Capítulo 34
CURLY EVANS
Después de ella
Notas que todo tu mundo se desmorona a cámara lenta y que es algo inminente, inevitable. Y, sin embargo, te ves incapaz de evitarlo. Lo ves venir, percibes el alud, hueles la catástrofe… ¡pero te quedas petrificada en el sitio, cerrando los ojos del alma!
Úrsula se presentó en mi casa. Jamás había pisado ese suelo de linóleo, pero, en esta ocasión, se saltó los protocolos de mierda que nuestras madres habían afianzado durante años y subió directamente a mi habitación, la otra, la no oficial, a mi guarida, aquella en la que reinaba mi caos; en la buhardilla.
El único lugar de esa cárcel de cristal donde me sentía yo misma. A salvo.
—Zorra…
Entró como un vendaval, sin molestarse en comprobar si estaba indispuesta, durmiendo o masturbándome. Úrsula era así y nunca iba a cambiar. Y la quería por eso: porque siempre sería ella, en estado puro.
Me quité los cascos y apagué el cassette portátil. Sonaba What Is Love de Haddaway. Muy yo, muy dramática, muy de recrearse en la miseria, en sentido firgurado, claro está…
Me senté en la cama, esperando a que se dejara caer a mi lado. Y así lo hizo: se tiró boca abajo, dobló las rodillas y empezó a balancear las piernas en el aire, divertida.
—¿Qué coño haces así, lisiada? La puta audición era tuya.
Suspiré.
—Sinceramente, no la quería. No la habría disfrutado. Así que estar ahora así… —me señalé la escayola con una sonrisa de oreja a oreja, exagerada—… ¡Me requeteencanta, nena!
—Estás pirada.
— Of course…
Chocamos las manos. Sus perfectas ondas, hechas con esas tenacillas que te chamuscaban el pelo y te dejaban calva en cero coma, ni se inmutaron. Aquellos rizos permanecían intactos, a base de laca en cantidades industriales, desafiando la gravedad, la capa de ozono y el sentido común.
—Mejor. Es un coñazo eso de ir todo el día con un tutú y mallas.
—Se llama maillot —me corrigió al instante—. Y no son mallas, son medias.
—Lo que sea, tía. Un coñazo con todas las letras, te lo digo yo.
Oteó a su alrededor. A los pósters de Kurt Cobain, Courtney Love y Axl Rose colgando de las paredes.
A las cintas de casete apiladas sin ningún orden, a la torre de revistas Sassy y Spin medio desparramadas por el suelo, al walkman rosa chicle sobre el escritorio, a las medias negras hechas una bola en la silla, al frasco de esmalte de uñas medio abierto y pegajoso junto al espejo, lleno de pegatinas descoloridas, recortes de revistas y notas garabateadas con bolígrafo.
Mi santuario del caos.
—Mola tu pocilga.
—A que sí…
Aproveché para mirarla de soslayo. Estaba muy delgada. Demasiado para mi gusto.
De un tiempo a esta parte, había perdido el rubor de las mejillas que tanto la caracterizaba, sustituido por unas ojeras espantosas que le ensombrecían la mirada.
Bajo la ropa se intuían las costillas, marcadas; se había quedado sin culo y, si el viento soplaba un poco fuerte, me apostaba mi paga mensual a que se la llevaba sin apenas esfuerzo.
Incluso me atrevería a decir que no era solo el aspecto. Había algo más. Un olor distinto en su piel, casi agrio, como cuando el cuerpo empieza a comerse por dentro, en una especie de canibalismo.
—Voy al baño, que me acabo de zampar una pizza entera y medio litro de Coca-Cola y ya me toca vomitarlo.
Me quedé en silencio, viendo cómo se levantaba de la cama, caminaba hacia el baño a duras penas y se encerraba con el pestillo.
No me hizo ninguna gracia que lo hiciera con tanta naturalidad, ahí, en mis narices. Y no solo eso: no entendía por qué seguía vomitando si ya parecía un esqueleto andante. No se podía estar más delgada. Seguro que pesaba unas noventa libras (40 kilos), como mucho.
Negué con la cabeza; algo no iba bien. Se estaba destruyendo a sí misma y ni siquiera era consciente de ello.
Oí la cisterna y, al cabo de medio minuto, la puerta abrirse. Salió como si no hubiese pasado nada, como si no hubiese forzado el vómito y echado hasta los jugos gástricos, dejándose sin defensas, expuesta a cualquier infección, bacteria o desmayo.
—Curly, dame un rotulador, que voy a firmarte la escayola para que vayas a la moda.
—Eso, con glamour .
— Forever , tía, forever …
Busqué uno negro y, tras entregárselo, quitó el capuchón con los dientes y escribió:
Mi zorra preferida. Curly, eres lo más.