New York (Skyline 2) Capítulo 28
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Capítulo 28

CURLY EVANS

El precio de arder

Afortunadamente llegué a la mansión antes que mis padres. Deshice la maleta, me duché y bajé al salón cuando la cena ya estaba servida.

Mi padre, que me había cubierto las espaldas aquel fin de semana, se ganó el Óscar a la mejor actuación delante de una madre que seguía en la inopia más absoluta. Contenta y engañada. Así ganábamos todos. Bueno… sobre todo una servidora.

—¿Otra vez lechuga? Ni que tuviese complejo de conejo…

— Charlotte Juliette Evans , recuerda los modales en la mesa.

Mi madre no tardó en salir en defensa del protocolo familiar, como si aquello fuera una cena de gala y no una simple ensalada que llevaba tres noches consecutivas persiguiéndome por el plato.

—Desde hace unos días mis cenas son odiosamente aburridas.

—Y lo seguirán siendo si no bajas de peso, que te quede claro. Las pruebas para la función de Duality son en cinco días. Has de perder cinco kilos.

—¿Cinco? —me atraganté con la mezcla de brotes tiernos y espinacas baby.

Justo en ese instante, Vera se inclinó ligeramente hacia mí con discreción mientras me rellenaba la copa de agua, para susurrarme algo al oído:

—Señorita, suéltese la coleta… Está dejando a la vista un chupetón en el cuello.

¡OMG!, grité para mis adentros. En un acto casi reflejo hice lo que me pidió, dejando caer el cabello sobre los hombros mientras maldecía mentalmente al capullo de Tyler por haberme marcado como a una vaca.

Mierda. Ya le había advertido que no fuera tan fogoso en ciertas partes de mi anatomía…

si no quería dejar pruebas del delito que pudieran comprometernos.

—Mañana a las 7 en punto te pesarás en la báscula y empezaremos a ejecutar un plan más agresivo para perder esa grasa acumulada.

Y lo soltó así, a la brava, arrugando su perfecta naricita operada con tal repulsión que cualquiera diría que acababa de descubrir que debajo de la mesa tenía sentado a Jabba the Hutt devorando el buffet entero…

cuando en realidad lo único que tenía delante era a su hija con una insípida y puñetera ensalada.

Clavé el tenedor en un trozo de zanahoria y lo degusté como si fuera el más exquisito de los caviares.

Por lo general madrugaba temprano, allá por las seis de la mañana, pues mis rutinas diarias empezaban antes de que el sol iluminara mi suite en la segunda planta.

Así que no me costó gran esfuerzo estar duchada, vestida y sentada en una esquinita del borde de la cama, esperando la intrusión de mi madre, sin llamar a la puerta, claro está, en mi habitación, báscula en mano y cinta métrica en la otra, como si fuera una inspectora de aduanas dispuesta a declarar mi cuerpo como mercancía de dudosa procedencia.

—Buenos días, Charlotte.

«Pasa, anda, adelante, no te cortes un pelo», pensé para mis adentros.

—¿Decías?

—Nada…

Me miró con expresión de sospecha, entrecerrando tanto los ojos que parecía que estuviera intentando leerme los pensamientos a través del cráneo. Durante un segundo llegué a pensar que, además de tocapelotas profesional, se había matriculado también en algún curso de telepatía avanzada.

Y sin mayor dilación dejó el artilugio del infierno en el suelo y esperó a que me desvistiera por completo, porque según ella debía pesarme desnuda, en ayunas y recién levantada.

—Cincuenta y dos kilos —dictaminó mi madre con una sequedad que me heló la sangre.

—¿Y?

—Y que en cinco días debes pesar cuarenta y siete si quieres optar al papel principal.

¿Quería? No. Quería ella.

Yo no era más que su maldito proyecto inacabado.

El reflejo viviente de todo lo que no consiguió ser cuando le tocó intentarlo.

Su segunda oportunidad. Su pequeño experimento doméstico.

Porque, al parecer, llegar a adulta y descubrir que la vida no te debe nada debe de ser muy frustrante…

y mucho más si tienes una hija a la que exprimir para corregir tus propios fracasos.

Y ahí estaba yo, pagando la factura de unos sueños que ni siquiera eran míos.

—El film.

—Lo tengo en el armario.

—Ve a buscarlo.

Y como un autómata, sin siquiera pensarlo, atravesé la habitación en varias zancadas, aún desnuda, tal y como me trajo al mundo… aunque ahora midiera metro setenta y seis y no cuarenta y nueve centímetros.

Abrí el armario, rebusqué entre los cajones y regresé a su lado. Se lo entregué.

—Levanta los brazos.

Sin decir ni pío, obedecí.

Ella empezó a envolver mi cintura con el film transparente, apretando cada vuelta un poco más que la anterior.

No se detuvo hasta que tuve que rogarle que, por favor, no diera ni una más, porque el aire ya apenas conseguía entrar en mis pulmones.

Respirar empezaba a convertirse en un esfuerzo titánico.

Y por un momento tuve la certeza de que, si seguía apretando un poco más…

acabaría desmayándome allí mismo, delante de ella.

—Ahora ponte la equipación y sal a correr doce millas.

—¿Estás de broma?

—¿Tengo cara de estar de broma? —replicó, arqueando una ceja con esa expresión helada que solía usar cuando algo no admitía discusión.

La miré unos segundos, esperando, ingenua de mí, que aquello fuera una exageración momentánea. Pero no. Su rostro seguía igual de impasible, como una estatua de mármol.

—Charlotte Juliette Evans, muévete. Cada minuto que pierdes es grasa que sigues llevando encima.

Al poco, la vi salir de la suite con ese aire satisfecho de quien cree haber hecho un gran trabajo. Si pudiera, probablemente se habría dado una palmadita en la espalda… o se habría besado a sí misma, lástima que no llegara, porque, si no, otro gallo cantaría.

Y me dejó allí, a solas con mis pensamientos… y con mi escasa capacidad pulmonar.

Además, si quería llegar a tiempo a clase, no me quedaba otra que correr en sprint desde el primer minuto. De lo contrario, no llegaría ni por asomo.

Mierda.

El día, y la semana, habían empezado de pena.

Pero, como dice el refrán, Dios aprieta, pero no ahoga , y al final la cosa resultó ser mejor de lo que esperaba pues Úrsula resurgió de la nada después de dos semanas desaparecida y lo hizo en clase de Física.

Entró tarde, así que no pude hablar con ella hasta el cambio de asignatura y profesor.

Esos gloriosos cinco minutos que nos concedían entre clase y clase para ir al baño, estirar las piernas… o conspirar un poco contra el mundo.

—Nena, acompáñame.

Nos metimos en uno de los cubículos, cerramos la puerta y compartimos un cigarrillo a medias mientras nos poníamos al día.