New York (Skyline 2) capítulo 22
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capítulo 22

TYLER LEWIS

Promesas hechas pedazos

Me había acostumbrado a vivir solo. A hacer planes solo. A cenar solo. A llegar a casa por la noche y encontrar únicamente el silencio esperándome.

Durante años había construido mi vida así, pieza a pieza, como quien levanta una fortaleza alrededor de sí mismo. No era una vida brillante ni especialmente emocionante, pero funcionaba. Era ordenada, previsible, segura.

Hasta que un día llega alguien y te lo desmonta todo.

Entonces empiezas a aprender a trompicones algo que habías olvidado —o quizá nunca habías sabido—: a no pensar sólo en ti. A replantearte las cosas. A compartir espacio, tiempo, silencio.

Y no hablo de fidelidad ni de dejar de ser soltero.

Hablo de otra cosa. De la independencia emocional.

De descubrir que alguien se te mete en la cabeza sin pedir permiso y se queda allí la mayor parte del tiempo.

De echarla de menos cuando no está… e incluso cuando está a tu lado.

De preocuparte por ella. De tener miedo de que algo malo pueda pasarle.

De no estar seguro de poder darle todo lo que merece.

Miedo a todo.

Y al mismo tiempo… miedo a nada.

Supongo que fue entonces cuando llegué a una conclusión bastante simple: en la vida todo tiene un propósito. El problema es que casi nunca sabemos cuál es hasta que ya estamos metidos hasta el cuello.

Unos nudillos insistentes golpeando la puerta de mi apartamento me sacaron de golpe de mis pensamientos. Dejé el cigarrillo a medio consumir en el cenicero y me levanté del sofá. No esperaba a nadie. No había pedido comida a domicilio ni había quedado con Martin ni con nadie.

Miré por la mirilla.

Era ella.

Y en cuanto reconocí su cara, algo en mi pecho reaccionó por instinto. El corazón empezó a latirme más rápido mientras me pasaba la mano por el pelo de forma automática.

Abrí.

—¡Sorpresa!

Una sonrisa luminosa me explotó delante de los ojos como un fogonazo. Curly Evans parecía irradiar alegría por cada poro de su piel blanca.

Deslicé la mirada por su cuerpo casi sin darme cuenta y llevaba un minivestido en tono rosa palo que abrazaba sus curvas con descaro. Sandalias de cuña. Y bajo la tela ligera se intuía perfectamente la forma redondeada de sus pechos.

Sin sujetador.

Maldita sea.

—¿Qué estás haciendo aquí? —pregunté, frunciendo el ceño más por reflejo que por otra cosa.

—¿Puedo pasar?

Alzó una botella de champán y la agitó ligeramente, como si fuera una bandera blanca de celebración.

No pude evitar sonreír.

—Claro, pasa.

Abrí más la puerta y ella me regaló un beso rápido en los labios antes de colarse dentro.

—¿Tienes dos copas?

Cerré la puerta de un golpe con el talón.

—En el mueble de la cocina. A la derecha, junto a la nevera.

Curly se movía por mi apartamento con una naturalidad casi insultante, como si aquel lugar también le perteneciera un poco. Y verla caminar era todo un espectáculo: sensual, ligera, segura de sí misma… como una gata paseándose por el borde de un tejado.

Fue directa a la cocina y empezó a rebuscar hasta encontrar las copas.

—¿Cómo has venido? —sonsaqué apoyado en el marco de la puerta—. ¿Te ha traído alguien?

—Frío, frío.

Volvió al salón con las copas en la mano, las dejó sobre la mesita junto al sofá y empezó a manipular la botella con una soltura sorprendente. Aflojó el alambre del bozal, apoyó la base en la cadera y giró la botella mientras sujetaba el corcho con la otra mano.

Un estallido seco llenó la habitación.

El corcho salió disparado y rebotó contra la pared, salpicando unas gotas de champán por el aire.

Curly soltó una carcajada.

—¡Guau! ¡Qué potencia!

Sirvió un tercio en cada copa y me tendió una.

—¿Me vas a decir de una vez por qué demonios estamos brindando?

Me dedicó una de esas sonrisas suyas, las que enseñaban toda la hilera perfecta de dientes blancos y que podían desarmar a cualquiera.

—Sólo te diré una cosa, Tyler: bebo champagne en dos ocasiones… cuando estoy enamorada y cuando no lo estoy.

Levantó la copa.

—Eso lo dijo Coco Chanel.

Hizo una pausa teatral.

—Y yo añadiría una tercera ocasión.

Arqueé una ceja.

—¿Ah, ¿sí?

Sus ojos grises brillaban como dos malditas chispas.

—Cuando… ¡me acabo de sacar el carnet de conducir!

—¿No jodas?

—¡Síiiii! —gritó dando un pequeño salto de emoción.

No pude evitar reír.

—¡Curly! Me alegro muchísimo por ti.

—Y yo también me alegro por mí —confesó orgullosa.

Luego acercó su cara a la mía, con esa sonrisa traviesa que siempre anunciaba problemas.

—Y también me alegro por ti…

Me señaló con la copa.

—Por el revolcón monumental que nos vamos a dar esta noche.

Joder con la pelirroja.

Casi me atraganté cuando me devoró con un beso que me dejó sin aire. Ni siquiera nos dio tiempo a chocar las copas ni a brindar como Dios manda por su carnet recién estrenado. El champán quedó olvidado sobre la mesa y nosotros… bueno, nosotros teníamos otras prioridades bastante más urgentes.

Nos pudo el hambre.

Un hambre salvaje.

De esos que no se razonan, que simplemente explotan.

Nos arrancamos la ropa a manotazos, sin delicadeza alguna, casi como dos animales peleándose por sobrevivir. Recuerdo el sonido de la tela rasgándose, su risa entrecortada, mis manos desesperadas buscándola por todas partes.

La cogí del culo y la levanté en peso.

Curly enredó las piernas alrededor de mis caderas como una serpiente que sabe perfectamente lo que está haciendo.

La estampé contra la pared.

Y la follé.

Sin condón.

Lo sé.

Maldita sea, sé perfectamente que se nos fue la cabeza. Fue la primera vez que lo hacíamos así, sin nada entre nosotros, sin ninguna protección que nos recordara que en el mundo existen las consecuencias.

Pero en ese momento… me importó una mierda.

Porque sentirla así, piel contra piel, sin nada que se interpusiera entre nosotros… fue algo brutal.

Apoteósico.

Una puta locura.

Su respiración caliente en mi cuello, sus uñas clavándose en mi espalda, su cuerpo moviéndose contra el mío como si me conociera de toda la vida. Y cuando se corrió, temblando entre mis brazos, sentí algo parecido a un puto incendio recorriéndome por dentro.

Y si tengo que arder en el infierno por admitirlo… ¡que así sea!

Porque esos minutos de mi vida no los cambiaría por nada del mundo.

Después vino la ducha. Una ducha necesaria. Primero uno y luego el otro, porque si nos metíamos juntos sabíamos perfectamente lo que iba a pasar. Y Curly tenía que llegar a casa a una hora decente si no quería que su madre montara otro de sus espectáculos.

—Las damas primero —cité, señalando el baño.

—Gracias…

Me dedicó una sonrisa de esas que te desarman por completo antes de meterse en el plato de ducha y correr la cortina de plástico.

Mientras el agua empezaba a caer, aproveché para poner un poco de orden en el apartamento.

Recogí un par de platos de la noche anterior que seguían a remojo en el fregadero, los lavé rápidamente y puse la cafetera a funcionar.

Saqué dos tazas. Y también unas galletas de mantequilla para acompañar el café después del brindis que nos habíamos saltado.

Cuando Curly salió del baño, envuelta únicamente en una toalla y con el pelo recogido en un moño alto medio deshecho, estaba tarareando una canción que no logré reconocer.

Pero tampoco importaba. Me bastaba con verla así.

Relajada. Feliz. Con las mejillas ligeramente sonrojadas y ese aire despreocupado que parecía iluminar la habitación.

Se acercó hasta mí.

Y, sin el menor pudor, dejó caer la toalla al suelo. Completamente desnuda. Ante mis ojos. Luego me la tendió.

—Tu turno.

Tragué saliva.

—No me tientes, pelirroja.

—¿Lo consigo?

Se mordió el labio inferior y deslizó la mano por mi torso con una lentitud estudiada. Mi cuerpo reaccionó al instante. Sentí cómo mi polla volvía a despertar dentro del pantalón de chándal que me había puesto mientras esperaba mi turno de ducha.

—Curly…

—La ducha suele darme hambre.

Y empezó a besarme el cuello. Luego a lamerlo… despacio.

—Curly… tengo que ir a…

—Cállate.

Me mandó callar apoyando un dedo sobre mis labios. Después deshizo el lazo de la cinturilla y me bajó los pantalones hasta los tobillos, liberando la erección que ya no había forma humana de esconder.

—No me he duchado.

—Shhhh…

Se arrodilló frente a mí y alzó la mirada. Y en sus ojos había una mezcla peligrosa de desafío y diversión.

Antes de que pudiera decir nada más, rodeó mi polla con la mano y se la metió en la boca. Joder. El aire se me quedó atrapado en el pecho.

Empezó a moverse despacio, demasiado despacio, deslizándose arriba y abajo mientras su cabeza acompañaba el movimiento con una precisión casi cruel.

Su saliva calentaba mi piel, su lengua recorría toda la envergadura con descaro y cada vez que llegaba al glande se detenía allí, como si quisiera saborearlo.

—Joder…

Gemí en voz baja.

Volvía a hundírsela en la boca, dejándome sentir el calor húmedo de su lengua, el roce del paladar, la suavidad del interior de sus mejillas.

Y luego volvía a salir. Para repetirlo.

Otra vez.

Y otra.

Giró la lengua alrededor de la cabeza con una lentitud que rozaba la tortura y le agarré del pelo sin darme cuenta.

Curly levantaba la vista de vez en cuando para mirarme, comprobando exactamente qué efecto estaba teniendo sobre mí.

Sabía perfectamente lo que estaba haciendo.

Y lo hacía condenadamente bien. Ni siquiera se olvidó de mis testículos, que empezó a chupar con suavidad antes de bajar un poco más y dedicarle la misma atención al perineo.

—Hostia… Curly…

Si seguía así, iba a matarme y creo que ella lo sabía perfectamente.

—Dios… eres tan jodidamente sexy…

Curly esbozó una sonrisa pícara sin dejar de lamerme, como si aquellas palabras sólo hubieran servido para animarla a seguir. Sus labios, su lengua, el calor de su boca moviéndose sobre mí con una lentitud calculada… joder, aquello era pura tortura.

No tardé en sentir cómo el orgasmo empezaba a treparme por la columna. Pero cada vez que estaba a punto de correrme, ella se detenía.

¡Maldita pelirroja!

Se apartaba lo justo, respiraba contra mi piel o se limitaba a mirarme desde abajo con esa expresión traviesa que decía muy claro que sabía exactamente lo que estaba haciendo.

Era un juego para ella, un maldito juego perverso para tensar la cuerda un poco más, para hacer que el final fuera todavía más brutal.

Y lo consiguió.

—Curly… —gruñí entre dientes— ya no voy a poder aguantar mucho más.

Entonces volvió a moverse.

Apretó más fuerte la base con la mano y aumentó la fricción sobre la cabeza con la lengua, estimulando cada maldito nervio de mi cuerpo.

El orgasmo me golpeó como un tren.

Apreté los dientes y me corrí en su boca soltando una blasfemia que probablemente habría hecho sonrojar a medio infierno. Las piernas me temblaban de tal manera que apenas podían sostenerme.

—Joder… cariño… ¡Joder…!

Respiré hondo, intentando volver a encontrar el norte, el sur y todos los putos puntos cardinales.

Curly se limpió la comisura de los labios con el pulgar y me miró con una expresión satisfecha.

—¿Te ha gustado?

Solté una carcajada ronca.

—¿Estás de broma?

Se levantó con esa gracia felina que tenía para todo y se puso frente a mí. Luego se alzó de puntillas hasta quedar a la altura de mi cara.

—Me alegra que te haya gustado.

Negué con la cabeza, todavía intentando recuperar el aliento.

—Me estás matando, lo sabes, ¿verdad?

Curly soltó una risita suave, entrecerró los ojos y me dio una palmada juguetona en el trasero.

—Venga, Tyler. A la ducha.

La agarré de la nuca antes de que pudiera apartarse y la besé. Su boca sabía a sexo… a mí. Y, joder, no sé por qué, pero aquello me pareció obscenamente erótico.

—Espérame aquí.

—¿Dónde iba a ir si no?

Recogí la toalla que seguía tirada en el suelo y me la colgué sobre el hombro.

—Bien.

Antes de entrar al baño volví la vista atrás un segundo.

Curly estaba apoyada en la encimera de la cocina, completamente desnuda, tarareando otra vez aquella canción que no lograba reconocer mientras jugueteaba con la copa de vino espumoso que había quedado olvidada sobre la mesa.

Y pensé algo que me atravesó la cabeza como una bala: que aquella chica era un auténtico desastre para mi vida. Y que, aun sabiéndolo… no había nada en el mundo que deseara más que seguir cayendo con ella.

Al cabo de unos diez minutos regresé al salón.

Curly estaba sentada en el sofá, con las piernas recogidas bajo el cuerpo, hojeando una de las revistas de coches que había cogido de la pila que descansaba sobre la mesita junto a la ventana.