Capítulo 19
CURLY EVANS
Corazones al límite
Sentir. Qué palabra tan bonita, ¿no te parece?
Y, sin embargo, qué poco la valoramos. Damos por hecho que podemos vivir sin ella, como si no la necesitáramos, como si no quisiéramos que se nos metiera bajo la piel y se colara por cada poro hasta llegar a los huesos.
El amor es compartir, dar, recibir. Es reírte con alguien hasta que te duelen las mejillas porque la risa del otro te cosquillea los labios.
Pero también es dolor, compasión, redención.
Es equivocarte una y otra vez sin miedo, porque cada error te vuelve más fuerte, más consciente de quién eres y de lo que quieres.
Tyler me eligió a mí para abrir su corazón en canal.
Para enseñarme lo que había dentro sin censura.
Me habló de su amigo Cris y de su hermana Sarah, de todo lo que ocurrió y de cómo una cadena de malas decisiones, y una buena dosis de mala suerte, lo dejó sin dos de los pilares más importantes de su vida en muy poco tiempo.
Sus ojos se oscurecieron tanto que apenas pude distinguir el verde que siempre brillaba en ellos. Parecía haberse diluido entre las lágrimas que ya no pudo contener. Alcé la mano, ligeramente temblorosa, y acaricié su rostro para secarle las mejillas.
—Lo que has hecho es admirable, Tyler —susurré en voz baja—. No es fácil confesar algo que llevas tanto tiempo guardando. Eres muy valiente.
No respondió. Se limitó a mirarme con esa expresión rota que me partía el alma en dos. Juro que verlo así me hacía sentir completamente inútil, como si ninguna palabra fuera suficiente para aliviar lo que llevaba dentro.
Sus ojos recorrieron mi cara, despacio, casi ausentes.
—Me alegra que hayas sido tú esa persona.
—Y a mí ser esa persona.
Tomó la mano que aún descansaba sobre su mejilla y besó mis nudillos uno por uno, con una delicadeza que me desarmó por completo. No supe si aquello era agradecimiento, admiración o una especie de devoción silenciosa.
—Aunque para mí no eres esa persona —añadió—. Eres mi pelirroja.
Maldito Tyler. Al final iba a conseguir que llorara… y eso que llorar siempre me ha dado una especie de urticaria emocional.
—Aunque no lo creas —remarqué intentando aliviar la tensión—, lo peor ya lo has hecho.
—¿Y eso es?
—Dar el primer paso. Ese siempre es el más cabrón, te lo aseguro. El momento en el que decides coger al toro por los cuernos sabiendo que hay bastantes probabilidades de que te clave la astada en el culo.
Le sonreí con descaro. Él intentó imitarme.
Casi lo consiguió. Pero era normal que no lo lograra del todo.
La herida acababa de reabrirse y todavía supuraba dolor a borbotones.
Y allí estaba yo, dispuesta a limpiar la infección si hacía falta, a echar yodo en la herida y cambiar los vendajes hasta que cicatrizara como debía.
Sólo así podría volver a ser el hombre que había sido antes del accidente.
Tyler se giró ligeramente y señaló su espalda.
—Cada ala simboliza a uno de ellos —explicó rozando el tatuaje con la yema de los dedos—. La izquierda es Cris… mi cabeza. Y la derecha es Sarah… mi corazón.
Guardé silencio, escuchándolo.
—Cris era el más maduro de los dos. El que siempre tenía los pies en el suelo.
El que me daba consejos cuando estaba a punto de hacer alguna estupidez.
Era… mi puta conciencia, básicamente. Y Sarah…
—sonrió con tristeza— Sarah era todo lo contrario: pura emoción, dulzura, sensibilidad.
Era quien me abrazaba cuando me sentía perdido y quien se sentía orgullosa cuando, por una vez en la vida, no metía la pata.
Hizo una pausa.
—Éramos gemelos —añadió de pronto—. Yo salí tres minutos antes que ella.
Mientras hablaba, yo lo observaba en silencio.
—Nunca me creí esas teorías del King’s College de Londres que dicen que los gemelos sienten lo mismo que el otro, incluso a distancia. Siempre me parecieron tonterías, mitos para llamar la atención.
Se quedó pensativo.
—Pero…
—Pero… —repetí con suavidad.
—Empecé a creer en esas historias cuando Sarah murió. Porque sentí… —apretó los labios— sentí que se llevaba con ella una parte de mi alma.
—Madre mía, Tyler…
—Por eso las alas. —volvió a rozarlas—. Porque siempre están ahí, a punto de alzar el vuelo. Para recordarme quiénes fueron. Para no olvidar nunca cuánto los echo de menos.
Noté cómo el ojo me escocía por culpa de una lágrima que empezaba a formarse. La muy cabrona crecía y crecía, buscando excusas para escapar.
—Es un homenaje precioso —logré decir.
Fue lo único que pude articular antes de que Tyler me atrapara la cara entre las manos y me besara. O más bien… me devorara. Porque la forma en que me comió la boca tenía tanta hambre que casi me dejó sin saliva.
Tyler era puro fuego. Energía. Instinto.
Y eso que acababa de vaciar parte de su alma delante de mí.
Nunca había conocido a nadie tan fuerte. Tan valiente. No sólo había perdido a su mejor amigo y a su hermana en cuestión de semanas. También había perdido a su madre cuando ambos tenían apenas siete años.
A partir de entonces quedaron al cuidado de su padre, si es que a eso podía llamársele cuidado. Porque Elliot Lewis había dedicado mucha más atención al juego, las apuestas y sus propias miserias que a sus propios hijos.
Y aun así… Tyler seguía en pie.
En resumen, Tyler había tenido que cuidar de su hermana desde que era apenas un crío. Se echó a la espalda un saco de responsabilidades que no le correspondían, pero que asumió sin rechistar porque, sencillamente, no tenía otra opción. Nadie más iba a hacerlo.
A partir de ese momento empecé a entender muchas cosas de él que antes me parecían incomprensibles.
Empecé a descifrar ciertas piezas de ese rompecabezas que era Tyler Lewis.
Por ejemplo, su forma de vestir siempre de negro, como si estuviera atrapado en un luto perpetuo; su incapacidad para reír incluso cuando la vida le ofrecía un motivo; o ese miedo casi enfermizo a sentir.
Era como si para él permitirse sentir algo (por alguien) fuera una traición.
Como si abrirse a otra persona que no fuera Sarah implicara engañarla de algún modo.
Y entonces ocurrió algo inesperado.
Tyler transformó aquella expresión cargada de dolor en una sonrisa preciosa, de esas que parecían nacerle desde muy dentro.
—¿Sabes qué, pelirroja?
—No, no lo sé, Tyler.
—Pensaba que me estaba enamorando de ti —empezó a decir mientras acariciaba lentamente el contorno de mi cara sin apartar sus ojos de los míos—. Pero me he dado cuenta de que no es del todo cierto…
—Ah, ¿no?
Negó con la cabeza, todavía sonriendo. Yo lo miré completamente confundida.
—No.
—¿Entonces?
—Entonces… —se inclinó un poco más hacia mí— me he enamorado perdidamente de ti.
Se acercó como si fuera a besarme en los labios y yo cerré los ojos esperando sentir su boca sobre la mía… pero en el último segundo desvió la trayectoria y me plantó un beso en la punta de la nariz.
Otra vez.
—¿Por qué me besas en la nariz? —protesté entre divertida y frustrada.
—Porque tienes una nariz respingona muy bonita —respondió con total naturalidad—. Y porque me encanta la cara que pones cuando hago esto.
Y volvió a besarme justo ahí, en el redondeado lóbulo nasal.
—Dejando a un lado ese matiz nasal… —añadió después— ¿has oído lo que acabo de decirte, pelirroja?
Torcí el gesto y me hice la distraída.
—No sé… ¿el qué?
Miré hacia un lado fingiendo estar profundamente concentrada en cualquier cosa menos en él. En realidad, sólo quería volver a oírselo decir.
—Que empiezo a quererte… y mucho.
—Guau… —silbé—. Eso suena a palabras mayores.
—Lo son —admitió con una sonrisa torcida—. Y estoy acojonado.
—¿Mucho?
Me acomodé a horcajadas sobre sus piernas y él, como si aquello fuera lo más natural del mundo, me agarró el culo con ambas manos.
—Muchísimo.
Pasé los brazos por encima de sus hombros y empecé a jugar con los mechones de su nuca, enrollándolos en pequeños tirabuzones entre mis dedos.
—¿Sabes qué?
—Dímelo.
Su aliento cálido chocó contra mis labios.
—Que yo también estoy enamorada de ti… hasta las trancas.
Sus ojos… joder, sus ojos. De repente brillaron como dos esmeraldas recién talladas. ¿Cómo podía una mirada decir tanto sin pronunciar una sola palabra?
Me apretó el culo y tiró de mí hacia delante, encajando mi sexo contra el bulto evidente de su bragueta.
—¿Y qué vamos a hacer con esto que sentimos?
Me incliné sobre su boca.
—Vivirlo —le susurré mientras empezaba a moverme despacio sobre él, frotándome sin ningún tipo de pudor—. Vivirnos.
Tomé aire y enterré mi boca en la suya.
—Pues eso es exactamente lo que pienso hacer a partir de ahora —murmuró antes de subirme la camiseta y perderse entre mis pechos.
Aquella tarde follamos como dos salvajes.
Fue sexo del que te deja sin aire en los pulmones, de ese que te hace pensar que vas a desmayarte en cualquier momento.
Sexo intenso, profundo, descontrolado. Del que te deja la piel ardiendo, los labios hinchados y las piernas temblando.
Del que te arranca palabras sucias en mitad del placer sólo para ver cómo el otro se excita todavía más.
Siempre me había gustado follar duro. Siempre me había dado morbo. Y, siendo sincera, siempre se me había dado bastante bien.
Pero hacerlo con sentimiento… eso era otra historia.
Porque todo lo que envolvía a Tyler Lewis parecía amplificarlo todo hasta límites completamente insospechados.