Chapter 12
Capítulo diez
— Pasado —
Treinta días para la boda.
HERO
El sol de Miami se colaba por las cortinas, tiñendo la habitación de ese dorado perfecto que solo dura unos minutos.
En teoría, ese cuarto tendría que darme paz, pero lo único que conseguía era que me sintiera más atrapada.
Llevaba ya tres días sin escribirle, sin llamarle, sin nada.
Ni un emoji. Y no porque no quisiera, sino porque Reid me lo había pedido.
Que me tomara un respiro. Que le diera espacio.
Pero… ¿y si en ese espacio lo perdía para siempre?
No podía parar de pensar si Jaden habría notado mi silencio. Si habría echado de menos mis mensajes tontos, mis buenos días, mis intentos de que me contara algo, lo que fuera. ¿O ni se había dado cuenta?
El ruido de la ciudad sonaba de fondo, pero no me calmaba.
La cabeza me iba a mil. No dejaba de mirar el iPad que me había regalado mi padre por mi “cumpleaños”.
Tenía varios mensajes escritos, que habían sido borrados y vueltos a escribir.
Ninguno me parecía suficiente. ¿Cómo se resumía en un mensaje todo este miedo y dolor que sentía por que me estuviese ignorando?
Me vestí sin pensar mucho, lo primero que pillé: una camisa blanca, unos vaqueros cortos.
Total, no tenía ganas ni de salir. Mucho menos de subirme a un puñetero yate nuevo que el hermano de Ximena había comprado solo para presumir de que tiene el doble de pasta que mi padre. De verdad, qué necesidad.
Y para colmo… agua. Genial. Justo lo que me hacía falta para terminar de pasarlo mal.
—Cariño, relájate —dijo Ximena, intentando sonar tranquilizadora mientras se ajustaba las gafas de sol de diseño—. Apenas vas a notar que estás en el mar. Confía en mí.
Claro, como si fuera tan fácil. No todo el mundo sabe lo que es el pánico real al agua. Ella no tenía ni idea. Yo, en cambio, sí.
Cuando llegamos al puerto y vi el pedazo de yate esperándonos, sentí un nudo en el estómago. Aquello parecía una nave espacial flotando.
—Menudo cacharro… —murmuró Reid.
Pasó un brazo por encima de mis hombros, como si pudiera traspasarme un poco de tranquilidad, y le agradecí el gesto.
Por su cara, estaba tan impresionado como yo.
No tenía pinta de haber subido nunca a una cosa así, pero en sus ojos vi algo parecido a la emoción.
Bueno, al menos uno de los dos lo estaba disfrutando.
—Bienvenidos, subid —escuché una voz que me hizo girarme.
Y ahí estaba él.
Michael, en la escalera del yate, con las manos en la barandilla, inclinándose un poco hacia delante. Sin camiseta. Con la piel morena, bronceada, de ese tono perfecto que parece de anuncio. Los tatuajes marcándole el torso. El bañador, evidentemente caro, le quedaba… bueno, demasiado bien.
Intenté no mirarle demasiado, de verdad.
Pero soy humana. Y sí, me quedé un rato mirando.
Cuando por fin levanté la vista hacia su cara, sus ojos verdes ya estaban puestos en mí.
Me pilló. Y la forma en la que me miró me descolocó.
No sabría decir si era curiosidad, tensión o qué, pero me atravesó como un rayo.
Aparté la mirada rápido, como si eso fuera a borrar la pillada. Me regañé mentalmente. No podía ir por ese camino. Ni de coña.
Reid me dio un apretón más fuerte en el hombro.
—¿Lista? —me preguntó.
Mentiría si dijera que sí.
Inspiré hondo, intentando disimular el leve temblor que me recorría el cuerpo.
Ximena ya estaba abrazando a su hermano, soltando lo increíble que era el yate como si fuera el mismísimo Titanic.
Mi padre me cedió el paso, pero ni de coña iba a subir yo antes, así que le di una sonrisa para que pasara él.
Y Michael… bueno, él me miraba. Sonriente, mientras charlaba con su hermana como si nada.
Aparté la vista de golpe, regañándome a mí misma por el desliz .
¿Otra vez mirándolo? ¿Y por qué él también me miraba?
—Vamos —murmuró Reid, empujándome con suavidad hacia la escalerita del monstruo flotante.
Apreté las manos en la barandilla, pero cuando sentí que las piernas me flaqueaban, giré hacia él con los ojos abiertos como platos.
—No puedo, Reid. —El corazón lo tenía a mil—. Tengo miedo.
—Lo sé. —Me agarró de los antebrazos y empezó a acariciarme con los pulgares, intentando calmarme—. Pero no puedes dejar que te gane. No puedes dejar que esto te paralice. Tienes que vivir. Hacer cosas normales.
—Pero yo no soy una persona normal. No puedo hacer como si nada.
Me había ahogado. Había muerto aquel día. No podía pasar por lo mismo, no otra vez.
Me apartó un mechón del pelo y me sonrió, de esas sonrisas que relajan hasta un infarto.
—Claro que no eres normal —respondió con un tonito que rozaba lo pícaro, y le lancé una mirada de “ no es el momento”—. Pero sí que puedes intentarlo, ¿no? Súbete ahí y enséñame que sigues siendo esa chica valiente que lleva dentro toda la vida.
Tragué saliva. Me gustaría pensar que era valiente, pero en estas situaciones… la duda me podía.
De repente, sentí una mano rozarme el hombro.
Me giré y me topé con un torso lleno de tatuajes.
A esa distancia, pude ver que el pecho de Michael estaba cubierto por un montón de líneas finas y mandalas entrelazados, todo con ese estilo delicado y limpio que hacía que no pudieras dejar de mirarlo.
Los brazos eran un caos precioso de tinta que no alcancé a analizar, porque mis ojos ya estaban subiendo a los suyos.
—¿Algún problema, Reina?
Me quedé muda. Él sabía, gracias a Ximena, que el agua me ponía de los nervios, pero estaba claro que se hacía el sueco ese día.
—Mi hermana le tiene miedo al agua —aclaró Reid desde atrás.
Michael pasó la mirada de él a mí, y esta vez parecía distinta. ¿Compasiva? ¿Comprensiva? No sé, algo.
Se inclinó un poco, acercándose tanto que su voz me llegó bajita.
—Escúchame, Reina. Si en algún momento te agobias, me avisas y volvemos al puerto sin problema —sus ojos, más claros de lo normal, me atraparon de nuevo—.
Hay chalecos salvavidas. Puedes ponerte los que quieras si eso te ayuda.
Y si prefieres que nos quedemos aquí atracados, pues nos quedamos.
No quiero que estés donde no quieres estar.
Y ahí estaba él, hablándome como si no pasara nada, como si no lleváramos tres días cruzando palabras en medio de pullas, sospechas y esa tensión constante que parecía que iba a estallar en cualquier momento. Hablaba como si realmente yo le importara, como si le preocupara cómo me sentía…
Y sí, lo admito: me jodía. Me jodía que fuera tan guapo, que lo supiera, y que encima fuera atento. Como si no bastara con el combo explosivo físico, ahora iba y se marcaba el caballero. Pero no, no iba a picar. No podía. Jaden seguía en mi cabeza todo el tiempo y yo no podía fijarme en Michael.
“ Pero Jaden no te habla desde hace días. Parece que a nadie le importas ya ”, susurró una vocecita dentro de mí. La mandé callar, aunque tuviera razón.
—Así que tú decides —añadió él, esperando una respuesta.
Miré a Reid. Me devolvió una sonrisa de las que animan a saltar al vacío. Era mi elección.
No quería fastidiarles el día a todos por el hecho de estar en el agua. Puedo con esto. Lo único que tenía que hacer era no acercarme a las barandillas.
—Está bien —solté al fin.
—Perfecto. Pues venga, vamos allá.
Michael se dio la vuelta y subió al barco tan tranquilo. Reid me cogió de la mano y tiró de mí con suavidad para que le siguiera.
Y, en cuanto puse un pie en el yate, lo primero que pensé fue: “ madre mía…”
No sabía ni dónde mirar. Aquello era enorme y todo brillaba como si lo acabaran de sacar de un anuncio de colonia cara.
El suelo era de madera y relucía tanto que me daba miedo pisarlo con mis zapatillas.
En el centro, un jacuzzi gigante, de esos modernos con chorros por todas partes, estaba rodeado de camas enormes como de un hotel cinco estrellas.
Blancas, con cojines azules, todo colocado tan perfecto que daban ganas de tumbarse ahí y no moverse en todo el día.
A los lados había sofás de un solo asiento, blancos y azules también, con pinta de costar más que el alquiler de mi casa.
Al lado, una barra con botellas de todo tipo, donde mi padre ya estaba bebiendo como si aquello fuera lo más normal del mundo.
Más adelante, en la parte delantera del barco, había otros sofás gigantes en forma de L con vistas al mar que quitaban el hipo.
La segunda planta no se veía desde donde estaba, pero vamos, que tenía toda la pinta de ser igual de exagerada.
Hasta las vigas de arriba estaban hechas con la misma madera cara, todo pensado al milímetro para que se notara que aquí había dinero. Cada cojín, cada luz, cada rincón… gritaba “ esto vale más de lo que ganas en un año”. Vamos, lujo del que se ve poco.
—Es una preciosidad de yate, Michael. —Escuché decir a mi padre, que iba tan pancho hacia la proa con dos copas en la mano. Una se la dio a Ximena, por supuesto.
Yo me quedé cerca del jacuzzi, flipando un poco, mientras los tres se alejaban charlando como si estuvieran en una cena elegante. Michael por delante, enseñando espalda y bíceps como si lo hiciera sin querer. Claro.
—Menudo barco se ha pillado el tío —comentó Reid sentándose a mi lado en una de las camas.
—No me sorprende. Seguro que gana tanto dinero que ya no sabe ni en qué gastárselo. Así que nada, a presumir. —Resoplé, haciendo una mueca.
Reid se rió por lo bajo.
—¿Y ese cambio? ¿No estabas cagada con el agua hace dos minutos?
Le lancé una mirada, medio divertida, medio molesta.
—¿Qué te pasa? ¿No te cae muy bien, o qué? —añadió frunciendo el ceño, divertido.
—¿Tú qué crees? —respondí, sin cortarme un pelo. Volví a mirar a Michael, que estaba de espaldas, dejándome ver sin vergüenza su espalda
tatuada y esos músculos de anuncio—. Solo con mirarlo ya sabes que va por la vida creyéndose superior solo porque tiene pasta.
Mi hermano dejó de reír. Ahora parecía de verdad interesado en el tema.