New York (Skyline 2) capítulo 25
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capítulo 25

TYLER LEWIS

La herida detrás de tus ojos

Si no hubiera sido por la música de la radio y por la conversación constante entre Curly y yo, probablemente habría muerto de aburrimiento mirando por la ventanilla.

No estaba acostumbrado a aquello, a ser copiloto.

Yo siempre había sido el que conducía. El que tenía el volante entre las manos.

El que decidía hacia dónde ir. Estar sentado sin hacer nada, mirando cómo el paisaje pasaba como una película aburrida al otro lado del cristal, me resultaba desesperante.

—¿Queda mucho, pelirroja?

—Mmm… sí. Un poquito.

Me guiñó un ojo. Luego me dio un par de palmaditas suaves en la pierna, como si estuviera calmando a un perro inquieto.

—No sé qué demonios has planeado —musité—, pero como sigamos así no nos va a dar tiempo ni de echar un polvo rápido.

—Uy, no te preocupes —confesó con una sonrisa maliciosa—. Lo tengo todo controladísimo.

Me guiñó el ojo otra vez y su mano empezó a deslizarse por el interior de mi muslo, directo hacia territorio peligroso.

—Habrá tiempo para todo.

Cuando apoyó la palma sobre mi entrepierna, mi polla reaccionó al instante, como si la estuviera saludando. Un saludo bastante entusiasta, además. Sus dedos comenzaron a acariciarme la erección a través de los vaqueros.

—Curly… —gruñí—. No seas mala y no empieces algo que no vas a poder terminar.

Me miró de reojo, divertida. Yo, en cambio, estaba empezando a pasarlo francamente mal; aquello era una tortura lenta.

—¿Quieres que termine? —me picó, inocente.

Arrugó la nariz y se mordió el labio inferior con una expresión que me encendió aún más.

—Quiero que… joder… me cago en la puta…

Antes de que pudiera acabar la frase ya estaba desabrochando los botones de mis vaqueros con una facilidad que daba miedo. Metió la mano dentro del bóxer y empezó a masturbarme. Lento. Muy lento.

—Dios… cariño…

Miré hacia abajo. Mi polla asomaba ya fuera de la ropa interior, completamente dura. Aquello tenía unas dimensiones que empezaban a ser seriamente peligrosas.

Levanté la mirada hacia Curly.

—Para el coche… o deja de hacerme esto… o vamos a acabar lamentándolo.

Ella me miró de forma lasciva.

—No tiene por qué pasar nada, Tyler. Yo controlo.

—Pero yo no estoy… al cien por cien… disfrutando…

—¿Ah, no?

Sonrió.

Y empezó a mover la mano con más ritmo.

Joder…

Gemí.

—Allí… pelirroja… —señalé hacia la derecha—. Sal en esa área de servicio.

—A sus órdenes —respondió teatralmente.

Giró el volante.

El área de descanso estaba llena de tráileres aparcados en batería.

Varios de campistas desayunaban en la zona de picnic y juraría que había un par de miradas curiosas más pululando por allí.

Normalmente no me iba el rollo exhibicionista, pero cuando estás a punto de correrte…

lo último que te importa es el público. Además, había algo condenadamente excitante en hacerlo a plena luz del día y más con Curly.

Aquello tenía sabor a aventura. A peligro. A algo completamente fuera de control.

—¿Aquí le parece bien, señor?

Ni me dio tiempo a contestar.

En cuanto aparcó el coche en un rincón algo más apartado, echó el freno y se inclinó sobre mí. Segundos después tenía su boca rodeando mi polla.

—Santo cielo…

Eché la cabeza hacia atrás y gruñí con rabia.

—¿Ya no me pides que pare? —murmuró ella contra mi piel.

No tardé nada en correrme con fuerza. Parecía un puto adolescente con las hormonas disparadas. Todo en mí estaba despierto de nuevo. Las ganas de sentir. De descubrir. De vivir. Y la responsable de todo aquello tenía nombre y apellido: Curly Evans.

La atrapé por la nuca y busqué su boca con urgencia.

La besé con hambre. Exploré cada rincón de su boca: su lengua, su paladar, sus labios.

Mientras lo hacía, recliné su asiento hacia atrás.

Cuando quedó completamente tumbada, aproveché para quitarle las braguitas.

Le abrí las piernas y me acomodé entre ellas.

—El condón…

Joder. Casi la vuelvo a cagar. Saqué uno de la cartera y rasgué el envoltorio con los dientes. Gemí cuando me hundí dentro de ella. Curly gritó, sorprendida.

—No existe lugar mejor que este… —murmuré contra su oído mientras empezaba a moverme—. No lo hay.

Embestí. Fuerte. Ella no respondió con palabras, pero no hacía falta. Sus gemidos, la forma en que levantaba las caderas para encontrarme, sus dedos recorriendo mi espalda y su respiración rompiéndose contra mi cuello, lo decían todo.

Aceleré el ritmo cuando me lo pidió.

—Tyler… estoy cerca…

Sus piernas subieron hasta mis hombros mientras mis caderas golpeaban contra las suyas con fuerza. Gemidos. Respiraciones entrecortadas. Piel erizada. La humedad envolviéndonos. El placer recorriendo cada centímetro de nuestro cuerpo.

Nos corrimos casi al mismo tiempo y nos quedamos allí unos segundos, jadeando. Con las frentes apoyadas y tratando de recuperar el aire.

La miré.

—¿Estás llorando?

—No… qué va…

Sonrió, pero sorbió por la nariz.

—Es que… joder… se me ha metido algo en el ojo. Una mota de polvo o algo así.

Sonreí y le sujeté la cara con ambas manos.

—Vamos, pelirroja… mírame.

Con el pulgar limpié una pequeña lágrima que se había quedado atrapada en la comisura de su ojo.

—Eres adorable.

—No hagas eso…

—¿El qué?

Le besé la punta de la nariz. Siempre me había gustado hacerlo. Aunque fuera un gesto ridículamente cursi.

—Qué bonita eres.

—Tyler… —susurró.

Le tembló el labio inferior. Lo atrapó entre los dientes, intentando disimular, como si así pudiera evitar que me diera cuenta de que estaba afectada, de que temblaba de pies a cabeza. Tarde. Ya lo había visto. Sonreí.

—No me canso nunca de mirarte.

Suspiró.

—Tyler…

—Cada día que pasa me enamoro más de ti y cada día que pasa me aterra más la idea de perderte.

Nos miramos a los ojos con intensidad, como si pudiéramos penetrar el uno en el otro con esa mirada.

Ambos conocíamos la realidad, la misma que supimos desde el principio: que aquello que habíamos empezado tenía los días contados.

Porque no era viable. No en ese momento.

Quizás dentro de un tiempo, cuando ella hubiera terminado los estudios, cuando hubiera salido con chicos de su edad, cuando hubiera vivido la vida que le correspondía vivir.

Porque Curly necesitaba equivocarse, caer, levantarse y volver a caer.

Pero no conmigo delante. Tenía que hacerlo sola, tenía que aprender, tenía que romperse un poco para volver a reconstruirse y seguir viviendo.

—Yo no quiero que esto se acabe nunca.

Tragué saliva y salí poco a poco de ella.

—Lo sé, cielo. Pero tú y yo sabemos que ese momento, tarde o temprano, llegará, y debemos estar preparados para cuando ocurra.

Negó con la cabeza y sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas. Verla así me partía el alma en dos y me volvía torpe e inseguro, cuando en mi vida solía presumir de lo contrario. Pero todo lo que envolvía a mi pelirroja tenía ese efecto en mí: me hacía flaquear de la peor manera.

—No llores, por favor. No soporto verte llorar.

—Lo que dices es muy cruel.

—Es la realidad. Y lo sabes.

—La realidad se la monta cada uno a su manera —se le quebró la voz—. No hay nada escrito.

—Ya lo sé, pero también sé que ahora no es el momento de estar juntos. Tu edad, la mía, tu familia, la universidad, tu ballet…

—Para, Tyler… joder, me estás agobiando…

Bajó la ventanilla, sacó la cabeza y cogió aire, como si necesitara oxígeno de verdad. Parecía angustiada.

—Siento ser tan directo, tan franco.

Negó con la cabeza y esbozó una pequeña sonrisa cansada.

—Entonces es que no lo entiendo.

—¿Qué no entiendes?

Buscó mi mirada.

—¿Por qué coño empezaste algo conmigo si ya sabías que no iba a ir a ninguna parte?

Tragué saliva con resquemor y noté mi nuez subir y bajar antes de responder.

—Créeme si te digo que lo intenté. Intenté por todos los medios no enamorarme de ti, pero fracasé.

Porque ahora mismo, en este preciso instante, no sabría qué hacer si no te tuviera en mi vida.

Si no pudiera volver a tocarte, si no pudiera besarte otra vez, si no me fuera posible sentirte… ni vivirte.

La vi tragar saliva con dificultad, como si mis palabras se hubieran convertido en una masa demasiado pesada para pasar por su garganta.

—Vamos, pelirroja. No estropeemos el día… nuestro día —le acaricié la cara y la besé en los labios, reteniendo el beso un poco más de lo habitual mientras sentía cómo temblaban bajo los míos—. Quiero verte sonreír. Quiero verte feliz, ilusionada. Quiero que disfrutemos del ahora, del hoy.

—Sí… eso mismo. No le demos más vueltas. Es lo único que quiero.

Se colgó de mi cuello y me abrazó con tanta intensidad que me dejó sin aire cuando se separó. Miró la hora en su reloj de pulsera, suspiró hondo y sonrió.

—¡Las 11:33!

De repente, como por arte de magia, le cambió la expresión de la cara. La tristeza desapareció y volvió el brillo juguetón que tanto me gustaba. Y entonces, sin previo aviso, empezó a cantarme el cumpleaños feliz.

—Cumpleaaaaños feeeeliz… Cumpleaaaaños feeeeliz… te deseoooo Tyler… cumpleaaaaños feeeeliz…

Sonreí. No podía creerlo. ¿Cómo sabía que era mi cumpleaños y, además, la hora exacta de mi nacimiento? «Un cómplice», pensé para mis adentros. «Ha tenido que tener un cómplice».

—Eh… vaya, vaya… qué calladito lo tenías…

Curly aplaudió entusiasmada, me dio un beso que me quitó todos los males de golpe y se puso a rebuscar dentro de la mochila hasta sacar una pequeña bolsa de papel. La abrió y desenvolvió una magdalena enorme de chocolate.

—Sujétala.

Obedecí, todavía un poco desconcertado. Ella clavó dos velas rojas en forma de número: un tres y otro tres, y después encendió las mechas con un Zippo plateado. Las llamas parpadearon suavemente dentro del coche mientras Curly me miraba con una sonrisa traviesa.

—Oye, ahora coge aire, piensa un deseo… y luego sopla las velas.

—No tengo que pensar nada. Lo tengo clarísimo.

—¿Ya? ¿Tan rápido?

—Sí, pelirroja. Es lo único que deseo ahora mismo.

Soplé las velas con determinación, sin apartar la mirada de sus increíbles ojos grises, tan expresivos que parecía que dentro de ellos hubiera siempre algo latiendo. Y creo que no hizo falta decirle cuál era mi deseo. Ni a ella… ni a ti, ¿verdad?

Porque era bastante evidente. Mi deseo era tenerla a mi lado el resto de mi vida. O, al menos, todo el tiempo que el mundo estuviera dispuesto a concedernos. Todo el posible. Ese era mi deseo. Aunque, si soy sincero, más que un deseo… era un anhelo.