Capítulo 15
CURLY EVANS
El hombre de negro
Y… todo lo que sucedió después.
Sus labios sobre los míos, húmedos. La calidez de su boca abriéndose para buscar mi lengua. La necesidad de sentirme. El hambre por saborearme. La devoción con la que parecía querer demostrarme que lo que estaba sintiendo era tan real como nosotros dos.
Tyler me acompañó a casa y luego se marchó a su apartamento, no sin antes devorar mi boca lentamente durante varios minutos a modo de despedida.
Al terminar, sin dejar de sostener mi rostro entre sus manos, apoyó su frente contra la mía, cerró los ojos y susurró en voz baja: —Esto no puede ser saludable para el alma.
Casi me derrito de ternura al oírlo.
7:21 AM
Respiré profundamente mientras me observaba en el espejo de mi habitación, retocando el maquillaje y recogiendo mi melena pelirroja en una coleta alta y tirante. Entonces me di cuenta de que algo en mí había cambiado: un brillo distinto en la mirada, más luminoso, más vivo.
Tal vez esa diferencia fuera imperceptible para cualquiera que me mirara por primera vez, pero no para mí… ni para quienes me conocían bien.
Bajé a la planta baja con la mochila al hombro y la chaqueta en la mano. Pasé casi de puntillas por la cocina, cogí una pieza de fruta de la cestita de la encimera, besé a Vera en la mejilla y recibí una reprimenda inmediata por no sentarme a desayunar como todo hijo de vecino.
—Cualquiera diría que llegas tarde a la vida.
Me reí.
—Tengo algo de prisa.
—Curly —miró el reloj de pared que tenía junto a la alacena—. Pero si no son ni las siete y media de la mañana.
—Sí, lo sé, pero ya sabes lo que dicen: a quien madruga, Dios le ayuda —respondí pizpireta, deseando despedirme cuanto antes para no perder ni un segundo más sin ver a Tyler—.
Además, ya sabes que soy más del palo: «Vive rápido, muere joven y deja un bonito cadáver».
Frase que, por cierto, fue erróneamente atribuida a James Dean, cuando en realidad la pronunció Humphrey Bogart en Llamad a cualquier puerta .
—Tú y tus dichosas frases hechas… Pareces mi abuela.
Sonreí al verla negar con la cabeza, como si yo fuera un caso perdido.
—Nos vemos por la noche, Vera.
La abracé con cariño y me despedí. Me resultaba imposible dejar de sonreír. Me sentía renovada, con las pilas cargadas, incluso ilusionada. Hacía mucho tiempo que no me sentía así: tan viva, con tantas ganas de sentir.
Salí al exterior.
Empezaba a amanecer en el cielo de Binghamton y un sol tímido asomaba entre nubes esponjosas que parecían algodón de azúcar de feria.
Miré a mi alrededor buscándolo, pero Tyler no estaba.
Habíamos quedado allí, delante del garaje, para que me acompañara a clase como cada día.
Solo que esta vez nos habíamos adelantado en el horario…
por la simple necesidad de vernos. De hablar. O de lo que surgiera.
—Buenos días, Curly.
La voz grave y sugerente de Tyler Lewis sonó a mi espalda.
—Buenos días.
Se acercó a grandes zancadas y, al quedar frente a mí, me dedicó una leve sonrisa. Yo esperaba aunque fuera un beso rápido de bienvenida después de todo lo que había ocurrido el día anterior.
Pero no llegó.
Tal vez porque estábamos en terreno pantanoso. Si alguien nos veía, Tyler podía meterse en un buen lío. Al fin y al cabo, no estaba bien visto que un empleado tuviera una historieta con alguien de la casa… y mucho menos si esa persona era la hija de dieciocho años del dueño.
—¿Has podido descansar?
—Bastante.
—Eso está bien.
Su «eso está bien» me sonó más a «qué suerte tienes, porque yo no he pegado ojo en toda la noche por tu culpa». O al menos eso parecían decir sus ojeras, que ensombrecían una mirada claramente cansada.
Lo miré.
Él me miró.
Nos sostuvimos la mirada unos segundos, con las palabras suspendidas en la punta de la lengua, hasta que él rompió a andar. Me abrió la puerta trasera del Cadillac DeVille negro, tan negro como el traje que llevaba puesto, y me acomodé en el interior.
Había pasado buena parte de la madrugada despierta, imaginando cómo sería nuestro primer encuentro después de habernos besado así.
Después de sentir tantas cosas. Y, sinceramente, nada tenía que ver con lo que había imaginado.
Era todo… más frío. O quizá más contenido.
Lo cual resultaba extraño teniendo en cuenta que ambos éramos personas intensas, viscerales y bastante ardientes.
Al menos eso parecía indicar nuestra historia hasta ese momento.
Sin embargo, ahora nos comportábamos como si algo nos frenara.
Como si estuviéramos cohibidos. Y lo peor era que cada vez que lo miraba a los ojos sentía fuego recorriéndome por dentro.
Y me negaba a creer que solo me estuviera pasando a mí.
Además, llevaba horas deseando que llegara este momento.
Ese instante en el que volveríamos a cruzar la línea entre el deseo… y rendirnos a él.
Un par de millas después, ya en carretera abierta, rompí el silencio que nos acompañaba desde que habíamos salido del garaje.
—Estás muy callado.
—Estoy concentrado en la conducción.
—Ya.
Inspiré hondo.
—¿Te arrepientes del beso?
—No —respondió con firmeza—. En eso nos parecemos. No me arrepiento de lo que hago, sino de lo que no hago.
—Entonces ¿por qué esta frialdad entre nosotros?
Me observó a través del espejo retrovisor.
—No es frialdad. Es tratar de pensar con la cabeza.
Miré al techo para evitar poner los ojos en blanco. Otra vez Tyler y sus mierdas. Sus miedos. Sus dudas. Vacío.
—Recibido —barrunté molesta desde el asiento trasero.
Era idiota. No, mejor dicho: YO era idiota. Idiota por pensar en un «nosotros». Por permitirme imaginar que algo podía empezar entre Tyler y yo. Por aferrarme a una esperanza que, en el fondo, sabía que estaba condenada a quedarse en nada.
En un simulacro.
En el primer acto de una obra que jamás llegaría a representarse completa. O, dicho de otra forma: en humo.
Otra vez el silencio. Ese silencio gélido que se nos pegaba a la piel como escarcha, abrazándonos hasta dejarnos exhaustos. Otra vez la sensación de estar retrocediendo, como si todo lo que habíamos hecho la noche anterior fuera un error que ahora intentábamos desandar.
Y de nuevo esa absurda sensación de que alguien (o algo) nos estaba cortando las alas justo cuando empezábamos a aprender a volar. Como si sentirnos libres, sentirnos sin censura, sentirnos de verdad… estuviera prohibido.
Extrañamente, unos minutos después Tyler detuvo el coche un par de calles antes de llegar al colegio mayor.
Se bajó. Rodeó el vehículo. Y entró por la puerta trasera para sentarse a mi lado. Me miró. Yo le miré de reojo, con la cara hecha un poema.
—¿Qué haces, Tyler?
Sonrió de una forma rara. Como si supiera exactamente qué estaba pasando por mi cabeza.
—¿Qué? —insistí.
Joder.
El olor de su perfume mezclado con su piel y el tabaco me puso inmediatamente nerviosa. Olía varonil. Olía a hombre. Olía a algo intenso y peligroso.
—Deja de darle vueltas a esa cabecita pelirroja.
Me dio unos golpecitos en la frente con el dedo, como si quisiera espantar mis pensamientos.
—No puedo evitarlo.
Bufé.
Aquella incertidumbre me estaba poniendo de los putos nervios.
—Lo sé. Yo también lo hago. Créeme… también peco. No te creas. También soy humano.
—Entonces ¿qué hay de malo en hacerlo? —repliqué—. ¿Qué hay de malo en pensar? ¿En sacar mis propias conclusiones? Déjame cargar con mis propias pajas mentales.
Tyler sonrió de medio lado y soltó un suspiro.
—Es que… madre mía.
Sus ojos descendieron lentamente hacia mi boca, como si de pronto hubiera recordado lo mucho que le apetecía besarla.
Yo, por puro instinto, me humedecí los labios.
Entonces él atrapó el suyo entre los dientes. Ese gesto. Ese maldito gesto.
El verde de sus ojos se oscureció de repente. Se volvieron densos, casi negros, como si el deseo estuviera apoderándose de él a marchas forzadas.
—Joder… me estás poniendo enfermo.
Y confieso que, solo con esa frase y ese gesto aparentemente inocente, todo mi cuerpo reaccionó al suyo como un latigazo directo al ombligo… precipitándose después hacia el centro de mi sexo, justo ahí, en ese maldito nudo de placer.
De golpe sentí la garganta seca. Una sequedad que solo una cosa podía calmar. Su boca.
—Creo que a partir de ahora me va a resultar muy complicado contenerme y no besarte a cada momento —dijo, sonando más a promesa que a advertencia.
Y me descentró por completo.
—¿Y qué piensas hacer?
—De momento… esto.
Se inclinó lentamente hacia mí. Muy despacio. Sin apartar los ojos de los míos. Durante un segundo pensé que iba a besarme. Que el aire se volvería tan denso y caliente que me costaría respirar. Pero justo antes de que nuestros labios se encontraran, susurró: —Calma.
Desvió la trayectoria de su boca… y me plantó un beso en la punta de la nariz. ¡En la puta punta de la nariz!
Un beso breve. Casto. Ridículamente tierno. Uno de esos besos que le das a una amiga a la que aprecias mucho. ¡Nada más!
Dicen que cuando alguien te besa ahí, en la nariz, sus sentimientos hacia ti son transparentes y su amor es sincero.
Puede que fuera verdad, pero en ese momento yo quería otro tipo de beso.
Uno que me dejara sin aire. Uno que me desordenara el corazón.
Uno que me hiciera temblar las piernas. Como el de la noche anterior.
Tyler Lewis besaba demasiado bien. Tan bien que llevaba horas perdiéndome en mi cabeza imaginando cómo serían esos besos suyos recorriendo cada centímetro de mi cuerpo. Cómo se volverían más húmedos, más hambrientos, más decididos.
Cómo se sentirían sus labios al succionar mis pezones con paciencia.
Cómo sería notar su cabeza perdiéndose entre mis piernas, lamiéndome despacio, sin prisa, mientras yo le agarraba del pelo y lo miraba a los ojos, jadeante, rompiéndome en un gemido cuando su lengua terminara de volverme loca.
—Te recojo por la tarde a la salida de clase.