capítulo 21
CURLY EVANS
El ruido antes del desastre
Mi madre, Susan Elisabeth, se coló en mi habitación sin llamar —como de costumbre— y, báscula en mano, la dejó en el suelo frente a mí con un gesto solemne, casi ritual.
Nota mental: poner un maldito pestillo en la puerta.
—¿Pretendes que me pese?
—Sí.
—¿Por qué? ¿A santo de qué?
Me crucé de brazos. Ni de coña pensaba hacerlo. Yo no era una obsesa de las dietas ni una esclava del número que marcara una aguja. Cada uno tenía el cuerpo que tenía y punto. Y al que le picara… pues ya sabes: ajo y agua.
—Quiero corroborar que no has ganado peso.
—Bah, olvídame.
Me dejé caer sobre la cama, cogí el reproductor de CD y me coloqué los auriculares con la clara intención de desaparecer del planeta.
—Si ya has terminado, puedes cerrar la puerta al salir.
—Charlotte, haz caso por una vez en tu vida.
Antes de que pudiera reaccionar me agarró del brazo y me obligó a levantarme de la cama de un tirón.
—Pero ¿qué coño haces?
—Cómo te gusta llevarme la contraria. Disfrutas haciéndolo, ¿verdad?
—No. Te equivocas.
Negué con firmeza.
—Entonces deja de comportarte como una niña y pésate. Pronto van a repartir los papeles para la nueva representación y te juro por lo que más quieras que, mientras esté en mi mano, no vas a dejarme en evidencia.
—¿Dejarte en evidencia? Eso nunca —respondí, vacilante.
—Pues entonces pésate. Ahora.
Detestaba obedecer cada una de sus órdenes como si fuera un soldado en formación. Mi madre era una niña caprichosa atrapada en el cuerpo de un adulto con poder. Y cuando algo se le metía entre ceja y ceja… lo conseguía. Como fuera.
Apretó más los dedos en mi brazo y el dolor empezó a ser desagradablemente real.
La miré sin expresión.
—Ahora, Charlotte. No tengo todo el día.
Para que dejara de estrangularme el brazo, y, sobre todo, para no escucharla más, claudiqué. No tenía elección. Susan Elisabeth Andrews nunca retrocedía. Pero justo cuando fui a subir al plato de la báscula, me detuvo.
—La ropa. Quítatela.
—Es sólo una camiseta y unos shorts.
—No discutas cada palabra que digo. Hazlo y punto. Así terminaremos antes.
Bufé. Mi aliento chocó contra su cara perfecta de porcelana.
Me quité la camiseta por la cabeza y después los pantaloncitos, quedándome en ropa interior frente a ella mientras sus ojos recorrieron mi cuerpo despacio. Fríos. Analíticos. Como si buscara defectos invisibles.
Cogí aire.
No me daba vergüenza estar medio desnuda. En el ballet vivíamos prácticamente así. Lo que sí me avergonzaba era ella. Su manera de mirarme. Su forma de tratarme. Su puñetero desprecio.
—Bien. Ahora procede.
Subí a la báscula.
—Cuarenta y nueve kilos.
Silencio.
—Bájate y vístete —ordenó—. Como imaginaba, has engordado. No mucho, pero lo suficiente. Un par de kilos pueden ser la excusa perfecta para que no te elijan como protagonista.
—No es mi prioridad.
—¿Cuál? ¿Engordar? ¿El ballet? ¿La vida?
—Ser la protagonista.
—Pues debería serlo.
La miré con los ojos entrecerrados.
—Dime una cosa, madre.
Capté su atención. Me observó con gesto agrio.
—Desde pequeña hay algo que me carcome por dentro —gruñí—. Y aún hoy sigo haciéndome la misma pregunta: ¿por qué me apuntaste a ballet?
Hice una pausa.
—Podría entender que quisieras enseñarme disciplina. Arte. Elegancia. Todo eso suena precioso. Pero siempre he tenido la sensación de que no era más que un puto pretexto para vivir a través de mí los éxitos que tú no conseguiste.
—¿Cómo te atreves? —se llevó la mano al pecho, teatral—. ¿Cómo te atreves a decir algo así?
Si algo había aprendido con los años era que Susan Elisabeth Andrews podía fingir emociones con una perfección digna de Hollywood.
Pero sentirlas… eso era otra historia.