New York (Skyline 2) capítulo 18
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capítulo 18

TYLER LEWIS

Nadie sale ileso del amor

Sin apenas darnos cuenta fuimos dejando atrás los días, las semanas y acumulando momentos como quien guarda munición para una guerra larga.

Cada encuentro se nos quedaba grabado a fuego: cada beso, cada caricia, cada vez que hacíamos el amor, cada jadeo compartido, cada palabra caliente susurrada al oído, cada mirada que decía más de lo que éramos capaces de pronunciar en voz alta.

Y lo curioso es que yo creía conocerme.

Siempre pensé que tenía claro quién era, cómo funcionaba mi cabeza, dónde estaban mis límites.

Pero me di cuenta de que había estado conviviendo durante años con un completo desconocido.

Como si hubiera pasado media vida caminando con los ojos medio cerrados, cubiertos por una costra espesa que no me dejaba ver con claridad.

Y tuvo que llegar ella.

Tuvo que ser Curly Evans quien me abriera los ojos, quien, metafóricamente hablando, me los lamiera para quitarme de encima toda esa mierda acumulada y dejar que entrara algo de luz.

Mi realidad.

Una realidad que, hasta entonces, ni siquiera sabía que estaba esperando.

Una tarde, mientras nos duchábamos después de haber tenido sexo del bueno, de ese lento, profundo, que se te queda clavado en el pecho y parece abrirte un agujero directo hacia el corazón, Curly aprovechó uno de esos momentos de calma para lanzar una de sus preguntas.

Era muy suya esa manía.

Primero te volvía completamente loco en la cama y luego, como si nada, te soltaba una pregunta que te dejaba pensando más de la cuenta.

El agua caliente corría por nuestros cuerpos mientras ella se apoyaba contra mi pecho, con la espalda pegada a mí y el pelo rojo oscurecido por la humedad cayéndole por los hombros.

Yo tenía las manos en su cintura, moviéndolas distraídamente por su piel mojada cuando noté que se quedaba observando algo.

Mi espalda. Más concretamente, el tatuaje… las alas.

Sus dedos recorrieron lentamente la tinta negra que cubría toda la superficie de mi espalda.

—Siempre quise preguntarte algo… —murmuró.

Su tono había cambiado. Menos juguetón. Más curioso.

—¿Qué pasa con esto? —añadió, siguiendo con la yema de los dedos el tatuaje—. ¿Qué significan estas alas negras?

No respondí de inmediato. Porque la respuesta… no era precisamente una historia bonita.

—¿Por qué esas alas, Tyler? ¿Por qué ese tatuaje y no otro?

El agua resbalaba por mi espalda mientras sus uñas recorrían lentamente el contorno de las alas negras.

Las siguió con cuidado, como si temiera borrar la tinta con sólo rozarla, hasta detenerse en la inscripción grabada bajo ellas: unos números romanos que marcaban una fecha en números romanos: MCMLXXXIII (1983), y una única palabra: Forever.

Apoyé las palmas contra los azulejos de la ducha, incliné la cabeza y dejé que el chorro de agua tibia me cayera sobre la nuca.

Cerré los ojos. Necesitaba enfriar la mente.

Mantener a raya los sentimientos. Me permití unos segundos sólo para mí, tratando de prepararme para lo que sabía que iba a venir.