Capítulo 33
TYLER LEWIS
Perder también es una forma de morir
Esa noche lo cambió todo.
No solo porque, por fin, mi pelirroja iba a poder ser libre de pensamiento, obra y omisión, sino porque nuestra historia, la de verdad, dio un giro de ciento ochenta grados.
Le pedí a Vera que me preparara la habitación de invitados. No quería estar lejos de Curly. Necesitaba tenerla cerca, poder acudir a ella en cuanto me necesitara, en lugar de estar en mi apartamento, a millas de distancia, sin poder hacer nada.
Quería estar.
Y estar significaba eso: correr cuando hiciera falta. Sostenerla si se venía abajo.
Y así fue.
Pero lo bueno, lo bonito duró muy poco. Apenas me estaba acomodando en mi nueva habitación cuando alguien entró sin avisar.
Sin llamar. Sin importarle lo más mínimo si yo estaba vestido, desnudo o en mitad de cualquier cosa, como pajeándome.
Porque, aunque aquella fuera su mansión, ese era mi puñetero espacio. Mi intimidad. O debería haberlo sido.
Susan Elisabeth Andrews entró y cerró la puerta tras de sí, ajustándola con un golpe seco. Luego avanzó un par de pasos y se plantó frente a mí con esa expresión mustia y altiva que siempre adoptaba cuando me tenía en su campo de visión.
La misma que usas cuando miras algo… que consideras por debajo de ti, de más bajo nivel social, cultural y económico.
—Cuando alguien quiere ocultar y esconder la verdad, debe ser muy cuidadoso. Y debo decirte que tú no lo has sido.
Fruncí el ceño, sin entender por dónde iban los tiros, aunque algo en su tono ya me olía a pólvora.
—Comenzar un romance con una chica joven, cuando existe una diferencia de edad tan evidente, a ojos de la gente puede resultar…
cuestionable. Incluso inmoral —continuó, paseándose despacio por la habitación, como si disfrutara del momento y se detuvo frente a mí— Pero cuando esa chica es menor, el concepto cambia.
Silencio.
—Se convierte en delito.
Clavó sus ojos en los míos.
—Y no en uno cualquiera. En uno lo bastante grave como para acabar entre rejas.
No levantó la voz. No le hizo falta; apestaba a amenaza.
—La amo con todo mi ser —respodí de inmediato.
Susan se echó a reír con una soberbia casi teatral. Por un instante me recordó a una villana de cuento, tal vez a Maléfica. De lo peorcito que te puedes encontrar: cruel, despiadada… ¡y sin un solo gramo de empatía!
—Ve con esa patraña a otra, pero no a mí —replicó, afilando cada palabra—. Podrás engañarla a ella por ser joven e inexperta, pero a mí no.
Se acercó un paso más, invadiendo mi espacio, y me señaló con el dedo, acusadora.
—No me tientes. Y ni se te ocurra volver a insultar mi inteligencia.
Su mirada no vaciló, pero la mía tampoco.
No me achanté. No me amilané. Me mantuve firme, sereno… aunque por dentro estuviera conteniendo unas ganas brutales de mandarla a la mierda sin billete de vuelta.
—No pienso renunciar a ella. Ni usted ni nadie me lo va a impedir.
Volvió a sonreír, esta vez ensanchando el pecho, creciéndose, mientras me plantaba un documento en las narices. El el pecho, más concretamente.
—Nunca subestimes a ningún miembro de la familia Evans, de la familia de Juez Evans. Jamás.
Fruncí el entrecejo. El folio cayó al suelo cuando se dio media vuelta con esa elegancia altiva que tanto la caracterizaba.
Y antes de desaparecer por la puerta, remató:
—Cierra al salir de la habitación cuando hayas recogido tus cosas y dejado las llaves del Cadillac en la mesita de noche.
Al quedarme solo y atónito, porque de esa mujer podía esperarme cualquier cosa, recogí el papel del suelo, lo desplegué y leí:
Por la presente, se le notifica de forma expresa que, a partir de este momento, queda terminantemente prohibido cualquier tipo de contacto, directo o indirecto con Charlotte Juliette Evans.
Asimismo, deberá abandonar de inmediato la propiedad familiar Evans, cesando toda presencia en sus inmediaciones y manteniendo una distancia mínima de 0.
3 millas (quinientos metros) respecto a la mencionada persona.
Cualquier incumplimiento de estas condiciones será considerado una violación grave, procediéndose sin previo aviso a la notificación a las autoridades competentes y a su inmediata detención bajo cargos de pederastia, en base a las pruebas gráficas que se adjuntan a continuación.
Se le recuerda que la familia Evans dispone de los recursos legales y sociales necesarios para garantizar que este procedimiento se ejecute con la máxima celeridad y contundencia, así como para asegurar que su reputación, presente y futura, quede irrevocablemente comprometida.
Noté cómo se me helaba la sangre. Me ahogaba.
Me sentía como una puta marioneta en manos de una madre elitista, con menos sentido común que un consejo de imbéciles.
Además, no podía obviar que el juez Evans era una eminencia en este estado y, por consiguiente, podía meterme entre rejas de por vida con solo chascar los dedos, sin apenas esfuerzo.
En dos putas palabras: estaba sentenciado. Porque esa delgada línea, la de cuando empezamos y Curly aún era menor o no, podía manipularse a su antojo. Retorcerse. Reescribirse. Y, en manos de alguien como Susan Elisabeth Andrews…
Entonces, con las manos temblorosas, abrí la solapa del sobre que lo acompañaba. Dentro había un par de fotografías de fotomatón. Nuestras. Mías y de mi pelirroja. Las que nos hicimos aquel día en la feria. Las que llevaba guardadas en la cartera.
Palpé el bolsillo del vaquero. La saqué, la abrí y rebusqué entre el DNI, los billetes y algún que otro ticket olvidado. No estaban. Alguien se había encargado de quitármelas; de robarlas... ¡de fabricar pruebas con ellas y en contra de nosotros!
¡Panda de hijos de puta!
Sentí cómo algo me ardía por dentro, subiéndome desde el estómago hasta la garganta. Me cagué en todos mis muertos… ¡y en los de esa mala pécora!
Joder, me estaba obligando a hacer lo único que jamás habría querido hacer: renunciar a ella. A la única persona que me importaba de verdad en esta puta vida.