Chapter 5
Capítulo tres
— PASADO —
Treinta y cuatro días para la boda.
Hero
Tenía una sed horrible. De esas que parece que te has comido una bolsa entera de cacahuetes picantes sin beber ni una gota de agua.
La boca como una alpargata, seca a más no poder.
No sé qué hora sería, pero seguro que ya era bien entrada la madrugada.
En España serían como las diez de la mañana, todos despertando o saliendo para ir a la playa un domingo, y yo…
al otro lado del charco sin poder pegar ojo.
No terminaba de acostumbrarme a dormir en esa habitación nueva, enorme y vacía.
No es que el colchón no fuera cómodo, al contrario, probablemente era de esos que anunciaban en la teletienda y que sabes que jamás podrías permitirte.
Pero no, no era eso. Era que no sentía nada.
Ni calor humano, ni familiaridad, ni el olor a lavanda del suavizante de mi madre.
Esa casa era perfecta, sí… pero no era mi casa.
Me levanté en silencio y salí al pasillo.
Antes de abrir la puerta, eché un vistazo para asegurarme de que no hubiese nadie despierto.
(¿Quién demonios iba a estar despierto a las dos de la mañana?
Pues yo, claramente.) Iba descalza, con unos pantalones cortos de pijama de cerezas y una camiseta de tirantes a juego que me había regalado Ximena al llegar.
Hacía un calor insoportable, así que no me extrañaba estar así de incómoda…
aunque lo del calor era lo de menos. Lo que me tenía sin poder dormir eran las vueltas que le daba a la cabeza desde hacía tres días.
Tres días desde que me planté en el aeropuerto como una idiota esperando a Jaden.
Tres días sin respuesta. Al principio estaba cabreada, pensaba que era un imbécil que no merecía ni un gramo de mi perdón por haberse ido sin pedir ninguna explicación.
Pero con cada hora que pasaba, el enfado se diluía y me invadía el miedo.
El miedo de no volver a verle, de no volver a besarle, de que aquella despedida en mi habitación fuese la última.
Yo sin Jaden no tenía rumbo, no tenía futuro.
¿Cómo iba a amar a alguien después de él? Era impensable.
Bajé las escaleras con un suspiro y los ojos pegados de sueño. Entré en la cocina y abrí la nevera. Cogí la jarra de agua y me serví un vaso mientras miraba por la ventana.
Mi padre ahora vivía en una casa de película.
Me sentía fatal al ver que él disfrutaba de todo esto mientras mi madre y yo vivíamos en un piso diminuto de dos habitaciones, en una quinta planta sin ascensor ni garaje.
Lo único bueno era que estaba en el centro de la ciudad y las vistas desde la ventana, pero poco más.
Y el alquiler se comía más de la mitad del sueldo de mi madre. Ni siquiera era nuestro.
Sabíamos que algún día mi padre triunfaría.
Cuando estaba con nosotras, parecía que tenía el talento encerrado en una jaula.
Pero al separarse… se soltó. Montó una empresa de tecnología y energías renovables, algo puntero, y lo petó.
Se volvió rico, sí. Pero también fue doloroso ver que solo logró todo eso lejos de nosotras.
No era solo que fuera inteligente, es que se convirtió en la mejor versión de sí mismo… sin nosotras.
Gracias a ese éxito conoció a un viejo empresario importante de Estados Unidos, cuya hija era Ximena.
Y ya podéis imaginar el resto. Se enamoraron, se mudaron juntos a Miami, y aquí estaba yo, en esta casa enorme con vistas al lago, jardín, piscina, muelle y hasta una barca.
El sueño americano, vamos. Pero no el mío.
Yo solo quería volver corriendo a España junto a Jaden y arreglar las cosas con él.
Intenté sacarme todos esos pensamientos de la cabeza.
Me giré para dejar el vaso en el fregadero, pero en cuanto me moví, una figura alta apareció justo a mi lado y pegué un grito que retumbó en toda la cocina.
El vaso se me escapó de las manos y se hizo trizas en el suelo.
Los cristales saltaron por todas partes y noté uno que me arañó el pie.
—Joder…
Al instante se encendió la luz y vi de quién se trataba la figura.
Un chico. Alto. No parecía tener muchos años más que yo, cuatro o cinco como mucho.
Llevaba un traje gris con la camisa blanca desabrochada, dejando ver todos los tatuajes que le cubrían el pecho, el cuello y los brazos.
Porque sí, la llevaba remangada hasta los codos.
Y, joder, era guapísimo. Más guapo que Jaden, si me ponía objetiva.
Tenía ese rollo de tipo con dinero que suma puntos.
Pero por muy atractivo que fuera, Jaden siempre sería Jaden.
No lo conocía en persona, pero había oído hablar de él.
Michael Anderson, el hermano pequeño de Ximena.
Sabía que vendría porque ella lo comentó varias veces con mi padre, además de que me hablaba bastante de él.
Que si vivía en California, que si tenía su propia empresa, que si odiaba montar en avión y tenía un perro llamado Rocky.
También dijo que tenía otro hermano mayor viviendo en otro país, aunque no comentó tanto de ese.
Me quedé paralizada mirando los cristales a mis pies, pero antes de que pudiera moverme, Michael me alzó en brazos como si no pesara nada y me sentó en la encimera de mármol, pisando los cristales con sus zapatos brillantes.
Por un momento, no supe dónde meterme. No nos conocíamos y se había atrevido a romper mi círculo personal, tocarme y moverme de sitio. Por otro lado podía llegar a entenderlo, iba descalza al fin y al cabo.
—Deberías ponerte unas zapatillas la próxima vez —dijo él, casi con violencia, como si no fuese él el culpable de que todo ese desastre hubiese ocurrido.
¿Eso era lo primero que tenía que decirme? Ni un “ lo siento”, ni un “ soy Michael”, ni siquiera un “ tú debes de ser Hero”. ¿Lo primero que salía de su boca era eso? ¿Y porqué me hablaba como si le hubiese roto su vaso favorito?
Ahora entendía porqué Ximena me había advertido tantas veces sobre su hermano y su “ forma intensa de ser”. Intensa mis narices. Más bien borde.
—No necesito consejos. Y menos de alguien que aparece por sorpresa en mitad de la cocina y me asusta como si estuviéramos en una peli de terror.
Él frunció el ceño y ladeó la cabeza, como si no entendiera porqué estaba a la defensiva.
Tal vez me había pasado un poco, sí, pero es que él era el primero que me había hablado mal.
Además, llevaba tres días sin saber nada de mi novio, mi padre se pasaba trabajando todo el día fuera de la mansión y Ximena haciéndome preguntas sobre la boda, como si yo fuera su organizadora privada, así que no estaba precisamente de humor.
Y, además, era horrible gestionando mis emociones.
Y, eso, me convertía en una niñata inmadura o en alguien que simplemente necesitaba desahogarse.
—¿Yo? No era yo quien estaba de pie en mitad de la cocina a oscuras —replicó.
—Claro, tú solo has aparecido como un ninja sin hacer ruido. ¿Qué esperabas? ¿Que te diera las buenas noches con una sonrisa?
Michael arqueó una ceja y, para colmo, esbozó una sonrisa de medio lado.
—Vaya... Creo que eres la primera de la familia Cavanaugh que me habla así. Pero, reina, deberías empezar a aceptar las sugerencias.
¿Familia Cavanaugh? Espera. ¿Este tío había conocido a la familia de mi padre? ¿Por qué?
Y… ¿Reina?
—No me llames reina —repliqué entre dientes—. Y mucho menos me sugieras nada.
Juro que iba a seguir caminando descalza por la casa solo para llevarle la contraria.
—Solo digo que, si la próxima vez llevas zapatillas, igual no te cortas los pies cuando tiras un vaso por quedarte embobada mirándome. —Se encogió de hombros, tan tranquilo—. Ya sé que soy guapo, pero nunca había pasado que alguien rompiera algo solo por verme.
Me quedé un segundo en blanco. Creo que hasta parpadeé del shock.
—¿Perdona?
—Lo que oyes.
¿Pero este tío tenía trece años o qué? ¿Este era el gran Michael del que todo el mundo hablaba? ¿El que había montado su propio imperio desde cero? Menudo chasco acababa de llevarme.
—El vaso se me ha caído porque me has asustado, no porque me quedara mirándote. Cosa que, por cierto, no ha pasado.
—Ajá… —asintió, dándose media vuelta y caminando hacia un armario—. Puedes seguir diciéndote eso si te ayuda a dormir mejor. Pero los dos sabemos que me has escaneado de arriba abajo.
Sacó una escoba y un recogedor, y empezó a barrer los cristales con una tranquilidad pasmosa.
Su espalda se tensaba con cada movimiento y, sí, durante un segundo me quedé mirándolo.
Solo un segundo. Y solo porque me pilló por sorpresa.
Cuando sus ojos se cruzaron con los míos, aparté la vista enseguida.
—Supongo que eres la hija de William —dijo entonces, como si no acabara de soltar la mayor chorrada del mundo hace un minuto—. ¿Cómo era tu nombre?
¿En serio no se acordaba? A mí sí que se me había quedado el suyo desde que Ximena me lo mencionó, bueno porque lo mencionó como mil veces.
—¿Para qué decírtelo si lo vas a olvidar igual?
Él sonrió mientras barría el último rincón.
—Si prefieres, puedo seguir llamándote reina.
Me mordí la lengua.
—Hero. Me llamo Hero.
—Ah, sí, ya me suena. Es tan poco común que se me fue de la cabeza —apoyó el recogedor contra la pared y me miró por fin metiendo sus manos en los bolsillos de su pantalón de traje.Yo bufé. Este tío era gilipollas—. Ximena me ha hablado de ti.
Fruncí el ceño.
—Nos conocemos desde hace tres días. Ella no sabe nada de mí.
—Tu padre le ha contado algunas cosas —respondió, dando un paso hacia mí, hasta apoyarse en la encimera, con los brazos a cada lado de donde yo estaba sentada. Demasiado cerca.
¿Por qué se apoyaba así? ¿Quería intimidarme?
—¿Qué cosas? —pregunté, con el estómago encogiéndoseme un poco.
Que no lo diga. Que no lo diga.
—Como algo que te pasó en una piscina. Que estuviste a punto de ahogarte.
Se me congeló la sangre. Un escalofrío me recorrió la espalda.
¿Por qué mi padre tenía que irse siempre de la lengua?
—De hecho, me ahogué. Estuve muerta unos minutos.
Michael entrecerró ligeramente los ojos, sorprendida con ese nuevo detalle. Me miró en silencio, sin saber muy bien qué hacer con esa información. Luego, por fin, se alejó de mí un paso.
—Tu padre tiene buen ojo para los negocios —murmuró, más para sí que para mí—, pero parece que no tuvo el mismo instinto para evitar accidentes acuáticos.
Lo miré con una rabia desmedida. Me bajé de la encimera sin dejar de mirarlo, quedándome así más cerca. Era notablemente más alto que yo, pero eso no me intimidó.
—Mi padre no tuvo nada que ver. Fue en un campamento de verano. Él ni siquiera estaba allí.
Nos quedamos a un palmo. Lo desafié con la mirada.
—Parece que estás bastante interesado en mi vida, Michael —dije, recalcando su nombre—. ¿Tan aburrido estás que necesitas husmear en mi pasado para entretenerte?
—Solo intento conocer a la persona que va a estar cerca de mi hermana. Nunca se sabe qué tipo de secretos pueden afectar a la familia. Aunque, por tu reacción, parece que hay más detrás de esa historia.
¿Pero este tío qué se cree, que venimos de una familia de criminales o qué?
—Yo no voy a estar cerca de tu hermana. Mi padre va a casarse con ella. Yo solo estoy aquí por la boda. Y en cuanto pase, me voy. Así que puedes dejar de perder el tiempo intentando conocerme.
Le di un leve empujón en el pecho para apartarlo y pasé por su lado.
—Y por cierto —añadí, girándome en la puerta—, sí. Hay mucho más detrás de esa historia. Pero tranquilo. Nunca lo sabrás.
Y me fui de la cocina, sin mirar atrás.