capítulo 13 #3
Me acerqué a la mesa, pero él no se apartó. Permanecía allí, obstinado, mirándome más de lo necesario, repasando mi rostro con calma.
—¿Qué? —pregunté, encogiéndome de hombros.
Deslizó la mirada desde mis ojos hasta mi boca y después se inclinó hacia mi oído muy despacio.
Cogí aire. Su aliento cálido rozó mi lóbulo izquierdo.
Retuve la respiración. Abrió los labios y exhaló un: «tramposilla» lento, grave, cargado de intención.
La vibración de su voz me recorrió como una descarga eléctrica que descendió por mi espalda, mis brazos, mi pecho…
hasta disolverse en el centro de mi vientre como cacao en leche caliente.
Me sorprendí a mí misma reconociendo lo que estaba sintiendo: una atracción sexual intensa, creciente e incontrolable. O, dicho de otro modo: un puto problema.
—Te toca.
Se apartó como si no hubiera ocurrido nada y fue a buscar su cerveza a una de las mesitas junto a la pared.
—Sí —asentí, sonriendo con disimulo.
Principalmente para que no notara lo evidente: cada vez me sentía más atraída por él. Algo que me desconcertaba de mala manera porque, por un lado, me gustaba sentirme así… pero por otro desmontaba todos los esquemas que tenía sobre el tipo de hombre que solía interesarme.
Me coloqué en posición para golpear la bola cuando Tyler retomó la conversación.
—Visto de negro por mera practicidad. No hay ningún trasfondo oculto ni nada parecido, si es eso lo que te inquieta.
No sé por qué, pero su explicación no terminaba de convencerme. Aun así, por el momento debía bastar.
—Una respuesta a cambio de una pregunta.
Alcé una ceja.
—¿Quieres jugar?
—Es lo justo, ¿no?
—Tal vez.
—Dar y recibir.
—Me parece bien.
Enfoqué el tiro hacia la bola cinco.
—¿Por qué te empeñas en aparentar ser una cría cuando no lo eres?
Alcé la vista.
Tyler me observaba serio. Muy serio.
Una incómoda tensión se instaló entre nosotros.
—Qué curioso… —respondí con sarcasmo—. Te has esforzado durante años en convencerme de que soy una cría. Y si me apuras, una cría malcriada.
No contestó. Se limitó a mirarme en silencio mientras meditaba sus palabras. Metió una mano en el bolsillo y carraspeó.
—No eres una cría —confesó al fin.
Abrí los ojos de par en par.
Durante unos segundos me entraron unas ganas tremendas de estrangularlo. Tanto tiempo haciéndome creer algo que en realidad no pensaba. ¿Para qué? ¿Con qué propósito? Me sentí estúpidamente expuesta.
—Eres un gilipollas —le lancé una mirada ofendida.
—Sí, lo sé —admitió con tranquilidad—. Me lo dicen a menudo.
—A ver… explícate.
—Primero haz el tiro —señaló con la cabeza hacia la mesa.
—Qué mandón…
—Entre otras cosas.
Me sonrió. Pero no como antes. Aquella sonrisa era distinta. Más cálida. Más relajada.
—¿Por qué no sonríes nunca? —pregunté mientras golpeaba la bola blanca y colaba la cinco en la tronera central.
—Porque uno no sonríe sin motivo. Si lo hiciera, me tomarían por loco.
—Pues que sepas que sonríes bonito. Deberías hacerlo más a menudo.
Y era verdad. Su sonrisa era una parte importante de su atractivo, aunque él pareciera empeñado en esconderla.
—Sí, no me mires así —añadí inclinándome para otro tiro—. Hay gente a la que le conviene no sonreír… pero tú deberías hacerlo más. Te ilumina la cara y realza tu… sex appeal .
Alcé las cejas con gesto juguetón, a lo Groucho Marx.
La bola tres chocó contra la banda y regresó al centro de la mesa.
—¿Estás intentando decir que te parezco atractivo?
Se señaló el rostro mientras arrugaba la nariz con gesto exagerado.
—Salvando algunos detalles, como la ropa y tu perpetua seriedad. Sí, eres un hombre bastante guapo.
Me dedicó una sonrisa condescendiente.
—Por lo que veo, no estás acostumbrado a que te regalen los oídos.
—Lo que veo es que estás tramando algo.
—¿Y por qué dices eso? —pregunté con curiosidad.
Caminó hacia la mesa con zancadas largas y yo me aparté para cederle el sitio. Al pasar junto a él percibí su fragancia, dispersa en el aire en pequeñas briznas.
Olía intenso.
A carácter.
A hombre.
A alguien que sabía lo que hacía y lo que quería. Pero también a alguien que deseaba vivir sin máscaras ni etiquetas.
—Curly, tu cabecita loca siempre está tramando algo.
—De eso puedes estar seguro.
Golpeó la bola blanca con precisión y ejecutó un perfecto jump shot que superó mi bola número dos e introdujo la nueve y la trece en dos troneras opuestas.
—¡Caramba! Ya solo te queda meter la negra para ganar la partida.
Tyler buscó mi mirada justo cuando los primeros acordes de Jump de Van Halen comenzaron a sonar en el bar. Amorré la cerveza a mis labios, pero él caminó hacia mí, se plantó delante y me robó la botella de la mano antes siquiera de que pudiera dar el sorbo.
—Ya te dije que no me gusta perder.
Bebió sin apartar los ojos de los míos. Después de casi dos cervezas empezaba a estar un poco achispada. Él, en cambio, estaba fresco como una rosa.
«Mucha vida hecha», pensé.
—Ya somos dos —sonreí, fijándome en que su botella seguía medio llena sobre la mesa—. ¿Prefieres beber de la mía cuando todavía te queda de la tuya?
—Creo que ya has bebido demasiado —respondió con tono firme, casi frío—. Y ya sabemos que el alcohol y tú no hacéis muy buenas migas.
—Ahhh… es por eso.
—Básicamente.
Sonrió. Una de esas sonrisas suyas, involuntaria, peligrosamente sexy. Apuró el último trago.
—Vaya… ya ha salido a la palestra tu lado paternalista. Lo echaba de menos. Aunque debo decir que me gustaba más tu versión colega.
Me devolvió la botella vacía.
—Terminamos la partida y te llevo a casa. Se te acaba el tiempo y todavía no me has explicado por qué estamos aquí.
—No seas impaciente.
—Tengo prisa, ya te lo dije.
Hice una mueca de perrito abandonado.
—¿Te asusta mi lado más desinhibido? ¿Ese que aparece cuando llevo unas copas de más?
—No me asusta nada, Curly —sonrió de medio lado—. Lo que no soporto es a la gente que bebe y pierde el control sobre sí misma.
Solté una carcajada.
—No tienes ni puta idea —repliqué, sacando a relucir mi repertorio de improperios—. No a todos nos afecta igual.
—Puede que no. Pero créeme: el alcohol mal llevado puede ser devastador.
Su expresión cambió al instante. El gesto se endureció. Su mirada se volvió opaca, cerrada, como si de pronto se hubiera apagado una luz dentro de él. Aquello me descolocó.
—¿Qué pasó en el pasado, Tyler?
Lo vi tragar saliva lentamente. Luego, sin responder, se apartó de mí y tomó el taco. Se inclinó sobre la mesa para preparar el último tiro. El encuadre perfecto. Limpio. Certero.
Entonces se giró hacia mí, mirándome por encima del hombro.
—¿Quieres hacer los honores?
—Es tu partida.
Se irguió.
—No me importa. Los triunfos compartidos valen por dos.
Me hizo un gesto con la cabeza.
—Ven.
Me quedé quieta.
—Vamos, Curly.
Obedecí.
Me acerqué y me coloqué a su lado.
Otra vez ese olor suyo: piel, tabaco, colonia… algo intenso, masculino, envolvente. Era casi una droga. Algo que, cuando lo tienes cerca, te embriaga. Y cuando se aleja… lo echas de menos.
—Coge el taco.
Tyler me lo ofreció. Pero en lugar de tomarlo simplemente, hice algo que ni siquiera había planeado.
Surgió solo. Natural. Me acerqué más de lo necesario, acortando las distancias.
Apoyé una mano en su hombro derecho y me incliné sobre él, pegando mi cuerpo al suyo.
Mi pecho contra su espalda. Encajábamos sorprendentemente bien.
—Prefiero coger el taco contigo.
Mis manos se deslizaron sobre las suyas. Sus dedos eran enormes comparados con los míos. Fuertes. Cálidos. Excepto por la tirita que cubría sus nudillos heridos.
Y, de pronto, pensé que aquellas eran las manos que uno querría entrelazar al caminar por la calle. Manos firmes. Manos que no sueltan. Manos capaces de perderse con arrogancia entre el encaje de tu ropa interior… y hacerte olvidar hasta tu propio nombre.
—Curly… ¿qué te propones?
—Jugar.
Ladeó la cabeza y se encontró de frente con mi sonrisa descarada.
—Te lo advierto: no juegues con fuego o acabarás quemándote.
Sus ojos descendieron hasta mis labios… y se quedaron allí. Mucho tiempo.
—No tengo miedo a los villanos —respondí con ironía—… porque suelo ser la mala de la película.
Mis dedos juguetearon con los suyos sobre el taco. Su mirada se oscureció. Su respiración se volvió más profunda. Y, por alguna razón, no se apartó. No protestó. Se quedó allí. Pegado a mí. Como si ambos habláramos el mismo idioma sin decir una sola palabra.
—Ya somos dos.
Tyler descendió ligeramente el cuerpo para ejecutar el tiro, arrastrándome con él.
Respiró hondo un par de veces. Clavó los ojos en la bola blanca.
Y golpeó. Suave. Preciso. La negra entró limpia en la tronera.
Partida terminada. Dejó el taco sobre la mesa y se apartó de mí para dirigirse hacia su botella y dar un último trago antes de marcharnos.
Me quedé mirándolo en silencio. Pensativa. Había interpretado mal las señales. Aquella tensión que yo creía mutua…
Aquella atracción que parecía evidente…
Tal vez solo existía en mi cabeza. Un abismo se abrió entre nosotros.
Como si estuviéramos en dimensiones distintas.
Inspiré hondo. La decepción me supo amarga.
Tyler no perdió el tiempo y se puso la cazadora, recogió mi bolso y mi chaqueta y dejó diez dólares sobre la mesa justo cuando alguien echaba una moneda en la rocola.
One , de U2, comenzó a sonar.
Desde donde estaba pude ver su perfil. Tenía el ceño fruncido. Algo no iba bien. Se acercó y me entregó mis cosas.
—Te llevo a casa.
Nos miramos.
—De acuerdo… pero antes…
Titubeé. Ni siquiera sabía lo que iba a hacer.
—Todavía me debes unos minutos.
—¿Cómo?
—Me prometiste una hora.
—Cierto, pelirroja.
—Y faltan tres minutos para que se cumpla.
Alzó una ceja.
—¿Qué propones?
Miró su reloj.
—Un quiqui rápido en el baño.
Abrió los ojos como platos. Su cara fue un poema. Casi me muero de risa.
—Que no, hombre, que es broma —me burlé—. Bailar.
—Yo no bailo.