Chapter 8 #4
Una rabia seca me subió desde el estómago. Ni lo pensé. Lo lancé. El móvil voló directo al agua y se hundió con un plop ahogado. En cuanto lo hice, un escalofrío me recorrió el cuerpo.
Qué estúpida. Ahí tenía todo: mis fotos, mis contactos, las conversaciones, las pocas pruebas de lo que había vivido con él.
Joder, menuda estúpida eres, Hero.
Me levanté de golpe y me acerqué al borde. El móvil se veía, hundido en la parte baja de la piscina. No estaba muy profundo. Podía alcanzarlo. No podía dejar que se jodiera.
Me acerqué a los escalones y empecé a bajar. El agua estaba helada, pero me daba igual. Seguí hasta que me llegó a la cintura.
Y ahí me bloqueé.
Un miedo seco me apretó el pecho.
El recuerdo llegó sin avisar. La piscina del campamento. El agua cerrándose sobre mí. El caos. Querer respirar y no poder. El ardor en los pulmones. El miedo.
Me quedé congelada.
Solo tenía que agacharme. Solo tenía que hundir la cabeza y estirar el brazo.
Pero no podía.
El cuerpo no me respondía.
Quería recuperar el móvil, claro que sí. Pero la idea de sumergirme… de volver a sentir esa presión, ese vacío… no. No podía hacerlo.
Me quedé ahí, a medio camino entre el impulso y el miedo. El corazón a mil. Y el teléfono, como un fantasma, esperándome al fondo.
—Creía que le tenías miedo al agua…
Giré la cabeza hacia la voz, con el corazón aún a mil. Y ahí estaba Michael. Llevaba la chaqueta del traje colgando del hombro, la camisa desabrochada, dejando a la vista su torso tatuado y marcado, y las manos metidas en los bolsillos del pantalón.
Me miraba con una expresión tranquila, como si nada le afectara. Pero yo ya tenía la respiración acelerada por el miedo al agua, así que preferí no pensar demasiado en el escalofrío que me recorrió al verlo.
—Es que… mi móvil… —balbuceé, señalando con la cabeza hacia el fondo de la piscina.
Él bajó la mirada, lo localizó enseguida y luego volvió a mirarme.
Suspiró, dejó caer la chaqueta al suelo sin mucho cuidado y se acercó a los escalones con calma, como si se metiera en un spa.
Ni un gesto de incomodidad por el frío, nada.
Se deslizó en el agua con esa soltura suya irritante, y al pasar junto a mí me rozó el brazo.
Yo me quedé quieta, medio temblando, mientras lo veía avanzar hasta donde el agua le llegaba a la cintura —a mí seguro me habría cubierto el pecho—, y sin pensárselo, se sumergió.
Salió segundos después con el móvil en la mano.
Las gotas chorreaban por su pelo, su cara, su camisa empapada pegada al cuerpo.
Y sí, mis ojos se fueron directos a eso.
A él. Al torso, al tatuaje, al agua resbalando por su piel.
Tragando saliva, intenté que no se notara demasiado lo que me pasaba por dentro.
Se acercó, sacudió el pelo con la mano libre y me tendió el móvil. Estaba a punto de agarrarlo cuando, de repente, lo alejó con un movimiento rápido.
—¿Ni un “ gracias” siquiera? —preguntó, ladeando la cabeza con una sonrisa de cabrón encantador que me sacó de quicio.
Entrecerré los ojos. Qué ganas de darle un empujón.
—Gracias —solté, seca.
—“Gracias, eres increíble”, sonaría bastante mejor, ¿no crees? —añadió, esa sonrisita burlona todavía ahí, viva.
¿Este hombre se suponía que tenía cerca de treinta años? Porque parecía más bien un adolescente con ego.
—No estoy para tus tonterías. Dame el móvil —le solté, intentando mantener la calma aunque ya me hervía la sangre.
—Oh, claro, tu precioso móvil. —Lo agitó delante de mí y estuve a punto de arrebatárselo. Respiré hondo. Muy hondo.
—¿Qué quieres, Michael? —pregunté, ya sin rodeos.
Él sonrió aún más. Bajé los brazos, pero el agua fría me hizo volver a levantarlos de inmediato.
—Fácil. Responde tres preguntas y el teléfono es tuyo. —Lo dijo tan tranquilo que me dieron ganas de tirarle algo a la cabeza. ¿Quién se creía que era?— pero, rápido. El tiempo corre, y no sé si a tu querido móvil le queda mucha vida mojado.
—No tengo tiempo para tus jueguecitos —solté, aunque mis ojos seguían clavados en el móvil que tenía en la mano. Di un paso hacia él, el agua subió un poco más y me detuve.
—Vamos, Reina… ¿dónde has dejado tu espíritu aventurero? —Se acercó un poco más, y tuve que contener el impulso de rodar los ojos. Ahora lo tenía justo delante.
El miedo volvió a apretar. Quería salir de allí cuanto antes, y estaba bastante segura de que si no le seguía el rollo, me quedaba sin móvil.
—Vale. Hazlas rápido —cedí, de mala gana. Me estaba cabreando el simple hecho de tener que jugar a esto con él.
Y entonces puso una sonrisita de “ he ganado”.
—Primera pregunta: ¿película favorita?
Me lo quedé mirando como si estuviera de broma.
—¿En serio?
—Vamos, no es tan difícil —dijo, disfrutando demasiado de la situación.
Apreté los dientes.
—No tengo tiempo para estas chorradas.
Pero él seguía como si nada, sonriendo tan ancho que incluso con la poca luz se le veían los dientes blancos y perfectos. Qué rabia.
—Segunda pregunta: ¿besar o ser besada?
Me pilló tan por sorpresa que tardé un segundo en reaccionar.
—Ni de coña pienso responder a eso.
—Uhh, qué borde. Vale… última pregunta: ¿por qué no me regalas una sonrisa de vez en cuando?
Le miré con cara de “¿vas en serio?”, pero sus ojos seguían ahí, intensos, fijos en los míos, esperando una respuesta.
—No es asunto tuyo. Dame el móvil.
Él chasqueó la lengua.
—Siempre tan seria, Reina. Te estás perdiendo lo mejor de la fiesta.
Al final, me tendió el móvil con su sonrisa de gilipollas habitual. Lo cogí sin decir nada, sintiendo que había caído en su estúpido juego… y odiándome un poco por haberlo hecho. Aunque, no sé porqué, una parte de mí se preguntó qué habría pasado si hubiese contestado de verdad a sus preguntas.
Me di la vuelta y caminé como pude por el agua hasta los escalones. Estaba empapada de cintura para abajo, pero al menos no se transparentaba nada. Gracias, vestido.
—Eh, Reina —me llamó desde atrás. Me giré sin pensar. Y sí, ahí estaba él, sonriendo otra vez, con el torso empapado y el pelo chorreando. Joder—. Tu móvil es acuático.
Fruncí el ceño y bajé la mirada. La pantalla se encendió sin problemas. Perfecta. Como si no se hubiera pasado varios minutos bajo el agua.
Bufé.
¿Lo había sabido todo el tiempo? ¿Y aun así prefirió vacilarme en lugar de decirme la verdad desde el principio?
No dije nada, pero pude imaginar perfectamente la respuesta que me habría soltado si le hubiera recriminado algo: “¿Dónde habría estado la gracia, entonces?”
Me tragué una respuesta y volví al interior de la casa.