Chapter 4
Capítulo dos
Hero
Me dijeron que Jaden había hecho preguntas, pero que nadie se atrevió a contarle nada sobre mí.
¿Cómo le explicas a alguien que, en solo un mes, su vida dio un giro de ciento ochenta grados por una chica?
Que se centró, que se enamoró. Que dejó de ser él para convertirse en otra persona.
No se lo creería. Se reiría en tu cara, como mínimo.
Saber que estaba vivo me cerró un poco la herida que llevaba semanas abierta, pero no del todo.
Porque ahora que sabía que nunca había muerto…
me venían otras preguntas. ¿Cómo habría sido ese bebé que perdí?
¿Cómo sería yo como madre? ¿O Jaden como padre?
¿Habríamos cambiado tanto? ¿Habría dejado la universidad para dedicarme a criar a nuestro hijo? ¿Hubiera tirado mi futuro por la borda?
Pero sobre todo… no podía sacarme de la cabeza la imagen de un bebé con sus ojos, con su sonrisa, con su forma de ser. Un mini Jaden. Un bebé que ya nunca sería. Y eso me estaba consumiendo viva. Cuando me lo dijeron, sentí que algo dentro de mí se rompía. Que una parte de mí se fue para no volver.
Que Jaden estuviera vivo, sí, me daba esperanza.
Pero no curaba todo. Aún tenía tan reciente lo que sentí en casa de mi padre…
ese miedo, ese terror a olvidarlo. A enamorarme de alguien más y que su recuerdo se me borrara, se me ensuciara.
Quise acabar con todo. Lo pensé. Pero algo —alguien, si existía— allá arriba decidió que no. Que no tocaba.
¿Y si lo hubiera hecho? ¿Qué sentido habría tenido todo?
La idea de no volver a verlo me carcomía por dentro.
Me negaron ir al hospital. Me dijeron que no.
Que no era el momento, que no me recordaba, que era mejor así.
Pero yo no pensaba obedecer. Me daba igual si no sabía quién era.
Tenía que verlo, aunque tuviera que colarme y fingir ser otra persona. Y eso hice.
Era de madrugada cuando salí de casa. Mi madre dormía con Sebastián, mi hermano tirado en el sofá. Cogí las llaves del coche, cerré con cuidado la puerta y bajé las escaleras casi corriendo. El hospital, a esas horas, estaba medio muerto. Perfecto para colarme sin que nadie me viera.
Vi cómo salían dos enfermeras de un cuartito al fondo del pasillo.
Esperé a que se alejaran y me metí dentro.
Había estanterías llenas de cajas y cosas médicas.
Busqué algo que pudiera servirme y encontré un par de uniformes verdes con la palabra “ quirófano” bordada en el pecho.
Me lo puse encima de la ropa, me recogí el pelo en una coleta baja y me asomé al pasillo. Ni un alma.
Caminé con paso firme hacia la habitación que había oído mencionar a Lucía en una conversación a escondidas con Reid. Solo pillé el número. Recé para que no me hubiera equivocado.
Cuando vi la puerta, sentí cómo se me subía el corazón a la garganta. Me temblaban los dedos. Parpadeé un par de veces para quitarme las lágrimas que ya querían salir, y respiré hondo antes de girar el pomo.
Ahí estaba. Jaden. Dormido, en una camilla blanca. Parecía tan en paz que me dolía. Me encogió el estómago. Sentí una mezcla de alivio, dolor y ganas de romper a llorar como una cría. Cerré la puerta con cuidado… y entonces la vi.
Grace, su madre, dormía en un sofá al lado de la cama. Abrió los ojos en cuanto escuchó el clic de la puerta y me miró. Me reconoció al instante. Yo me quedé quieta, sin saber qué hacer. Pero ella se levantó, miró a su hijo y vino directa a abrazarme. Me aferré a ella.
—¿Cómo estás? —me preguntó, acariciándome la mejilla.
—He estado peor —susurré. Sabía que mi madre le había contado todo. Incluso lo del aborto.
Me miró con pena, con los ojos vidriosos.
—Tú pareces mejor —le dije yo, intentando sonreír un poco.
—Sí. La quimio está haciendo efecto. Si todo sigue igual, me operan el mes que viene. Solo tienen que esperar a que el tumor encoja un poco.
Asentí, con un nudo en la garganta. Con todo lo que había pasado… no había pensado en ella. Y lo mal que lo habría pasado, recuperándose mientras su hijo estaba entre la vida y la muerte.
—Ver a Jaden así me dio fuerzas para seguir —añadió.
—Ya… creo que a mí también me hacía falta verlo para seguir respirando —admití.
Grace bajó la mirada, suspiró y luego me miró de nuevo.
—Siento mucho todo lo que has vivido, Hero.
No pude decir nada. Solo asentí, mordiéndome el labio, con la vista fija en él.
—Te dejo un rato a solas. Voy a por un té —dijo.
Y sin más, se marchó. Dejándome sola con Jaden. Por fin.
Me acerqué a la camilla con un nudo en la garganta.
Jaden parecía él, pero no lo era del todo.
Tenía un brazo vendado, con gasas cubriendo lo que debían de ser las cicatrices de la operación.
Algunos hematomas en la piel ya casi desaparecían, de ese color burdeos apagado.
Pero su cara… por suerte, estaba intacta.
Su pelo estaba más largo y algo más claro.
No sé si era por la luz tenue de la habitación o porque realmente le había cambiado el tono.
Su mano descansaba junto a la mía, y no me resistí a cogérsela. Tocarlo, mirarlo… querer besarlo después de haber creído que estaba muerto… era una locura. Una locura que dolía. Porque para él, yo no era nadie. No era su novia. No me recordaba.
Miré nuestras manos entrelazadas, luego eché un vistazo al monitor que marcaba sus constantes. Y cuando volví a mirarlo… tenía los ojos abiertos. Me estaba mirando.
Menos mal que no era yo la que estaba conectada a ese aparato, porque el pulso se me había disparado.
—Joder, me has asustado —dije llevándome una mano al pecho, dando un paso atrás.
—No soy Dios, pero puedo ser lo que quieres que sea.
Lo miré. Esa frase. No era la primera vez que la decía. Fue en la cabaña, en Ibiza. No pude evitar sonrojarme al recordarlo. Al recordar en qué situación la dijo. Fue en nuestra primera vez.
—¿Le sueltas esa frase a todas? —pregunté, con el corazón a mil.
—No. Solo a las que me gustan.
Agradecí que la luz de la habitación fuera tenue, porque seguro me puse como un tomate. Por un segundo, sentí que era como empezar desde cero. Como si el universo me estuviera dando otra oportunidad.
—¿Estás intentando ligar conmigo? —le solté con una sonrisilla.
—Puede. —Se encogió de hombros, y a mí se me encogió el corazón.
Noté el cosquilleo en el estómago. Esos nervios tontos. Su cabeza no me recordaba, pero su corazón… su corazón parecía que sí.
Sus ojos eran los mismos, aunque distintos. Sus labios medio entreabiertos, igual que aquella noche en la fiesta cuando nos reencontramos después de años.
—¿Eres mi nueva enfermera o solo has venido a revisar si algo falla? —bromeó, tal vez para cambiar de tema al notar mi expresión.
No voy a mentir: tenía la esperanza de que, al verme, algo hiciera clic en su cabeza y lo recordara todo. Pero no. No pasó. Y eso también dolía. Mucho.
Una parte de mí quería agarrarlo de los hombros, zarandearlo y gritarle que espabilara. Que me recordara, joder. Pero la otra sabía que forzar algo así podía hacerle daño.
—No, solo vengo a mirar el monitor —dije, bajando la mirada a la pantalla.
—No te había visto antes por aquí —dijo, fijándose en el uniforme con “ quirófano” escrito en el pecho—. No llevas chapa con tu nombre. ¿Cómo te llamas?
Sabía por Alice que cuando alguien mencionó mi nombre delante de él, la reacción no fue buena. Así que no podía presentarme como Hero.
—Lía —mentí.
—¿Lía? —Me miró raro, como si sospechara. Claro, había tardado en responder.
—Es de Emilia. Todos me dicen Lía —me corregí rápido.
Y ahí fue cuando el corazón se me hizo trizas. Jamás pensé que fingir ser otra persona delante del chico que amo pudiera doler tanto. Pero dolía. Dolía más que cualquier otra cosa.
Vi unos papeles encima del monitor, con datos sobre su estado. No entendía la mitad, pero necesitaba parecer enfermera para quedarme un rato más.
—¿Tienes novio, Lía? —preguntó de pronto.
Levanté la vista. Me miraba fijamente.
—¿Te interesa?
—No lo preguntaría si no fuera así.
Me mordí el labio por dentro, buscando la forma de decir la verdad sin decirla.
—Sí tengo… o no. Ya no lo sé muy bien.
—No es muy clara esa respuesta. ¿Cómo que no lo sabes?
—Es complicado —solté aire despacio—. Hubo un momento en el que estaba segura de que él era el indicado. Pero ahora… no sé. Han cambiado tantas cosas que ya no sé si lo que él sentía sigue ahí. Estamos en crisis, supongo.
Sonreí, de esa forma triste que no puedes evitar.
Jaden me sostuvo la mirada. Lo conocía tanto que entendí su expresión al instante. Era una mezcla de decepción y alivio. De esas que no sabes interpretar del todo.
—¿Y tú lo quieres? —preguntó en voz baja.
Me aparté un mechón de pelo de la cara, nerviosa.
—Sí. —Asentí, mirándolo a los ojos—. Sí, lo quiero muchísimo.
Y ojalá supiera que estaba hablando de él.
—No creo que estés así solo por un tío, tiene que haber algo más.
Un tío. Como si él fuera cualquier tío. Me sorprendía lo fácil que le resultaba seguir leyéndome incluso sin recordar nada.
—¿Cómo sabes que hay algo más?
—Se te nota en los ojos. Has pasado por algo duro, es evidente —sonreí con tristeza. Yo también lo veía cada vez que me miraba al espejo estas dos últimas semanas—. ¿Qué te ha pasado?
Podía contárselo. Quizá soltarlo me quitaría algo de peso de encima. Al fin y al cabo, también era su bebé… pero él no se acordaba de nada. Decírselo sería como hablarle a una pared. Aunque… él no sabría que estaba hablando de él.
Antes de que pudiera abrir la boca, la puerta se abrió y apareció Grace con una sonrisa y un café en la mano.
—Bueno, tengo que irme —carraspeé, y justo cuando me giraba, sentí sus dedos rodear mi muñeca. Me quedé helada, mirando dónde nuestras pieles se tocaban. Hacía nada soñaba con que esto pasara otra vez… y lo daba por imposible, porque Jaden estaba muerto.
—¿Vas a volver?
Negué despacio.
—Hoy es mi último día de prácticas aquí, así que lo más seguro es que no.