New York (Skyline 2) capítulo 14
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capítulo 14

TYLER LEWIS

Besos que saben a gasolina

Primera norma: no trates de compensar los errores. Las cagadas, hechas están.

Maldita sea. Casi, casi estuve a punto de echarlo todo a perder. Casi lo mando todo a la mierda por no mantener a raya los impulsos más primitivos. Ni las emociones. Esas que llevaba siglos guardadas bajo siete putas llaves.

¡Ni qué decir tiene que Curly me había puesto de cero a mil en un jodido segundo!

La deseaba. Joder, la deseaba como jamás había deseado a una mujer.

Y ese deseo por ella no hacía más que crecer a marchas forzadas, como si estuviera compitiendo contra Florence Griffith Joyner en una final de cien metros lisos.

Deseaba besarla. Mordisquearle los labios.

Tocarla. Descubrirla. Perderme en las curvas de su anatomía.

Lamer su cuerpo con calma, saborearla de pies a cabeza, llenarla de besos, regalarle mil caricias.

Y, por qué no decirlo, ¡arrancarle mil y un gemidos!

Me subí al BMW sin siquiera esperarla, como si de repente me hubieran entrado unas prisas de la hostia y me hubieran prendido una mecha en el culo.

No miré atrás. Más que nada porque ya sabía que venía detrás de mí hacia el aparcamiento.

Al poco, se sentó en el asiento del copiloto y cerró la puerta con un gesto automático.

Santo cielo. Con lo parlanchina que presumía ser, parecía haberse quedado muda. Y lo curioso es que yo, que siempre he sido de coger el toro por los cuernos y afrontar las cosas de frente, tampoco me atreví a mirarla. Ni siquiera de soslayo.

Y ojo, no fue por miedo a que me montara un numerito por no haberla besado después de decirle que quería hacerlo.

No. Fue por mí. Porque Curly seguía demasiado cerca.

Demasiado. Tanto que temía flaquear en cualquier momento.

Porque uno no es de piedra. Temía no ser capaz de controlarme.

Temía no poder limitarme a llevarla a casa.

Temía detener el coche en cualquier claro del camino y lanzarme a su boca.

Temía empezar a besarla… y no poder parar.

Temía que, después de probar su boca, su saliva, su lengua, no pudiera evitar arrancarle la ropa a bocados.

Temía…

—¿De qué tienes miedo, Tyler?

Además de preciosa, brujilla. Esta chica lo tenía todo. Santa cruz me había tocado cargar…

—No tengo miedo de nada, pelirroja.

—Entonces no te entiendo.

—No hace falta que me entiendas.

Arrugó el entrecejo y el enfado apareció en su cara a velocidad de vértigo.

—¿Pero ¿tú quién te has creído que eres? No puedes hacer lo que has hecho. Decirme que quieres besarme y luego… ¡joder! ¡Luego no hacerlo!

Sonaba molesta. No. Sonaba dolida.

La miré. Por primera vez en siete putos minutos me atreví a mirarla a la cara.

A esos ojazos enormes capaces de devorarte en un segundo.

Y, cómo no, también me perdí en su boca.

Pero solo un instante. Aunque ese instante me pareció toda una vida.

Como si mirarla fuera la metadona que calmaba mi adicción a ella.

Sonreí. Poco. De forma condescendiente. Ver a Curly con los brazos cruzados bajo el pecho y esa expresión de no entender nada me hizo sonreír aún más.

Su cara aniñada fruncida por el enfado. Las pecas que desaparecían cuando arrugaba la nariz.

Dios. Me traía por la calle de la amargura. ¡Cómo me gustaba esa chica!

—¿Querías que te besara?

—¿Me estás vacilando, Tyler?

Frunció aún más el ceño y puso morritos.

—Solo un poco, Curly.

—¡Tyler! Joder…

—Vamos, pelirroja. No te enfades conmigo.

La miré otra vez. Esta vez estaba mordisqueando una piel del labio inferior. Justo esos labios que había estado a punto de besar hacía unos minutos.

—Deja de hacer eso.

Le agarré la muñeca para obligarla a parar.

—O acabarás haciéndote sangre en el labio.

Se soltó de un tirón.

—Y tú deja de tratarme como a una cría. Curly no hagas esto. Curly haz lo otro. Curly no bebas. Curly no tomes drogas. Curly, Curly, Curly… ¡Curly! ¡Al final vas a desgastarme el nombre!

Su enfado empezaba a transformarse en algo más serio. Casi rabia. Incluso alzó un poco la voz.

—Siempre intentando protegerme. Siempre pendiente de que no me pase nada. ¡Maldito seas, Tyler! ¡Deja de hacerlo! ¡Deja que me estrelle contra un muro si ese es mi destino!

Me puse serio al instante. Parecía odiarme. Y no entendía por qué.

Entonces me obligué a ponerme en su lugar. Y tuve que admitir que, en parte, tenía razón.

—Está bien. Perdóname. Nunca pensé que cuidar de ti pudiera causar el efecto contrario.

Soltó el aire por la nariz con fuerza. Quizá para calmarse. Pero no parecía conseguirlo.

—Ahora respóndeme, Tyler.

Entrecerré los ojos. Sabía perfectamente por dónde iba.

—¿Por qué no me has besado?

—Curly, déjalo ya.

—No. No quiero dejarlo.

Negó con la cabeza y sus rizos se movieron a su antojo.

—Quiero que me respondas. Dame un motivo. Uno solo.

Esta vez fui yo quien negó con firmeza.

—No.

—¿No?

—No.

Abrió los ojos como platos.

—Pero… ¿tú quieres volverme loca?

No respondí. Fui cruel. Me limité a mirar al frente, al camino pedregoso por el que conducíamos buscando la carretera comarcal.

Como si aquello fuera más importante que responderle.

Y lo cierto es que no era un solo motivo.

Eran cientos; todo un intríngulis. Cientos de razones por las que no la había besado.

Al ver que la respuesta no llegaba, sus mejillas empezaron a enrojecer. La tensión se apoderó de su cuerpo. Estaba al borde de perder los nervios.

—Para el coche.

—¿Por qué?

—Porque me bajo.

Me miró con rabia.

—Me vuelvo sola a casa.

No respondí. Hice como si no la hubiera oído.

Al ver que me comportaba como si estuviera hablando con una pared, insistió, esta vez con bastante mala leche.

—Tyler, ¿no me has oído?

Seguí cabezota, aferrado a mi silencio, fingiendo que sus palabras me resbalaban.

Nada más lejos de la realidad.

—Tyler, para el puto coche.

—Ni de puta coña.

A terco no me ganaba nadie. Ni siquiera ella.

—Si no paras el puto coche, te juro que salto en marcha.

—¿Pero se te han cruzado los cables o qué?

Se echó a reír. Una risa desquiciada. Al borde del delirio. Muy en la línea de Jack Torrance cuando empuña el hacha en The Shining .

—Tú aún no sabes de lo que soy capaz.

Y, sin más preámbulos, vi cómo agarraba la maneta de la puerta.

—Tyler, esta es la última vez que te lo pido —amenazó, ahora con un tono mucho más tenso—. Para el coche.

Estaba claro que había perdido el juicio si pensaba que iba a dejarla sola en mitad de aquellos parajes olvidados por Dios. Porque entonces no me conocía una puta mierda. No iba a abandonarla allí. Ni de coña.

Lo más inteligente, y aunque fuera lo último que hiciera en mi vida, era llevarla a su casa, aunque tuviera que hacerlo a rastras. Atada al asiento, cargada a mis espaldas o arrastrándola del pelo si hacía falta. La forma era lo de menos.

—NO.

Lo dije seco. Contundente. Con toda la firmeza de la que fui capaz. Por si aún le quedaban dudas.

Lo que no imaginaba era lo que iba a ocurrir a continuación.

Ni por asomo pensé que Curly fuera capaz de llegar tan lejos.

Que realmente se planteara saltar de un coche en marcha.

Creí que se limitaría a seguir fulminándome con la mirada.

A soltar algún insulto más. Tal vez una pataleta hasta cansarse.

Pero me equivoqué. Y lo admito: hacía mucho tiempo que no sentía algo parecido al miedo.

Lo sentí reptar por mis entrañas. Enroscándose en el estómago, apretándolo todo por dentro.

Porque, durante un segundo que me pareció eterno, vi a Curly lanzarse al vacío, rodar por el asfalto y darse un ostión monumental.

Todo aquello era absurdo. Completamente absurdo.

—¿Qué coño haces? —le solté, con la adrenalina subiéndome a la garganta—. ¡Estás como una cabra! ¿Lo sabías?

Tuve que clavar los frenos cuando abrió la puerta de un tirón y adelantó las piernas para saltar fuera.

El coche derrapó ligeramente hacia la arboleda del margen.

La calzada estaba húmeda y las ruedas patinaron un instante.

Y lo jodido fue que estuvo a punto de salir despedida de no ser por mi reacción.

Me lancé sobre ella y la agarré del brazo con fuerza, tirando de vuelta hacia el asiento antes de que se precipitara al exterior.

Afortunadamente el BMW se detuvo en seco, levantando una polvareda blanquecina a nuestro alrededor.

Mis ojos, todavía temblorosos, se clavaron en el rostro de Curly para asegurarme de que estaba bien. De que seguía entera. De que no se había hecho daño.

Aunque, siendo sincero, lo que más le convenía en ese momento era un buen tirón de orejas.

—¿Estás bien?

Mi corazón latía a una velocidad anormal. Tan rápido que sentía una presión incómoda en el centro del pecho, como si estuviera a punto de sufrir una crisis de ansiedad o algo parecido.

Ella asintió en silencio, con un gesto cargado de angustia. Por fin parecía darse cuenta de que se le había ido la pinza… y bastante. Incluso creí percibir en su mirada un atisbo de vergüenza.

La examiné con detenimiento, recorriendo su rostro palmo a palmo para asegurarme de que estaba bien. De que no tenía ni un rasguño. Y fue entonces cuando me golpeó una sensación de agobio brutal al pensar en lo que podría haber ocurrido… pero que, por suerte, no ocurrió.

Y sin preverlo, aquel episodio desencadenó en mí una reacción en cadena.

Ante mis ojos empezaron a desfilar imágenes distorsionadas del rostro de mi hermana, de Sarah.

Vi sus ojos verdes, rasgados, mirándome como solían hacerlo.

Su sonrisa ladeada acompañada de aquel dulce hola .

El hoyuelo gracioso de su barbilla, más marcado que nunca.

Escuché su risa envolviéndolo todo, su voz acariciando mis oídos…

y recordé lo fácil que me resultaba hacerla sonrojar o enfadar con cualquier tontería.

Al evocar esos recuerdos, sin querer dejé entreabierta una puerta y por esa rendija se escaparon varios de mis fantasmas. Los mismos que llevaba casi una década intentando mantener encerrados en un rincón inhóspito de mí mismo.

Fantasmas que siempre terminaban encontrándome.

La sola posibilidad de que a Curly pudiera haberle pasado algo malo me sacudió con una violencia inesperada. Me asusté. Espantado, con la opresión aún clavada en la boca del estómago, salí del coche a trompicones y le propiné una patada a la puerta con toda la mala leche que llevaba dentro.

Me estaba ahogando. Hundido en mi propia mierda. Necesitaba aire. Salir de allí, respirar, llenar los pulmones y soltar de golpe aquella carga emocional que me estaba aplastando por dentro.

«Ella no es Sarah… ella no es Sarah.»

Me lo repetía una y otra vez en la cabeza, como si fuera un mantra capaz de salvarme. Pobre iluso. Las cosas no funcionan así. Y en el fondo lo sabía.

Entre todo aquel desconcierto, creí escuchar unos pasos acercándose por detrás. Era Curly.

—Tyler… lo siento.

Su mano se posó en mi hombro y ese simple contacto bastó para que me girara, arrancándome de golpe de mi propio abismo.

—Sé que me he comportado como una completa idiota… y no sé qué debería hacer para compensar tanta estupidez…

Me giré del todo y me planté frente a ella.

—Perdóname, por favor… —susurró.

Una lágrima gruesa comenzó a deslizarse por la comisura de su ojo. La atrapé con el pulgar antes de que descendiera por su mejilla. Luego, con calma, acaricié su rostro con el dorso de la mano.

Ella no dejó de mirarme ni un solo instante. Sus ojos habían cambiado por completo. Ahora reflejaban culpa… y algo más profundo: arrepentimiento.

Tragué saliva y tomé aire, una bocanada larga. Necesitaba tranquilizarme, aunque solo fuera en apariencia.

—Te debo un motivo —murmuré al fin, sin apartar la mirada de sus ojos azules, aquellos ojos que habían logrado hacer saltar por los aires toda mi lógica—.

He intentado por todos los medios mantenerme alejado de ti.

Pero ya no me quedan fuerzas para seguir negando lo que siento cuando estamos juntos…

cuando te miro… cuando te toco… cuando te tengo cerca.

Respiré hondo. El pulso seguía acelerado.

—Y ahora mismo estoy en un puto punto intermedio. Entre lo que debería hacer… y lo que no debería hacer. Entre lo que es correcto… y los límites que jamás tendría que cruzar.

Curly acomodó su rostro en mi mano y me dedicó una sonrisa dulce.

Una sonrisa cómplice. En ella se dibujaba un gesto de alivio que no necesitaba palabras para entenderse: a ella le estaba pasando exactamente lo mismo que a mí.

Ambos sabíamos, aunque ninguno quisiera admitirlo en voz alta, que era inútil seguir fingiendo.

Nos estábamos enamorando el uno del otro sin remedio.

Caprichosa situación.

—Me vale… tu motivo, me vale.

Su aliento cálido chocó contra mis labios y la tensión se disparó hasta un punto casi insoportable.

—Curly… no te besé porque tengo miedo. Miedo de sentirte.

Y entonces dejó de importarme todo.

No quise pensar en lo que estaba a punto de hacer ni en las consecuencias que vendrían después. Simplemente actué. Me dejé llevar.

Había fantaseado con ese momento demasiadas veces como para detenerme ahora.

Sin apenas meditarlo, mis labios cubrieron los suyos. El beso nos encontró de forma abrupta, precipitada, como si ambos estuviéramos buscando el mismo desahogo para tanta tensión contenida.

Y fue exactamente así. Como si, de golpe, se liberaran todos los sentimientos ocultos, todas las emociones prohibidas, todas las sensaciones reprimidas durante tanto tiempo por negarme a besarla… por negarme a sentirla.

Le sujeté la nuca con una mano y la atraje hacia mí.

La sorpresa inicial apenas duró un instante.

Pronto Curly respondió con la misma hambre que yo sentía, acariciando mis labios con los suyos, abriendo la boca con una urgencia deliciosa, como si hubiera pasado días enteros en ayunas.

Su lengua buscó la mía sin titubeos y el beso se volvió profundo, intenso, casi salvaje.

Había deseo. Había ansiedad. Había descontrol. ¡Todo al mismo tiempo!

Los besos se sucedían uno tras otro, cada vez más largos, más profundos, hasta que nos vimos obligados a separarnos apenas un segundo para recuperar el aire, dejando escapar algún gemido entrecortado. Era exactamente como había imaginado besarla. Pero también era mucho más.

Nunca habría pensado que un beso pudiera decir tanto. Que pudiera explicar tantas cosas sin pronunciar una sola palabra. Dicen que los besos tienen su propio lenguaje, que revelan más sobre una persona que cualquier enciclopedia.

Y aquel beso lo decía absolutamente todo.

Moraleja de la historia: al final resultó que Caperucita sí fue devorada por el lobo feroz.