Capítulo 43
TYLER LEWIS
Lo que me arrancaron para siempre
¿En qué puto momento dejé que Curly Evans volviera a entrar en mi vida?
Pues en el mismo en el que supe… que nunca se había ido. Porque no, no la había olvidado. Ni de coña, maldita sea. Nunca la saqué de mi piel.
—Ponte cómoda.
La seguí con la mirada cuando avanzó por la suite del Hyatt Regency Long Beach, como si el lugar le perteneciera. Felina. Segura. Innata. Su forma de caminar no había cambiado. Ni un milímetro. Y eso… me jodía más de lo que estaba dispuesto a reconocer.
El aire se llenó de su perfume, un aroma cálido y envolvente, de esos que no se olvidan… de los que se te quedan grabados aunque pasen los años. Como ella. Como todo lo que tenía que ver con ella.
Ese pelo rojo como el fuego, indomable, suave, ondulado… el mismo que había enredado entre mis dedos demasiadas veces mientras la follaba como para olvidarlo.
Demasiadas noches, demasiados recuerdos…
Mi mirada bajó sin permiso a su espalda. A ese cuerpo que conocía de memoria. A ese culo redondo, firme… que había marcado con mis manos en noches que aún me quemaban en la cabeza.
Y sus piernas… ¡joder, sus putas piernas! Largas, torneadas… las mismas que se enroscaban a mi cintura como si no existiera nada más mientras dormíamos abrazados, desnudos y tan pegados que ni el aire tenía los santos cojones de meterse en medio.
Apreté la mandíbula hasta casi hacer chirriar las muelas mientras se quitaba la chaqueta con esa calma suya que desesperaba y se dejaba caer en el sofá junto a la ventana, con vistas al puerto de Long Beach, con las luces reflejándose en el agua como si todo aquello fuera una postal… o una trampa.
—¿Te apetece tomar algo?
—¿Por qué no?
—Bien…
Me dirigí al minibar y serví dos copas de bourbon. Sin hielo. Como a mí me gustaba. Como ella recordaría… o eso quería pensar.
Se la tendí.
—Por tu victoria, Tyler.
Nuestras copas chocaron con un leve tintineo y bebí sin apartar la vista de sus ojos…
verdes, intensos, de esos que te desarman sin pedir permiso.
Bajé después a sus pecas, esparcidas por la nariz y las mejillas como si alguien las hubiera dejado ahí a propósito, quizás un hada, y terminé en sus labios…
carnosos, provocadores, teñidos de un rosa fucsia que no ayudaba en absoluto a mantener la cabeza en su sitio.
Joder…
Seguía siendo ella.
Y eso era justo el problema.
—Me quedé patidifusa cuando te vi en la televisión, en una entrevista en WABC-TV. Y supe que, después de tantos años, alguien que no fui yo había conseguido convencerte de volver a subirte a un monoplaza.
Inspiré hondo, había dado en el clavo, como siempre. Porque tenía ese don… o esa maldición, según se mire, de leer entre líneas, de ver lo que otros intentan esconder, de anticiparse. Media brujita, lo llamaba yo. Y, por lo visto… no se me daba nada mal.
—Sí, fue Claire Donovan —respondí sin rodeos—. Me puso entre la espada y la pared.
Las pupilas de la pelirroja se dilataron al instante. No hacía falta ser muy listo para saber qué significaba eso. Celos. Un pellizco rápido, seco… inevitable.
Y juro que no lo dije para provocarla, pero con ella siempre había sido así. Sin filtros. Sin medias tintas. Y no iba a empezar ahora.
—¿Hablas de Claire Donovan, la famosa modelo de Victoria’s Secret y musa de Versace?
Asentí, llevándome la copa a los labios. El bourbon me quemó la garganta al bajar, pero no tanto como la expresión que cruzó su cara.
—Comprendo.
Curly dejó la copa sobre la mesita con una calma que no me creí ni un segundo y se levantó. Caminó hasta la cristalera, la abrió y salió a la terraza. A tomar aire. A recomponerse… o a intentar que no se le notara lo que acababa de sentir: un puñetero pellizco en el alma o en el ego, según se mire.
No tardé en seguirla.
La noche ya había caído sobre Long Beach.
El puerto brillaba a lo lejos, bañado de luces que se reflejaban en el agua oscura, moviéndose al ritmo lento de las olas lamiendo la playa.
El aire era templado, cálido, con ese olor a sal que se te mete en los pulmones y te despeja… o te termina de desarmar.
Pero a mí me la sudaba el paisaje, porque la miré a ella, de espaldas, apoyada en la barandilla. El pelo rojo moviéndose con la brisa como una puta provocación constante.
Joder…