CAPítulo 24
CURLY EVANS
Todo empezó contigo
Tyler Lewis y yo continuábamos viéndonos a escondidas, como dos versiones contemporáneas, y bastante más descaradas, de Romeo y Julieta, aunque rezando, eso sí, para que nuestra historia no terminara convertida en una tragedia shakesperiana con final sangriento incluido.
Entre beso y beso, entre encuentro y encuentro, la vida seguía acumulando pequeñas tormentas.
La más inquietante de todas tenía nombre propio: Úrsula.
Mi amiga parecía haberse evaporado de la faz de la Tierra.
Había agotado todos mis recursos para intentar saber algo de ella: llamadas, mensajes, visitas a su casa…
incluso llegué a fantasear con desarrollar habilidades telepáticas, pero ni por esas.
Nada.
Ni rastro.
A todo eso se sumaban las durísimas pruebas para conseguir el papel principal en Duality , la nueva obra del director Nikolay Malakhov en la academia de danza Vaganova.
Aquello estaba resultando más intenso que un entrenamiento militar ruso, y lo digo con conocimiento de causa: si el ballet no te rompe las piernas primero, lo hace tu propia cabeza.
Y, por si mi vida no estaba ya lo suficientemente llena de emociones, llevaba varios días tramando algo que me hacía especial ilusión. Una sorpresa. Una sorpresa para Tyler. Su cumpleaños. Treinta y tres años.
Yo ya tenía casi todo preparado: la escapada de fin de semana, la reserva del hotel, una lista interminable de lugares que visitar, restaurantes que probar y pequeñas aventuras que improvisar. Pero lo más importante no era el destino en sí, sino el motivo del viaje. El significado. El símbolo.
Sin embargo, me faltaba un pequeño detalle logístico sin el cual todo aquel plan se iría al garete: el permiso de mis padres. O, para ser exactos, el de mi padre.
Casualmente ese mismo fin de semana mis progenitores tenían previsto asistir a un acto benéfico en Carolina del Norte para recaudar fondos destinados a los sin techo.
Aquello me venía como anillo al dedo: una coartada perfecta para desaparecer un par de días sin levantar demasiadas sospechas…
siempre y cuando mi padre aceptara convertirse en cómplice.
—Ya te lo he dicho, papá… voy con Alice, una amiga de la academia de francés.
—¿Y tiene que ser en coche? —preguntó con el ceño ligeramente fruncido.
—Preferimos ir haciendo paradas. Ya sabes… turismo rural, paisajes, cafecitos en gasolineras sospechosas y ese tipo de cosas —manifesté encogiéndome de hombros, como si recorrer casi diez horas de carretera fuera algo completamente trivial.
Mi padre no parecía del todo convencido y, siendo justa, no podía culparlo. Mentirle a mi madre era una operación de alto riesgo. Si Susan Elisabeth Andrews descubría el engaño, no solo habría tormenta… habría apocalipsis familiar.
Pero al final, tras casi veinte minutos de debate, suspiró y cedió.
—De acuerdo, cielo… está bien —claudicó—. Tu secreto será mi secreto. Quédate tranquila.
Mis ojos se abrieron como platos.
—¿En serio?
—Ajá, princesa —sonrió.
Me lancé a sus brazos con tanta fuerza que casi le descoloco la columna vertebral.
—¡Eres el mejor padre del mundo! —chillé estrujándolo—. Y te quiero muchísimo por ello.
Se echó a reír.
—Espero que me quieras por algo más que por permitirte escaparte a setecientas millas de casa.
—Sabes perfectamente que sí.
Me apartó un poco para mirarme.
—¿Me llamarás cuando llegues? Dame tu palabra.
—Claro que sí —atestigüé enseguida—. Te llamaré. Lo prometo.
—Bien.
Se sentó de nuevo frente al tablero.
—Ahora… terminemos la partida.
—Las damas primero —añadió con ese humor seco que solo sacaba a relucir muy de vez en cuando, probablemente porque ser juez no te deja demasiado margen para practicar la comedia.
—Papá, por favor —me reí—. Ese chiste te ha quedado demasiado bien hilado.
Reanudamos la partida y para mi desgracia, esta vez volvió a ganarme.
Justo después subí corriendo a mi habitación para empezar a preparar la maleta.
Elegí ropa para mí… y también dejé un hueco para la de Tyler.
Sí, sí. Para la de Tyler. Como el viaje era una sorpresa, tuve que ingeniármelas para comprarle un par de mudas y algunos artículos de higiene personal sin levantar sospechas.
Todo estaba perfectamente planeado. O casi, porque yo estaba de los nervios. Aquel sería nuestro primer fin de semana completo juntos. Nuestra primera noche durmiendo bajo el mismo techo. Nuestra primera mañana despertando en la misma cama.
Demasiadas primeras veces para una sola persona. Demasiada felicidad concentrada.
Impulsada por la emoción, marqué el número del pager de Tyler y le dejé un mensaje corto y directo: «El sábado no hagas planes con nadie. Si los tienes, anúlalos. Te quiero solo para mí».
Apenas unos minutos después, el pager vibró entre mis manos.
«De acuerdo, pelirroja. Seré todo tuyo».
Santo cielo.
Creo que en ese mismo instante tuve un pequeño orgasmo mental imaginando a Tyler Lewis en exclusiva para mí durante cuarenta y ocho horas.
Y lo más curioso fue que ni siquiera preguntó qué estaba planeando.
Ni una sola pregunta. Aquello me hizo quererlo aún más pues significaba dos cosas: que confiaba en mí y que tenía tantas ganas como yo de pasar ese fin de semana juntos.
El resto de la semana transcurrió lento, desesperadamente lento. Tal vez porque apenas pudimos vernos después de clase o quizá porque yo estaba contando los minutos como si fueran monedas de oro. Pero finalmente llegó el viernes por la noche y con él… la cuenta atrás.
Estaba nerviosa. Ilusionada. Expectante. No dejaba de repasar mentalmente cada detalle del plan, intentando asegurarme de que todo saliera perfecto.
Hacía muchísimo tiempo que no me sentía así.
Con esa mezcla extraña de ansiedad y felicidad que te oprime el estómago y, al mismo tiempo, te hace sentir increíblemente viva.
Porque sí. Tenía un nudo en las entrañas.
Uno de esos que aprietan fuerte. Pero no quería deshacerlo.
Porque ese nudo significaba algo muy importante.
Significaba que estaba viva . Que estaba sintiendo y que todo aquello: Tyler, nosotros, ese amor que crecía sin pedir permiso, era completamente real.
VIERNES, 11:07 PM
Acababa de dejar otro mensaje en el pager de Úrsula. Otro más. A esas alturas ya había perdido completamente la cuenta de cuántos avisos le había enviado aquella semana. Diez, quince… quizá veinte. Y todos con el mismo resultado: silencio.
Tal era mi preocupación que incluso llegué a preguntarle a Susan Elisabeth, sí, a mi madre, si sabía algo. Al fin y al cabo, ella y la madre de Úrsula eran íntimas desde hacía años.
Su respuesta fue tan fría como un bloque de hielo: «No voy a molestar a Linda por una tontería. Si hubiese pasado algo grave, ya lo sabría».
Y ahí me quedé. Flotando en una especie de limbo emocional bastante incómodo.
Por un lado, mi mejor amiga parecía haberse evaporado del planeta.
Por otro, estaba a pocas horas de embarcarme en un viaje completamente a ciegas con Tyler.
Una puta arma de doble filo. Porque aquel fin de semana no era solo una escapada romántica.
En el fondo era también una especie de experimento emocional a gran escala.
Una prueba. Una forma de averiguar si sabríamos convivir fuera de nuestro pequeño territorio secreto: sin horarios robados, sin encuentros furtivos, sin esa adrenalina que siempre acompaña a lo prohibido.
Quería descubrir si realmente estábamos hechos el uno para el otro… o si todo aquello no era más que una combustión demasiado intensa destinada a apagarse rápido. Porque una cosa es el deseo y otra muy distinta es la vida real.
En resumen, aquel viaje serviría para descubrir si lo nuestro tenía fecha de caducidad… o si, por el contrario, estaba siendo el prólogo de algo muy, muy, muy bonito.
Crucé los dedos.
Prefería con todas mis fuerzas la segunda opción.
SÁBADO, 8:02 AM
Dejé la mochila en el maletero de mi BMW M3 E30 Sport Evolution y, antes de marcharme, fui a despedirme de Vera. La abracé con tanta fuerza que casi la levanto del suelo. Nos separamos. Y durante unos segundos se hizo un silencio raro entre nosotras.
Me miró con esa expresión suya, entre sabia y divertida, y luego sonrió de medio lado.
—No olvides nunca amar con el corazón… —susurró—, pero también con la cabeza.
Me quedé congelada, literalmente. Sentí exactamente la misma sensación que cuando te pillan con la mano dentro del tarro de las galletas y sabes que no tienes ninguna excusa convincente pues las palabras se me quedaron atascadas en la garganta. Consonantes, vocales… todo bloqueado.
—Es un buen hombre —añadió entonces.
No hizo falta que pronunciara su nombre. Las dos sabíamos perfectamente de quién estaba hablando. Tyler.
Probablemente mi cara me había delatado: el rubor en las mejillas, el brillo idiota en los ojos cada vez que pensaba en él, ese pulso que se aceleraba como un motor de carreras. Vera lo había visto todo. Pero, en lugar de reprocharme nada, simplemente sonrió con ternura.
—No te preocupes por nada, mi niña. Tu secreto es mi secreto.
La abracé otra vez y me fui con una sensación cálida en el pecho.
Con la certeza, o al menos la esperanza, de que estaba haciendo lo correcto.
De que esos pellizcos en el corazón cada vez que me separaba de Tyler eran reales.
De que quizá el error no era sentir tanto.
Quizá el error había sido dudar de esos sentimientos.
Porque si algo tenía claro era una cosa: el corazón puede equivocarse. Pero mentir… nunca.
8:30 AM
A las ocho y media en punto, con la precisión de un reloj suizo, Tyler ya estaba esperándome apoyado en la fachada de ladrillo del edificio donde vivía.
Fumándose un cigarrillo. Vestía unos tejanos oscuros desgastados y una camiseta negra de manga corta que se ajustaba a su torso como si hubiera sido diseñada exclusivamente para provocar infartos femeninos.
La barba de dos días le oscurecía las facciones y le daba ese aire peligrosamente atractivo que siempre conseguía robarme más de un suspiro.
Me acerqué.
—Buenos días, pelirroja.
No me dio ni tiempo a responder. Me atrapó la cara entre las manos y me besó. Un beso largo. Caliente.
—Mmm… qué rico —murmuró contra mis labios—. Eres mi sabor preferido.
—¡Qué adulador!
—No te imaginas las ganas que tenía de besarte.
—Pues guárdate alguno —aclaré—. No vaya a ser que los gastes.
—¿Y eso por qué?
—Cosas mías.
Levanté las cejas de forma cómplice. Todavía no pensaba contarle que íbamos a pasar todo el fin de semana juntos.
—No te pega nada el rollo místico, ¿lo sabías? —afirmó él.
—Yo también tenía ganas de verte.
Y se lo demostré.
Lo besé con más intensidad. Tanta, que el carmín de mis labios acabó repartido por media cara de Tyler: en la comisura, en la barbilla… incluso en el borde de la boca. Cuando me separé, parecía una versión ligeramente desquiciada del Joker después de una mala noche. No pude evitar reírme.
—Qué graciosa —gruñó.
—Espera…
Le limpié las manchas rojizas con el pulgar. Mientras lo hacía, pensé seriamente que alguien debería inventar de una vez por todas pintalabios a prueba de morreos. Sería un negocio millonario.
—Apuesto a que no tenías tantas ganas de verme como yo de verte a ti —aseguró Tyler.
Me crucé de brazos.
—No apuestes conmigo, Lewis. Sabes que tienes las de perder.
—No lo creo.
—¿Ah, no?
—No.
Y, sin previo aviso, me levantó en volandas. Me cargó sobre sus hombros como si fuera un saco de patatas, pero al revés.
—¡Tyler!
—¿Qué, cariño?
Yo me estaba muriendo de la risa y él también. Mientras caminaba hacia el coche conmigo colgando boca abajo, me dio un cachete en el culo.
—¡Tyler Lewis!
Cachete.
—¡Bájame!
—Espera…
—¿Cuántas van?
Palmadita en la otra nalga.
—Con esta… tres.
—¿Tienes complejo de neandertal?
—No lo creo… —respondió—. Pero empieza a gustarme la idea.
La escena era tan absurda que me imaginé a un cavernícola arrastrando a su chica hasta la cueva y me entró la risa nerviosa.
—Tyler… en serio… bájame ya. La sangre empieza a acumularse en mi cabeza y te aseguro que eso no es nada bueno.
—Venga… ya pasó.
Me dejó en el suelo al fin.
—Dame las llaves. Conduzco yo.
—Ah, no. Ni hablar.
—¿Cómo que no?
—Porque no puedes saber a dónde vamos.
Entrecerró los ojos.
—¿Cómo dices?
—Hoy te toca ir de copiloto.
Se echó a reír. Probablemente esperaba que en cualquier momento confesara que todo era un farol. Pero no. Todo estaba planeado. Y mi objetivo era simple: que Tyler Lewis tuviera el mejor fin de semana de su vida.
—Estás muy misteriosa, pelirroja —murmuró.
Le guiñé un ojo.
—Vamos, hombre de negro. La carretera nos espera.
—¿Qué demonios has planeado? —inquirió, desconfiado— me das miedito.
—Haces bien en tenerme miedo.
Me puse las gafas de sol y arranqué el coche.
—Porque si yo fuera tú… también lo tendría.