Chapter 9
Capítulo siete
Hero
Lucía había desaparecido justo en el momento en que vio que Jaden se interesaba en mí. La vi alejarse con los ojos rojos, pero una sonrisa en la boca y los pulgares arriba, dándome ánimo y suerte a la vez.
Miré a Jaden mientras me servía un vaso de refresco, justo después de decirle que esa noche no iba a beber alcohol. Estaba tan cerca… y, a la vez, tan lejos. Como si tuviéramos que volver a empezar de cero.
Por lo visto, había pasado por la peluquería antes de venir. Llevaba el pelo más corto que antes del accidente, estilo militar, y no podía negarlo: le quedaba de escándalo.
—¿Has cambiado de peluquero? —pregunté, más por escucharle que por otra cosa. Necesitaba asegurarme de que seguía siendo él. Aunque había algo… algo distinto que no terminaba de encajar con el chico que conocía.
Jaden se giró y me regaló una sonrisa de esas que le iluminaban toda la cara.
—No. Solo pensé que me venía bien un cambio.
—¡Jaden! —Una voz aguda nos interrumpió. Una pelirroja demasiado delgada (para mi gusto, claro) se acercó con una sonrisa como si acabara de ver al amor de su vida. No la conocía de nada, pero la forma en que él reaccionó dejaba claro que ellos sí. Y bastante.
Jaden pasó el brazo por su espalda desnuda, ella llevaba un mini vestido del mismo rojo que su pelo y sus labios, y le plantó un beso en la mejilla como si yo no existiera.
—Cuánto tiempo sin vernos, Pris —dijo, con esa sonrisa suya que me daban ganas de borrar a bofetadas.
Cruzada de brazos, me tragué el maldito nudo de celos que me subió a la garganta mientras veía cómo sus ojos se desviaban hacia otra chica, una morena de piel oscura y pelos afro que venía detrás de la pelirroja.
—Chloe, estás preciosa.
Le dio el mismo trato. El mismo tonito. La misma sonrisa. Y yo, por pura dignidad, decidí mirar a otro lado y contar mentalmente hasta diez para no largarme de allí. Esperé a que se perdieran entre la gente antes de que él, como si de repente se acordara de que yo seguía ahí, volviera a hablarme.
—Lo siento —soltó. Pero sonó más a “ tengo que decirlo” que a disculpa real.
—No pasa nada —respondí, encogiéndome de hombros. Pero sí que pasaba. Y mucho. Intenté borrar la cara de amargura, sin mucho éxito.
—Para mí es como si no hubiera pasado el tiempo, pero por lo visto, estaba bastante perdido desde mucho antes del accidente.
Miré hacia la fiesta. Había caras conocidas, chicas que había visto en otras fiestas, mirándome con ojos lleno de reproche. Ellas me conocían. Sabían que era la novia de Jaden.
—En la última fiesta que te vi parecías… bastante cómodo —solté, sin poder evitarlo.
—No recuerdo a ese Jaden. Me han contado que incluso tenía novia. —Se rió, y bebió de su vaso como si nada.
Mi estómago dio un vuelco. ¿Quién se lo había dicho? En teoría… no debería saberlo.
—¿Ah, sí? Entonces supongo que…
—…que no sé qué coño hacía yo con novia —me cortó, y me dejó muda—. Si te soy sincero, odio el compromiso.
—¿De verdad?
—Sí. Bueno, tampoco espero que lo entiendas. Tú llevabas… ¿cuánto con tu novio?
—Un año —mentí, sin saber porqué.
—Pues eso. Yo no sirvo para estar en una relación. Seguro que la cago, que la lío, que meto la pata hasta el fondo. Y para hacer daño, prefiero estar solo.
Tragué saliva. La imagen de Marta y su maldita foto en Instagram cruzó por mi cabeza como un fogonazo.
—Bueno, cada persona es diferente —intenté sonar comprensiva, mientras mi mente seguía a mil por hora.
Me costaba reconocerlo, pero todo esto… no era como debería ser. El Jaden que yo conocía tenía miedo, sí, pero también le gustaba arriesgar. Y se arriesgó conmigo.
—Exacto. Y yo tengo claro lo que quiero: cero ataduras. Solo pasarlo bien.
Me miró a los ojos, y aunque la situación no era la mejor, esa mirada suya aún conseguía ponerme el corazón del revés.
—Yo también busco algo parecido —dije, con una voz más suave de lo que pretendía. La tensión entre nosotros era tan densa que casi podía tocarse, y aunque mi cabeza gritaba que era una mala idea, había algo en mí que no podía evitar sentirse arrastrada hacia él. Como siempre.
Su sonrisa se ensanchó. Dio un paso hacia mí, y ese olor suyo tan familiar me golpeó de lleno. Estaba tan cerca que me temblaron las piernas cuando enredó un dedo en un mechón de mi pelo y tiró suavemente para acercarme aún más.
—¿De dónde has salido, rubia?
Sentí las mejillas arder, pero no aparté la mirada.
—Siempre he estado aquí —susurré.
—¿Y por qué nunca me fijé en ti?
Me encogí de hombros, sintiendo cómo se acercaba más, tan cerca que sus labios rozaron los míos. Y, por un segundo, el resto del mundo dejó de existir.
—¿Te parece si vamos a un sitio… más privado?
Tragué saliva y asentí.
Jaden me quitó el vaso de la mano y me arrastró por el pasillo que llevaba a las habitaciones.
Abrió la puerta del cuarto de Lucía y entramos.
Jaden cerró la puerta con el pie sin apartar los ojos de mí.
La habitación estaba en penumbra, con la luz tenue que entraba por la ventana del pasillo, y por un momento solo se oía nuestra respiración.
Se acercó despacio, pero seguro. Como si ya supiera lo que quería. Mi espalda chocó contra el escritorio de Lucía y me agarré a los bordes de la mesa.
—Estás temblando —susurró, sin dejar de mirarme los labios.
—No lo estoy.
—Un poco sí —dijo, sonriendo de lado mientras me rozaba la cintura con una mano.
Me mordí el labio, intentando parecer más tranquila de lo que estaba. Él estaba tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo y el nuevo perfume que llevaba.
No sé qué demonios estaba haciendo. El plan era ir poco a poco, no darle lo que quisiera del tirón. Pero le había echado tanto de menos, que no podía evitar querer hacer todo lo que él quisiera darme.
—¿Y ahora qué hacemos? —pregunté, como si no supiera la respuesta.
Jaden alzó las cejas.
—Ahora… lo que quieras tú.
Se acercó un poco más, levantó una mano y me metió un mechón de cabello tras la oreja.
—Tienes unos ojos… preciosos —dijo, bajito, como si fuera un secreto—. Joder… eres algo que no había visto nunca.
Me dio un vuelco el estómago. No por lo que dijo, sino por cómo lo dijo.
Como si le saliera sin pensar, como si lo acabara de descubrir.
Casi sonreí recordando la noche que me dijo que nos casáramos, recordando las veces que me dijo que le encantaban mis ojos y todos los momentos buenos que vivimos.
Quería eso, necesitaba volver a tener eso.
Se metió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó un móvil nuevo para dejarlo en el escritorio detrás de mí. No era el mismo móvil que tenía antes del accidente.
Fruncí el ceño.
—¿Móvil nuevo? —pregunté.
Él asintió.
—Tuve que cambiarlo después del accidente. Perdí todo… móvil, contactos, recuerdos… todo.
Ay, Dios. Entonces por eso todas las llamadas que le hice a su móvil se dirigían al buzón. No me tenía bloqueada, era que su móvil había muerto en el accidente.
Entonces vi cómo él entrecerraba los ojos, como si aquello le hubiese llamado la atención. Y vi, con el corazón acelerado, como miles de pensamientos pasaban ante sus ojos.
—¿Eres ella, verdad?
Se me paró el corazón.
—¿Quién?
—Hero.
Dejé de respirar.
—No —no podía decirle que sí.
Se rió bajito.
—Mientes fatal. Dime, si no lo eres y esta es la primera vez que hablamos. ¿Cómo sabías lo del móvil?
No supe qué responder. Me quedé mirando el móvil, como si ahí dentro pudiera encontrar algo que explicara todo lo que quería decirme.
—Así que es de ti de quien supuestamente me enamoré.
Levanté la mirada a sus ojos.
—Sí.
Miró hacia abajo, hacia mi cuerpo, luego volvió a subir a mis ojos.
—Cuéntame algo de nosotros.
Su voz era baja, casi vulnerable.
Negué despacio.
—No puedo.
—¿Por qué no?
—Porque si lo fuerzo, podrías perderlo para siempre. Los recuerdos… tienen que volver solos. O no volver.
Lo dije con un nudo en la garganta. Él frunció el ceño, como si intentara entenderlo todo y no le diera tiempo.
—Solo intento saber qué tenía de especial lo nuestro —dijo, sin apartar los ojos de mí—. Qué vi en ti para enamorarme así.
Tragué saliva. Me costaba hasta sostenerle la mirada.
Puede que lo que necesitara fuera decirle la verdad. Soltarle que yo era aquella cría del campamento, la que no se perdía ni un segundo de su sonrisa, la que aguantó sus bromas pesadas porque estaba enamorada hasta las trancas. Pero no podía soltarle eso así sin más. No el primer día.
—Yo también lo intento saber —murmuré, sonriendo con tristeza.
Jaden inspiró hondo y apretó los labios.
—Siento no poder ser más —dijo al cabo de un segundo, con esa voz suya calmada que me rompía por dentro—. No quiero que pienses que esto es un juego para mí, porque no lo es. Pero ahora mismo no puedo prometerte nada. No me acuerdo de ti, Hero. Y me jode… me jode más de lo que puedas imaginar.
Cerré los ojos un momento, como si eso fuera a parar el dolor que sentía. No funcionó.
—Estoy hecho un lío. Y hasta que no lo resuelva, voy a seguir solo. Pero… si tú quieres que esta noche pase algo, lo que tú quieras… podemos empezar por ahí.
Se quedó quieto. Esperando. Dejándome decidir.
No contesté al momento. Lo miré. Sus ojos, su boca, sus manos. Ese gesto cansado, esa forma de mirarme como siempre.
Mi corazón latía tan fuerte que me dolía.
Una noche contigo es mejor que ninguna.
Quizá no era lo que soñaba, pero al menos era algo. Era él.
—Sí, quiero… —susurré.
Jaden no dijo nada. Solo asintió, despacio. Como si lo entendiera.
Se acercó, me acarició la mejilla con el dorso de la mano y bajó la mirada a mis labios.
—Entonces, empecemos por ahí.
Los labios de Jaden se posaron en los míos y lo sentí todo a la vez. Esperanza. Felicidad. Ese cosquilleo en el estómago que creía olvidado. Me besó como solía hacerlo antes. Con hambre. Con ganas. Con fuego. Como si lo hubiese estado guardando desde hacía años.
Y yo… me dejé llevar.