Capítulo 31
TYLER LEWIS
Las cosas que jamás dijimos
Pese a las amenazas de su madre por haberme llevado a Curly del auditorio al hospital para que la atendieran, ya que, tras una primera inspección, tenía como mínimo una torcedura de tobillo, no dudé ni un segundo.
Aunque, por los aullidos de dolor y el color que empezaba a adquirir la piel…
me temía lo peor. Aquello no pintaba a simple esguince.
Me la llevé de allí sin mirar atrás, haciendo oídos sordos.
Porque por encima de sus gritos, de sus órdenes y de su jodido control enfermizo…
estaba ella. Curly necesitaba ayuda, no su puto permiso.
Ya habría tiempo para las amonestaciones, sanciones o todas las «-ones» que la jodida familia Evans decidiera imponer.
¡Me la sudaban todas y cada una de ellas!
Conduje como en los viejos tiempos, a toda leche por las concurridas calles de la ciudad. Por mis muertos que iba a batir el récord de cualquier ambulancia si hacía falta.
Me salté semáforos, me comí prioridades, lo que fuera con tal de llegar cuanto antes, para que dejara de sufrir y le metieran un chute de calmantes capaz de tumbar a un elefante.
Curly gemía en el asiento del copiloto, retorciéndose de dolor.
Nunca la había visto así. Tan frágil. Tan vulnerable.
Y lo único que me pedía el cuerpo era cubrirla con mis brazos, protegerla de todo y de todos…
¡de ese mundo de mierda que la había empujado hasta el límite, hasta dejarla completamente rota emocionalmente!
—Cielo, ya no queda nada… ya estamos llegando.
Pero ella solo gimoteaba, retorciéndose dentro de ese cuerpo esquelético que había dicho basta de la peor forma posible. Porque llega un punto en el que el cuerpo deja de obedecer. Y cuando eso pasa… te obliga a parar. Da igual cómo: una gripe. Una enfermedad. O un jodido esguince de tobillo.
Pero te para, aunque tú no quieras.
Minutos más tarde, ella ya estaba en un box de urgencias y yo en la sala de espera, lejos, sin saber si estaba bien o mal. Sin poder cogerle la mano. Sin poder acariciarle el pelo para calmar su dolor.