New York (Skyline 2) Capítulo 38
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Capítulo 38

CURLY EVANS

Barrio de Brownsville, Nueva York

Las siete rigurosas normas de oro para conquistar el mundo, según Susan Elisabeth Andrews (mi madre):

Perfección

Disciplina

Autocontrol

Carácter

Pasión

Compromiso

Competitividad

Y estas son las siete reglas de oro de una superviviente (by me):

No tengas amigos (siempre acaban defraudándote)

No confíes en nadie (nadie es quien dice ser)

No sigas las reglas (se crearon para los perdedores)

Pasa hambre (lo justo para mantenerte en pie)

La felicidad está dentro de uno mismo (no al lado de un capullo)

Prohibido enamorarte (el amor te vuelve imbécil)

Vive deprisa… y arde rápido

Años después, exactamente cinco, seguía corroborando, y dando fe, de que tanto sus reglas como las mías me habían convertido en alguien invencible. O eso quería creer. Sin un ápice de resentimiento… pero más sola que la una. Aunque, bueno… mejor sola que mal acompañada. O eso dicen.

Después de fracturarme el tobillo, no volví a bailar ballet. Nunca más volví a ponerme un tutú, ni a subirme a unas zapatillas de punta para destrozarme los pies en nombre de una perfección que nunca fue mía.

Cambié de registro. Porque, si algo había aprendido, era a interpretar.

A fingir. A ser quien otros querían que fuera.

Así que decidí estudiar arte dramático en Haines, el pueblo de mis abuelos.

Hacer algo con mi vida… y, de paso, pasar el mayor tiempo posible siendo cualquier otra persona menos Charlotte Juliette Evans.

Mi modus vivendi a partir de entonces fue claro: ir de casting en casting hasta alcanzar el jodido sueño americano: convertirme en una gran actriz o almenos, reconocida.

Y lo iba a conseguir, of course , al precio que fuera.

Porque con los años me había curtido en no tener vergüenza.

En pasar de todos… incluso de mí misma. Sí, así fue, pues tras el abandono de Tyler Lewis, a quien no volví a ver en mi puta vida, y la muerte de Úrsula, todo me empezó a dar igual.

Sentí que el corazón se me había secado y que los sentimientos que cualquier persona normal experimenta… yo los tenía anestesiados; como si algo en mí se hubiera apagado para siempre.

Y lo acepté. Juro por Dior que lo acepté… Me prometí no volver a sufrir por nada ni por nadie. Y así iba a vivir, ¡o a sobrevivir el resto de mi anodina existencia!

«Productions NY», leí en el cartel de neón de un local en un semisótano, a unos cinco minutos a pie de Times Sq–42 St. Henchí el pecho, descendí los cuatro peldaños y llamé al timbre.

—¿Sí?

Me acerqué al portero.

—Curly Evans. Vengo al casting.

—Adelante.

Clic.

La puerta se abrió y apareció ante mí un pasillo largo, estrecho, casi claustrofóbico. Lo recorrí sin dudar hasta llegar a una recepción bastante cutre.

—Pasa —ordenó la misma voz, fría, sin interés.

Ni me molesté en responder. Si ella tenía un mal día… yo llevaba cinco años de mierda acumulada.

—Rellena esto y espera ahí sentada.

Claro, princesa…

Eché un vistazo rápido alrededor. Siete chicas. Todas cortadas por el mismo patrón: guapas, delgadas, jóvenes… competencia directa.

Mierda.

Me senté sin saludar en una de las sillas libres y empecé a repasar el guion en voz baja. Al poco, una rubia se dejó caer a mi lado. Guapísima. Menuda. De esas que parecen muñecas de porcelana: piel blanca, rasgos finos… y unos ojos claros como el agua del Caribe.

Y nerviosa. Muy nerviosa.

Suspiró.

Y no sé por qué… me dio por abrir la boca. No porque me importara una mierda su existencia, sino porque ya había decidido qué papel iba a jugar.

—¿Tu primer casting ?

Alzó la vista.

—No, he hecho tantos que he perdido la cuenta.

Apenas se la oía. O estaba acojonada… o era muy buena fingiendo.

—¡Bah… gajes del oficio! Es una profesión muy cruel —sonreí, enseñando una hilera de dientes perfectamente alineados a base de años de ortodoncia y dinero a mansalva.

Y entonces, sin pudor ni recato, me desabroché un par de botones de la camisa. Lo justo para que el encaje del sujetador se asomara. Transparente. Provocador. Como una maldita insinuación calculada.

Ella miró, ¡claro que miró!

—Éstas son las bases del juego… —añadí, guiñándole un ojo—… y con ellas has de jugar.

Me incliné ligeramente hacia la chica.

—El tío del casting es un puto cerdo y si le ponen un par de buenas tetas… —le di un leve codazo—, y yo necesito este papel.

La descoloqué, lo vi en su cara. Me miró horrorizada. Sin filtros; en estado puro.

—¿En serio? Pero ¿a qué precio?

—Al que sea. El precio es un bien relativo —me encogí de hombros—. Una transacción. Es algo así como «yo quiero esto y tú qué me das por ello».

Saqué del bolso una barra de labios Chanel y me la pasé despacio, sin apartar la mirada de ella.

Sin prisa.

Sin pudor.

—Un polvo por un papel, así de simple —sentencié de forma descarada—. Ése es el precio justo por la fama, a menos que quieras servir mesas incluso con un tacataca hasta el resto de tu vida.

Silencio.

Sonreí.

Ya estaba sembrada: la duda. El miedo. La grieta. Exactamente lo que buscaba. Porque así funcionaba mi técnica: localizar a la más fuerte… y reventarla desde dentro antes de que tuviera oportunidad de competir. Porque no se trata de ganar, se trata de que el otro pierda. Siempre, no te quepa duda.

—Curly Evans —llamó la recepcionista.

—Bueno, deséame suerte… —ronroneé, melosa y ensanché los labios.

Pero antes de levantarme, anoté mi número en un papel y se lo tendí.

—Toma. Llámame y tomamos algo luego. Me has caído bien.

No respondió. Ni siquiera parecía respirar, pero se lo guardó.

—Por cierto, me chiflan tus gafas y tu look. ¡Son lo más!

Me refería a esas gafas de cristal ahumado, rosas y en forma de corazón… como si fueran la última revolución. Pero, en realidad, llevaban años pasadas de moda.

—Soy Brooklyn —se presentó.

—Lo sé, se lo oído decir a la cateta del mostrador —respondí, encogiéndome de hombros. Luego me acerqué y le di dos besos al aire casi rozando sus mejillas— Telefonéame y me cuentas qué tal tu prueba con el baboso.

Me giré, retrocedí un paso y desaparecí. Esperando, o no, que le entraran las suficientes dudas como para largarse antes de entrar. Porque, la verdad… ella encajaba mejor que yo en ese papel. Y eso… no pensaba permitirlo, porque aún no había nacido quién me robara nada jamás.