New York (Skyline 2) Capítulo 40
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Capítulo 40

CURLY EVANS

Amarte hasta quedarme sin aire

Cutis perfecto.

Maquillaje perfecto.

Manicura perfecta.

Figura perfecta.

Siempre debía parecer una modelo lista para una sesión de fotos. Porque nunca se sabe cuándo puede arrancar el estrellato. Las actrices no solo actúan sobre los tablones de un escenario ni delante de una cámara bajo la mirada de un director que grita: «¡Acción!».

No. Una actriz es actriz siempre. En cada gesto. En cada mirada. En cada paso. Disponible. Preparada. ¡Impecable!

Como citaba Marilyn Monroe en la revista Saturday Review en 1956 y que también aparece en el libro Marilyn Monroe in Her Own Words (1983), que recopila sus declaraciones más auténticas: « I don't care about money. I just want to be wonderful » (No me importa el dinero. Solo quiero ser maravillosa).

Y yo… yo iba a serlo y a cualquier precio.

Henry Callahan, de Productions NY . Sí, ese, el puto cerdo del casting , me llamó unos días después de aquella prueba que ya daba por perdida, pues el papel se lo habían dado a otra, ni a Brooklyn ni a mí, por supuesto.

Pero, aun así, quiso ofrecerme una segunda oportunidad . Nada más y nada menos que en su apartamento en Park Avenue. Que, según él, y palabras textuales: era mucho mejor lugar que cualquier mierda de casting en Times Square.

Claro. Y yo me lo creí. O, mejor dicho… decidí jugar a creerle.

Por supuesto que fui y no de cualquier manera: minifalda negra de lentejuelas.

Ajustada. Corta. De las que no dejan nada a la imaginación.

Blusa de escote barco en verde menta, resaltando el color de mis ojos.

Labios en rojo intenso de Yves Saint Laurent , impecables.

Y para rematar… unos tacones de aguja que podrían matar a cualquiera si se daban las circunstancias adecuadas.

Aunque, siendo sincera… si se ponía demasiado depravado, no pensaba apuñalarlo con el tacón, le soltaría una patada bien dada en los cojones… ¡y a correr!

Caía la noche cuando subí a la décima planta y llamé al timbre de la puerta 13A. Por suerte, o por desgracia, no era supersticiosa. Más bien todo lo contrario. El trece siempre había sido mi número favorito. ¡Sí, en efecto, así de rara era! Porque para común… ya estaba el resto del mundo.

Henry abrió la puerta envuelto en una especie de pijama oriental de seda, anudado de forma ridícula a su —ejem— «esbelta» cinturilla de avispa (léase el sarcasmo).

—Pasa, cielo.

Empezamos bien…

Menudas confianzas se gastaba el director de pacotilla. Juro que estuve a punto de echar la pota en cuanto su olor a pachuli me golpeó de lleno al cruzarme con el tipejo. Denso. Empalagoso. Invasivo. Como él.

Atravesé el umbral y entré en el salón intentando no echar las potas, aunque por dentro ya estaba haciendo cálculos de cuánto iba a tener que aguantar… y a qué precio.

Le miré de soslayo cuando se acercó por detrás y me quitó el bolso y soltó un: «ponte cómoda».

Y seguía tal y como lo recordaba: cuarentaytantos, entrado en carnes, entrecano… y con una barba descuidada que invitaba a todo menos a darle un morreo.

Porque, siendo sincera, lo único que me venía a la cabeza al mirarlo era a él zampándose una hamburguesa grasienta, con la salsa resbalándole entre los pelillos de la barba… ¡Joder, qué puto asco!

—Gracias —solté por inercia mientras oteaba a mi alrededor.

El cuchitril era de museo, pero de museo de los horrores.

Un cóctel imposible entre lujo trasnochado y mal gusto elevado a arte.

Sofás de terciopelo burdeos, hundidos y brillantes de puro uso, que parecían haber sobrevivido a demasiadas historias que no quería ni imaginar.

Cortinas pesadas en tonos dorados, recargadas y ordinarias.

En las paredes, cuadros enormes y horrendos. Desnudos femeninos de un gusto más que cuestionable… y un Gauguin más falso que un billete de tres pavos.

En resumen: cero glamour e infinita vergüenza ajena.

—El otro día en el casting … Charlotte.

Se acercó al minibar y extrajo una botella de whisky escocés. Sirvió dos copas con gesto mecánico, como si aquello fuera parte del ritual.

—Curly. Curly Evans —le corregí al instante. Detestaba el nombre que me habían impuesto mis padres.

—Cielo, da igual cómo te llames… —esbozó una sonrisa ladeada—. Si te hago famosa, ya buscaremos uno que suene mejor. O el que más morbo dé.

— Touchè.

Me tendió la copa. Ni siquiera hice ademán de agradecerlo. No pensaba beber ni una gota en casa de un desconocido… y mucho menos con un ser que ya me estaba dando arcadas.

Se acercó un paso más, demasiado cerca para mi gusto.

—A lo que iba… —bajó la voz—. El otro día me dejaste… impresionado.

Lo miré. Sin pestañear. Ya me imaginaba por dónde iban a ir los tiros. ¡Bang, bang!

—No dejo de pensar en ti.

Ahí estaba, el guion de siempre. Previsible. Patético… como el menda lerenda.

—Sí, ya intuyo que no has dejado de pensar en mí —respondí, cruzándome de brazos con calma—. Pero te recuerdo que he venido porque ibas a proponerme un nuevo papel.

Sonrió, pero de esa forma que solo pueden sonreír los hombres que creen tener la sartén por el mango.

—A eso iba…

Se acercó un poco más. Invadiendo mi espacio. Midiendo mi autocontrol como si fuera parte del juego.

—El otro día me dejaste… muy cachondo —murmuró sin pudor—.

Digamos que me has resultado… inspiradora.

Y he escrito un nuevo guion. Uno en el que serías la protagonista absoluta —añadió, recreándose—.

Y desde entonces no consigo sacarme de la cabeza la imagen de ti…

disfrutando mientras me la chupabas como una perra.

Lo miré con asco, pero sin sorpresa. Porque hombres como él… venían con manual de instrucciones. Y yo ya me lo sabía de memoria y con matrícula de honor.

—¿Lo quieres ver? ¿Lo quieres leer?

Su mano se alzó sin pedir permiso para rozar mi mejilla. Luego descendió despacio, demasiado despacio, hasta detenerse en mis labios.

No me moví, solo asentí.

—Sí.

No era momento de echarse atrás. Sabía perfectamente a qué había venido. Sabía lo que implicaba cruzar esa puerta. Un intercambio. Un precio. Un depravado mendigando sexo a cambio de un papel.

—Abre la boca.

Hice caso. Separé los labios y él aprovechó para deslizar dos dedos en mi interior, observándome con una mezcla de morbo y superioridad que habría hecho vomitar a cualquiera.

Sonrió satisfecho cuando los lamí con lascivia fingida.

—Buena chica. Ahora arrodíllate.

Sus órdenes fueron cumplidas sin rechistar. Porque quería ese puto papel. Porque quería ser actriz. Porque no me importaba el precio… o al menos eso me repetía para no pensar demasiado. Porque, por una vez en mi vida, iba a conseguir algo por mí misma. Aunque no fuera de la forma más digna.

Me arrodillé mientras él se desanudaba el cinturón de la bata con parsimonia, recreándose en cada segundo.

Y, tal y como había vaticinado… debajo no había absolutamente nada.

Desnudo. Un cuerpo amorfo, blando, descuidado…

y una erección que, siendo generosa, dejaba bastante que desear: una «micropolla» en toda regla.

O lo que buenamente daba de sí la criatura.

De puta madre…

Cerré los ojos con fuerza, porque hay cosas que es mejor no mirar demasiado de cerca si quieres terminar lo que has venido a hacer.

Y lo demás… créeme, no hace falta describirlo. Más que nada por respeto a ti porque no quiero que tengas pesadillas el resto de tus noches.