New York (Skyline 2) Capítulo 35
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Capítulo 35

TYLER LEWIS

El vacío tiene tu nombre

Abrí la puerta. Nos miramos. Desvié la mirada.

Y, tras apenas tres segundos de duda, le cedí el paso.

Porque, ya en frío, me importaba un bledo que alguien la hubiera seguido hasta allí.

Aun así, eché un vistazo rápido al rellano.

Por costumbre. Por instinto. Por miedo. No por mí…

sino por ella. Porque lo último que necesitaba era que siguieran jodiéndole la existencia.

—Pasa.

Cerré la puerta con llave y me giré para verla una última vez. Sí. Iba a ser la última. A partir de ese momento iba a desaparecer de su entorno. De su vida. Para siempre.

Ya había hablado con el casero. Le solté la excusa de turno: que me marchaba, que dejaba el alquiler cuanto antes porque me había surgido un imprevisto familiar y tenía que viajar de inmediato.

Lo de irme no era mentira, lo de las prisas por desaparecer del mapa…

, sí. No porque fuera un cobarde. Todo lo contrario.

Quizá podría rascar alguna pequeña victoria en un juzgado con un abogado de oficio, pero no ganaría la guerra.

Ni de coña. No tenía dinero. No tenía influencia.

No tenía el apellido Evans para mover hilos y salir limpio de todo aquello.

Y lo peor… es que mi pelirroja iba a salir escaldada. Marcada. Con su reputación hecha trizas para el resto de su vida. ¡Una jodida mierda!

Siendo sincero, todo hijo de vecino sabía que lo nuestro tenía los días contados.

No solo por la diferencia de edad… sino porque Curly y yo vivíamos en realidades paralelas.

En galaxias opuestas que jamás podrían coexistir de forma natural.

Había demasiados factores externos. Demasiada gente con poder. Demasiadas ganas de vernos caer.

Y al final… eso siempre acaba ganando.

—Veo que te largas…

Se acercó a la maleta, abierta a medias sobre el sofá, y empezó a toquetear la ropa doblada de su interior, como si buscara respuestas entre mis cosas.

—Sí.

No le mentí. Quise serle franco, aunque me doliera en el alma tener que admitirlo. Porque aquello… no era solo una marcha. Era una despedida. La definitiva. El final de lo nuestro.

—¿Por qué?

Dudé unos segundos antes de responderle; lo que no me perdonaría nunca sería que esa última conversación la hundiera más de lo necesario. La amaba con todo mi ser y, precisamente por eso, quería ejercer una responsabilidad afectiva lo más digna posible.

—Porque esto no puede seguir así, Curly…

Me obligué a sostenerle la mirada, aunque por dentro me estuviera rompiendo en mil pedazos.

—Porque tarde o temprano nos iba a estallar en la cara. Y cuando eso pasara… tú serías la que más perdería.

Tragué saliva.

—Y no pienso permitirlo.

Di un paso hacia ella, pero me detuve a medio camino.

—No quiero ser la razón por la que te hundas.

Mentía. No en lo que decía… sino en el porqué. Pero era la única forma de salvarla. Aunque eso significara perderla para siempre.—Tyler, no puedo creer lo que estás tratando de decirme.

—Curly… —tragué saliva, obligándome a mantenerme firme—. Por tu bien, tengo que alejarte de mí. Cuanto antes.

Negué despacio, sintiendo cómo cada palabra me desgarraba por dentro.

—Porque si no lo hago… te voy a destrozar la vida.

La miré. De verdad. Como si quisiera grabarla a fuego por última vez.

—Y eso es lo último que quiero hacerte.

Aunque, en el fondo… ya lo estaba haciendo. Destrozarla. Marcarla. Negarle su lugar. Ese que, sin embargo, permanecería intacto en mi corazón el resto de mi vida.

Porque Curly Evans nunca fue una más. Primero fue mi niña.

Después, mi chica. Y ahora… ahora era mi mujer.

La única persona en la que había vuelto a confiar después de perderlo todo.

Después de la muerte de mi hermano y su esposa.

La única que había conseguido que dejara de sentir que la vida me debía algo…

cuando en realidad me lo había quitado todo.

Porque antes de ella, todo era gris. No, miento. Era negro. Negro como una noche sin salida. Y aun así… apareció. Y me devolvió el aliento, la risa, la jodida luz en unos días que ya daba por perdidos.

Y ahora… era yo quien le daba la espalda a todo eso. A nosotros. A lo único bueno que me había pasado en años.

—Lo nuestro no puede ser.

—¿Y ya está? ¿Te rindes? ¿Sin pelear?

—Lo tengo decidido.

Asintió despacio, pero sus ojos empezaron a nublarse a marchas forzadas.

—Entonces me mentías cuando decías que me querías.

—No. Jamás. Fui real. Todo fue real.

—¡Pues entonces eres un cobarde!

Se le quebró la voz y yo sonreí con resignación. Seguramente tenía razón. Era un puto cobarde… pero uno que la amaba. Y que la amaría siempre. De eso no tenía ninguna duda. Porque hay cosas que no entienden de lógica ni de tiempo. Cosas que se sienten sin pedir permiso.

Y lo mío por ella… era una de ellas. Puro. Intacto. Inquebrantable. Pasara el tiempo que pasara. Y quizá, solo quizá, si el destino decidía cruzarnos de nuevo en algún punto del camino, sabría cómo barajar las cartas otra vez. Y esa vez, apostar de verdad por nosotros. O tal vez no.

—¡Eres un maldito cobarde, Tyler!

Y entonces fue cuando dejó caer las muletas contra el suelo, que resonaron contra el gres, y empezó a golpearme el pecho con toda la ira que llevaba acumulada dentro. Con rabia. Con dolor. Con una desesperación que dolía más que cualquier golpe.

—¡Cobarde! ¡Maldito cobarde! —repetía una y otra vez, sin parar.

Y créeme si te digo que no me dolieron sus manotazos.

Lo que me destrozaba de verdad, era verla así.

Perdida. Rota. Llorando sin control, intentando entender cómo podía estar poniendo fin a algo tan jodidamente bonito.

Algo que habíamos construido con respeto, con admiración y no solo en estas últimas semanas, sino durante años.

Casi una década de miradas, de silencios, de una historia que había ido creciendo sin que ninguno de los dos se atreviera a ponerle nombre.

Hasta ahora. Hasta que, por fin, lo hicimos real…

para que yo fuera el primero en romperlo.

La sostuve entre mis brazos cuando sus piernas flaquearon, cuando la rabia dejó de sostenerla, cuando ya no le quedó nada más a lo que aferrarse y simplemente se rindió.