New York (Skyline 2) Capítulo 30
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Capítulo 30

SUSAN ELISABETH ANDREWS

Ningún corazón sobrevive intacto

La audición para Duality había llegado, por fin.

Mi sueño convertido en realidad dieciocho años, cuatro meses y doce días después de haber renunciado a él por quedarme embarazada de Charlotte.

Dieciocho años, cuatro meses y doce días desde que tomé la decisión más importante —y más equivocada— de mi vida.

Porque sí, hay decisiones que te cambian el rumbo…

y otras que te lo arrebatan por completo.

Y yo, en su momento, lo perdí todo: carrera, proyección, futuro.

Todo. Por una vida que ni siquiera había planeado.

Pero el destino, caprichoso como es, siempre encuentra la forma de devolverte lo que te pertenece, aunque sea a través de otros.

Y Charlotte Juliette Evans no era más que eso: mi segunda oportunidad.

La observé en silencio, de arriba abajo.

Estaba delgada, sí, pero no lo suficiente.

Aún quedaban imperfecciones que distorsionaban la línea; detalles que a ojos inexpertos pasarían desapercibidos, pero no a los míos: la cintura no estaba lo bastante definida, las caderas seguían siendo demasiado evidentes y esos muslos…

Suspire, asqueada.

Había trabajado demasiados años para eso y, aun así, el resultado seguía siendo insuficiente. Porque cuando no lo haces tú misma y delegas tus sueños en alguien que jamás los ejecutará con tu precisión, el fracaso está implícito desde el principio.

—Gira.

Lo hizo. Lenta, pero obediente. Como debía ser. Como siempre había sido.

Entonces me detuve a observar la espalda, la caída de los hombros, la alineación de la columna.

Descendí, centímetro a centímetro, evaluándola sin pestañear: esa piel nívea, esas pecas esparcidas sin control…

demasiadas marcas, demasiadas interrupciones en una armonía que debería ser limpia, perfecta.

Pero ya era tarde para corregir nada más.

Hoy debía salir a escena y darlo todo. El alma, si era necesario.

Le subí la cremallera del maillot con un gesto firme, contundente.

—Mírame.

Se giró. Ante mis diez centímetros de tacón, tuvo que alzar la vista para encontrar mis ojos.

—Consigue el papel —le ordené.

Asintió, mecánica.

Podría haberla animado, incluso abrazarla, susurrarle un: «lo harás genial», pero no. La disciplina y la ambición no se alimentan de caricias, sino de exigencia.

Charlotte, en el fondo, era una mantis, aunque se negara a reconocerlo. Una depredadora en potencia, capaz de devorar a sus adversarias sin pestañear. Lo sabía. Le sobraba fuerza. Le sobraba temple. Lo único que le faltaba… era hambre.

Desfiló ante mí y se alejó tras la puerta con la barbilla alzada, ligera como una pluma, contoneándose con esa sensualidad innata y ese halo de luz que muy pocos poseen en el ballet.

Duende, así podría resumirse en una sola palabra.

Ella lo tenía. Había sido bendecida con ese don, el mismo que siempre detestó.

El mismo que repudió durante años. Porque el talento, por sí solo, no es nada.

Y yo me encargué de enseñárselo. A golpe de disciplina.

A golpe de bastón. Porque los sueños no se esperan; los sueños se trabajan cada maldito día de tu vida.

Me reuní con mi marido, el Juez Evans, y tomé asiento a su lado, en primera fila de auditorio.

Desde allí tendría una visión privilegiada.

No para disfrutar, eso sería una aberración, sino para observar.

Para detectar fallos. Para estudiar cada fisura.

Para memorizar cada debilidad y corregirla en el futuro.

Porque de eso se trataba. De perfeccionar lo imperfecto, pues el tiempo ya no jugaba a nuestro favor.

Charlotte ya no era una niña y moldear a esas alturas resultaba mucho más complejo, más lento, más ingrato. Y lo peor de todo es que su margen se estrechaba peligrosamente. Pues en ese mundo no hay segundas oportunidades. O brillas… o te devoran.

El ballet, tan hermoso como despiadado, era, al fin y al cabo, un firmamento tan glamuroso como carnívoro de almas jóvenes.

La audición dio comienzo. Charlotte era la tercera en salir a escena. Las dos primeras se lo habían puesto en bandeja de plata. Su talento, por llamarlo de alguna forma que no resultara ofensiva, brillaba por su ausencia. Ninguna representaba una amenaza real.

Mi primogénita no tenía rival. De eso estaba completamente convencida. Aquel papel iba a ser suyo. Por derecho. Casi por designio divino.

La segunda aspirante abandonó el escenario jadeante, visiblemente agotada tras un esfuerzo que, en el fondo, había sido inútil.

Entonces Charlotte avanzó hacia el centro. Se colocó en primera posición, firme, alineada, con los talones unidos y las puntas abiertas en un ángulo perfecto. Después elevó los brazos en quinta posición, dibujando un óvalo limpio sobre su cabeza.

Cerró los ojos.

Y durante un segundo, todo quedó en silencio. Incluso yo contuve la respiración. Porque ese instante, ese preciso instante, separa a las mediocres… de las que nacen para brillar.

Debo confesar que, en esos intervalos, un leve pellizco de orgullo materno me erizó la piel. Pero solo fue eso. Un destello fugaz, casi imperceptible. Insuficiente.

Entonces comenzó a sonar la Swan Lake Act III Black Swan Variation de Piotr Ilich Chaikovski, y Charlotte dio sus primeros pasos.

Rápida. Precisa. Afilada. Cada giro era un desafío.

Cada apoyo, una declaración de poder. Y, llegó el momento clave.

Los fouettés . Uno. Dos. Tres. El cuerpo erguido, el eje firme, la pierna lanzándose como un látigo en cada impulso.

Charlotte empezó aumentar la velocidad con cada repetición. Diez. Doce. Quince.

El público contenía el aliento. Yo no. Yo rezaba porque no la cagara, porque no errara y se cayera… Y entonces su cuerpo se desplomó contra las tablas de madera con un golpe seco que resonó en todo el teatro.