New York (Skyline 2) capítulo 13
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capítulo 13

CURLY EVANS

La chica que volvió a desordenarlo todo

Objetivamente tenía que hacer algo o acabaría volviéndome loca. No podía quedarme de brazos cruzados, sin mediar, sin hacer nada al respecto.

Quería, o más bien debía, hacer algo por Tyler Lewis. Al fin y al cabo, lo había apostado todo a una sola carta, a una sola jugada, a un solo caballo, dando la cara por mí incluso a riesgo de poner en peligro su integridad física.

Desde lo sucedido la noche anterior no había dejado de darle vueltas a la cabeza.

No podía dejar de pensar en él. Ni en su puño ensangrentado tras golpear el muro de aquel lúgubre callejón.

Ni en la mirada que me dedicó después… esa en la que creí ver cómo se desmoronaba parte de la confianza que había depositado en mí.

Así que, entre comillas, me sentía en deuda.

Y lo cierto es que, después de pensarlo mucho y consultarlo con la almohada, de entre todas las opciones que se me ocurrieron solo una me pareció razonable.

Regalarle un perfume de última tendencia o una corbata cara de seda me parecía demasiado típico.

Demasiado impersonal. Nada que se acercara siquiera a algo verdaderamente mío. Algo que realmente pudiera compensarle.

A eso de las siete de la tarde, hora en la que Tyler solía despojarse del horripilante disfraz de enterrador, todo hay que decirlo: el uniforme negro de chófer de los Evans era de lo menos favorecedor, y marcharse a su casa en su BMW, me permití el lujo de esperarlo.

Estaba recostada sobre la puerta del copiloto de su coche, mascando chicle alegremente mientras tarareaba el estribillo de Call Me , de Blondie.

Entre otras cosas, para asegurarme de que no se largara sin mí.

Porque si mi idea no le resultaba lo bastante atractiva o intentaba resistirse, tenía preparado un plan B: unas esposas recubiertas de peluche rosa que llevaba en el bolso.

Y no, no era lo que estás pensando.

No me iban los rollos sado ni nada parecido. Aquellas esposas tenían una historia mucho menos interesante: las compré para gastarle una broma a una prima durante su despedida de soltera en Haines, Florida.

No comments.

Tyler Lewis no tardó en aparecer con su habitual porte serio y vestido de riguroso negro, para no variar.

Elegante, sí. Soso, también. Aunque, en el fondo, debía reconocerle una ventaja: seguro que cada mañana no tenía que romperse demasiado la cabeza eligiendo qué ponerse.

Todas sus prendas eran prácticamente idénticas a las anteriores: sobrias, deprimentes y muy, muy negras.

Aun así, tenía que admitir algo: el negro le sentaba muy bien. Realzaba esos ojos verdes capaces de absorberte el alma como quien se bebe un refresco con pajita. Además, acentuaba sus rasgos duros y las pequeñas arrugas de expresión en la frente y el ceño que le daban cierto aire de madurez.

Y aunque me jodiera admitirlo… hasta ese momento era el único hombre capaz de removerme las entrañas con su sola presencia.

El único que conseguía alterarme el ritmo cardíaco cuando estábamos cerca.

El único que me hacía fantasear con cómo sería probar su boca.

Esa boca que, por cierto, solía dedicarme todo tipo de improperios.

Sí.

Una contradicción en toda regla. Nuestra relación era un claro ejemplo de amor-odio. ¿Y por qué me sentía así? ¿Por qué me atraía sexualmente alguien a quien odiaba con todo mi ser? Ni idea. Hay preguntas que nacen sin respuesta.

Maldito Tyler. Maldito seas por hacerme sentir extraña dentro de mi propio cuerpo.

—¿Qué haces aquí, Curly?

Me miró un segundo y pasó de largo para rodear el coche hacia la puerta del conductor. Antes de abrirla se volvió hacia mí.

—Está a punto de oscurecer.

Miró al cielo.

Yo lo imité.

—¿Y?

—Cuando cae la noche, las niñas pequeñas deben irse a la cama a soñar con los angelitos.

Vaya recibimiento. Aquello fue una puñalada bastante rastrera.

—A ti te voy a contar lo que acostumbro hacer en la cama —respondí con una sonrisa descaradamente pícara.

Tyler alzó una ceja, sonrió de medio lado y negó con la cabeza antes de meterse en el coche ignorando deliberadamente mi comentario. No tardé en imitarlo. Entré por el lado del copiloto y tomé asiento.

Cruzamos la mirada.

—De eso nada, pelirroja. Otra vez no.

—¿Otra vez qué?

—¿Te estás burlando de mí?

Se frotó la cara, exasperado.

—No me estoy riendo de ti.

—Entonces déjate de rodeos y dime qué demonios haces otra vez en mi coche.

—Hablar —respondí seria.

—No hay nada que hablar.

—Ay, Tyler… yo creo que sí.

—Curly… —miró el reloj del salpicadero—. No quiero parecer borde, pero he quedado y tengo algo de prisa.

Chasqueé la lengua. Deslicé la mano dentro del bolso y rocé el peluche de las esposas.

—Además —añadió—, por si no te habías dado cuenta, no dirijo una guardería.

—Joder —balbuceé, algo ofendida—. Eso ha sido un golpe bajo.

—No me dejas elección.

Vaya. Al final iba a resultar cierto aquello que llevaba pensando desde hacía años: Tyler Lewis era imposible. Intratable. Incívico…

—¿Has acabado?

—Buf… eres…

—¿Rancio? ¿Desagradable? ¿Grosero?

Se encogió de hombros.

Pestañeé confusa.

Definitivamente, no me estaba tomando en serio. De hecho, creo que nunca lo había hecho.

—¿Sabes qué?

—No, no lo sé, Curly.

Suspiré.

—Mi intención era darnos una tregua… quizá fumar la pipa de la paz.

En lugar de protestar, se le escapó una sonrisa. Una sonrisa deliciosa.

—Por tu sonrisa deduzco que no te parece tan mala idea —dije.

Y fue curioso: lo pillé mirándome la boca. Demasiado tiempo. Y cuando hacía eso… cuando me miraba los labios de esa manera tan hambrienta… me entraban ganas de lanzarme sobre él y morderle.

Porque Tyler Lewis tenía una boca peligrosamente apetecible.

Pero no debía.

Debíamos contenernos.

Nos separaban demasiadas cosas: la edad, la experiencia, la moral… y probablemente la cordura.

Se quedó pensativo unos segundos.

—Está bien. Te doy una hora.

—Me vale.

Encendió el motor.

—¿Has pedido permiso a tus padres para salir?

—Claro. Les prometí que llevaría pañales de repuesto por si me hago caquita.

Se echó a reír con ganas y giró el volante. Unos segundos después, cuando ya habíamos salido a la carretera y nos acercábamos a una glorieta, me preguntó: —¿Norte o sur?

—Oeste.

Me miró con sorpresa. Y conste que no lo dije para tocarle las narices ni para fastidiarlo. Simplemente porque aquello que había medio planeado en mi cabeza quedaba justo en esa dirección.

Unos doce minutos más tarde le pedí que girara a la derecha y se adentrara por un camino pecuario que parecía destinado únicamente al paso del ganado. Era más estrecho de lo habitual y el terreno pedregoso dificultaba bastante la conducción.

Tyler redujo la velocidad y buscó la trazada perfecta para esquivar las piedras más grandes y evitar que los bajos del coche sufrieran. Se notaba que dominaba el volante con soltura, y aquello despertó mi curiosidad.

—¿Dónde aprendiste a conducir?

Me miró de soslayo, sin perder la concentración en el camino. Aun así, no me pasó desapercibido que se removiera ligeramente en el asiento, como si mi pregunta lo hubiera incomodado.

Pestañeé, confundida.

—Siempre he sido autodidacta en todo lo que me he propuesto —respondió con seguridad, aunque su media sonrisa resultó algo fría.

—Y habilidoso, por lo que he podido comprobar.

—Sí, es posible.

La conversación sobre sus habilidades murió allí mismo, en ese sendero de piedras, polvo y vegetación salvaje que serpenteaba por el valle en forma de cuenco donde confluyen el río Susquehanna y el Chenango, en la encrucijada de las carreteras 81 y 88 del estado de Nueva York.

Por lo poco que conocía de Tyler Lewis, me atrevería a decir que no era muy dado a abrirse en canal ante los demás.

O al menos no conmigo. Me costaba horrores sacarle información sobre su vida privada o sobre cualquier episodio de su pasado.

Ni siquiera fui capaz de arrancarle, ni con tenazas, el nombre de alguien que hubiera sido importante en su vida.

Nada.

Era como un libro cerrado. Impenetrable. Sepulcral. Demasiado celoso de su intimidad. Y no es que me pareciera mal, ni mucho menos. Pero rascar ese blindaje que se había impuesto frente al mundo, y frente a mí, era misión imposible.

—Es aquí —murmuré asomándome por la ventanilla.

El aire me acarició el rostro y alborotó algunos mechones rojizos.

Tyler detuvo el BMW en una pequeña explanada.

No le costó encontrar sitio. El lugar estaba bastante apartado de la carretera y el acceso era complicado, así que no era muy frecuentado.

Quizá por eso me gustaba. Desde hacía un tiempo se había convertido en una especie de refugio personal.

Como si al llegar allí entrara en una realidad paralela.

Una que era solo mía.

—Vaya, Curly… estoy impresionado.

—A que no te lo esperabas.

—La verdad es que no.

—Me alegra saberlo.

Nos bajamos del BMW y, antes de entrar, Tyler se detuvo a observar la fachada del local. Era imposible que pasara desapercibida: la puerta de entrada imitaba la rueda de una motocicleta.

—Mrs. Kindman’s Coffee —leyó en voz alta, mirando el letrero de neón sobre la entrada del establecimiento ambientado en la Ruta 66.

—¿Entramos?

—Las damas primero… o más bien las niñas primero.

Tyler abrió la puerta acristalada y la sostuvo para que pasara. Su sonrisa era descarada. Yo respondí mascando el chicle con más energía y soplando una pompa que explotó segundos después, como si siguiera jugando a cosas de críos.

—No sé si darte las gracias por tu repentino ataque de caballerosidad o pegarte una patada en la entrepierna por semejante comentario fuera de lugar.

—Eso lo decides tú.

Suspiré hondo mientras lo miraba sin apartar los ojos de los suyos.

—¿Sabes una cosa, Tyler?

—No, no lo sé, Curly.

Me quité la chaqueta e hinché el pecho con frustración. Estaba harta de que todo el mundo, incluido él, me prejuzgara sin molestarse en mirar más allá de mi fachada, del dinero de mis padres o de mi edad.