Ni un beso más de ti (Sin ti 2) Chapter 7 #2
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Chapter 7 #2

Me apretó contra él. Sentí todas las miradas sobre mí, y por primera vez en horas, sonreí.

—Voy a por algo de beber —dije.

—¿Te acompaño? —preguntó Reid.

Negué con la cabeza.

—Estoy bien, en serio. Vuelvo enseguida. —Le guiñé un ojo.

Me abrí paso entre la multitud hasta llegar a la cocina. Y lo que vi me dejó congelada.

Lucía y Tommy. Discutiendo.

No fue mi intención escuchar, pero me quedé clavada en el marco de la puerta.

Tommy, a quien no había visto desde que nos presentaron, vestía un vaquero oscuro, una chaqueta vaquera y un jersey negro de cuello alto. Estaba tenso. Dolido.

—Entonces es cierto. ¿Ahora estás con él?

Lucía frunció el ceño, cruzándose de brazos.

—No… no estoy con él. Solo… solo…

Parecía hecha polvo. Como si no quisiera admitirlo.

—¿Solo qué? ¿Solo te lo estás tirando cuando te apetece?

—Tú y yo no estamos juntos como para darte explicaciones, y te recuerdo que…

—No vayas por ahí, Lucía. No me cambies el tema. Os he visto. Besándoos.

—Sí, nos besamos. Sí, nos acostamos. ¿Eso querías escuchar?

El cuerpo de Tommy se tensó.

—¿Desde cuándo?

Lucía tragó saliva, apartó la mirada… y me vio. Pero aun así, respondió.

—Desde hace un par de meses.

Tommy se quedó quieto, con los ojos brillantes. Le acababa de romper el corazón.

Yo recordé algo que me había dicho en ese viaje: que los amaba a los dos. ¿Entonces por qué hacía esto? ¿Había descubierto algo que yo no sabía?

—Hace un par de meses que lo dejamos —dijo Tommy, con la voz rota.

—Entonces ya tienes tu respuesta.

Él asintió despacio y se giró hacia mí para salir de la cocina. Me miró, sin decir nada, y luego pasó por mi lado. Le dejé espacio. Al girarme, vi a Lucía desmoronarse. Corrí a abrazarla.

—Tía…

No sabía qué decir. Ni siquiera si tenía que decir algo o simplemente dejar que lo soltara todo. Pero entonces rompió a llorar… y empezó a balbucearlo todo.

—No… no sé qué hacer. Con Álvaro estoy bien, me siento bien, pero cuando estoy sola…

echo de menos a Tommy. Y ahora Tommy lo sabe.

No sé quién coño le ha contado lo mío con Álvaro, pero no podía mentirle.

Y creo… creo que la he jodido. Me dolió la cara que puso.

Le he partido el corazón. Y lo peor es que…

todavía le quiero. Los quiero a los dos, ¿eso está bien?

Me quedé callada. Porque, sinceramente, no tenía ni idea de qué decirle. Era su corazón. Sus sentimientos. ¿Quién era yo para decirle qué hacer? ¿A quién tenía que amar?

—¿Y quién decide qué está bien y qué no? —solté al fin—. ¿Quién dice que no puedes querer a los dos? ¿O que tienes que elegir?

Lucía se echó hacia atrás, cubriéndose la cara con las manos. Estuvo así unos segundos, y cuando volvió a mirarme, el rímel le había bajado por las mejillas. Parecía rota.

—¿Y entonces qué hago?

No tenía ni idea. Ni de qué contestarle… ni de qué haría yo en su lugar.

—Si elijo a Tommy, nunca le voy a perdonar lo que hizo.

Mi cabeza estaría todo el rato imaginándolos juntos.

Él y Ana. Y si elijo a Álvaro… —Se pasó un mechón de pelo tras la oreja, agotada—.

Ya sé lo que me espera: estar ahí cuando le apetezca.

Ver cómo se acuesta con cualquier tía que le entre por los ojos.

Se me encogió el pecho. Me dolía verla así, tan perdida.

—Pues no elijas a ninguno. —dije sin pensarlo demasiado, más como un pensamiento en voz alta.

Ella me miró directo a los ojos.

—Yo no perdonaría algo así —añadí, recordando el beso de Marta y Jaden en aquella fiesta. Aquello lo había dejado pasar, sí… pero si hubiese ido a más, como Tommy con Ana, no lo habría perdonado nunca—. Y tampoco sería nunca el segundo plato de nadie. Tú te mereces algo mejor, Lucía.

—Totalmente de acuerdo con eso.

Mi estómago dio un salto al escuchar esa voz. Las dos giramos al mismo tiempo.

Ahí estaba él. Jaden. Apoyado en el marco de la puerta, con los brazos cruzados. Llevaba unos vaqueros ajustados, camiseta negra de cuello alto y una chaqueta de pana beige. Estaba guapísimo, claro.

—¿Qué te pasa, pequeña? ¿A quién hay que partirle la cara?

Ni me miró más de un segundo. Fue directo hacia Lucía, le puso las manos suavemente en los hombros y la acercó a él, como si fuera su hermana pequeña. Luego le levantó la barbilla con un dedo, obligándola a mirarlo.

—Eh… ¿Por qué lloras? ¿Es por Tommy?

Lucía asintió sin decir palabra.

Jaden resopló.

—¿Por qué no me contáis ya de una vez qué coño pasó? Él no quiere hablar. Ni siquiera menciona tu nombre. Y yo me estoy empezando a cabrear porque no entiendo porqué dos de mis mejores amigos ya ni se hablan.

—Tú lo sabes. Solo que se te ha olvidado —respondió Lucía, sin mirarlo.

—Muy graciosa.

La soltó, aunque no apartó los ojos de ella. Esperaba una respuesta. Y buena.

Yo me dije que ese era un buen momento para dejarlos a solas… por mucho que una parte de mí no quisiera despegarme de Jaden nunca más. Así que di un paso hacia la puerta.

—No quiero joder tu… —Empezó a decir Lucía, pero Jaden se movió tan rápido que la dejó a medias.

Me quedé atrapada en la cocina cuando apoyó el brazo en la encimera, justo delante de mí, bloqueándome el paso. Sus ojos se clavaron en los míos, y juro que sentí cómo me atravesaban por dentro. No quería que me fuera. Y esa era su manera de decirlo, sin decirlo.

—¿Podemos hablar de esto en otro momento? —murmuró Lucía, algo nerviosa—. No quiero estropearte la fiesta de bienvenida. ¿Conoces a mi amiga He… —carraspeó, secándose las lágrimas con el dorso de la mano— Emilia?

Jaden desvió la mirada hacia mí, recorriéndome de arriba abajo con total descaro, y luego se quedó en mis ojos.

—Imposible olvidar unos ojos así. Lía, ¿no?

Tragué saliva, me mordí el labio sin darme cuenta y asentí. Sentía la presión entre las piernas, el cuerpo en tensión… solo por tenerlo tan cerca. Solo por recordarlo dentro de mí. Y por desear que volviera a pasar. Como aquella vez.

—¿De qué la conoces? —Lucía mantuvo el tipo como una campeona. Le daría un Goya.

—Nos vimos en el hospital —dijo él, sin apartar los ojos de mí—. La pregunta es: ¿tú de qué la conoces? ¿Y por qué está en mi fiesta?

Se dirigía a Lucía, sí, pero ni por un segundo dejó de mirarme como si estuviera a punto de devorarme. Empecé a notar un cosquilleo en los dedos de las manos de lo cerca que tenía su brazo… y lo mucho que quería tocarlo.

—Es prima de Álvaro.

—¿Ah, sí? —Frunció el ceño, intrigado—. Entonces… supongo que ya nos habíamos visto antes, ¿no?

Me hablaba a mí. Tuve que ordenarle a mi cerebro que arrancara, porque estaba en shock.

—Sí, nos hemos cruzado en alguna fiesta.

—¿Y no hablamos nunca? —Frunció el ceño, extrañado.

—No… no llegamos a hablar —respondí, con la mirada de los dos encima—. Siempre iba con mi… novio.

—Ah, sí. La chica que sufría por amor, ¿no? ¿Cómo te va con eso? ¿Está aquí?

—No. Ya no… estamos juntos.

—Supongo que eso es buena señal. —No, no lo era. En absoluto. Me miró con esa sonrisilla que sabía que me iba a desarmar—. ¿Y todavía le quieres?

Sabía perfectamente lo que estaba haciendo. Si decía que no, le dejaba la puerta abierta. Y si decía que sí… también. Pero no podía mentirle. No a él.

—Con todo mi corazón.

Entonces sonrió. Pero no fue su sonrisa de siempre. Fue otra. Una que me prometía que no iba a dejar las cosas así. Una que decía: “ te vas a olvidar de ese imbécil muy pronto”… sin saber que ese imbécil era él.

—¿Te apetece una copa?

Asentí. Y su sonrisa se ensanchó aún más.