capítulo 16 #2
Ambos sabíamos exactamente lo que iba a pasar. Lo habíamos estado deseando desde hacía demasiado tiempo.
Por un instante me acojoné. Nunca había estado tan excitado. Nunca había sentido algo así por nadie. ¡Y entonces lo mandé todo al infierno! Mis miedos. Mis límites. Mis excusas. Porque ¿qué sentido tenía vivir… si no iba a permitirme sentir?
Me aproximé a su boca y la besé despacio, con una dulzura casi reverente, saboreando aquel instante como si quisiera grabarlo en el tiempo. La humedad de sus labios. El calor de su aliento mezclándose con el mío. El sabor de su saliva fundiéndose con la mía en un beso lento y profundo.
Mis dedos se enredaron en los mechones mojados de su nuca, atrayéndola un poco más hacia mí. Gimió contra mi boca cuando deslicé la otra mano bajo su falda. Necesitaba tocar su piel. Sentirla. Sentirla a ella, entera, viva, entre mis manos.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo. Sentí un puto escalofrío y, justo después, un ardor creciente en el pecho cuando mis dedos se deslizaron por sus muslos, ascendiendo despacio hasta perderse en la curva firme de sus nalgas.
Hundí mi lengua en su boca, profunda, buscando la suya.
Un jadeo ronco escapó entre nosotros.
Mis dedos se clavaron en su carne mientras sus caderas empezaban a moverse sobre mí, lentas al principio, casi perezosas, pero con una cadencia cada vez más provocadora.
Un balanceo hipnótico que buscaba justo ese punto: el roce de su sexo contra el bulto de mi entrepierna, contra mi erección dura y caliente.
Y joder… lo encontró.
Respiré hondo, casi con rabia, cuando lamió mi cuello y mordisqueó mi clavícula de una forma que me dejó completamente atontado. Sus labios descendían sobre mi piel desnuda, depositando besos húmedos mientras su lengua se deslizaba lenta, sinuosa, provocadora.
Experta.
Segura.
Decidida.
No tardé mucho en sacarle la camiseta por la cabeza. Mis labios comenzaron a recorrer su piel, besando cada milímetro desde su cuello hasta sus pechos, recreándome en cada roce, saboreándola sin prisas.
Sin quitarle el sujetador, aparté con los dedos la fina tela de encaje azul y besé su pezón. Fue un beso lento, íntimo, cargado de intención.
Después dejé que mi lengua lo rodeara, lamiendo su sonrosada aureola con una calma que sólo pretendía volverla loca.
—¡Oh, Dios! ¡Tyler! —gimió, con la voz quebrada por el placer.
Abrió la boca y dejó escapar un gruñido gutural tan sensual que me excitó todavía más cuando succioné su pezón. Lo lamí despacio, lo chupé y hasta lo mordí con suavidad. Su espalda se arqueó al instante.
Casi al mismo tiempo, ella me arrancó la camisa con impaciencia. Sus uñas curiosas comenzaron a recorrer mi torso desnudo, descendiendo por mi pecho hasta mi vientre, perdiéndose después dentro de mis pantalones.
Desabrochó el cinturón. Bajó la cremallera. Y coló la mano dentro de mi bóxer.
Joder.
La lentitud con la que empezó a acariciar mi polla era tan sensual que pensé que iba a correrme allí mismo. Sus dedos recorrían toda mi longitud con una calma provocadora que me estaba volviendo completamente loco.
—Me estás matando, joder, pelirroja…
Gruñí contra su boca cuando la besé de nuevo, esta vez con más hambre. Froté mis labios contra los suyos, mordisqueando el inferior hasta dejarlo enrojecido.
Lubriqué un par de dedos antes de deslizar el índice por su vientre, siguiendo la línea de su hueso púbico, hasta colarlo dentro de sus braguitas.
Busqué su clítoris.
Ronroneó de gusto cuando empecé a acariciarlo despacio, primero de arriba abajo, luego de abajo arriba. Cuando sentí cómo empezaba a hincharse bajo la yema de mis dedos, empecé a dibujar círculos lentos, cambiando el sentido una y otra vez.
La estaba excitando. Masturbándola con calma. La miré mientras lo hacía. Sus mejillas estaban sonrojadas, sus labios entreabiertos, y su cuerpo reaccionaba con pequeños espasmos que le recorrían la piel.
—Me encanta que hagas eso… —susurró, con la voz quebrada por el placer.
Dios… y a mí me encantaba sentirla así. Tan húmeda, tan excitada, cuando mis dedos se deslizaron dentro de su vagina.
—Madre mía, Tyler… —gruñó con un placer casi doloroso, retorciéndose contra mi mano—. No pares… no pares de hacer lo que estás haciendo…
—Te comería entera ahora mismo.
Sonrió contra mi boca antes de besarme con hambre. Nos lamimos los labios, nos mordimos suave, frotándonos el uno contra el otro como auténticos depravados.
Joder… qué erótico.
Mi polla en su mano. Mis dedos dentro de ella. Su lengua enredada con la mía saboreando el deseo. Mis dientes atrapando su labio inferior. Mi pulgar acariciando su nudo de placer.
—Si todo lo haces así… —jadeó— no puedo más… No puedo esperar a tenerte dentro de mí…
—Córrete en mi mano.
—No… te necesito… —sus palabras salían entrecortadas—. Ahora… dentro de mí… o no voy a poder aguantar mucho más… Me vas a hacer llegar pronto… Me matas, joder…
Sus deseos fueron órdenes.
Las ganas que nos teníamos fueron la chispa.
El fuego que prendió la mecha. Segundos después se quitó las diminutas braguitas azules y las lanzó al asiento.
Yo saqué un preservativo de la cartera, bajé el pantalón y el bóxer hasta los tobillos y rasgué el envoltorio plateado con los dientes.
Deslicé el látex sobre mi erección palpitante.
Curly volvió a colocarse a horcajadas sobre mí. Con una mano sujetó mi polla y la guio despacio hasta su sexo. La introdujo poco a poco. Hasta enterrarla por completo.
Jadeé.
El aire se me quedó atrapado en los pulmones cuando la penetré profundo, muy, muy profundo, y su cuerpo me recibió como si ya me conociera… como si aquella no fuera la primera vez.
Enredó los dedos en mi pelo.
La miré a los ojos. Y ella no apartó los suyos de los míos ni un segundo mientras empezaba a moverse sobre mí, lenta, marcando el ritmo. Tomando el control. De su placer. De nuestro placer.
Sonreí. Ella me sonrió. Dios… qué preciosa era. Qué criatura tan jodidamente maravillosa.
Tiró de mi pelo. Clavé los dedos en su culo justo cuando a ambos nos sorprendió el inicio del orgasmo.
Tenía demasiadas ganas de sentirla entera.
De abandonarme a todas esas sensaciones.
A ella. Me excitaba tenerla encima, moviéndose sobre mí, bailando en una melodía que sólo nosotros éramos capaces de escuchar.
—Me vas a matar…
Alcé las caderas para penetrarla más profundo, más duro.
Gritó.
Su cuerpo se estremeció cuando el ritmo se volvió más rápido, más intenso. Cada embestida más urgente que la anterior.
—No quiero que esto acabe nunca… —jadeé contra su boca—. Me pasaría la vida haciéndolo contigo.
—Tyler…
Gruñí, en parte por rabia, por no ser capaz de aguantar mucho más.
—No voy a poder…
—Juntos, Tyler…
Gemí. Gruñí. Creo que incluso blasfemé cuando me dejé ir. El placer me atravesó entero, retorciéndome de gusto, como si nunca antes hubiera sentido algo así. Como si todos los orgasmos anteriores hubieran sido borrados de mi memoria. Como si nada de aquello hubiera existido. Sólo quedaba ella.
Y todo lo estaba llenando.
La besé de inmediato, atrapando su cara entre mis manos, saboreando aquel instante en sus labios, alargando el momento todo lo posible. Nuestra respiración aún acelerada. Mi frente apoyada contra la suya. Todo el vello de mi piel erizado.
Un leve temblor recorriéndome los muslos.
No quise salirme todavía. Quería sentir que seguía dentro de ella. Que ella seguía cobijándome en su interior. Dos cuerpos. Dos almas. Un único sentimiento.
Y en ese instante supe algo con absoluta claridad.
Pasara lo que pasara a partir de entonces, aquella chica pelirroja, arrogante y tremendamente divertida, la que había pasado casi de puntillas por mi vida durante casi una década, iba a convertirse en la persona más importante de mi existencia.