New York (Skyline 2) capítulo 13 #4
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capítulo 13 #4

—Ya me lo imaginaba.

—Nunca lo he hecho.

—Siempre hay una primera vez.

—No siempre.

—Venga, Tyler —le rogué—. No me lleves la contraria por una vez.

Me observó en silencio, como si intentara descifrarme.

Aproveché ese momento para quitarle el bolso y la chaqueta de las manos, dejarlos sobre la mesa… y colgarme de su cuello.

Tal cual. Como un mono de feria.

—Pero ¿qué haces?

—Enseñarte a bailar.

—Ya te he dicho que…

—Shhhh… Tyler, relájate. Solo tres minutos. No puede ser tan terrible.

Le tomé una mano y la coloqué alrededor de mi cintura.

La otra… la puso él mismo. Aquello sí que me sorprendió.

Comenzamos a movernos lentamente. Apenas perceptible.

Más que un baile, era un abrazo. Uno de verdad.

De esos que se sienten vivos. De esos que no quieres que terminen.

Apoyé la cabeza en su pecho y cerré los ojos.

Escuché su corazón golpear contra su tórax mientras me refugiaba entre sus brazos.

Por un instante todo encajaba: nuestros cuerpos, nuestra respiración, esa electricidad silenciosa que siempre aparecía cuando estábamos cerca, como si de algún modo inexplicable nuestros cinco sentidos hablaran el mismo idioma.

Me acurruqué un poco más contra él, sintiéndome extrañamente protegida, arropada.

Saboreando esa cercanía, alimentándome de esa corriente eléctrica que nacía siempre que estaba a su lado; de esa bonita sinergia que surgía con el simple roce de nuestros cuerpos.

Y no pude evitar imaginar cómo sería llevar esa conexión a un nivel más íntimo, donde los cinco sentidos se superponen unos sobre otros.

Dicen que cuando bailas con alguien puedes intuir cómo sería estar con esa persona en la cama, despertando una extraña complicidad, un anhelo.

Y no voy a mentir: sí.

Por mi cabeza cruzó la imagen de cómo sería hacer el amor con Tyler Lewis.

Y, no sé por qué, me lo imaginé dulce y lento. Paladeándonos a cada instante, bebiéndonos cada gemido, degustando cada caricia, saboreando cada beso robado hasta transformarlo en algo perpetuo. Algo nuestro.

Me puse de puntillas y encajé la barbilla en su cuello.

Olía tan bien… demasiado bien.

Olía a tardes de verano corriendo por praderas llenas de flores, a brisa marina, a escapadas a la playa, a paseos junto al océano, al olor que queda suspendido en el aire después de la lluvia.

Y, casi sin darme cuenta, empecé a susurrar la letra de la canción junto a su oído: — You say love is a temple, love, the higher law. Love is a temple, love, the higher law. You ask me to enter, but then you make me crawl. And I can't be holding on to what you got. When all you got is hurt [6] …

Tuve la sensación de que, de repente, el alcohol empezaba a dejar de hacerme efecto.

Me sentía más lúcida que nunca y quizá con ganas de tensar un poco esas imaginarias cuerdas del destino, a ver qué pasaba…

Porque uno tiende a pensar en todas esas cosas que a veces no ocurren simplemente por no dar el primer paso, por pura cobardía.

Y en mi caso resultaba absurdo seguir fingiendo normalidad o seguir disfrazando la verdad ante lo que estaba ocurriendo entre nosotros.

—Curly…

Su voz, humeante, se deslizó cálida por la piel de mi clavícula desnuda.

—¿Qué pretendes?

—No pretendo nada —me separé un poco para mirarle a los ojos, todavía colgada de su cuello. A decir verdad, estábamos peligrosamente cerca. Y cuando digo peligrosamente me refiero a que apenas unos centímetros separaban nuestras caras—. Pero… ¿te gustaría que sí pretendiera algo?

—Sigues jugando…

—Eso siempre.

Sonreí y él negó con la cabeza.

—Ten cuidado, Curly —me advirtió muy serio—. Ten cuidado con empezar algo de lo que después puedas arrepentirte.

Nos detuvimos. Nuestros pies dejaron de moverse y él contuvo el aliento durante un instante. Yo, en cambio, lo solté despacio antes de responder.

—Tyler, puedo asegurarte que en mi vida nunca me he arrepentido de lo que he hecho… pero sí de lo que no he hecho.

Volví a sonreír, y esta vez me mordí el labio inferior. Al hacerlo, me di cuenta de que él no perdió detalle de aquel gesto cargado de insinuación.

—No tientes a la suerte…

—Nací sin ella.

Juguetona, empecé a enredar un mechón de pelo de su nuca entre mis dedos. Él respondió clavando las yemas en mi cintura, atrayéndome un poco más hacia su cuerpo.

—Curly…

—Tyler…

Descendió la mirada desde mis ojos hasta mi boca, despacio. Luego volvió a mirarme de esa forma tan inquietante, de esas miradas que dicen demasiadas cosas sin necesidad de pronunciar una sola palabra.

Inspiró y después exhaló lentamente.

—¿Nunca has oído aquello de que debes huir cuando veas asomar las orejas al lobo?

—¡Auuuuu! —imité el aullido de un cánido—. Estoy muerta de miedo.

—Deberías…

Acerqué mi boca a la suya de forma provocativa, fingiendo que iba a morderle. Pero al final no lo hice. Solo quería tentarlo.

—¿Acaso piensa comerme, señor Lobo?

Sonrió de forma canalla. Señal inequívoca de que, pese a esforzarse por mantener la compostura y esa rigidez suya casi de estatua de cera, estaba disfrutando como un enano de nuestro particular tira y afloja.

Y yo también.

Aunque, siendo sincera, aquel jueguecito empezaba a ponerme muy nerviosa. Nerviosamente excitada, añadiría.

—No.

Volví a acercar mi boca a la suya, esta vez lentamente. Cuando estaba a punto de rozar mis labios con los suyos, me detuve en el último instante y le susurré con los míos entreabiertos: —¿Y por qué no? —le recriminé sin dureza, pero con una insinuación más que evidente.

Dios. Estaba deseando que su respuesta fuera un silencio. Un silencio que acallara mi pregunta. Un silencio denso que cubriera mis palabras con su boca. Un silencio que devorara, por fin, ese anhelo mío de sentir sus labios sobre los míos.

Allí mismo. En ese instante.

Deseaba tanto que lo hiciera…

—Creo que uno de los dos debería mantener los pies en el suelo.

—¿Lo dices por las alas que llevas tatuadas en la espalda? —le provoqué adrede, buscando cualquier reacción por su parte. Cualquiera… menos esa quietud fría e inalterable—. Volar… ¿qué hay de malo en volar? Extender las alas… liberarse… soñar…

Mi pulgar se deslizó por el cuello de su camisa, siguiendo con la uña el casi imperceptible relieve de una de las puntas de aquellas alas de ángel.

Y entonces todo cambió.

Su piel se erizó bajo mi contacto. Un leve gemido se escapó de entre sus dientes. Y sus dedos se deslizaron por mi camiseta hasta perderse en la parte baja de mi espalda.

—Hace tiempo que dejé de hacerlo.

—Pues… si por ti mismo no piensas volver a extender las alas, quizá ha llegado la hora de que alguien te devuelva las ganas de hacerlo.

—¿Y ese alguien vas a ser tú?

—¿Y por qué no?

Tyler guardó silencio.

Luego dijo, con la voz más grave que le había oído hasta ese momento:

—Quiero besarte.

Su voz, ronca y profunda, y la forma en que lo dijo me erizaron la piel de todo el cuerpo, sin dejar un solo milímetro intacto.

—Hazlo.

—No voy a hacerlo… aunque me muera de ganas.

Tyler soltó el abrazo que me rodeaba y llevó ambas manos a mi rostro. Me sostuvo entre ellas durante un instante, mirándome con una intensidad tan abrasadora que casi dolía.

Luego se inclinó y me plantó un beso en la frente.

—Vámonos.

Hizo un gesto con la cabeza y abrió paso hacia la salida.

Yo me quedé allí, plantada en el sitio, completamente atónita, desubicada… y con un calentón de tres pares de narices.