Capítulo 42
CURLY EVANS
La verdad también desgarra
No necesité su número, ni falta que hacía, porque cuando alguien te ha marcado de verdad… deja rastro, ¡y bien jodido además!
Bastó con prestar atención: televisión, nombres, circuitos, fechas. Tyler Lewis ya no era un fantasma, era de carne y hueso, público, visible… al alcance de cualquiera con un poco de cabeza. Y yo no pensaba seguir mirando desde la barrera como una idiota otros cinco años más, ni de coña.
Así que tres días después ya lo tenía todo: circuito, hotel y agenda.
No lo llamé, no pedí cita, no avisé… porque lo nuestro nunca fue limpio ni ordenado; fue caos, fuego y decisiones de mierda que lo dinamitaron todo.
Nos quisimos como dos animales y acabamos igual: destrozados.
Pero había cosas que no se terminan… aunque lo intentes. Y Tyler era una de ellas.
¿Long Beach? A tomar por culo de Nueva York. ¿Y qué? Me planté en un avión sin pensarlo dos veces. Cinco horas de vuelo, un café que sabía a mierda y demasiado tiempo para pensar en algo que ya estaba decidido.
Cuando me da por hacer algo… lo hago. Punto.
California me recibió con ese calor pegajoso y ese olor a mar que no tiene nada que ver con mi ciudad. Más abierto, más bonito… y más peligroso. Justo como él.
Al día siguiente ya estaba en el Long Beach Street Circuit, abriéndome paso entre la gente, el ruido de los motores reventándome los tímpanos y ese olor a gasolina que se te mete en la garganta. Aquello no era un circuito, era una jungla de asfalto entre muros, gritos y velocidad.
Subí a la grada metálica que daba a una curva cerrada, de esas donde o eres bueno… o te estampas contra el muro, y me apoyé en la barandilla como si nada.
Y entonces lo vi.
Tyler Lewis. Ahí. De pie junto al coche, enfundado en el mono de competición de Team Penske, ceñido, marcando cada músculo, con el casco bajo el brazo y esa forma de moverse que reconocería en cualquier parte.
Joder… cinco años. Y seguía haciéndome lo mismo: conseguir que el pulso se me disparara sin pedir permiso. ¡Oh, mierda! Sentí rabia, ganas, nostalgia… ¡todo mezclado!
—¡¡Maldito cabrón!!
Porque sí, los años le habían sentado de puta madre. Más fuerte, más seguro, más peligroso.
Me mordí el labio mientras se colocaba el casco, se ajustaba los guantes y se metía en el monoplaza como si fuera parte de él. Nunca lo había visto correr… Y joder, no sabía lo que me estaba perdiendo.
Los coches se colocaron en parrilla según los tiempos de clasificación, perfectamente alineados. Luego la vuelta de formación, motores rugiendo como bestias contenidas, y cuando el safety car se apartó… silencio. Ese silencio tenso que dura un segundo y lo cambia todo.
Bandera verde.
Y entonces… ¡explotó! Salieron disparados, pero Tyler no corría… arrasaba. Se metía en las curvas al límite, rozando el muro, adelantando donde no había hueco, dominando el coche como si fuera una extensión de su cuerpo. Agresivo, preciso, imparable. Exactamente como recordaba.
Y yo… me quedé ahí, pegada a la grada, siguiéndolo vuelta tras vuelta como una idiota… sin saber si aquello me acercaba otra vez a él… o terminaba de romper lo poco que quedaba de nosotros.
En pocas palabras: se los merendó a todos.
No era bueno, ¡era el puto amo de los circuitos! Y ganó. Primer puesto. Sin discusión.
Una azafata monísima, rubia, alta, de catálogo, le entregó la copa y le plantó un beso en la mejilla que, no sé cómo, me dolió hasta en las entrañas. Tyler, en respuesta, descorchó el champán y la empapó entre risas, como mandaba el guion.
El espectáculo perfecto. Y yo allí… tragándomelo entero.
Menuda noche le esperaba: fiesta, modelos, excesos… lo olía desde la grada. La fama tiene eso; si no mantienes la puta cabeza en su sitio, te engulle en dos telediarios. Y no todo el mundo sabe decir que no cuando lo tiene todo al alcance de la mano.
La carne es débil, demasiado.
Fui paciente. Y eso ya es decir mucho en mí. Esperé a que terminara el desfile: periodistas deportivos, ingenieros, cámaras, sonrisas de cartón y palmaditas en la espalda. El héroe del día. El jodido rey del circuito.
Con habilidad, y bastante morro, conseguí colarme en el paddock sin acreditación. Me pegué a uno del catering, le ayudé con las bandejas y avancé como si perteneciera a ese sitio. Si caminas con seguridad… nadie te cuestiona. Consejillo gratis. De nada.
Y entonces lo vi.
Tyler Lewis…
Celebrando. Rodeado. Intocable.
Me quedé quieta, a unos metros, observándolo… empapándome de su presencia como si fuera la última vez. Y con ella, los recuerdos. Todos. Los buenos, los jodidos y los que aún escocían como sal en una herida abierta. Nostalgia, sí… pero también amargura, abandono, desamparo.