Chapter 4 #3
—Tenemos que integrarte en el grupo otra vez —dijo de repente, como si se le acabara de encender la bombilla—. ¡Ya está! Cuando le den el alta en el hospital haremos una fiesta. Una bienvenida. Sería raro que fuera yo quien te presentara, así que le pediré a Álvaro que lo haga.
Fruncí el ceño.
—¿Una fiesta? ¿En serio? —Mi hermano la miró como si fuera lo peor que se le hubiera ocurrido.
—¿Tú tienes una idea mejor? —Lo miró levantando una ceja.
La verdad es que no. Y por cómo brillaban sus ojos, su cabeza ya estaba maquinando algo más.
—No pienso hacerme pasar por la novia de Álvaro —negué al instante. Ya había tenido suficiente con lo de Dani como para repetirlo.
—Había pensado más bien en que fueras su prima o algo así… quedaría raro que después de presentarte como su novia, me viera a mí por ahí. Ya sabes… —Su voz se fue apagando poco a poco en cuanto notó que Reid estaba demasiado atento a la conversación. Fruncí levemente el ceño. Algo tramaba.
—Vale, sí, mejor. Seré la prima que ha venido a pasar las vacaciones post-verano.
—¿Hay vacaciones post-verano? —Lucía me miró como si acabara de inventarme el concepto.
—Claro —dijo Reid, entrando al rescate—. Hay gente que odia salir de vacaciones en verano por todo el turismo y las aglomeraciones. Prefieren irse en septiembre o en octubre, cuando todo está más tranquilo.
Puse los ojos en blanco. Dios, odiaba la facilidad con la que mi hermano cambiaba de tema.
—Bueno, no nos desviemos del tema —dije—. ¿Sabes cuándo le darán el alta a Jaden para empezar con los preparativos?
—No, aún no. Pero imagino que será pronto.
Justo entonces, noté cómo vibraba mi móvil en el bolsillo trasero del pantalón. Lo saqué y vi un mensaje de un número desconocido. No lo tenía guardado, pero sí podía ver su foto de perfil.
Desconocido:
Estoy en España
Fruncí el ceño. Pinché en la foto.
Y en cuanto vi quién era, el gesto se me congeló. Michael.
¿Qué hacía Michael escribiéndome desde un número con prefijo de España? ¿Y quién le había dado mi número?
Levanté la mirada y me encontré con Reid, que seguía con la vista puesta en Lucía, pero tenía ese brillo en los ojos que solo le salía cuando algo le parecía gracioso… o sospechoso.
—¿Le diste mi número a Michael? —le solté, directa.
—¿Yo? —Asentí, sabiendo que sí—. Pues… puede. No me acuerdo. ¿Por?
—Me acaba de hablar.
—¿Quién es Michael? —preguntó Lucía, incorporándose un poco.
—Nadie —me adelanté enseguida a mi hermano, que ya estaba abriendo la boca—. Solo es el hermano de la mujer de mi padre.
Lucía me miró con una ceja en alto, como si no acabara de creérselo.
—¿Y entonces por qué te escribe?
—Buena pregunta. —Resoplé mientras volvía a mirar el móvil, aunque yo eso ya lo sabía. Escribí sin pensarlo demasiado.
¿En España? ¿Qué haces aquí? ¿Y dónde estás?
—Lo averiguaremos en nada —dije más para mí que para ellos.
—¿Michael? ¿Aquí? —dijo Reid con un tono bajo, casi divertido—. La que se va a montar…
Levanté la mirada hacia él, frunciendo el ceño.
—¿Te puedes callar? —le espeté entre dientes.
—¿De qué hablas? —el ceño de Lucía se profundizó aún más mientras miraba a mi hermano.
—Nada. Es que es curioso que venga justo ahora… —Se encogió de hombros, como si no quisiera decir más, aunque en sus ojos había un “ te lo dije” invisible.
Lucía parecía no estar entendiendo nada.
—¿Qué quieres decir con justo ahora? —insistió mi amiga—. ¿Ha pasado algo con él?
Reid me miró con calma. Él no sabía nada, aunque el muy cabrón se las conocía todas.
Estaba a punto de negarlo cuando entró otro mensaje.
Desconocido:
Sí, Reina. ¿Ya te has olvidado de lo que hablamos?
Mi estómago dio un vuelco.
¿De qué hablas, Mike?
Desconocido:
¿Estás en casa? ¿Estás sola?
Fruncí aún más el ceño. No podía ser que hubiera venido a España a buscarme. Sería muy estúpido de su parte intentar algo que no le iba a salir bien.
¿A qué juegas?
Volví a levantar la vista. Reid y Lucía seguían observándome.
—¿Qué te ha dicho? —preguntó ella.
—Me está preguntando si estoy en casa —contesté, sin saber qué pensar. No podía leerlo.
Reid soltó una risa por lo bajo y negó con la cabeza.
—Qué predecible…
—¿Qué?
Antes de que pudiera decir más, sonó el timbre.
Mi corazón dio un brinco. Me quedé quieta unos segundos, clavando los ojos en mi hermano.
—Pues ahí lo tienes —dijo él con una sonrisa que me daban ganas de borrar a guantazos.
—No creo que…
Caminé hasta la puerta y la abrí sin pensarlo demasiado.
Y ahí estaba.
Michael.
El aire se me quedó atrapado en la garganta.
¿Por qué estaba aquí? ¿Qué quería? ¿Por qué parecía que habían pasado meses desde la última vez que lo vi si solo habían pasado pocos días?
¿Por qué tenía esta sensación en el pecho de haberlo echado tantísimo de menos?
¿Y por qué quería lanzarme a sus brazos para sentirme segura y consolada?
Llevaba unos vaqueros oscuros, un jersey beige bajo una americana negra elegante, probablemente carísima. Los tatuajes le asomaban por el borde del cuello, como siempre, y la mandíbula le resaltaba más que nunca.
Parecía salido de una campaña de Hugo Boss. O de una película de mafiosos, si se quitaba la americana, eso yo bien lo sabía.
Y por un segundo, odié cómo me hizo sentir al verlo ahí plantado.
Porque no podía evitar pensarlo, estaba increíblemente guapo.
Y entonces la culpa me apretó el pecho. ¿Cómo podía estar fijándome en eso cuando Jaden seguía en un hospital sin siquiera recordarme?
—Michael… ¿qué haces aquí? —pregunté cruzándome de brazos al instante, como si así pudiera hacer desaparecer las ganas de abrazarle.
—Hola a ti también —respondió con una sonrisa suave, escaneándome de arriba abajo sin prisa, comprobando que estuviera bien—. Venía a ver si te apetecía tomar un café.
Levanté una ceja, incrédula.
¿Michael queriendo tomar café? ¿En serio?
—¿Un café? —repetí, con tono escéptico.
—Sí. Un café.
—Michael, tú y yo no somos precisamente de tomar cafés juntos. ¿Qué estás haciendo realmente aquí?