Ni un beso más de ti (Sin ti 2) Chapter 8
17%

Chapter 8

Capítulo seis

— PASADO —

Treinta y tres días para la boda.

Hero

La noche siguiente a aquel encuentro inesperado con Michael —tan atractivo como metomentodo—, me estaba metiendo en un vestido de escándalo que me había prestado Ximena. Elegante, carísimo y todo lo que yo no soy.

La ocasión lo merecía, según ellos. Era la fiesta de compromiso de mi padre y Ximena, aunque eso, en teoría, seguía siendo secreto.

Se suponía que la fiesta era en mi honor, como bienvenida oficial, pero lo que de verdad iban a hacer era anunciar su boda y repartir las invitaciones como si fuese lo más normal del mundo.

Yo me enteré en el restaurante al que me arrastraron nada más pisar la ciudad.

Me sentó fatal. Ser el centro de atención de, mínimo, cien personas…

No era precisamente mi idea de una buena noche.

Encima, Ximena lo vendió como una oportunidad genial para “ conocer a chicos interesantes”.

Claro. Como soy la hija del magnate, pues ahora parece que tengo un cartel de “ pieza codiciada”.

Lo cierto es que tanto Reid como yo íbamos a heredar una buena parte, y eso nos convertía en algo que mucha gente miraría más por interés que por otra cosa.

No me apetecía ir a esa fiesta, pero tampoco era plan de montar un drama.

Llamaron suavemente a la puerta, y antes de que se abriera ya sabía que era él.

Dejé el móvil en el tocador después de haber llamado a Jaden una vez más y darme por vencida ese día.

Reid entró con una sonrisa tranquila, una cajita azul en las manos y un traje negro que le quedaba demasiado bien.

Parecía que el que se iba a prometer era él.

—Estás muy guapo —le dije con una sonrisa.

Él me lanzó una mirada divertida mientras se ajustaba la chaqueta. Nos reímos. Siempre habíamos tenido esa conexión de hermanos.

—Tú también. El vestido te queda genial.

Le sonreí, agradecida, y volví a mirarme al espejo para ajustarme el recogido que había intentado hacerme siguiendo un tutorial de YouTube. No estaba mal.

—Gracias.

Vi cómo abría la cajita sin decir nada.

Me giré, curiosa… y flipé al ver lo que había dentro.

—Madre mía, Reid… ¿de dónde has sacado esto?

—He ido esta mañana a por él —respondió tan tranquilo.

Mis ojos se abrieron como platos al ver la gargantilla de diamantes en miniatura.

—¿Es… para mí? ¿Me lo has comprado tú?

Asintió, divertido por mi cara.

—Te habrá costado un dineral. No puedo aceptarlo.

—No digas tonterías —sacó el collar de la caja y me hizo girar de nuevo hacia el espejo mientras me lo ponía—. Sabes que tengo más pasta de la que necesito, y no hay nadie mejor en quien gastarla que en ti. Eres mi hermana. Te lo mereces todo.

Me lo colocó con cuidado. Nos miramos en el reflejo del espejo. Me quedaba bien y era precioso. Él sonrió.

—Ahora sí. Estás perfecta.

Un pensamiento me atravesó de golpe. Yo ahí, disfrutando de todos esos lujos… mientras mi madre se mataba a trabajar para pagar el alquiler. El sentimiento de culpa me dio de lleno.

—No sé cómo lo haces. Yo no termino de acostumbrarme a esto.

—No lo hago. Por eso no suelo estar aquí.

Bajé la mirada y me giré para enfrentarme a él.

—¿Crees que papá nos ayudaría a mamá y a mí?

Reid me miró con el ceño fruncido.

—¿Por qué lo dices?

—Apenas tengo tiempo para estudiar porque tengo que trabajar.

Su cara se arrugó con la nueva información.

—¿Estás currando mientras estudias? ¿Y no me lo habías dicho?

Tragué saliva. Tenía que habérselo contado antes, lo sabía.

—Tengo que ayudar a mamá con el alquiler. Pasa todo el día en el hospital y cobra lo justo.

—¿Mamá está mal económicamente?

—Sí. Gana poco en el hospital. Entre eso y el alquiler, siempre vamos justísimas a final de mes. Llevo meses echándole una mano.

Reid se pasó la mano por el pelo, como si no supiera por dónde empezar. Ahora parecía súper tenso, preocupado y enfadado.

—¿Por qué me estoy enterando de esto ahora?

—No lo sé. Supongo que no quería hablar de eso aquí. Pero tenía que decírtelo.

—¿Y mamá porque no hablo con papá antes?

—No lo sé, me dijo que no quería tener que depender de su ex marido. Que podíamos arreglárnosla solas, pero… tú la has visto. Siempre está trabajando.

Mi hermano se dejó caer en el asiento del tocador y bufó.

—Será cabezota. Si le hubiera pedido ayuda a papá, se la hubiera dado enseguida. Y ella lo sabe. No entiendo porqué permite que trabajes cuando lo que tienes que hacer es enfocarte en tus estudios…

—Eso no era tema de discusiones, Reid. Yo lo elegí, pero es verdad que cuando vuelva a España voy a tenerme que ponerme las pilas, y con el trabajo… He estado dándole vueltas en si pedirle ayuda o no a papá, pero es que no quiero que mamá se enfade conmigo.

Mi hermano suspiró.

—Si se enfada es porque es idiota, Hero —bufó otra vez—. Dios, ¿cómo puede haber dejado que trabajes? No lo entiendo…

Se estaba frotando los ojos. Sabía que ahora mismo su cerebro estaba funcionando a mil revoluciones. Seguro que estaría pensando en darle a mamá todo lo que tenía y que no solía gastar.

—Entonces, ¿crees que nos echará una mano? —pregunté.

—Claro que lo hará. Eres su hija y Yolanda ha sido su mujer toda la vida.

Él se acercó y me abrazó.

—Pero, joder, se la va a liar mucho a mamá por no haberle llamado.

Suspiré, un poco más aliviada.

—Siento no haberme dado cuenta antes —añadió—. Lo arreglaremos, ¿vale?

Diez minutos después estábamos en el coche nuevo de papá, rumbo al lugar donde iba a celebrarse la fiesta. Fuera, la ciudad seguía iluminada, ajena a todo. Yo, en cambio, no dejaba de darle vueltas a lo que me esperaba esa noche.

El coche nos dejó justo delante de una entrada enorme, con luces tan potentes que parecían querer competir con las estrellas. Reid salió primero y me abrió la puerta. Siempre tan atento. Me ofreció el brazo, y lo acepté sin decir nada.

El edificio era impresionante. No se parecía a nada que hubiera visto antes.

Todo era lujo, desde las paredes llenas de cuadros caros hasta los candelabros gigantes que colgaban del techo y dejaban caer una luz suave y cálida sobre la sala.

La gente iba vestida como de revista: trajes a medida, vestidos que seguro costaban más que todo lo que yo tenía en el armario.

Hablaban entre ellos como si se conocieran de toda la vida, con copas de champán en la mano.

Intenté no parecer demasiado fuera de lugar, aunque por dentro me sentía completamente ajena a todo eso.

Avanzamos por el salón, cruzándonos con miradas curiosas. Reid saludaba como si hubiera nacido para eso, tan seguro de sí mismo, tan cómodo. Yo solo intentaba no tropezarme ni parecer demasiado impresionada.

Todo estaba decorado hasta el último detalle. Flores por todas partes, mesas llenas de platos que no sabría ni nombrar. En una esquina, un pianista tocaba algo clásico en un piano de cola que parecía sacado de una película.

Y en medio de todo, mi padre, rodeado de gente importante, hablando con esa sonrisa que reservaba para las ocasiones públicas. Me acerqué con Reid, como si pudiera engañar al ambiente fingiendo que aquello también era mi mundo.

La noche fue pasando entre saludos, risas falsas y conversaciones que no me interesaban. Gente que no conocía de nada me daba la bienvenida con efusividad, mientras yo sonreía como podía. Todo era un papel. Yo solo estaba actuando.

Y lo peor es que lo sabía. Sabía que no encajaba, que nada de eso era real para mí. Que mi vida estaba a mil kilómetros de allí.

Llevaba todo el día llamando a Jaden. Nada. Ni una respuesta. Me saltaba el buzón una y otra vez. Y lo sabía. Sabía que me había bloqueado. La última vez que lo llamé, antes de subir a ese avión, al menos daba tono. Ahora, silencio.

Lucía y Alice tampoco me habían escrito. Nadie.

La ansiedad me explotó en el pecho. Todo empezó a desdibujarse. Comencé a respirar mal, las manos me empezaron a sudar y las piernas a temblar. Necesitaba salir de ahí. Ya.

Sentí una mano en la espalda, justo en el hueco que dejaba el vestido. Era cálida, segura. Me giré, pero solo vi una camisa elegante. Y antes de poder preguntar nada, esa misma mano me guió entre la gente hasta una terraza.

El aire fresco de Miami me golpeó la piel. Me acerqué a la barandilla, agarré el metal frío y cerré los ojos. Inhalé. Exhalé.

Respiraba. Por fin.

—¿Estás bien?

Abrí los ojos y giré la cabeza. Reconocí la voz antes de verlo. Y aun así, el cuerpo me reaccionó como si me hubieran tirado un cubo de agua fría.

Michael.

Otra vez él.

Le eché un vistazo rápido. Iba otra vez en traje, aunque esta vez sí se había molestado en abotonarse la camisa…

bueno, casi. El primer botón estaba abierto, lo justo para que se le asomara el tatuaje del cuello.

La noche anterior no me había fijado bien, pero con la luz de la terraza se veía claro: era un mandala.

Sus ojos verdes me miraban con menos intensidad que otras veces, más suave… pero seguían ahí, clavados en mí.

¿Había sido él quien me había sacado a la terraza?

—¿Qué haces aquí? —pregunté, sin filtro.

No había pensado en él desde la noche anterior, y ahora estaba delante de mí como si nada. Como si no hubiera removido algo dentro de mí que no quería ni mirar.

—Creía que era tu fiesta de bienvenida.

—¿Y quién te ha invitado? —le solté, algo borde. Me arrepentí al segundo. No era mi fiesta, al fin y al cabo. Era el anuncio del compromiso de mi padre.

Michael sonrió. Lento. Y soltó una pequeña risa por la nariz.

—Vaya, qué simpática.

—No intento ser simpática contigo —le respondí, apretando la barandilla con los dedos. Mantuve la distancia, más por necesidad que por cortesía.

Y era verdad. No me salía ser amable con él. Todo en su forma de estar me hacía sentir incómoda. Tal vez por lo seguro que parecía. O porque me atraía más de lo que quería admitir.

—Pues yo sí quiero serlo contigo —dijo, dando un paso más cerca. Su mirada se clavó en la mía. Directa. Incómodamente directa.