capítulo 13 #2
—Nada, Tyler… nada.
Y sin darle opción a responder, entré en el local.
Enseguida la música nos envolvió al instante.
Rock potente mezclado con blues clásico.
Me encantaba aquel sitio: la decoración, los taburetes fijos de la barra, las vitrinas llenas de recuerdos y autógrafos, las matrículas de motos antiguas colgando del techo, las camareras con jarras de cerveza siempre listas para rellenarte el vaso.
Todo respiraba rock and roll. El rojo, el negro y el blanco dominaban el espacio.
El suelo de tablero de ajedrez y la decoración hecha de llantas, manillares y tubos de escape le daban un aire auténtico.
—Siéntate aquí —le propuse, dejando el bolso y la chaqueta sobre un sofá de piel roja al fondo del local, en la zona más discreta.
Tyler se quitó la cazadora, la dobló y se acomodó con un tobillo sobre la rodilla.
—Tú dirás.
—Tranquilo, fiera, acabamos de llegar.
Me senté a su lado dejando apenas espacio entre nosotros. Lo justo para que circulara el aire. Tenía ganas de jugar un poco con él. Quizá ponerlo contra las cuerdas. Ver hasta dónde llegaban sus límites.
—Habrá tiempo para todo.
Miró el reloj.
—En realidad te quedan menos de cuarenta minutos.
—¿Te apetece una cerveza? —pregunté como si no lo hubiera oído.
—Claro. ¿Por qué no?
Sonreí y levanté la mano para llamar a la camarera. Mientras pedía dos cervezas bien frías, Tyler sacó un cigarrillo, dejó la cajetilla sobre la mesa de cristal, dio una calada profunda y expulsó el humo lentamente.
—¿Te gusta el sitio?
—Es acogedor.
—¿A que sí? —asentí—. Me gusta todo de aquí. La música… y ese rollo motero.
—Nunca lo hubiera imaginado.
—¿Por qué?
Tyler no respondió. Se limitó a dar otra calada, más larga que la anterior. Casi se fumó medio cigarro.
—Creo que ha llegado la hora de darte un consejo —dije.
—Soy todo oídos.
—Aclárame algo. ¿Nunca has oído eso de que las apariencias engañan?
Sin pedir permiso le quité el cigarrillo de los dedos. Le di una calada, tragué el humo y lo solté lentamente.
—No te juzgo —aseguró.
—Lo haces. Lo hacen todos.
Sonreí con descaro y le devolví el cigarrillo. Apoyé el codo en la mesa y la barbilla sobre la palma.
Lo miré fijamente.
—¿Quieres otro consejo?
—Dispara.
Respiré hondo.
—Empieza a aprender a observar… pero no con los ojos. Con el alma.
Puse mi palma sobre su pecho.
—Porque a veces lo que ves no es lo que crees ver. Y puede que te sorprenda lo que encuentres bajo la piel de la otra persona.
Tyler se quedó en silencio. No apartó la mirada, aunque era evidente que algo lo había tocado.
Incluso creí ver un pequeño destello de vergüenza en sus ojos, como si hubiera dado de lleno en la diana.
Y ojalá fuera así. Porque, en el fondo, quería creer que Tyler Lewis no era como los demás y que no estaba cortado por el mismo patrón de mierda.
Le devolví el cigarrillo después de darle otra calada.
—Creo que es lo más coherente que te he oído decir en diez años —reveló finalmente.
Nos sostuvimos la mirada durante un largo momento. Con la luz del neón sobre nuestras cabezas, el verde de sus ojos parecía aún más intenso. Más brillante. Más penetrante. Incluso a mí, que nunca me cortaba un pelo, me costó mantener aquella mirada demasiado tiempo.
Dicen que los ojos verdes son los más sexys. Y quien lo dijo… no se equivocaba.
—Aquí os dejo un par de cervecitas bien frías, parejita.
La vivaracha camarera dejó las botellas sobre la mesa.
Vestía a lo pin-up : mirada rasgada gracias al delineador que se prolongaba más allá de los párpados, labios rojo intenso, piel delicada, hombros descubiertos y un escote de corazón.
Llevaba un pantalón entubado de talle alto que realzaba el busto y afinaba la cintura.
Una monada.
—Gracias —dijimos al unísono.
Cuando volvimos a quedarnos a solas no pude evitar mencionar el comentario de la chica.
—¿La has oído?
Tyler asintió.
—Debe de estar cegata la pobre —me reí, dándole un codazo—. ¿Pareja? ¿Tú y yo? Madre mía… ¿te imaginas? Ni en mis peores pesadillas a lo Freddy Krueger.
Fingió un mohín y se llevó la botella a los labios para dar un trago sin decir nada. Yo lo imité al instante. Bebí mirando al frente, a la gente, a cualquier parte… menos a sus ojos.
¿A qué había venido aquello?
—No… en serio, Tyler. Ni por un momento habrás pensado en la posibilidad de… ya sabes… ¿algo entre tú y yo? —nos señalé a ambos con exageración.
—No, claro que no.
Arqueó las cejas y se le achinaron los ojos, dibujándose unas arruguitas bastante atractivas.
—¡Ahhh… menos mal! —me llevé la mano al pecho con teatralidad, como si estuviera a punto de desmayarme—. Aunque, si te soy sincera, alguna vez he pensado que podríamos pasarlo de puta madre en la cama…
—Curly, eso nunca funcionaría.
Sus ojos verdes se clavaron en los míos.
—Sí, si ya lo sé… por eso mismo lo digo. Sería como nadar contra corriente o conducir directo hacia un tornado. Muerte segura.
Lo miré de soslayo. Algo le había molestado, aunque no supe exactamente qué. ¿El comentario de la camarera? ¿La posibilidad de que acabáramos en un motel de carretera? ¿O la idea de una relación entre nosotros?
Ni idea.
—Una pregunta… —dije, fijándome en la mesa de billar junto a los baños—. ¿Tienes una moneda?
Se inclinó hacia delante, sacó la cartera del bolsillo trasero y rebuscó dentro. No me dio una, sino tres.
—Gracias.
Las tomé de su palma y me levanté del sofá.
—¿Te hace una partida?
Se lo solté a bocajarro mientras le arrebataba la botella de la mano antes de que pudiera terminarla.
—¿Al billar?
Se echó a reír y se rascó la nuca.
—Hace siglos que no juego.
—¿Siglos? Vaya… —sonreí divertida—. Vamos, Drácula. Ya es hora de salir del ataúd y abandonar ese castillo de tinieblas en el que parece que vives.
—Qué intensidad, pelirroja… —lo oí murmurar.
—Venga, levanta ese culo prieto que tienes y acompáñame a hacer unas carambolas. Cualquiera diría que te estoy pidiendo matrimonio o algo peor.
Sonreí para mí misma.
Tyler negó despacio con la cabeza, se pasó la mano por el pelo y se levantó. Era alto, rondando el metro noventa. Me siguió sin decir nada, aunque noté su mirada clavada en mi espalda.
Joder.
Sentía sus ojos pegados a mi nuca.
A veces era incluso perturbador. Ese silencio suyo… esa manera de observar, de analizar, como si mantuviera conversaciones consigo mismo en algún rincón de su cabeza.
Introduje una moneda en la ranura de la mesa de billar. Al pulsar el botón, las quince bolas numeradas, más la blanca, comenzaron a caer.
Mientras Tyler escogía un par de tacos, coloqué las bolas dentro del triángulo, dejando el número ocho en el centro.
—¿Quieres romper?
Tyler apoyó la mano sobre la mesa, deslizó el taco entre los dedos y, tras observar la disposición de las bolas unos segundos, lanzó un golpe seco. Preciso. La bola blanca impactó y cuatro rayadas desaparecieron de una tacada.
—¡La madre que me parió! —aplaudí—. Menos mal que hace siglos que no juegas… porque si no, me veo perdiendo por goleada.
—Ha sido suerte.
—Si tú lo dices.
Me guiñó un ojo mientras encalaba el taco.
¡Un momento! ¡Espera! ¿En serio había hecho eso? ¿Había sido un guiño… en plan colega de toda la vida? Bah. Seguro que no. Probablemente coincidencias del cosmos: dos estrellas chocando justo cuando le miraba… o tal vez se le había metido una mota de polvo en el ojo. O un tic nervioso. Qué sé yo.
Aun así, sonreí.
Porque juraría que su fría coraza, esa armadura que lo rodeaba de pies a cabeza, empezaba a resquebrajarse un poco. Como si su primera capa de piel se estuviera volviendo más flexible… como cuando mezclas agua con arcilla seca para volverla moldeable. No sé si me explico.
Caminé hasta una de las esquinas de la mesa y apoyé la cadera sobre ella. Luego me llevé la botella a los labios y me la terminé de un trago mientras lo observaba estudiar la jugada.
Tyler volvió a adoptar su gesto serio. Frunció el ceño, afinó la mirada y calculó el siguiente tiro con atención.
Estaba claro que no pensaba dejarme ganar.
Ni por ser mujer. Ni por ser la hija de su jefe.
Y aquello me gustaba. Ser fiel a uno mismo, seguir los propios instintos, no maquillarse para agradar a los demás…
eran cualidades que siempre había admirado.
Ser auténtico. Ser perfectamente imperfecto. Y Tyler Lewis tenía eso. Esa esencia.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
Él alzó ligeramente la vista en busca de mis ojos y me lanzó una mirada entre confundida y divertida. Inclinado sobre la mesa, a punto de ejecutar el tiro, alineaba la punta del taco mientras visualizaba el punto de contacto entre la bola blanca y su objetivo: la catorce verde.
—¿Ahora, Curly? Qué inoportuna… —se quejó entre dientes—. ¿No será una táctica para desconcentrarme?
En ese momento pasó una camarera junto a mí y aproveché para pedirle dos cervezas más y que se llevara las botellas vacías.
—Reconozco que soy de mal perder, pero no. No es ninguna artimaña para que falles. Aunque, si lo prefieres, te hago la pregunta después de que me des una paliza.
—No te preocupes, ya me has interrumpido.
Sonrió de medio lado y volvió a concentrarse en la bola blanca.
Llegados a este punto de la historia, debo confesar, y confieso, que aquella pose de absoluta concentración, con Dancing in the Dark de Bruce Springsteen sonando de fondo y parte de sus incisivos mordisqueando el labio inferior, resultaba terriblemente sexy.
Me gustaba mirarlo. Me estaba acostumbrando a hacerlo.
A sentirlo cerca. A sentirme cómoda con él. Demasiado cómoda.
—¿Por qué siempre vistes de negro?
Se le escapó una carcajada sonora. Al hacerlo, lanzó el golpe en dirección contraria a la prevista y la bola blanca salió disparada sin rozar siquiera otra.
—Santos cojones…
Me reí sin ningún disimulo y di un par de saltitos de celebración.
—¡Me toca!