New York (Skyline 2) Capítulo 20
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Capítulo 20

TYLER LEWIS

Lo nuestro nunca fue inocente

Ya estaba hecho. Lo había confesado. Me había abierto el pecho como si fuera un paciente en una mesa de quirófano y le hubiera colocado a Curly unos separadores para que pudiera ver mi corazón latiendo sin filtros.

Así, tal cual. Y lo más curioso de todo es que no sentía vergüenza alguna por haberlo hecho. Al contrario.

Decir que Curly Evans me volvía loco se quedaba corto. Muy corto.

Nunca antes había conocido a alguien como ella. Ni siquiera de lejos. Y eso, para alguien que creía tener la vida perfectamente estructurada en compartimentos bien cerrados, fue como si alguien hubiera llegado con una palanca y hubiera desmontado todo el maldito sistema.

Joder… jamás había disfrutado tanto del sexo.

Ni de los preliminares, ni de ese momento posterior en el que te quedas desnudo y abrazado a la otra persona, hablando de cualquier cosa mientras el mundo parece quedarse en pausa.

Conversaciones absurdas sobre películas, música o recuerdos de infancia que, de repente, se volvían importantes simplemente porque ella estaba ahí.

Nunca me había permitido liberarme así. Ni físicamente, ni mentalmente.

Todo lo que hacíamos juntos era estimulante, eléctrico, provocador…

como ese vibrato que recorre las cuerdas de una guitarra eléctrica cuando alguien la toca con intención.

Esa vibración perfecta que convierte un simple sonido en algo que te atraviesa por dentro.

Nada de lo que había vivido antes con otras mujeres se parecía remotamente a aquello.

Curly Evans no era comparable a nadie.

Curly Evans era, sencillamente, ella .

Aquella noche, después de acompañarla a casa, mi plan era bastante sencillo: volver a mi apartamento, prepararme algo ligero para cenar y quedarme medio dormido en el sofá mientras veía algún thriller cutre en la televisión por cable. Pero, de camino, me dio por cambiar de idea.

Decidí pasarme por Abel’s Pub. Más que nada para dejarme caer por allí, saludar a Martin y demostrarle que seguía vivo y coleando. Y, de paso, tomarme una de sus cervezas, porque ya empezaba a notar el mono.

Me senté en la barra y no tardó ni diez segundos en empezar el sermón.

—Dichosos los ojos, Tyler… —gruñó mientras limpiaba la barra con una bayeta húmeda—. A ver si ahora voy a tener que rellenar una instancia oficial para ver a Su Majestad.

—Ja, ja, ja…

—No te rías, cabronazo. He estado a punto de presentarme en tu cueva para comprobar si seguías con vida o si te habían abducido los alienígenas.

—Demasiadas películas ves tú.

—Películas las que te voy a dar yo.

Agarró la bayeta por una esquina y la sacudió como si fuera un látigo.

¡Zas!

El latigazo pasó rozándome la oreja.

—¡Pero qué coño haces! —protesté—. Vigila dónde apuntas, joder. ¡Casi me sacas un ojo!

—Qué más quisieras tú.

—Joder… —me quejé, frotándome la zona—. ¿Se te ha ido la pinza o qué?

—O qué —replicó con cara de pocos amigos.

—¿Pero qué mosca te ha picado?

—Una muy gorda y muy cojonera… una de metro noventa. ¿Y a ti?

Negué con la cabeza. Aquella conversación empezaba a ser completamente surrealista.

—Vamos, Martin, no me des por el culo.

—Por el culo no… pero una santa paliza sí que te vas a llevar.

Y volvió a lanzar la bayeta.

Esta vez acertó de lleno en la parte interna del codo. Justo donde pasa el nervio cubital. El famoso hueso de la risa.

¡De risa tenía poco!

El calambrazo me recorrió todo el brazo hasta la mano.

—¡Martin! No me no me, que te que te…

Me levanté de un salto del taburete para agarrarlo del pescuezo, pero el muy cabrón ya había dado un par de pasos hacia atrás.

—Martin… no huyas, cobarde.

—Voy a servir a mis clientes.

Remarcó las dos últimas palabras con un tono tan exagerado que cualquiera que nos hubiera escuchado habría pensado que era mi amante y acababa de pillarme poniéndole los cuernos.

No pude evitar soltar una carcajada, pues, siendo justos, el cabrón tenía su gracia… aunque me estuviera moliendo a bayetazos.

Pero la cosa no acabó ahí, ni mucho menos.

El muy mamón me tuvo esperando más de media hora mientras servía mesas con una parsimonia digna de un documental de National Geographic. Y lo mejor de todo es que atendía a clientes que habían llegado después que yo.

Estaba claro que desaparecer varias semanas sin dar señales de vida iba a salirme caro. Muy caro.

Finalmente regresó a la barra.

—Bien… ¿qué te pongo?

—¿Estás de coña, Martin?

—Vamos, no tengo toda la noche —dijo haciendo un gesto vago con la mano—. ¿Whisky? ¿Brandy? ¿Bourbon?

Lo miré con cara de pocos amigos.

—Tu puta madre en vinagre.

Martin intentó contener la risa, pero no lo consiguió. Se le escapó igual, como siempre le pasaba cuando algo le hacía gracia de verdad. Se carcajeó con la boca abierta de par en par, enseñando hasta la campanilla, y yo acabé riéndome con él. En tres palabras: se descojonó vivo… y yo detrás.

La gente del bar empezó a mirarnos como si hubiéramos perdido el juicio o algo peor.

—Marchando una birra bien fresquita.

—Ese es mi Martin, qué cojones…

No lo tenía previsto, pero al final me quedé allí hasta que cerró el pub, hizo la caja y se sentó a mi lado, al otro lado de la barra. Me dio un par de palmaditas en la espalda y me lanzó una de esas miradas que decían claramente: te he echado de menos, cabrón.

—Tío, no me lo vuelvas a hacer.

—Sí, mamá —me reí.

—No, joder. Hablo en serio. Casi me da un jamacuco imaginando cualquier estupidez. Incluso pensé que se te había ido la pinza y te había vuelto la venada por correr otra vez. Y… joder… —negó con la cabeza— en mis pesadillas te he visto estampado contra la mediana de la US-6.

—Ni se me ha pasado por la cabeza volver a correr.

—No sé, Tyler. Últimamente estás de lo más raro.

—He conocido a alguien —solté de golpe.

Martin alzó una ceja.

—Sí, a la guapa pelirroja… Sydney, ¿no?

—Bueno… sí, pero no —tomé aire—. Es guapa y es pelirroja, eso es cierto. Pero no es Sydney.

—¿Qué pasa, Tyler? ¿Ahora te ha dado por coleccionar pelirrojas como el loco Jean-Baptiste Grenouille de El perfume ?

—Pues no —gruñí—. Aunque no te lo creas, las pelirrojas no son mi fetiche. Ha sido una puñetera casualidad.

—Claro, claro…

Se cruzó de brazos.

—Entonces, ¿de quién estamos hablando?

—La conoces.

— ¿Moi?

Asentí.

—Joder, Tyler, si no eres más preciso sigo igual de perdido.

—En realidad no la conoces en persona… pero sí te he hablado mucho de ella.

Resopló.

—Ah, ya pillo el juego. Estamos jugando a Guess Who . ¿Quién es quién?

—No, Martin.

—Entonces desembucha de una vez.

Me quedé mirándolo un segundo antes de decirlo.

—Estoy viéndome con Curly Evans.

Martin se quedó completamente inmóvil. Literalmente petrificado, como si acabara de convertirse en una estatua de sal al estilo del pobre Lot cuando miró atrás desobedeciendo a Yahveh.

Pero sólo duró unos segundos.

—Claro que la ves —aseveró al fin con tono automático—. La llevas cada día al instituto desde hace diez años.

—Y lo sigo haciendo. Sólo que ahora… no la devuelvo hasta unas horas después.

Martin tragó saliva despacio.

Su cara empezó a cambiar de color como un maldito camaleón: de blanco pálido a rojo intenso.

—Pero… ¿a ti qué cojones te pasa por la cabeza? —empezó a gesticular como un loco—. ¿Ahora eres un puto pederasta?

—¿Qué coño insinúas? Es mayor de edad.

—Sí, dieciocho recién cumplidos. Y tú… joder, Tyler… —se llevó las manos a la cabeza— tienes treinta y dos putos años. Cuando ella aún no había nacido tú ya te habías tirado a unas cuantas.

—¿Te crees que no lo sé?

—Es una cría…

—No. No lo es.

Golpeó la barra con el puño.

—¿Estás paranoico? ¿En qué coño estás pensando? —rugió atropellándose con las palabras—. Espero que no te hayas acostado con ella.

No respondí.

Me quedé callado.

La verdad es que, visto desde fuera, desde sus ojos… yo parecía exactamente lo que él estaba pensando: un puto degenerado. Un asaltacunas.

Martin me observó unos segundos.

—Lo has hecho…

—No lo digas de esa forma, Martin.

—¿Y cómo quieres que lo diga? —bufó—. La sangre que debería regar tu cerebro ha hecho las maletas y se ha mudado al sótano. A tu polla. Y por lo visto piensa quedarse allí una buena temporada.

Arqueé una ceja.

—Hay muchas tías, Tyler. ¿Por qué ella? ¿Por qué una niña? ¿Por qué la hija de tu jefe?

Negaba con la cabeza con una obstinación casi teatral.

—Ni se muerde la mano que te da de comer… ni se mete la polla en lugares donde no se debe.

—Martin…

—Bueno, pensemos… venga —siguió, ignorándome—. Todo tiene arreglo menos la muerte…

—Martin…

—Seguro que si hablas con ella…

—¡Martin! —le corté de golpe.

Di un manotazo en la barra para que dejara de dar vueltas al mismo asunto. Porque lo que estaba haciendo era exactamente eso: buscar cualquier manera posible de que dejara de ver a Curly como la estaba viendo. Y aquello empezaba a tocarme las pelotas de mala manera.

Pegó un pequeño brinco, sorprendido.

—No voy a arreglar nada —sentencié con firmeza mientras me frotaba la cara con ambas manos. Aquella conversación empezaba a resultarme agotadora.

Él negó con la cabeza, como si no quisiera escuchar.

—Tyler, si nadie se ha enterado todavía, estás a tiempo de arreglar los desperfectos.

Le sostuve la mirada con una seriedad que pocas veces había usado con él.

Y entonces lo entendió.

—Estoy enamorado de ella.

—Vamos… no me jodas…

Lo dijo casi en un susurro, pero lo oí perfectamente.

—Y no es algo pasajero, si es eso lo que estás pensando.

—No puedes enamorarte de alguien en tan poco tiempo.

—Ya —admití—. Pero puede que la quisiera desde siempre… sin saberlo.

Martin soltó el aire lentamente.

—Si eso es así, chaval… estás jodido. Muy jodido.

Me puso una mano sobre el hombro con ese gesto que la gente usa cuando quiere darte el pésame por la muerte de un familiar. Incluso asintió un par de veces para darle más dramatismo al asunto.

Yo no pude evitar sonreír.

—Pues no debe de ser tan malo… cuando me siento mejor que en toda mi puta vida.

Después de aquella especie de terapia improvisada con Martin, decidí que ya era hora de irme a casa. Ni siquiera terminé la cerveza. Se me había hecho un nudo en el estómago que no me dejaba tragar nada.

Salí del pub y avancé unos pasos por el aparcamiento en dirección a mi BMW. La noche estaba tranquila, demasiado tranquila para mi gusto. Fue entonces cuando vi una silueta cerca del coche, alguien que me daba la espalda y parecía merodear sin demasiado disimulo.

Fruncí el ceño.

—¿Sydney?

La figura se giró.

—Sorpresa…

—¿Qué haces aquí a estas horas?

—Pasaba por aquí.

La miré con escepticismo.

—¿No es un poco tarde para eso? Pasa de medianoche. No deberías estar…

—Estoy bien, Tyler —me interrumpió con una sonrisa que no terminaba de parecer natural—. Hace días, semanas… que no sé nada de ti y… bueno… pensé que quizá te encontraría aquí.

Se encogió de hombros.

Fue entonces cuando me fijé bien en ella. Como siempre, estaba impecable. Sydney nunca dejaba nada al azar. Todo en ella parecía cuidadosamente calculado: la postura, la ropa, incluso la forma de moverse.

Aquella noche llevaba la melena pelirroja medio recogida, con algunos mechones sueltos que le enmarcaban la cara.

Un maquillaje suave, labios rojos perfectamente delineados y las uñas pintadas del mismo tono.

Vestía un abrigo negro de tres cuartos, ceñido a la cintura, y unos botines de tacón de aguja.

Elegante. Impecable. Exactamente como siempre.

—Veo que ya han cerrado —comentó mirando hacia la puerta del pub.

—Sí —respondí—. Entre semana Martin baja la persiana antes.

Se quedó en silencio. No dijo nada más, pero su postura lo decía todo. Esperaba. Quizá a que la invitara a subir a mi apartamento. O tal vez a que le propusiera pasar por el suyo, como otras tantas veces.

Entonces habló:

—Iba a pedirte que me acompañaras a tomar una copa.

Uf . Tierra, trágame.

La pelota estaba en mi tejado y a mí nunca me había gustado jugar al frontón. Y, joder, me sabía fatal decirle la verdad: que durante su ausencia me había visto con Curly… y que, para colmo, me había enamorado de ella hasta las trancas.

Sydney era una buena persona. No quería hacerle daño. Pero también sabía que estirar la cuerda, fingir que todo seguía igual y dejar que aquello se rompiera por sí solo sería todavía peor. Más cobarde.

Y a mí siempre me había repugnado actuar como un cobarde.