New York (Skyline 2) Capítulo 26
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Capítulo 26

TYLER LEWIS

Cuando el amor se vuelve guerra

Curly Evans se había convertido en muy poco tiempo en mi lugar seguro, en mi hogar. Daba igual dónde estuviéramos: en mi apartamento, en mi coche recorriendo medio país o en un motel perdido al borde de una autopista. Si ella estaba conmigo, todo encajaba.

No importaba si llovía, si caía el diluvio universal o si el sol pegaba con ganas sobre el asfalto. A su lado todo empezaba a tener sentido, como si alguien hubiera recolocado las piezas de un puzle que llevaba demasiado tiempo roto.

Todo tenía ahora un color distinto. El rojo.

Rojo intenso, como su cabellera cuando el sol la atravesaba por detrás.

Y también tenía un olor. Curly olía a champú de vainilla y a algo más difícil de explicar…

algo cálido, limpio, dulce sin empalagar, mezclado con ese aroma natural de su piel después de hacer el amor.

Era el tipo de olor que se te queda grabado en la memoria y que reconocería incluso con los ojos cerrados.

Aún la tenía entre mis brazos cuando desperté en mitad de la noche.

Su cabeza descansaba sobre mi pecho, el pelo pelirrojo desparramado por la almohada como si alguien hubiera derramado fuego sobre las sábanas blancas del motel.

Respiraba despacio, profundamente, con esa tranquilidad absoluta que solo se tiene cuando te sientes a salvo.

Y joder… aquello me golpeó más fuerte que cualquier otra cosa.

Porque durante años había vivido convencido de que mi vida estaba destinada a avanzar en línea recta, sin detenerse demasiado en nadie. Sin echar raíces. Sin mirar atrás.

Pero allí estaba, con una chica de dieciocho años dormida sobre mi pecho y con la sensación, muy real, de que si algún día la perdía… algo dentro de mí volvería a romperse para siempre.

La abracé un poco más fuerte.

Curly se removió apenas, murmuró algo ininteligible y se acurrucó aún más contra mí, como un gatito buscando calor.

Sonreí.

—Joder, pelirroja… —murmuré en voz baja, casi para mí mismo—. No tienes ni idea de lo que me estás haciendo.

Más tarde nos duchamos juntos y nos pusimos en marcha hacia Indianápolis después de un buen desayuno a base de huevos revueltos, tostadas y un café yanqui negro y amargo que sabía a rayos.

Durante gran parte del trayecto, Curly no paró de cantar a voz en grito las canciones del álbum She’s So Unusual que había traído consigo en una cinta de casete.

No era precisamente una virtuosa de la capacidad vocal.

Menos mal que en otras disciplinas, como el ballet, era un auténtico ángel, porque si no…

Y porque estaba enamorado de ella. Y porque el amor es ciego, eso dicen, que, si no, juro que habría parado en la primera farmacia que encontrase para comprarme unos tapones para los oídos.

Pero estaba tan metida en su mundo, tan viva, gesticulando como si llevara un micrófono imaginario en la mano, que me dieron ganas de dejar que me rompiera los tímpanos de por vida con tal de verla así de feliz.

Estaba radiante. No, radiante se queda corto: estaba exultante. Desprendía una luminosidad especial, algo difícil de explicar con palabras. Había que verla para entender a qué me refiero.

Brillaba con luz propia.

Y su energía… me cago en la puta, su energía era fascinante.

Millas después, estaba en medio de cantar Girls Just Want to Have Fun cuando se giró hacia mí y, sonriendo de oreja a oreja, me confesó: —Soy una gran fan de Cyndi Lauper, por si no lo habías notado.

Aquella mañana se había hecho una coleta alta hacia un lado y llevaba unos guantes de malla negros, cortados por los dedos, muy del estilo ochentero que solía lucir la cantante. Y una falda de tul con vuelo que se movía graciosa cada vez que caminaba.

—Es lo que tiene ser tan joven.

—Habló el abuelo…

Curly se rio a carcajadas.

—Mister Black, que sepa usted que se conserva muy bien para ser un vejestorio.

—¿Vejestorio?

—Sí, momificado…

—Mira quién habla —bufé—. La cría que canta como si estuvieran degollando a un gato en el asiento de al lado.

—¡Eh! —protestó, dándome otro manotazo—. Eso ha sido muy feo.

—Pero muy cierto.

Curly me miró con los ojos entrecerrados, fingiendo indignación.

—Pues para tu información, señor fósil, Cyndi Lauper tampoco canta como Pavarotti.

—Gracias a Dios —murmuré—. Porque si no, tú ya habrías reventado todas las ventanillas del coche.

—¡Tyler!

—¿Qué? Solo estoy siendo honesto.

—Eres un borde.

—Y tú un desastre cantando.

Curly se cruzó de brazos y miró hacia la carretera con gesto ofendido durante unos segundos. Luego giró la cabeza muy despacio hacia mí.

—Pues que sepas que esta misma boca que ahora criticas…

Alzó una ceja con malicia.

—…hace otras cosas que te gustan bastante más.

Solté una carcajada.

— Touché , pelirroja.

—Lo sabía —sonrió satisfecha—. Siempre gano.

—Ni de coña.

—¿Ah, no?

—No.

—Pues ya veremos esta noche quién gana —canturreó mientras volvía a subir el volumen del casete—. Porque te recuerdo que aún te queda mucho cumpleaños por celebrar, abuelo.

Negué con la cabeza, resignado, mientras la escuchaba volver a cantar a pleno pulmón.

Joder…

Y aun así no cambiaría aquel concierto privado por nada del mundo. Y sí, sospechas bien: cuando la cara A del casete se acabó, Curly le dio la vuelta y la cara B resultó ser de The Bangles. No tardó ni diez segundos en empezar a cantar Hero Takes a Fall a pleno pulmón.

—No me lo digas… a que lo adivino: también eres fan de este grupo.

—Pues sí —me sonrió con los labios apretados, fingiendo modestia—. Premio para el borde moreno del asiento de al lado de la despampanante pelirroja de grandes ojos azules y voz angelical…

Me carcajeé con toda el alma, si es que eso era posible.

—Te adoro, Curly. Eres la bomba. Nunca decepcionas y nunca das tregua al aburrimiento.

—Eso nunca lo dudes. Nací y viviré siempre siendo yo misma, aunque le duela al prójimo.

—Brindo por ello.

—Y yo porque tú lo veas el resto de tu vida.

—Amén, cielo.

Si todo iba según lo programado, debíamos ver el cartel del Indianapolis Motor Speedway en unas dos horas, hacia el oeste. Y dicho y hecho: no tardamos mucho en verlo aparecer ante nosotros, enorme, imponente, como si aquel lugar hubiera estado esperando nuestra llegada desde hacía décadas.

El circuito se extendía sobre una planicie inmensa, como una ilusión irreal ante nuestros ojos.

Las largas rectas de asfalto gris, curtidas por décadas de velocidad y neumáticos abrasados, parecían cicatrices gigantes abiertas en la tierra.

Se perdían en el horizonte, flanqueadas por las gigantescas tribunas metálicas que se alzaban alrededor del óvalo, capaces de albergar a cientos de miles de espectadores.

Aquel lugar no era solo un circuito.

Era historia.

Allí habían rugido durante décadas los motores más feroces del planeta, quemando millas a más de trescientas cincuenta millas por hora, entre humo, gasolina y el estruendo ensordecedor de los monoplazas.

El Brickyard, como muchos pilotos lo llamábamos entre respeto y temor, había visto nacer leyendas…

pero también había sido testigo de tragedias.

Cuando lo vi aparecer frente a nosotros no pude evitar sentir cómo el corazón empezaba a latir con fuerza contra las costillas.

¡Bum, bum! ¡Bum, bum!

Un golpe seco.

Un recuerdo.

Un fantasma.

Como diapositivas empezaron a emerger ante mí los fragmentos de mi pasado, entre fogonazos dolorosos que casi me reventaron los globos oculares. Mi vida en pedazos, como eso que dicen que ves cuando estás a las puertas de la muerte y todo pasa delante de tus ojos en cuestión de segundos.

Pero en mi caso solo había desorden. Desesperación. El accidente de Cris. El funeral. El suicidio de Sarah. La soledad. Mi caída en las drogas… y todas las demás mierdas que había intentado enterrar durante años.