Ni un beso más de ti (Sin ti 2) Chapter 8 #3
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Chapter 8 #3

Así que mi suposición de antes no estaba tan alejada de la realidad. ¿Michael creía que yo quería su fortuna?

Puf, por favor, ni que yo soñara con vivir del cuento.

—¿Conociste a su novia?

—Sí, la vi un par de veces el año pasado cuando vine de vacaciones. Estuvieron juntos casi cinco años. Michael iba a pedirle matrimonio justo antes de enterarse de que le engañaba.

Aquello era surrealista.

—Joder…

—Sí, joder.

—Así que lo de ser un gilipollas viene a raíz de eso…

Mis pensamientos iban a mil mientras lo observaba entre la multitud. Ahora entendía un poco mejor porqué me soltaba esas indirectas raras, porqué me miraba como si sospechara que era otra persona distinta a la que aparentaba ser.

La historia que me había contado Reid le daba sentido a muchas cosas. Cosas que antes me parecían prepotencia o desconfianza porque sí.

Y no, no justificaba su forma de hablarme, pero… tampoco era tan simple.

Al final, Michael también tenía su mochila. Sus heridas. Sus manías. Sus fantasmas.

Como todos.

Como yo.

—¿Y no ha estado con ninguna mujer desde entonces?

Mi voz sonó más suave de lo que esperaba, casi como si no quisiera que nadie más lo oyera.

Volví a mirarlo. Seguía hablando con esa mujer rubia, tan tranquilo, como si no tuviera un ejército de pensamientos míos girando a su alrededor. Y entonces, como si me hubiera escuchado pensar, levantó los ojos. Justo por encima del hombro de ella. Y me miró.

Tuve tiempo de apartar la vista antes de que nuestros ojos se cruzaran. Justo a tiempo.

Casi .

—No. —contestó Reid—. Además Michael es muy suyo. Está todo el día currando, apenas se da un respiro. No me lo imagino sacando hueco para una relación ahora mismo.

Claro. Mucho trabajo, poco tiempo y un radar activado para detectar cazafortunas.

Combo perfecto para quedarse solo.

O para desconfiar hasta de su sombra.

Un tintineo metálico contra el cristal rompió el murmullo general. Levanté la vista. Mi padre estaba subido a una tarima, copa en alto, dándole golpecitos con un cubierto para pedir silencio.

Reid y yo empezamos a acercarnos poco a poco, hasta que terminamos prácticamente frente a él.

—Damas y caballeros, gracias por haber aceptado venir esta noche a conocer a mi increíble y hermosa hija, Hero.

—La sala se llenó de aplausos y miradas curiosas que se dirigieron hacia mí, haciéndome sonrojar.

Mi padre continuó, disfrutando de la atención—.

Hero, no tengo palabras para expresar lo orgulloso que estoy de la mujer en la que te has convertido.

Eres inteligente, valiente y siempre has seguido tus sueños.

Recuerdo cuando eras una niña, llena de curiosidad y de felicidad.

Ibas sonriendo a todas partes, ayudando a todos los que lo necesitaban.

Ahora, veo a una mujer que ha superado todos los desafíos que la vida le ha puesto por delante y ha logrado más de lo que nunca podría haber imaginado.

Noté una mirada clavada en mí entre el gentío. Michael. Estaba ahí, como si intentara leerme la mente. Evité mirarlo y volví a centrarme en mi padre, que seguía con esa sonrisa de padre entregado que pocas veces había visto tan abiertamente.

—Hoy no solo celebramos que estés aquí junto a mí después de tanto tiempo, también quiero aprovechar este momento para decirte cuánto te quiero y cuánto significas para mí. Eres mi mayor logro, mi inspiración a seguir y estoy agradecido por cada momento que hemos compartido y por los que vendrán.

Miré a Reid. Mi padre nunca nos había dicho algo así, ni en público ni en privado, ni a él ni a mí, y que ahora me alabara delante de todos sin dedicarle una sola palabra a mi hermano me hizo temer que a Reid le sentara mal.

Pero Reid giró la cabeza hacia mí y su sonrisa me relajó un poco; Alzó su copa, brindó, bebió y me guiñó un ojo.

Supongo que ya estaba acostumbrado a que papá fuese más emocional conmigo.

Miré de nuevo a mi padre.

—Y quiero que sepas —continuó mi padre— que siempre he estado, y siempre voy a estar para ti.

Un murmullo suave recorrió la sala, y justo después, papá bajó de la tarima para abrazarme. Fue un gesto sencillo, pero me temblaron las piernas. Los aplausos no se hicieron esperar. Luego volvió a subir y miró de nuevo al público.

—Y ya que estamos en un día de emociones, quiero compartir con vosotros otra noticia. No solo celebramos que mi hija esté aquí con nosotros. También… que empieza una nueva etapa para mí.

Pausa dramática. Él la adoraba.

—Ximena y yo hemos decidido dar el siguiente paso en nuestra relación. Nos casamos.

Esta vez sí, los aplausos estallaron de verdad. Los vítores, las risas. Él la rodeó con un brazo y le dio un beso largo antes de perderse entre la gente que venía a felicitarlos. Reid me abrazó por la cintura y me llevó a un lado, lejos de todo el barullo.

La felicidad llenaba la sala.

Pero no me tocaba a mí.

La fiesta se alargó hasta bien entrada la madrugada.

Tenía los pies destrozados y, en cuanto me senté en el coche con Reid, me descalcé sin pensarlo dos veces y empecé a masajearme los dedos.

Nos dirigíamos de vuelta a la mansión de mi padre.

Esa iba a ser mi casa durante el resto del mes… y algo más.

—¿Tienes noticias de tu novio? —preguntó Reid, con la mirada en la carretera.

Negué sin despegar los ojos de mis pies doloridos, que seguían palpando las costuras invisibles de los tacones.

—¿Y mamá? —insistió—. ¿Ella ha sabido algo?

—Dice que no —respondí bajito. La voz me salió rota—. Pero creo que sí. Creo que ha hablado con él… y que le ha dicho que no quiere saber nada de mí.

—¿Y su amiga? ¿La hermana?

Volví a negar, sin energía.

—Les he escrito a todas por redes; a todos, en realidad. Pero es como si hubieran desaparecido. Como si no se hubieran creído nada de lo que les conté. Como si no se creyeran que eres mi hermano…

Me incorporé un poco y miré al frente.

—Debí haberles hablado de ti desde el principio. Nada de esto habría pasado.

Reid puso su mano en mi rodilla en un gesto de consuelo, pero yo ya no tenía fuerzas ni para mirarle.

—No te rayes —murmuró—. Dales un par de días. Seguro que alguien acaba escribiéndote.

Apoyé la cabeza en el respaldo y cerré los ojos un segundo. Qué más daba. Nadie iba a entender cómo me sentía. Era como estar atrapada en un pozo sin fondo. Cada día que pasaba sin una respuesta de Jaden era peor. Sin un mensaje, sin una llamada, sin un maldito visto. Nada. Solo silencio.

Me sentía sola, confundida, con el corazón encogido. La culpa me machacaba. Cada mensaje ignorado de Jaden era un golpe directo al pecho.

No paraba de darle vueltas. ¿Qué pasó? ¿Qué hice mal? Le expliqué todo, le conté quién era Reid, le mandé mensajes que me dejaron sin orgullo. ¿Y aun así me bloqueó? Como si nunca hubiéramos sido nada. Como si todo le hubiera dado igual.

La rabia se mezclaba con la tristeza, y lo único que conseguía era sentirme peor.

Compartimos tantas cosas. Tantos secretos, risas, miradas.

Y ahora… ahora era como si yo no existiera para él.

Me preguntaba si estaría bien. Si habría pasado algo grave.

O si simplemente me había sacado de su vida de un portazo.

Y mientras todo eso me daba vueltas en la cabeza, el coche llegó a la mansión.

Las luces del interior seguían encendidas por los empleados de guardia.

Me bajé descalza, con los tacones en una mano y el vestido arrastrando por el suelo.

Reid se fue directo a las escaleras, pero se giró al verme ir hacia la puerta trasera.

—¿No te vas a dormir?

—Necesito estar sola un rato.

Asintió sin decir nada más y me dejó ir.

Salí al jardín. La noche lo cubría todo, y el cielo, completamente despejado, parecía más grande de lo normal.

La piscina brillaba con ese azul tranquilo, casi hipnótico.

Me quedé de pie, al borde del agua, sin atreverme a acercarme más.

Necesitaba ese momento para mí. Para soltar todo lo que llevaba encima. Para dejar que mi mente respirara.

El agua estaba quieta. Negra. Y de repente, me vino la imagen de Jaden empujándome a la piscina de la casa de León, riéndose como un niño.

Después vinieron más recuerdos: las maratones de Harry Potter en su sofá, sus besos, ese hotel, la vuelta del viaje, la cena en la terraza, y aquella promesa medio en broma, medio en serio, de que nos casaríamos.

Y ahora… ni una palabra suya.

Solo ese silencio que me pesaba más que cualquier cosa.

Cerré los ojos y recordé la promesa que me hizo Jaden aquella noche, cuando juró que me quitaría el miedo al agua. Fue eso lo que me dio valor para acercarme al borde de la piscina, sentarme con cuidado y meter los pies en el agua. Estaba fría, pero no me importó.

Me quedé ahí, quieta, dejando que los recuerdos me envolvieran. Como si, de alguna forma, él pudiera sentir desde donde estuviera que lo necesitaba. Que lo necesitaba mucho.

Le echaba tanto de menos…

Cerré los ojos y me dejé llevar por la memoria, por la forma en que me tocaba, en que me besaba como si no hubiera nada más. Como si yo fuera lo mejor que le había pasado nunca.

Suspiré y agarré el móvil. Lo desbloqueé sin pensar y abrí la primera red social que encontré, buscando algo. Cualquier cosa de él. No me había bloqueado ahí, al menos no todavía. Entré en su perfil. Nada nuevo. Todo igual desde hacía semanas.

Entonces se me ocurrió buscar otro perfil. Uno en común.

El de Marta.

Y ahí sí había movimiento. Un montón de fotos antiguas con Jaden, de antes de que él y yo volviéramos a vernos. Pero la última… la última era reciente. Muy reciente. La había subido justo un día después de que yo cogiera el avión.

Jaden salía abrazándola por detrás, con esa sonrisa que a mí me deshacía por dentro. Marta le besaba la mejilla. Y debajo, la frase que me acabó de rematar:

“ Por momentos como éste, que me diste la vida.”