ni siquiera estaba segura de porqué había dicho tantas cosas, pero cuanto más larga la lista, mejor.
—Joder, tía. ¿Y esa manía que le tienes? De verdad que no lo entiendo. Yo creo que hay mucho más en Michael de lo que tú ves… o de lo que quieres ver.
Me crucé de brazos, a la defensiva.
—¿Más cómo qué? ¿Más millones en la cuenta? ¿Más yates? Se acaba de plantar aquí con este barco enorme solo para vacilar.
—Estás muy equivocada, pero bueno, ya te darás cuenta. Y por si te interesa, Michael no es solo un tío rico. Es listo, tiene sentido del humor y, aunque no te lo creas, tiene un fondo que fliparías.
—Perdóname si lo dudo muchísimo.
Reid se tumbó en la cama con cara de “ venga, cuéntame ya qué te pasa”.
—Vale, a ver. ¿Qué pasa contigo?
Tragué saliva. Odiaba que me conociera tan bien.
—Nada. Solo… que no quiero líos con él y punto.
—¿Es por Jaden?
Aparté la mirada, incómoda.
—Sí, claro que es por Jaden. Además, ¿para qué quiero conocer a alguien como Michael si ya tengo novio?
—¿Novio? ¿El que no te llama, no te contesta y no da señales de vida? Suena súper saludable, sí. Y aparte, ¿quién ha dicho que tengas que conocer a Michael para algo más que una simple conversación normal?
Me quedé callada. La verdad es que no lo quería ni como amigo.
—Ya, pero…
—Hero —me cortó, poniéndose más serio—, tienes que hacer tu vida. No puedes quedarte ahí colgada de alguien que ni siquiera está. Michael puede ser un tío legal. No digo que te cases con él, solo… Dale una oportunidad, conócelo.
¿Una oportunidad?
—No, no quiero que se haga ideas raras.
Reid arqueó una ceja, medio sonriendo.
—¿Él o tú?
Fruncí el ceño.
—¿Pero tú eres tonto o qué?
Reid se puso de pie, levantando las manos como si se rindiera.
—Solo digo que tu novio pasa de ti, y Michael… bueno, parece que le interesas.
—¿Interesa…? —Me levanté para ponerme a su altura—. Me da igual. Porque aunque estuviera interesado, que no lo está, yo no. Cero. Nada. Ni un poquito.
Reid se rió bajito.
—Además tú mismo dijiste que lleva dos años sin interesarse en ninguna mujer. ¿Por qué iba a interesarse en mí?
—Porque eres buena, simpática, dulce, inocente y porque te cae mal.
—¿Y eso que tiene que ver?
—Piensa, hermana. Me voy a tomar una copa, ¿quieres?
Bufé y lo vi marcharse.
—¡Reid!
Mi hermano siguió caminando como si no me hubiera oído, ignorando por completo mi grito.
Pero justo cuando pensé que nadie se había enterado, vi que Michael, que iba delante, sí se giró a mirarme.
Aparté la mirada enseguida, me puse las manos en la cintura y fingí estar concentradísima en cualquier otra cosa.
No quería pensar en lo que Reid me había dicho.
Y justo eso —pensar— era lo que me estaba empezando a pasar factura.
Volví a sentarme en el colchón, viendo cómo el barco se alejaba poco a poco del puerto y salía a mar abierto. No pasó mucho hasta que Ximena vino a hacerme compañía. Los hombres se habían quedado en la proa, disfrutando de las vistas y hablando como si fueran los mejores colegas del mundo.
Ximena insistió en que nos quedáramos en bikini para tomar el sol, y al final acepté. Llevaba uno suyo, negro, que me quedaba un pelín grande de pecho, pero logramos hacer un apaño para que quedara decente… aunque, para mi gusto, seguía viéndose demasiado sexy. Aun así, me lo dejé puesto.
Mientras charlábamos, me di cuenta de que el barco no se había alejado tanto de la costa.
Ximena, como si me leyera la mente, me contó que fue cosa de Michael: le había dicho al capitán del barco que no se alejara demasiado, para que yo me sintiera más tranquila al ver tierra firme.
No supe muy bien cómo tomarme eso. Ni siquiera sabía cómo sentirme con respecto a Michael en general. Ya no.
Cuando me lo contó, miré hacia donde estaban ellos.
Vi a Michael de perfil sentado en un sillón, con las piernas abiertas, inclinado hacia delante y los codos apoyados en las rodillas, charlando animadamente con mi padre y Reid.
Parecía completamente metido en la conversación, como si no hubiera nada más interesante que eso.
Cada vez que se llevaba el vaso a los labios, los músculos de sus brazos se marcaban un poco más.
Y, durante unos segundos, me quedé mirándolo sin querer.
Aparté la vista rápido, antes de que Ximena se diera cuenta.
No sé cómo empezamos a hablar de la boda, y ese tema derivó a su hermano mayor y el accidente que había tenido de vacaciones en Tailandia.
—Tu hermano ya está mejor, ¿no? —pregunté mientras me acomodaba el bikini por enésima vez. A veces me sentía desnuda con él puesto.
—Sí, por suerte. Mateo ya está en casa, en Nueva York. Recuperándose, que ya era hora —dijo Ximena, apoyando la cabeza en la toalla—. Ha sido todo un susto.
—¿Y qué tal está?
—Bien… Dentro de lo que cabe. Fue un accidente muy feo. Se está tomando el reposo en serio, lo cual es casi un milagro viniendo de él. Mi madre le ha secuestrado en su piso y no lo suelta. Le he obligado a recuperarse antes de la boda.
Ambas nos reímos, dejando que el silencio nos envolviera un poco mientras el sol nos daba en la cara.
—¿Mateo es mucho mayor que tú? —pregunté después de unos segundos, solo por seguir la conversación.
—Uf, sí. Tiene cuarenta y cinco. Es el mayor. Yo soy la del medio y Michael, el peque.
No dije nada, pero seguro que mi cara delataba cierta curiosidad, porque ella me miró de reojo y sonrió.
—Tu madre debió de ser madre súper joven, ¿no?
—Pues sí. Con dieciocho años tuvo a mi hermano mayor. Mateo y Michael se llevan casi veinte años.
—¿En serio?
—Sí. Michael ya tiene veintisiete.
Veintisiete. Sabía que no andaba muy desencaminada con nuestra diferencia de edad. Me llevaba seis años.
—Mateo siempre ha sido el responsable de nosotros, un poco gruñón, eso sí. Pero Michael… él ha sido el niño mimado de papá.
Ximena soltó una risita.
—De pequeño era un mini adulto. Siempre iba un curso por delante, leía cosas rarísimas y hablaba como si hubiera nacido en una oficina de abogados. Era un poco repelente, pero adorable.
De vez en cuando le echaba una mirada a su hermano pequeño, y yo aprovechaba también para observarlo.
—¿Y qué estudió?
—Tecnología, ingeniería, negocios… de todo un poco. Se sacó un máster en Dovington Tech, una universidad súper exclusiva en Boston. Salió de allí directo a fundar su empresa con veintitantos. Mi padre flipaba. Era como el hijo prodigio.
—¿Y ahora vive en Nueva York?
—Sí. Aunque viaja mucho por trabajo. Pero tiene su piso en Manhattan, en una torre carísima, con vistas de esas que marean. Muy él.
—¿Siempre ha sido así? —pregunté, sin saber muy bien a qué me refería exactamente. ¿Exitoso? ¿Raro? ¿Guapo y serio? No lo tenía claro.
Ximena se encogió de hombros. Ninguna de las dos apartamos la mirada de aquel chico de veintisiete años que era muy diferente a cualquier chico de su edad. Pero cada una lo mirada de una forma diferente.
—Siempre ha sido distinto. Como si estuviera un paso por delante de todo el mundo. Y a veces eso le ha pasado factura. Pero si te soy sincera… no hay nadie como él.
No supe qué contestar. Así que simplemente me quedé mirando a Michael, conociendo la opinión de las personas que le conocían de verdad. Parecía ser tan diferente a como se mostró conmigo las primeras veces…
Un rato después, la verdad es que me sentía bien.
Estar hablando con Ximena me despejaba la cabeza y, sorprendentemente, no me sentía mareada.
El agua estaba tranquila, y todo parecía más una terraza flotante que un barco en alta mar.
Justo como me había prometido. Cerré los ojos y me dejé llevar por el sol, el aire y el vaivén suave. Tanto, que acabé quedándome dormida.
Unas risas y chapoteos me despertaron. Abrí los ojos despacio.
El sol, por suerte, no me molestó. Noté los brazos un poco erizados y una manta suave me cubría hasta la cintura.
Al mirar hacia arriba, vi una sombrilla que antes no estaba, protegiéndome del sol, y que salía de un compartimento escondido bajo el colchón.
Me incorporé un poco y me di cuenta de que habíamos atracado en un sitio espectacular.
El agua era completamente distinta, de un azul cristalino, y a lo lejos se veían unas rocas enormes junto a un acantilado.
Un grupo de gente saltaba desde allí, riendo y pasándolo bien.
Detrás de mí, volví a escuchar chapoteos, y al girarme vi a Ximena, mi padre y Reid nadando cerca del barco, buceando y jugando en el agua como niños.
—Has despertado.
Me giré al frente al escuchar esa voz grave que ya me sabía de memoria.
Michael estaba ahí, de pie frente a mí, con el pelo mojado y el bañador chorreando.
Estaba claro que acababa de salir del agua.
En una mano llevaba el mismo vaso de antes, con ese líquido ámbar que no sabía si era whisky o cualquier otra cosa, y en la otra, una taza blanca.
—Toma, creo que lo necesitas.