Chapter 7
Capítulo cinco
Hero
Había pasado una semana desde la última vez que vi a Jaden y decidí hacer la locura de colarme en el hospital haciéndome pasar por una enfermera.
Lucía y Alice me tenían al tanto de cómo iba la recuperación y, según ellas, hacía dos días que le habían dado el alta y ya estaba en su piso.
Vivo. Caminando. Respirando. Y yo sin poder verlo.
Había fantaseado muchas veces con plantarme en su puerta, tirarle los brazos al cuello y soltarle: “ Eh, soy yo, tu novia. ¿Te sueno?”. Pero no podía. Me tenía que aguantar y seguir el dichoso “ Plan de recuperación de memoria” que Lucía había montado con más seriedad que una operación militar.
Fase uno: fiesta de bienvenida donde yo haría mi gloriosa aparición como prima lejana de Álvaro (no sé de qué parte de la familia, pero nadie iba a comprobar el árbol genealógico, así que todo bien).
Fase dos: encuentros casuales con gente y lugares que alguna vez significaron algo para él.
Fase tres: provocar recuerdos compartidos, ir a la heladería donde fuimos con Lucía o hacer una noche de maratón de Harry Potter.
Y fase cuatro: soltarle detalles de nuestra relación poco a poco, como si no fuera un bombazo que me había amado con toda su alma y yo a él.
Total, un show. Pero un show con esperanza.
Esa noche estaba de los nervios. Me temblaban hasta los pendientes. Sabía que Marta no iba a estar porque Lucía me lo había jurado por Ronald Weasley, y Álvaro ya venía a recogerme para ir juntos. Aun así, tenía una sensación en el pecho que no me dejaba respirar bien.
Para la ocasión elegí unos vaqueros rotos por la rodilla, un top ajustado que me hacía buen escote (porque sí, hoy me apetecía verme guapa para Jaden) y unos tacones negros de terciopelo que Ximena me había regalado porque a ella le apretaban.
Yo iba cómoda, sexy y lista para fingir que no conocía al amor de mi vida.
—Mamá, me voy ya a la fiesta de bienvenida de Jaden —grité desde el pasillo mientras me ponía la chaqueta.
—Vale, cariño —respondió desde la cocina, con su bata de lunares de siempre, la misma que huele a suavizante y café por las mañanas. Se acercó con una taza de té y me dio un beso en la mejilla—. ¿Va Lucía? ¿Y Alice?
—Sí, estarán las dos. —Le sonreí mientras cogía el bolso.
Mi madre tenía cara de cansancio extremo, como si se le estuviera cayendo la semana encima. Sebastián se quejaba de que la exprimían en el trabajo, pero él tampoco paraba. A veces creo que ambos se medían a ver quién acumulaba más turnos seguidos.
Caminé hasta la entrada y allí estaba Reid, peinándose con un peine que había sacado de su chaqueta como si fuera un personaje de los años 70.
—¿Estás listo, John Travolta? —le solté, mirando cómo se admiraba en el espejo.
Era muy de él eso de mirarse en cualquier superficie reflectante.
Desde pequeño lo hacía. Reid y los espejos siempre habían tenido una relación especial.
Había estado tanto tiempo lejos de casa, que ahora tenerlo revoloteando a mi alrededor cada día se sentía…
no sé, raro, pero también reconfortante.
—Yo soy más guapo que John Travolta. —Sonrió con esa seguridad tan suya.
—Sí, claro. ¿Vamos ya? Álvaro está abajo.
Cogimos todo y bajamos. Álvaro nos esperaba apoyado en su coche, con una sonrisa en la cara mientras miraba el móvil. Se lo guardó en cuanto me vio y se acercó a saludarme con un abrazo cálido.
—Hero, estás genial —me dijo.
—Yo también te he echado de menos —respondí con una sonrisa que me salió del alma. Luego me giré hacia Reid—. Álvaro, él es mi hermano, Reid.
—Ah, el famoso Reid —dijo Álvaro, sorprendido, dándole la mano.
—El mismísimo —respondió Reid, como si fueran colegas desde siempre.
El camino hasta la casa de Lucía fue divertido.
Reid y Álvaro conectaron al instante. Mi hermano tenía ese talento natural para caerle bien hasta a los árboles, y Álvaro, que normalmente no se soltaba tanto, iba ya por la segunda carcajada en cinco minutos.
Cuando llegamos, la casa de Lucía estaba vestida de fiesta.
Había guirnaldas de luces parpadeando en la entrada, globos por todas partes y música K-Pop sonando desde algún altavoz escondido.
El aire olía a palomitas, perfume caro y una mezcla rara entre ambientador de vainilla y colonia de adolescente. Muy Lucía.
Álvaro se llevó a Reid a por cervezas, y yo me quedé buscando caras conocidas. Enseguida vi a Pablo y Álex ayudando a Lucía con la decoración.
—¡Hero! ¡Pensé que ibas a llegar tarde! —Lucía estaba subida a una escalera, con cinta adhesiva pegada a todos los dedos y un globo atrapado en el pelo.
—¡Estoy aquí, tranquila! —le dije, sonriendo, mientras veía que bajaba y se acercaba a abrazarme.
Me quitó el bolso y la chaqueta sin preguntar, se lo dio a una chica diciéndole que lo subiera a su habitación, y volvió a su escalera.
Escuché unos gritos de emoción detrás de mí y me giré.
—¡Por fin has vuelto! —dijo Pablo al abrazarme—. ¿Qué tal por América?
—Pues… regular —respondí encogiéndome de hombros—. ¿Y vosotros?
—Bien, dentro de lo que cabe —contestó Álex—. Estábamos esperando que Jaden despertara. Fue raro cuando supimos que no te recordaba…
Se me cortó la respiración. Ya era demasiado doloroso tenerlo en mi cabeza todo el tiempo como para que también me lo recordaran los demás.
—Sí, para mí también fue un shock. —La sonrisa se me esfumó.
Ambos se miraron con esa cara de “ sabemos más de lo que parece”. Seguramente también estaban al tanto del drama completo.
—Así que ahora eres Emilia —comentó Pablo.
—Bueno, Lía —aclaré.
—Va a costar acostumbrarse —murmuró Álex, haciendo una mueca.
—A mí también se me hace raro —admití.
Entonces sentí una mano fría en el hombro.
Noté que Pablo y Álex se tensaban un poco, así que me giré con el estómago encogido y vi ese pelo negro, el escote casi hasta el ombligo, las curvas que sabía que le encantaba mostrar y esa sonrisa que fingía mejor que nadie. Marta. Perfecta y odiosa como siempre.
Me miró de arriba abajo, con una expresión que parecía querer decir “ ay, qué mona vienes… para ser tú ”.
—Hero, cariño. Cuánto tiempo sin verte.
La parte venenosa que llevaba dentro salió a relucir cuando soltó esas palabras.
—Marta. ¿Qué haces aquí?
—Pues lo mismo que tú. Darle la bienvenida a un viejo… amigo.
—¿Amigo? —Levanté las cejas y me crucé de brazos, esperando—. ¿No te quedó lo suficientemente claro la parte de la conversación que mantuvo Jaden contigo en el viaje donde te decía que no volvieras a acercarte a nosotros?
—Oh… —Sonrió con esa cara de serpiente que tenía—. ¿Estás segura que fue eso lo que me dijo, que me apartara de vosotros? ¿O fue eso lo que te contó él para calmar tu rabieta?
Fruncí el ceño, incómoda. ¿Y si…? ¿Y si Jaden nunca la había apartado de verdad?
—Jaden nunca me pidió que desapareciera, cariño —prosiguió—. Sí, hablamos. Pero lo único que me dijo fue que me mantuviera lejos un par de semanas… hasta que a ti se te pasara el berrinche.
Sentí un escalofrío. Las lágrimas asomaban, pero las empujé de vuelta con pura rabia.
—Nadie ha podido separarnos nunca. Ni ellas… —añadió ella, lanzando una mirada hacia las chicas de la fiesta y luego clavando los ojos en mí—, ni tú.
Apreté los puños tan fuerte que me dolieron los nudillos.
—Y, además, he oído que te ha olvidado. No debiste de significar mucho para él, si ya no formas parte de sus recuerdos. Sin embargo, por el contrario, yo sí sigo en su cabecita. —Se encogió de hombros con una sonrisa—. Buena suerte.
Se giró y empezó a alejarse. Quise salir corriendo detrás de ella, arrancarle del pelo y estrellarla contra el suelo. La imagen de su cara sangrando me invadió la cabeza y casi me hizo sonreír. Pero antes de que pudiera moverme, unos brazos me sujetaron por detrás.
—No le hagas caso, Hero.
Pero ya era tarde. La imagen cambió. Ahora los veía a ellos. Jaden y Marta. Besándose. Tocándose. Como esa vez. Como aquella maldita vez. Sentí la bilis subirme a la garganta, me solté de los brazos que me sostenían y salí corriendo al baño.
Cerré la puerta y vomité. Una, dos, tres veces. No podía sacármela de la cabeza. Y no solo era eso. Era todo.
Mi visita al ginecólogo.
Mis días creyendo que Jaden estaba muerto.
La mezcla absurda de felicidad y terror cuando pensé que llevaba a su bebé dentro.
El dolor devastador al sentir que tal vez mi propio cuerpo había decidido deshacerse de él.
Y ahora esto.
La escena de Marta encima de Jaden en aquella fiesta que ahora parecía tan lejana, besándose como si yo no existiera, aquella primera vez que decidí confiar ciegamente en él. En el viaje a Ibiza. Seguí vomitando hasta que no quedó nada. Solo lágrimas y dolor.
Me levanté tras tirar de la cisterna y me miré al espejo. Tenía lágrimas en los ojos del esfuerzo y estaba más pálida que de costumbre. Me enjuagué la boca y me quedé ahí un rato, esperando a que mi cabeza dejara de torturarme sola.
El móvil vibró. Un mensaje. Seguramente Lucía preguntando dónde estaba.
No lo miré, sino que abrí la puerta y volví a la fiesta.
La música ya retumbaba más alta que antes.
La gente bebía, bailaba, reía. Nadie recordaba que aquello era una fiesta de bienvenida.
No vi ni a Jaden ni a Lucía, pero sí a mi hermano, con Álvaro, Pablo y Álex.
Reid me miró, sonrió… pero se le borró la sonrisa al ver mi cara.
—¿Estás bien?
No un “ ¿dónde estabas? ”, ni un “ ¿por qué has tardado tanto? ”. Solo un “ ¿estás bien? ”. Por eso lo quería tanto.
Negué con la cabeza, como quitándole importancia, y me acerqué a su costado para que me abrazara.
Los chicos me miraron un segundo, pero siguieron hablando como si nada. Fue entonces cuando lo noté: yo no había presentado a Reid… pero por la forma en la que hablaban, él ya era uno más del grupo.
—¿Te quedarás mucho por aquí, Reid? —le preguntó Álvaro, con la copa en la mano.
—Todo el tiempo que ella me necesite.