New York (Skyline 2) Capítulo 29
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Capítulo 29

TYLER LEWIS

Lo que una madre nunca ve

Nuestra relación se había reducido a una especie de rutina mecánica: llevarla de A a B, de B a C y, después, de vuelta a A.

Nuestras conversaciones se habían vuelto triviales, insustanciales… casi impostadas. Sobre todo, por su parte. Ya no era la Curly deslenguada, chispeante y jodidamente viva que me arrastraba a su mundo sin pedirme permiso.

Algo había cambiado. Se le había apagado esa luz traviesa en los ojos, esa risa fácil que lo inundaba todo. En su lugar quedaba una versión más contenida, más distante… incluso triste. Y joder, eso sí que me inquietaba de verdad.

Sabía que la presión que se ejercía sobre ella era bestial, casi inhumana.

Pero también sabía, porque la vida me lo había enseñado a base de hostias, que todo ese esfuerzo titánico no servía de nada si, por el camino, ibas dejando atrás lo único que no vuelve jamás: el tiempo.

Ese bien escaso que todos creemos infinito… hasta que deja de serlo.

—Pelirroja… ey, pelirroja.

Miré por el retrovisor interior del Cadillac DeVille del 85, el coche de la familia que usaba para llevarla de un lado a otro, intentando que dejara de perderse en la ciudad que desfilaba tras la ventanilla.

—Cielo, mírame.

Por un instante, giró la cara hacia delante y buscó mis ojos.

—Así… buena chica.

La vi suspirar, cansada, como si llevara el mundo a cuestas. Y joder… no me gustaba nada verla así, metida en una película que no le correspondía.

—¿Qué te pasa?

—Nada, Tyler. Absolutamente nada nuevo.

—Te noto… distante. Ya no pareces…

—Soy la misma de siempre —me cortó, aséptica, sin dejarme terminar—. Deja de montarte historias raras, ¿vale?

—Lo capto.

Asentí con una media sonrisa mientras me mordía la lengua para no soltarle alguna barbaridad de las que luego uno se arrepiente en frío.

Estaba claro que le pasaba algo. Algo que, según ella, no tenía por qué compartir conmigo.

Y eso solo dejaba dos opciones: o no confiaba lo suficiente en mí, a pesar de conocernos desde que era una cría y, más aún, ahora que llevábamos semanas enredados en algo que ya no tenía nada de juego, o estaba tan metida en la mierda que ni siquiera sabía cómo salir.

La audición era mañana por la tarde. Eso lo sabía bien.

Vera me lo había dejado caer con esa sutileza suya de no decirlo todo, pero decir lo justo.

Y también sabía lo otro: que su queridísima madre la tenía sometida a una dieta hipocalórica tan salvaje que lo raro no era verla apagada…

sino verla aún en pie. Casi parecía sostenerse por inercia, como si el cuerpo tirara de orgullo cuando ya no le quedaba gasolina.

—¿Has comido algo hoy?

La miré de nuevo a través del espejo. Cerró los ojos y se cruzó de brazos.

—¿Me has oído, Curly?

—Por supuesto, Tyler.

—¿Y bien?

Bufó por la nariz, molesta, dejando escapar el aire con fastidio.

—No es asunto tuyo.

—Genial… —mascullé—. O sea, que no has comido nada, ¿no?

Hizo oídos sordos, pero para testarudo, yo. Si quería caldo, iba a tener dos tazas. Accioné los pestillos y bloqueé las puertas para que no pudiera escaparse de lo que estaba tramando. Después giré el volante adrede, doblando la esquina en dirección contraria a la mansión.

—¿Qué coño haces? ¿Secuestrarme?

—Más quisieras tú.

Empezó a tirar de la maneta, probando si la puerta cedía, pero no. El coche era a prueba de pataletas de niñas consentidas.

—¡No estoy de broma, joder!

—Yo tampoco —repliqué sin mirarla, clavando la vista en la carretera—. Y tú tampoco deberías estarlo con tu cuerpo.

—¡Tyler! Llévame a casa, ¡ahora!

—Después de pasar por mi apartamento.

Y esas fueron las últimas palabras antes de oírla despotricar a grito pelado, exigiendo que la dejara marchar, que aquello era un atentado contra su integridad, contra su libertad, que quién coño me creía que era… ¿su padre?

Nada más lejos de la realidad.

Porque si yo fuera su padre, no le habría permitido perder el norte de esa manera. Ni de coña.

Metí el coche en el parking y, en cuanto abrí la puerta, intentó salir disparada. Pero fui más rápido. La atrapé antes de que pudiera huir y la sujeté entre mis brazos, inmovilizándola como si fuera una jodida camisa de fuerza.

Y la llevé, sin apenas esfuerzo, joder, de lo poco que pesaba, hasta el ascensor. De ahí, directo a mi apartamento y después cerré la puerta a cal y canto, bajo llave.

—Tyler, voy a llamar a la policía. Esto es secuestro.

Cogió el Motorola MicroTac del bolso, pero se lo arrebaté de un manotazo.

—Curly, ¡cállate ya!

—Pero…

—¡Siéntate!

—No pienso hacerlo.

—¡¡Ahora!!

Mi voz retumbó en todo el salón. Y esta vez… no era una sugerencia. Y por primera vez la vi bajar la guardia. Tal vez extenuada por tanta lucha inútil por escapar.

—Ponte cómoda, cariño.

Se lo dije ya más sosegado, sin sentir cómo las venas del cuello estaban a punto de estallar tras el bramido que acababa de soltarle en la cara.

—Voy a preparar algo de comer. No tardo nada.

Me aparté de su lado y me metí en la cocina. Me moví rápido, casi con urgencia, preparando dos huevos revueltos y un par de tostadas con aguacate. Sabía que le encantaban.

— Voilà…

Enseguida le planté el plato delante. La verdad, olía que alimentaba solo con acercártelo a la nariz.

Le ofrecí los cubiertos.

—No tengo hambre.

—Curly, no me obligues a darte de comer.

—Mañana tengo la función y…

—…Y por mis muertos que te vas a comer todo lo que hay en ese plato —la interrumpí, clavando la mirada en ella y apoyando la palma en la mesa—. Y no te vas a levantar de esa silla hasta que no quede ni una puta miga de pan.