Capítulo 15 #2
Sí, claro. A ver quién era la guapa que se concentraba en clase después de aquello, con el calentón en pleno apogeo y unas ganas locas de volver a comerle la boca.
—Oído cocina —dije con cierto recelo, fulminándolo con la mirada.
—Vamos, Curly —sonrió—. No me mires así.
—¿Y cómo quieres que te mire?
—No lo sé… pero no así. Como si acabara de atropellar a un perro y me hubiera dado a la fuga.
—Bueno, quizá así es como me siento. Primero mimada… luego atropellada… y después ignorada.
Chasqueó la lengua.
—¿Puedes saltarte el ballet después de clase?
—Podría. ¿Pero para qué?
Soltó el aire.
—Necesito verte después. Necesito que hablemos. Y también necesito unas horas para ordenar mis pensamientos… y saber por dónde tirar.
—O sea que así es como funciona esto, ¿no?
—¿A qué te refieres?
Frunció el ceño.
—Yo me quedo sentadita esperando a que tú decidas si dar el siguiente paso… o fingir que entre nosotros no ha pasado nada.
—Estás malinterpretando mis actos.
—Pues no decidas por mí.
—No lo pretendo.
—Pero lo haces, Tyler —me quejé—. Aún no me has preguntado qué pienso. Qué siento. Qué quiero.
Soltó el aire en un suspiro que casi sonó a gruñido.
—Esta tarde, Curly. Dame unas horas. Venga… solo te pido eso.
Me perdí en su mirada. En esa mirada que me pedía templanza. En esa en la que se adivinaban retazos de experiencia, quizá fruto de los años que nos separaban y que, de alguna manera, le otorgaban cierta ventaja ante la vida… o al menos ante los líos del corazón.
—De acuerdo, Tyler.
—Buena chica.
Le daría tiempo.
Tiempo para que ordenara sus pensamientos. Para que colocara los sentimientos en un lado de la balanza y las piedras del camino en el otro. Para que soplara los pros y los contras hasta decidir qué pesaba más. Sí. Iba a darle ese tiempo. Salvo porque aquel instante me pertenecía solo a mí.
Así que me acerqué a su cara y, sin pedir permiso ni esperar su beneplácito, le besé en los labios.
El sabor de su boca era dulce. Adictivo.
Me costó separarme. Sentí cómo, de nuevo, se entregaba al beso, aunque al principio se mostrara cauteloso.
Pero apenas duró un segundo. Pronto respondió con más intensidad, profundizando el beso con esa forma suya tan peligrosa de hacerlo.
Si yo hubiera sido un animal pequeño e indefenso, me habría devorado en dos mordiscos.
Cuando me separé, aún tenía su aliento mezclado con el mío.
—No pretendo alterar tu decisión —susurré rozando todavía sus labios—, pero sí me gustaría que me tuvieras en cuenta. Piénsalo, ¿vale?
Cogí la mochila.
Abrí la puerta.
Me bajé del coche y caminé en dirección al instituto sin mirar atrás. Avancé a paso ligero hacia la escuela secundaria y, como todavía quedaba tiempo para que empezaran las clases, me senté en uno de los bancos de los jardines.
Encendí un cigarrillo a sabiendas de que las normas lo prohibían y de que podía caerme una buena reprimenda. Y, para colmo, manchar mi impecable expediente académico.
Diez minutos después, Úrsula ocupó un pequeño espacio a mi lado.
—Hola, zorra.
—Buenos días, Úrsula —respondí, dando una última calada antes de dejar caer el cigarrillo al suelo y apagarlo con la suela de las deportivas.
—¿Tienes otro?
—Qué va. Lo siento. La mísera paga que me dan mis padres no me da ni para una cajetilla a la semana. Este era el último.
—Jodidos padres tacaños. Cualquiera diría que pasan penurias para llegar a fin de mes cuando están podridos en dólares.
—Sí, ni que lo digas.
—A mí también me han cerrado el grifo —farfulló molesta—. Al final voy a tener que vender mi cuerpo para conseguir las anfetas.
Dejé de mirar al vacío y me fijé en ella con atención. Fue entonces cuando me di cuenta de algo que llevaba tiempo sospechando: su cuerpo había cambiado. Mucho. Había adelgazado. Y no un poco.
Una bajada de peso demasiado brusca incluso para alguien que siempre había sido delgada por naturaleza. Sabía que la disciplina del ballet exigía sacrificios, pero su aspecto empezaba a parecer… enfermizo.
Y eso me preocupó.
—¿Te encuentras bien?
—¿Por qué lo preguntas?
—Porque cada día estás más delgada.
—¡Bah! Ni caso —intentó sonreír, aunque la sonrisa le salió un poco forzada—. Solo estoy probando una nueva dieta.
—Una que, por lo visto, funciona.
—He dejado el chocolate, los helados y la carne. Ahora solo como vegetales y pescado. Cuestión de nutrición, Curly. Mens sana in corpore sano .
La miré con el ceño fruncido.
Le agarré el brazo y traté de medir su diámetro con la mano.
Conocía a Úrsula desde hacía años. Sabía que era extremadamente exigente consigo misma. Perfeccionista hasta el límite con tal de complacer a todo el mundo.
Igual que yo.
También sabía que, a veces, adelgazar era una forma de sentir que tenías el control de tu vida. Pero era una ilusión peligrosa. Una de esas trampas que, cuanto más alimentas, más te arrastran.
—Pero ¿qué coño haces, Curly? —gruñó, sacudiéndose y soltándose de mi agarre.
—No sé qué te pasa, Úrsula, pero algo me dice que sí te pasa algo. Algo que no es normal en ti.
—Ah, ¿sí? ¿El qué? —replicó molesta—. Que yo sepa perder unos kilos no es un delito. O tal vez sí.
—No, claro que no. Siempre que se haga con cabeza.
—¿Con cabeza? —me miró con los ojos entrecerrados—. ¿Estás insinuando algo?
—Nada que no sepas.
—Pues entonces métete en tus jodidos asuntos —espetó con brusquedad—, que precisamente tú no estás para dar lecciones de santidad. Y a mí… ¡déjame en paz!
Me miró con gesto inquisitivo y se levantó del banco de un respingo, con la clara intención de largarse de allí, de dejarme sola y marcharse con sus mierdas.
Y eso fue exactamente lo que hizo. Sin darme tiempo a reaccionar.
Sin permitirme siquiera terminar la frase que se me había quedado atrapada en la boca.
Me dejó plantada. Más sola que la una. Y me dolió. Me dolió de verdad.
Nunca antes habíamos discutido. Ni reñido. Ni siquiera habíamos alzado la voz la una contra la otra. Entre nosotras siempre había reinado algo muy simple y muy raro a la vez: un respeto mutuo casi sagrado.
Úrsula siempre había sido así. Puro buen rollo.
Alegría desbordante. Esa clase de persona que parecía tener una batería infinita de ganas de vivir.
Pero esa chica que acababa de levantarse del banco…
no era mi amiga. No, no lo era. Úrsula jamás me habría hablado de esa manera.
Y mucho menos sabiendo que mi intención no era atacarla, sino ayudarla.
Lo peor de todo fue que siguió encerrada en su enfado el resto de la mañana.
Dolida por algo que, al parecer, le había tocado una fibra demasiado sensible.
Ni siquiera me permitió explicarme. Cada vez que intentaba sacar el tema, me daba largas.
Como si hablar de ello fuera un problema.
Y eso me dio miedo. Miedo de verdad. Miedo de que aquella conexión tan especial de la que siempre habíamos presumido empezara a resquebrajarse.
A media mañana, Úrsula se marchó de clase alegando indisposición. Y yo me quedé con la sensación de que aquello no tenía nada que ver con sentirse mal.