Capítulo 36
CURLY EVANS
Lo que queda tras el dolor
Dormía casi todo el día, para no pensar, para no sentir… para no recordar. Y cuando estaba despierta… música. Siempre música. El walkman como única vía de escape. Como anestesia. Porque si dejaba de escuchar… empezaba a recordar por qué seguía viva.
Y no encontraba una respuesta que mereciera la pena.
Mi madre entró en la habitación sin llamar, como siempre. Se quedó de pie frente a la cama, inmóvil, observándome. Juzgándome. Como si fuera una de esas muñecas de porcelana antiguas, de tamaño casi real, con rizos perfectos y sonrisa congelada. Bonita por fuera. Vacía por dentro.
—Charlotte, despierta.
Ya lo estaba, pero me hice la dormida. No quería verla. No quería oírla. No la quería en mi espacio.
—Despierta.
Esta vez noté cómo el colchón cedía ligeramente. Se había sentado a mi lado. Extraño. Ella nunca hacía eso. Nunca había sido una madre normal. Ni cariñosa. Ni empática. Siempre distante. Siempre moldeándome a su imagen y semejanza… o intentándolo; imponiéndomelo.
—Curly…
Dios. Abrí los ojos de golpe. Jamás. En la puta vida. Mi madre me había llamado así. Me incorporé despacio, me quité los cascos y la miré con el ceño fruncido. Algo iba mal. Muy mal.
—¿Qué ha pasado? —pregunté, con la voz quebrada.
Mi madre tardó un segundo en responder.
—Úrsula ha fallecido.
El mundo se detuvo. Se apagó. Y me lo soltó así. Sin anestesia. Sin alma. Con ese frío suyo que te congela por dentro hasta dejarte sin aire.
—¿Qué…?
No podía ser. No podía ser verdad. ¿Me estaba vacilando? ¿Dónde coño estaba la cámara oculta, como en Candid Camera ?
—Su corazón se ha parado.
Tragué saliva, pero no entendía. O peor aún… ¡no quería entender!
—Llevaba tiempo forzando su cuerpo más allá del límite. Los vómitos constantes, la deshidratación y el desequilibrio en su organismo, se tomaron la revancha.
Hizo una pausa, como si estuviera leyendo un informe médico. Como si hablara de alguien cualquiera… y no de mi mejor amiga. De mi infancia. De la que quise como a la hermana que nunca tuve.
—Su cuerpo ha dicho basta.
Negué con la cabeza, una y otra vez. No. No. No, no, no…
—No… No puede ser… Úrsula no… joder… ¡no ella! ¡No así!
Sentí cómo algo se desgarraba en mi pecho. Cómo me faltaba el aire. Cómo todo lo que había dentro de mí… se venía abajo.
No quise escucharla más y la eché de la habitación a gritos, con toda la rabia y la desesperación que me quedaban, como si expulsándola a ella pudiera expulsar también esa realidad de mierda.
Pero no. Porque Úrsula no iba a volver. Porque ya no estaba.
Porque ya no iba a cruzar esa puerta con su sonrisa torcida y soltarme su habitual: «zorra».
Mi madre salió sin decir nada. Sin intentar tocarme. Sin abrazarme. Sin hacer absolutamente nada, como siempre. A decir verdad, tampoco esperaba menos.
Cerró la puerta y me dejó sola. Sola con el silencio.
Sola con el vacío. Sola conmigo misma; desamparada.
Me sentí como si hubiese menguado, vuelto a tener cinco años, una cría indefensa frente a un mundo cruel.
Entonces, me puse los cascos con manos temblorosas y subí el volumen al máximo, como si pudiera ahogar el dolor a base de ruido.
Empezó a sonar Smells Like Teen Spirit de Nirvana.
Fuerte.
Sucia.
Desgarrada…. exactamente como me sentía yo.