Chapter 6
Capítulo cuatro
Hero
—¿A qué has venido a España? —repetí, sabiendo que lo adecuado sería haberlo invitado a pasar, pero…
No podía dejarme llevar otra vez. No como aquella última vez.
La última vez, cuando me encerré en mí misma, no quería ver a nadie, ni probar bocado, ni hablar.
Y fue él. Él el que me abrazó sin decir nada, dejándome llorar con la cabeza escondida en su pecho mientras me acariciaba la espalda, la nuca y el pelo como si supiera exactamente lo que necesitaba. Hora tras hora, día tras día.
—Quería verte —soltó.
Me mordí el labio, crucé los brazos.
—¿Verme? ¿Has dejado Estados Unidos, tu empresa, tu vida… solo para verme ?
Michael frunció el ceño.
—Eres como un grano en el culo, ¿te lo han dicho alguna vez?
—Sí, varias veces. Curiosamente, todas tú.
Resopló y empezó a abrir y cerrar las manos, ese tic raro que tenía cuando se ponía nervioso. Ya se lo había visto hacer más veces. También me fijé en que no traía maletas. ¿Las habría dejado ya en algún hotelazo? Con el pastizal que tenía, no me habría sorprendido.
—Estaba preocupado por ti, ¿vale? —dijo al fin.
Solté una risita sarcástica.
—Venga ya…
No me creía que estuviera aquí solo por eso.
—Sí, Reina, ¿tanto te cuesta creer que alguien se preocupe por ti? Creo que te lo he demostrado en otras ocasiones…
No, Michael. No es eso. Sé que tú sí te preocupas por mí.
—No.
Se apoyó en el marco de la puerta, cruzando los brazos como yo. Su rostro parecía aliviado, no como la última vez que lo vi. Tenso, incómodo. Me quité la imagen de la cabeza.
—¿Cómo sabes dónde vivo?
Michael me dedicó esa sonrisa suya, ladeada y molesta.
—Vamos, Reina, no es tan difícil de averiguar. Usa la cabeza.
—Ah, claro. Tus… “contactos”, ¿no?
Asintió sin esfuerzo.
—Entonces imagino que también te habrán contado que mi novio, Jaden, sigue vivo.
No se inmutó. Ni una ceja se movió. Me quedé observándolo. ¿Lo sabía de verdad? ¿O era solo teatro? ¿Y si lo sabía… qué pintaba aquí?
Escuché un murmullo detrás de mí. Lucía regañándole a Reid por acercarse tanto. Giré un poco la cabeza y pillé sus dos cabezas asomadas por la puerta. Se escondieron rápido. Suspiré. Michael también estaba mirando hacia allí cuando me giré de nuevo a mirarlo.
—¿Quieres pasar?
Asintió. Entró y se quitó la chaqueta, como siempre hacía al entrar en alguna casa, y la colgué en el perchero antes de llevarlo al salón. Reid y Lucía ya estaban bien colocaditos en el sofá, como si no nos hubieran estado espiando.
—Michael, ella es Lucía, una amiga. Y ya conoces a Reid.
Michael saludó a Lucía y noté al instante que ella no lo miraba muy convencida. Entendía el porqué. Lo veía como una amenaza. Como un riesgo para Jaden. Para mí no lo era. Aunque hubiera venido hasta aquí solo para verme, eso no significaba que las cosas fueran a cambiar.
—Soy Lucía, la mejor amiga del novio de Hero —soltó, marcando la palabra novio.
—Michael Anderson.
Lucía frunció el ceño.
—¿Anderson? ¿De la… compañía líder en tecnología de inteligencia artificial?
Desconocía de qué podría conocer Lucía la compañía de Michael, pero ahí estaba, haciendo esa pregunta como si estuviera al corriente de todo lo que hacían en esa empresa.
—Exacto. ¿Conoces mi compañía?
Lucía pareció sorprendida e impactada a la vez, cosa que no me sorprendía en absoluto.
—¡Sí! —Frunció el ceño como si no se creyera que tenía al mismísimo dueño de esa empresa delante de sus narices, y yo me perdí un poco por su reacción.
Parecía asombrada y su mirada se había vuelto una mezcla de admiración y adoración por Michael que me desubicó—.
Estoy especializándome en robótica y ciencia de datos.
Incluso hice una redacción sobre Anderson Technologies y su papel innovador en el campo.
Vale. ¿Era una idiota por no haberle preguntado nunca a Lucía qué estaba estudiando en la universidad? Al parecer sí.
—Vaya, eso suena interesante. —Michael me lanzó una mirada rápida y después volvió a centrarse en Lucía—.
Si tienes alguna vez preguntas o necesitas más información para tus estudios, estaré encantado de ayudarte.
Incluso si quieres, puedo pedir hacerte una visita guiada en la empresa que tenemos instalada en esta ciudad.
Tenemos algunos proyectos en desarrollo que podrían ayudarte.
Lucía abrió la boca, flipando. No me extrañaba. Michael podía ser encantador. Eso sí, con todos menos conmigo. Conmigo sacaba su lado más pesado. Me crucé de brazos, aburrida de tanta conversación simpática.
—Has tardado poco en venir —comentó Reid, justo cuando iba a interrumpirlos yo—. Te daba dos semanas más, pero veo que no podías aguantar sin verme.
Michael le chocó la mano como si fueran colegas de toda la vida. Puse los ojos en blanco. Ellos se conocían desde años antes y los había visto dialogar como si fueran hermanos, así que no me sorprendía.
—¿Has desayunado, Michael? —pregunté, más por educación que otra cosa.
Mi madre siempre decía que a los invitados se les ofrecía comida o bebida. Aunque, bueno, yo a él no lo invité. Más que un invitado, parecía un okupa americano.
—No. Quería invitarte a desayunar mien…
—Genial —le interrumpí—. Reid, ¿café solo y tostadas con tomate? ¿Lucía, café con leche y galletas?
Asintieron y le lancé a Michael una mirada para que me siguiera y así aprovechábamos para hablar a solas. Señalé a los otros dos antes de irme.
—Quedaos aquí, y nada de espiar esta vez.
Lucía bufó y se cruzó de brazos, apoyándose en el respaldo. Reid encendió la tele y puso el fútbol americano con el volumen a tope.
En la cocina empecé a preparar el desayuno sin mirar siquiera a Michael. Pero lo sentía. Sentía su mirada clavada en mi espalda, como si me escaneara. Me recogí el pelo tras la oreja y, cuando no aguanté más, me giré, apoyando la cadera en la encimera.
—Sé por qué estás aquí —dije sin rodeos—. Lo de aquella noche no cambia nada, Michael.
Él dio un paso hacia mí. Llevaba un jersey beige debajo de la americana. Parecía cómodo. Cálido. Tan cálido como esa noche. Esa en la que me abrazó sin hablar, en la que simplemente estuvo para mí.
Michael era justo lo contrario a lo que había imaginado.
Al principio pensé que era otro rico arrogante, de esos que se creen mejores que todo el mundo.
Pero luego… luego descubrí que tenía algo más.
Algo bueno. Algo que dolía reconocer. Era amable, sabía estar, y no le importaba ayudar sin esperar nada a cambio.
Y el gran error fue ese, juzgarlo por la apariencia. Cuando, en realidad, el contenido… el contenido era jodidamente bueno.
—Lo ha cambiado todo, Reina.
Después de varios intentos en el pasado por hacerle entender que dejara de llamarme así, había tirado la toalla. Y para este punto, si soy sincera, ya hasta me gustaba. No se lo iba a admitir ni de coña, pero… sí, me gustaba que me llamara así.
—Ese beso no significó nada, Michael —dije, viendo cómo seguía acercándose poco a poco. Yo me mantuve firme, aunque por dentro el corazón me latía como si quisiera salir corriendo él solo.
—Significó muchas cosas —replicó sin apartar la mirada—. Y “ nada” no es una de ellas.
Las tostadas de Reid saltaron de la tostadora, dándome la excusa perfecta para apartar la mirada.
Las puse en un plato y eché un chorrito de aceite por encima.
Lo noté acercarse, tan cerca que me rozó al apartarme el pelo para dejarme el cuello al descubierto.
No reaccioné. No podía. El escalofrío que me recorrió al sentir sus dedos me hizo apretar los labios.
Cogí el bote con tomate triturado que guardaba mi madre y lo esparcí en la tostada con calma, como si eso fuera lo más importante del universo en ese momento.
—Michael, estaba hecha una mierda —dije en voz baja, sin atreverme a mirarlo—. Me acababan de decir que mi novio había muerto, había perdido al bebé… y tú estuviste justo cuando sentía que me rompía del todo.
—Y aun así —respondió— fuiste tú quien me besó. No fui yo quien lo buscó.
¿De verdad pensaba que no me arrepentía?
¿Que no me dolía haberlo hecho? Aquella noche no pude dormir ni un segundo, solo daba vueltas pensando en lo que había hecho.
Puede que creyera que Jaden estaba muerto, pero mi cabeza no lo aceptaba, y besarlo a él…
fue como intentar agarrarme a algo que no era real.
—Me da igual quién lo empezó —solté—. No significó nada.
Fue un impulso estúpido, fruto del dolor.
Si piensas que tiene algún tipo de valor especial o que puede cambiar algo entre nosotros, estás muy equivocado.
No eres más que un error en una noche oscura de mi vida, y no cambiará el hecho de que lamento cada segundo de ese beso.
Michael no reaccionó. Ni un gesto, ni una palabra. Solo me miró, sin decir nada. Y me sentí una mierda por decirlo así. Porque sabía lo que esas palabras le hacían. Sabía lo que dolía escucharlas salir de mis labios.
Quizás lo dije por eso. Para apartarlo. Para que no le doliera más toda esta situación.
—Está bien. —Murmuró al final.
Se enderezó y se apartó. Y de repente sentí ese nudo en el estómago, como cuando sabes que te has pasado, pero que no podías haberlo hecho de otra manera.
—Michael, lo… —intenté decir, casi sin voz.
—Estaré en el hotel del centro unas semanas —me interrumpió, sin mirarme—. Por si algún día, no sé… Quieres hablar de la gilipollez que acabas de decir.
Lo vi darse la vuelta y alejarse. Y aunque no debería, me sentí fatal. No era la primera vez que le decía cosas feas, pero esta vez fue distinto. Él no había hecho ni dicho nada malo. No esta vez.
Salió por la puerta de la cocina y me llevé los dedos al puente de la nariz, cerrando los ojos. Expiré con fuerza, me pasé la mano por la frente y me apoyé en la encimera, clavando la mirada en el suelo como si me fuera a dar respuestas.
Unos segundos después, escuché la puerta de entrada cerrarse. Fin. Y entonces escuché la voz de Lucía, que apareció detrás de mí con cara de no entender nada.
—Creo que me he perdido un poco —dijo, frunciendo el ceño—. ¿Me puedes explicar por qué Reid dice que Michael tiene cierto interés en ti? ¿Qué pasa entre vosotros?
—No hay nada —respondí rápido—. Entre Michael y yo no hay nada, eso te lo puedo asegurar.
—Entonces ¿por qué ha venido?
—¿A dónde?
—A España. A tu casa. ¿Por qué?
Genial. Justo lo que necesitaba. Más preguntas. No podía decirle que había besado a Michael. ¿Cómo le explicaba que, en el peor momento de mi vida, lo confundí con el recuerdo de Jaden y terminé besándolo? Era tan patético que ni siquiera sonaba real.
—Vino porque tenía asuntos en la oficina que su empresa tiene en esta ciudad —mentí— y, de paso, pasó a saludar, nada más.
Lucía me miraba raro. Sabía que no se tragaba del todo mi versión. Pero tampoco insistió.
Me giré y serví el café caliente en las tazas para ella y Reid.
—¿De verdad no hay nada? —volvió a insistir.
La miré a los ojos.
—¿Tú crees que yo tendría algo con alguien… estando enamorada de Jaden?
Dicho en voz alta sonó aún peor. Porque sí, estaba enamorada de Jaden. Pero también lo había besado a él. Me sentía hipócrita, asquerosa. Y lo peor era que no sabía cómo perdonármelo.
—Bueno, te fuiste pensando que Jaden te había dejado —dijo ella, algo más suave—. En cierto modo…
—Sí, pero nunca dejé de pensar en él. Ni de imaginar cómo arreglaría las cosas cuando volviera.
Lucía suspiró, nos quedamos en silencio unos segundos. Después me miró de nuevo, más seria.
—¿No me estás mintiendo, no?
—No —soné tan creíble que hasta me sentí mal—. Claro que no.
—Vale —dijo al final—. Pero no me da buena espina ese tío. Siento que va a meterse entre tú y Jaden, y eso no puedo permitirlo. Es mi mejor amigo, y lo ha pasado fatal.
Tragué saliva. Yo era la que lo había pasado fatal como para permitir que Michael se interpusiera. Jaden ahora no se acordaba de mí.
Pero Lucía tenía razón. Y yo no iba a dejar que pasara. Otra vez no.
A no ser que… algo lo cambiara todo otra vez.