capítulo 16
TYLER LEWIS
Las curvas más peligrosas
Por primera vez en mi vida tuve miedo.
Miedo a sentir demasiado deprisa. A querer estar con ella a todas horas.
A desearla tanto que llegara a doler. A descubrir que mi mundo empezaba a orbitar alrededor del suyo.
Miedo a equivocarme. A descubrir que no nos conveníamos.
A confundirlo todo con una obsesión. Con algo tóxico.
A crearle esperanzas… y terminar rompiéndole el corazón por no estar a la altura.
Y, lo peor de todo, miedo a esconderme otra vez detrás de mi propia cobardía para no enfrentar lo que estaba sintiendo.
Curly Evans era demasiado joven. Demasiado inexperta. Demasiado… preciosa. Tan lista como intensa. Tan fuerte. Tan viva. Demasiado viva. Demasiado para mí.
A las cinco y siete de la tarde Curly se sentó en el Cadillac DeVille.
Yo ni siquiera salí del coche para recibirla, como quizá ella esperaba.
Antes de nada, preferí llevarla a terreno neutral.
A un lugar donde nadie nos conociera. Donde pudiéramos hablar sin miradas indiscretas ni oídos curiosos.
Un sitio apartado. Un sitio donde pudiera decirle todo lo que llevaba horas rondándome la cabeza.
Se lo debía. Me lo debía. Nos lo debía.
Conduje durante media hora en completo silencio. La única compañía era el álbum Innuendo de Queen, la gran despedida de Freddie Mercury, que sonaba en el reproductor del coche. Ahora estaba sonando I’m Going Slightly Mad .
Curly no tarareaba. Y eso ya era raro. Se sabía cada canción de memoria. Me merecía ese silencio. Era su forma de castigarme por todo lo ocurrido.
La miré de reojo por el retrovisor. Bueno…
en realidad perdí la cuenta de las veces que la había mirado desde que se subió al coche.
Estaba preciosa. Jodidamente preciosa. Cada vez que la miraba se me encogía el estómago.
Odiaba esa sensación. Esa de sentirme como un crío lleno de testosterona que acababa de descubrir lo que era el primer amor.
Conduje hasta Owego, un pequeño pueblo cerca de Binghamton por la NY-17 W. Sabía que en esa época del año montaban una feria ambulante. Y me pareció el lugar perfecto para empezar aquella conversación pendiente.
—Hemos llegado.
Curly miró por la ventanilla.
—Creía que íbamos a tu apartamento.
—Esta vez no.
Claro que no.
Mi apartamento era demasiado tentador. Demasiado mío. Un lugar donde sabía que acabaría olvidando todo lo que había preparado decirle. Porque si la llevaba allí, acabaríamos desnudos en mi cama. Sin duda. Y no una sola vez. Porque una vez no bastaría para saciar el hambre que tenía de ella.
—De acuerdo —susurró con una sonrisa tensa en esos labios que recordaba peligrosamente cálidos—. Tú mandas.
Mientras caminábamos hacia las atracciones de la feria, le fui contando la historia de aquella tradición. Llevaba casi un siglo repitiéndose. Yo solía venir al menos una vez al año desde que era un crío.
—¿Te apetece subir a la montaña rusa?
Curly alzó una ceja.
—Ya veo que eres de los que les gustan las sensaciones fuertes.
Sonreí.
—Es estimulante. Ideal para descargar adrenalina.
—Cierto… muy estimulante.
Me gustó descubrir que en muchas cosas estábamos en la misma sintonía; vivirnos mutuamente, en el sentido más bello de la palabra. Como si nuestras emociones partieran del mismo punto. Como si conectar con ella fuera lo más natural del mundo.
Compré dos tickets. La cola era corta. Enseguida ocupamos nuestros asientos en el segundo vagón.
—¿Estás preparada?
—Sí —murmuró, aunque suspiró con cierto nerviosismo—. Pero te advierto que soy de las que agarran fuerte la mano… clavan las uñas… y gritan como una loca cuando cae la pendiente.
Sonreí. Era tan ella. Tan auténtica.
—Vale, pillo la indirecta.
Cogí su mano. Entrelacé mis dedos con los suyos.
—¿Mejor así?
Respiró hondo.
—Mucho mejor, Tyler.
Las ruedas empezaron a chirriar sobre los raíles. El vagón subió lentamente la primera pendiente. Su mano apretó la mía. El corazón empezó a latirle más deprisa y le noté la respiración agitada. Pura adrenalina; la caída llegó de golpe.
Curly gritó. Gritó con el alma. Gritó hasta casi quedarse sin voz. Y yo la miré. La miré gritar… y me la imaginé gimiendo mi nombre. Con la boca entreabierta. Con los ojos cerrados. Con mi cuerpo moviéndose dentro de ella; explotando en un orgasmo.
Joder.
Sacudí la cabeza.
Estaba pensando como un puto degenerado. Tenerla tan cerca me estaba volviendo loco.
—¡Ha sido alucinante!
Sus mejillas sonrojadas lo confirmaban. Sus ojos brillaban. La adrenalina la hacía parecer aún más viva. Más luminosa. Como una estrella. Una que casi parecía inalcanzable.
—¡Mira!
Se soltó de mi mano y corrió hacia una vieja máquina Zoltar, de esas donde un autómata encerrado en una cabina de cristal predice el futuro a cambio de una moneda; la máquina daba más miedo que otra cosa.
Me acerqué a su lado.
—No me digas que crees en estas mierdas. El futuro no está escrito. Lo escribimos nosotros.
—Ya. Estoy de acuerdo —arrugó la nariz en un gesto infantil—. Pero puede ser divertido.
Al ver que dudaba, me picó.
—Vamos, Tyler… ¿tienes miedo de lo que pueda decir?
Me reí.
—¿Miedo? Joder, no. Es un truco barato para robar monedas.
—Tyler…
—¿Qué?
Se acercó a mi cara.
—Huelo tu miedo…
Empezó a olisquearme exageradamente.
—Curly, deja de hacer eso.
—No hasta que juegues conmigo —se tapó la nariz—. Ufff… ¿alguien se ha hecho caquita?
—Joder, pelirroja… cómo te gusta picarme.
—No tienes ni idea…
Me guiñó un ojo. Y en ese momento comprendí algo muy peligroso. Habría hecho cualquier cosa por ella. Cualquier cosa. Si me hubiera pedido que le bajara el sol del cielo, me habría fabricado unas alas de plumas y cera como Ícaro… aun sabiendo que terminaría cayendo.
¿Era una locura? Sí, pero era mi locura.
—Argh… vale —suspiré—. Si hay que jugar, jugaremos.
—¡Bien!
Aplaudió como si acabara de ganar el premio gordo.
—Pero rápido —miré al cielo—. Se está poniendo feo.
Las nubes se estaban cerrando sobre la feria.
Saqué una moneda del bolsillo, la introduje en la ranura, el autómata empezó a moverse y la bola de cristal se iluminó. Unos segundos después, la máquina escupió una tarjeta. Curly la cogió al instante. La leyó, abrió los ojos y luego me miró sonriendo.
—¿Y bien? —intenté quitársela.
Pero ella escondió la tarjeta detrás de la espalda.
—Ni hablar. Es privado, Tyler.
—¿Me tomas el pelo?
Se encogió de hombros.
—¿En serio no vas a decírmelo?
—Muy en serio.
—¿Tan terrible es?
En ese momento el cielo rugió. Un trueno profundo. Las primeras gotas empezaron a caer.
Curly sonrió.
—Mete otra moneda y saca la tuya. Cuando la tengas… las intercambiamos a la vez.
Y me dedicó una sonrisa tan bonita que, por un segundo, olvidé todo lo que había venido a decirle.
Curly era increíble. Tan madura y segura de sí misma en ocasiones como tan niña y mimosa en otras. Un equilibrio perfecto entre todas sus versiones. Todas las caras de una misma persona.
Todas fascinantes. Tan distintas entre sí y, al mismo tiempo, exquisitamente tentadoras.
Era como una madreselva creciendo en silencio: te rodeaba poco a poco, casi sin darte cuenta, enredándose en tu vida, entretejiéndose en tu alma hasta dejarte completamente atrapado, hasta exprimirte de placer en cada respiración.
Introduje la dichosa moneda en la ranura. La máquina escupió mi tarjeta casi de inmediato.
La leí:
“Es hora de terminar con lo viejo y comenzar lo nuevo. Y si olvidaste volar… es hora de retomar las alas.”
Joder. Me quedé mirando el papel como un idiota. Un trozo de cartón barato parecía tener las cosas más claras que yo mismo. Un muñeco oxidado con cara de psicópata había acertado de lleno sin saber absolutamente nada de mí.
—¿Qué? —preguntó Curly, nerviosa—. ¿Qué pone?
La miré.
—Toma. Lee. Un trato es un trato… y yo soy un hombre de palabra.
—Amén.
Contamos en silencio.
Tres.
Dos.
Uno.
Leímos nuestras tarjetas al mismo tiempo.
En la suya decía:
“Cuando vivas el instante verás más allá de lo visible. A veces lo que buscas está demasiado cerca de ti.”
En ese momento el cielo se rompió. Una cortina de lluvia cayó sobre nosotros en cuestión de segundos. No lo dudé. Le agarré la mano.
—¡Corre!
Corrimos entre los puestos de la feria mientras el aguacero nos empapaba. Saltábamos charcos. Resbalábamos. Nos reíamos como dos críos. El agua nos golpeaba la cara.
En segundos estábamos completamente empapados. El cielo parecía enfurecido. Las nubes devoraron el sol y todo quedó sumido en una penumbra espesa, interrumpida solo por relámpagos lejanos.
Llegamos al coche.
—¡Puto BMW de los cojones!
La puerta del copiloto no abría.
—¡Ven, Tyler! ¡Corre!
Curly ya estaba dentro por la puerta trasera.
La imité.
Cerré de golpe.
—Joder… —se limpió la cara con las manos—. ¿Esto qué es? ¿El Diluvio Universal?
Murmuró algo más, pero dejé de escucharla. Porque de pronto entendí algo muy simple. Estaba jodido. Muy jodido. La miré de reojo. Su ropa estaba pegada a su cuerpo por la lluvia. Marcaba cada curva: las caderas, el vientre plano, los pezones dibujándose bajo la camiseta húmeda.
Atracción.
Deseo.
Necesidad…
El sonido de sus breves jadeos tras la carrera.
La seducción latiendo en el aire entre nosotros.
Su pecho subiendo y bajando acompasado, todavía agitado.
La intimidad. Nuestras miradas, lobunas, enredándose en la corta distancia.
El fuego otra vez. Sus labios dibujando una sonrisa lenta, sugerente, como una invitación silenciosa a besarla.
El magnetismo. Nos miramos con hambre. Con ganas. Con demasiadas ganas.
Y durante unos segundos, el mundo entero pareció desaparecer alrededor de nosotros.
Entonces se acercó. Sin pedir permiso. Se sentó a horcajadas sobre mí. Su peso sobre mis piernas. Mi erección pulsando dentro de los pantalones.
Nos quedamos mirándonos unos segundos.