New York (Skyline 2) CApítulo 23
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CApítulo 23

CURLY EVANS

La peor forma de caer

Apenas crucé la puerta cuando empezó el interrogatorio. Avasallándome sin descanso, disparando preguntas como si fueran balas: ¿dónde había estado? ¿con quién? ¿por qué llegaba tan tarde? ¿qué estaba haciendo? ¿qué me pasaba por la cabeza?

—Demasiadas preguntas, madre —bostecé exageradamente—. Y yo estoy demasiado cansada para responder. Me voy a la cama.

—Charlotte Evans —me espetó con ese tono suyo que parecía tallado en hielo—. Ni se te ocurra marcharte y dejarme con la palabra en la boca.

Me detuve en mitad del pasillo.

—¿O qué?

—No creo que quieras saberlo.

Sonó exactamente a lo que era: una amenaza.

Bufé.

Mi madre llevaba años utilizando la misma táctica, el mismo manual de instrucciones. O conseguía lo que quería al primer intento… o empezaba a jugar sucio.

—Tus chantajes emocionales ya no funcionan, ¿no te das cuenta? —le aseguré cruzándome de brazos—. No puedes pasarte la vida intentando controlar la mía.

La miré directamente a los ojos.

—Hace mucho que no estamos unidas por ningún cordón umbilical. Ni siquiera por el del respeto.

Hice una pausa.

—Aunque reconozco que, en algún rincón absurdo de mi cabeza, siempre mantuve la esperanza de que algún día bajaras la palanca del interruptor y cambiaras —negué con la cabeza— Pero no.

Me sostuvo la mirada con una expresión tan fría y tan inquietante que sentí cómo el aire se me quedaba atrapado en la garganta.

Y mira que yo he visto cosas aterradoras.

Ni siquiera Anthony Perkins en Psicosis consiguió provocarme ese escalofrío, y eso que aquella película casi me hizo hacer pis en las bragas la primera vez que la vi.

Ah, por cierto. Pequeño dato irrelevante: odio las películas de terror.

Pero volvamos a mi particular sesión nocturna de suspense doméstico.

—Está bien —proclamé al final, suspirando con resignación—. He estado dando una vuelta en coche. Sola. Porque me ha dado la gana.

Me encogí de hombros.

—¿Contenta?

Mi madre arrugó la nariz con una mueca de puro desagrado, como si acabara de oler unos calcetines sudados.

—Desde luego… qué malhablada y qué lengua más sucia tienes. No sé a quién habrás salido.

—Está claro que a ti no.

Me giré sobre mis talones dispuesta a subir las escaleras y desaparecer en mi habitación lo antes posible, pero volvió a detenerme.

Esta vez no dijo nada de inmediato. La miré.

Y por un segundo me pareció verla distinta.

Más cansada. Más vieja. Como si de repente le hubieran caído diez años encima.

Me pregunté cuándo había ocurrido. Cuando dejé de tener una madre para acabar teniendo una especie de supervisora permanente empeñada en hacer mi vida cada vez más pequeña, más estrecha, más asfixiante.

Cuando pasó de querer lo mejor para mí a exigirme algo que ni siquiera sabía explicar.

Más.

Siempre más.

Más disciplina.

Más perfección.

Más sacrificio.

Sin espacio para respirar. Sin permiso para equivocarme.

—La dieta, Curly —advirtió al final, devolviéndome de golpe a la realidad—. Que no se te olvide.

Frío. Eso era exactamente lo que sentía cada vez que estaba en esa casa.

Frío. Y eso que, en teoría, aquel lugar debía ser mi hogar.

La casa en la que había crecido. Una mansión llena de comodidades, habitaciones enormes y ventanas perfectas que dejaban entrar la luz del día como en una revista de decoración.

Sin embargo, para mí todo aquello no eran más que ladrillos bien colocados.

Hormigón y una fachada impecable que ocultaba una estabilidad familiar tan falsa como una sonrisa en una fotografía.

Tristemente, nunca me había sentido tan yo misma en ningún sitio. Salvo en un lugar. El pequeño apartamento de Tyler. Aquel sitio diminuto que apenas tenía espacio para dos personas… pero que, de alguna forma inexplicable, era enorme en algo mucho más importante.

En paz.

En calor.

En verdad.

Y quizás por primera vez en mi vida entendí algo con absoluta claridad: que no siempre es el lugar donde vives el que decide dónde está tu hogar. A veces… es simplemente la persona con la que estás.

Ya en mi habitación volví a intentar localizar a Úrsula. Nada. Ni siquiera respondía al pager esta vez. O bien se le había agotado la batería… o lo tenía apagado. Y, por algún motivo que no sabría explicar, esa segunda opción empezó a darme muy mala espina.

Le dejé otro par de mensajes en el contestador y me fui directa a la ducha.

Necesitaba despejarme un poco. Me di una de esas duchas rápidas que suelo hacer cuando tengo la cabeza hecha un lío: agua caliente primero, dejando que el vapor relaje los músculos…

y los últimos treinta segundos bajo el agua helada.

Sí, helada. Lo justo para que todo el cuerpo se tense de golpe y sientas cómo se te despeja el cerebro, algo parecido a cuando te comes un helado demasiado rápido y te atraviesa la famosa cefalea del helado que te entumece hasta la sien.

Entonces es cuando cerré el grifo, salí temblando y me envolví en la toalla intentando volver a entrar en calor. Estaba justo en ese momento cuando el teléfono fijo de la habitación empezó a sonar. Mi corazón dio un pequeño salto. Miré hacia la mesita de noche.

Corrí descalza por la habitación y casi me estampé contra la esquina de la cama del ansia que tenía por responder. Estaba convencida de que era ella. De que, por fin, me iba a decir que estaba bien y que simplemente no había podido llamar antes.

Pero no.

La voz que escuché al otro lado de la línea no era la de Úrsula.

Era Tyler.

—No puedo dejar de pensar en ti…

Sonreí sola.

Dejé caer la toalla al suelo, me puse una camiseta y unas braguitas y me tumbé boca arriba sobre la cama, desparramada sobre las sábanas, enrollando el cable del teléfono alrededor de mis dedos mientras buscaba la postura más cómoda.

—¿Ah, sí? ¿Mucho?

Escuché su pequeña risa grave al otro lado.

—Mucho no, muchísimo, pelirroja.

Sonreí aún más.

—Pues… deberías andarte con ojo.

—¿Y eso por qué?

Me mordí el labio antes de responder.

—Porque dice una vieja creencia germánica que las mujeres pelirrojas eran brujas. Y que entre 1483 y 1784 fueron perseguidas y asesinadas porque el pelo rojo, los lunares y las pecas eran considerados una marca del demonio.

Hubo unos segundos de silencio.

Luego Tyler soltó una pequeña carcajada ronca.

—Vaya… ahora lo veo todo claro.

Fruncí el ceño, divertida.

—¿Qué es lo que encaja?

Esperé.

Silencio.

—¿Tyler?

Nada.

Aparté el auricular unos centímetros para comprobar que seguía al otro lado. Se escuchaba su respiración. Y eso sólo consiguió ponerme todavía más nerviosa.

—Vamos, Tyler… no hagas eso.

Nada.

—Venga ya…

Silencio otra vez.

Y la paciencia se me estaba evaporando a velocidad récord.

—¡Maldito seas!

Empecé a morderme las uñas. Otra vez. Una de esas manías horribles que arrastro desde pequeña y que aparece siempre que algo me pone nerviosa. Y créeme cuando digo nerviosa, hablo de verdad. De ese nerviosismo que te sube por el estómago, se instala en el pecho y termina saliendo por los dedos.

[...]

Y entonces, por fin, volvió a hablar.

Su voz sonó más baja. Más lenta. Más peligrosa.

—Encaja todo, mi vida…

Se me cerró el estómago.

—¿Ah, sí?

—Encaja porque llevo días sin poder pensar en otra cosa que no seas tú. Porque no hay una sola noche en la que no me despierte imaginando tu cuerpo. Porque me has hechizado, pelirroja…

Tragué saliva.

—Tyler…

—Y porque si esto no es una maldita brujería, entonces no sé cómo explicar que no pueda dejar de pensar en ti ni un solo minuto del día.

Madre mía.

Me quedé completamente quieta, agarrando el auricular con fuerza.

Mi corazón iba tan rápido que empezaba a doler.

Noté cómo las mejillas me ardían. Y no sólo las mejillas. Otras partes bastante más estratégicas de mi anatomía también empezaban a reaccionar de forma sospechosamente entusiasta.

—Dios mío… —murmuré.

Me levanté de la cama de un salto y caminé descalza hasta la ventana. La abrí de par en par para que entrara el aire fresco de la noche.

Necesitaba ventilar la habitación.

Y, sobre todo… ventilarme a mí.

—Apuesto a que esas cosas no te atreverías a decírmelas en persona… —susurré.

Tyler soltó una risa baja al otro lado de la línea.

—No tienes ni puta idea de con quién estás hablando.

Sonreí sola.

—Claro que sí. Porque yo también soy igual que tú en ese aspecto.

Unos segundos de silencio.

Luego volvió a hablar.

—Además… decírtelo no sé. Pero hacértelo… joder, pelirroja… se me hace la boca agua sólo de pensarlo.

Tragué saliva.

Fuerte.

—¿Qué me harías?

Escuché cómo soltaba aire lentamente.

—Pelirroja…

Fruncí el ceño.

—Vamos… ¿qué me harías?

Y volvió a hacerlo.

Ese maldito silencio suyo que me dejaba suspendida en el aire como si alguien hubiese tirado de una cuerda invisible en mitad de mi estómago.

La espera me estaba poniendo más nerviosa.

Y mucho más excitada.

—Tyler…

Esta vez respondió al instante.

—¿Sabes qué te haría?

Cerré los ojos.

—¿Qué?

Su voz se volvió todavía más grave.

—Te haría el amor lento… muy lento… para hacer eterno eso que siento cada vez que estoy dentro de ti.

Se me cortó la respiración.

—Y después me pasaría toda la noche contando una por una todas esas pecas y todos esos lunares que tienes en la espalda… como si fueran constelaciones.

Sonreí en silencio.

Y fue entonces cuando me emocioné, porque no era sólo lo que decía, era cómo lo decía. La forma en que pronunciaba cada palabra como si realmente la sintiera. Como si yo fuese algo valioso. Algo único.

Nunca antes me habían querido así.

Nunca.

El teléfono volvió a llenarse de silencio.

Luego escuché su voz otra vez.

Más suave.

—¿No dices nada, pelirroja?

Me sequé rápidamente una lágrima con el dorso de la mano.

—Tyler… no me hagas esto…

—¿Hacerte qué?

Tragué saliva.

—Quererme tanto y tan bonito.

Hubo unos segundos de silencio.

Y después…

—Cariño… yo no te quiero.

Sentí cómo el corazón me daba un vuelco.

—Te amo.

Me quedé inmóvil.

Porque por primera vez entendí que el amor tiene esa capacidad extraña de arrancarle las máscaras a las personas.

Y ver al verdadero Tyler Lewis, sin fantasmas, sin culpas y sin heridas escondidas detrás de sus ojos… era algo extraordinario.

Aquella noche, entre respiraciones silenciosas, confesiones a media voz y kilómetros de distancia unidos por un simple cable telefónico, entendí otra cosa.

Que el amor, así, con mayúsculas… da miedo.

Pero también nos da alas.