capítulo 12
TYLER LEWIS
El chico equivocado
La acompañé en mi BMW hasta la misma entrada de la mansión.
Accediendo por el jardín, hacia la parte trasera de la edificación, le resultaría fácil colarse por la puerta del servicio.
Así evitaría levantar sospechas y que sus padres la pillaran con las manos en la masa regresando de una fiesta que, evidentemente, no había sido autorizada.
Se despidió de mí casi en un susurro, con la cabeza gacha y la boca pequeña, como si se sintiera culpable por todo lo ocurrido aquella noche.
Y lo cierto es que, sí, parte de la culpa era suya.
Sobre todo, la parte en la que volvió a mentirme para salirse con la suya, mermando la confianza que yo había depositado en ella.
Pero tampoco toda la culpa era suya.
También la tenía el capullo que decidió entrar en la ecuación.
El cretino que se atrevió a insultarla delante de mí, tratándola como si fuera basura.
Faltándole al respeto a ella y, de paso, a todas las mujeres.
No me supo mal partirle la cara, porque en el fondo se lo merecía.
Y si pretendía seguir paseándose por la vida con esa actitud de fantoche machista, más le valía acostumbrarse a encontrarse con más puños estampados en su cara.
Pero no nos olvidemos que también fue culpa mía. Por ceder. Por acceder a sus caprichos con tal de contentarla, aun sabiendo que estaba cometiendo un error. Porque, como dice el dicho: la causa de la causa es la causa del mal causado . Y yo, por experiencia, debería haberlo visto venir.
Además, después de haberme negado hasta la extenuación… casi caí. Casi me doblegué a sus encantos. Casi la besé. Maldita sea. Porque al final me di cuenta de algo que no me gustó ni un pelo: me estaba pillando por esa chica como un imbécil. Y lo estaba jodiendo todo.
No tenía intención de parar en Abel’s Pub. De hecho, intenté resistirme a la idea, pero me faltó voluntad.
Mientras conducía hacia mi apartamento en Brome recordé que aún no había hecho la compra semanal y que, para colmo, la última cerveza que quedaba en la nevera me la había bebido la noche anterior viendo en la tele un partido de los Yankees contra los Toronto Blue Jays. Así que terminé girando el volante.
Pronto estacioné el BMW en batería, justo en la plaza que Martin solía reservar para los colegas. O sea, para mí. Me quité el pañuelo ensangrentado que llevaba enrollado en la mano, lo hice una bola y lo guardé en la guantera. Luego saqué otro limpio y me lo até alrededor de los nudillos.
Al cerrar la puerta del coche me fijé en el vehículo que ocupaba la plaza contigua. Un Jaguar E-Type de 1975 (conocido en Estados Unidos como Jaguar XK-E).
Me llamó poderosamente la atención, no era habitual ver deportivos ingleses por esos lugares donde Cristo perdió la sandalia… y mucho menos en un estado de conservación tan impecable.
Me acerqué un poco más. Observé la carrocería. Las llantas. Y luego me permití recrearme unos segundos en el interior: butacas de cuero. Volante de madera. Acabados de aluminio. Una auténtica obra de arte sobre ruedas. ¡Una gozada!
Al tiempo que me dirigía hacia el pub no pude evitar que me asaltaran varias dudas.
Primera: ¿quién demonios sería el ricachón dueño de aquella joya?
Segunda: ¿qué hacía un coche así en un sitio como aquel?
Y tercera: ¿acaso su propietario estaba retando a todos los ladrones del barrio a ver quién era el más rápido haciendo un puente y vendiéndolo en el mercado negro?
En fin.
Ver para creer.
Lancé la colilla al suelo y la aplasté con la suela del zapato. Luego entré en el local y, en cuanto me dirigí a mi lugar favorito (exacto: la barra, premio para la dama y el camarero), todas mis preguntas encontraron respuesta al instante.
Sonreí.
Te preguntarás por qué y la respuesta es sencilla: porque sí.
Porque quizá me lo merecía. Bastante intenso y jodido había sido el día como para no permitirme una sonrisa de verdad.
A veces el karma no te pega una patada en la espinilla; de vez en cuando, en contadas ocasiones, también sabe darte una sorpresa agradable.
Ocupé mi sitio en la barra, el taburete al que solo le faltaba llevar grabado mi nombre y apellido.
—Sydney, la ciudad más poblada de Oceanía…
Giré la cabeza y me encontré con su mirada gris.
—Excelente memoria.
La mirada que compartimos lo dijo todo. Sorpresa por un lado. Curiosidad por ella. Esa sensación de querer saber más del otro, de seguir tirando del hilo.
—Te dejaste esto la noche de…
Me mostró un encendedor Zippo de plata con mis iniciales grabadas. Luego guardó silencio, como si no supiera cómo terminar la frase. Nunca supe si fue por pudor, al recordar el salvaje sexo que compartimos en su casa, o por algún otro motivo que se me escapaba.
—Vaya… debió caérseme cuando…
«Cuando te estaba metiendo la polla entre las piernas», pensé para mis adentros.
Por supuesto, no me pasó desapercibido el leve rubor que apareció en sus mejillas. El justo para entender que ambos estábamos recordando exactamente lo mismo… cada uno desde su perspectiva.
Tosí. Carraspeé. Torcí el gesto.
Ya lo he dicho antes: soy pésimo interpretando papeles. Mentir se me da fatal. Fingir me incomoda, como si me estuviera convirtiendo en una copia defectuosa de mí mismo.
—¿Qué tomas?
Cambié de tema rápidamente. No quería que siguiera sintiéndose incómoda a mi lado. La última vez le arranqué tres sonrisas. Esta noche pensaba superar esa marca.
—Un Cosmopolitan.
—¿Un qué? —señalé su copa—. ¿Eso te lo ha preparado Martin?
—Mmmm… sí.
—¿Y está bueno?
Observé la copa con cierto recelo.
—No está mal.
—¿Qué demonios lleva eso?
—Un poco de vodka, zumo de arándanos, triple seco y jugo de limón.
Martin apareció a nuestro lado justo entonces, dejando una jarra de cerveza bien fría sobre la barra.
—Para ti lo de siempre, ¿eh, Tyler?
—Sí, me conoces bien. Soy un hombre de costumbres muy arraigadas.
Reí por lo bajo, cogí la jarra por el asa y, antes de llevármela a la boca, miré a Sydney. Ella me regaló la primera sonrisa de la noche.
Aquella vez vestía una blusa blanca de seda con un lazo anudado al cuello, elegante y semitransparente, que dejaba entrever el delicado encaje del sujetador.
Llevaba unos pantalones negros de vestir, rectos y de talle alto, combinados con unos zapatos de tacón de aguja con suela roja que parecían caros.
Muy caros. Además, no llevaba el habitual moño bajo ni ningún otro recogido.
Su melena rojiza caía suelta sobre los hombros, descendiendo en suaves ondas hasta la mitad de la espalda.
Preciosa.
Sydney era una mujer espectacular. El sueño de cualquier hombre.
—¿Qué te ha pasado en la mano?
Fruncí el ceño y miré el pañuelo manchado de pequeñas gotas de sangre que envolvía mis nudillos.
Y entonces los recuerdos volvieron de golpe: Curly.
Luces. Alcohol. Eros. Música. Besos. Insultos.
El puñetazo. La sangre. La lluvia. Nuestros cuerpos empapados.
Su respiración. Su boca. Mis dedos acariciando su cara.
Los latidos de mi corazón. Su mirada hambrienta.
Las ganas de besarla. La debilidad. El deseo.
La frustración. La ira. La huida… La cobardía.
—Nada… un pequeño incidente doméstico.
—Vaya, qué mala suerte. ¿Me dejas verlo?
—Claro.
Le acerqué la mano. Ella empezó a desenvolver el pañuelo con cuidado, como si estuviera manipulando algo frágil.
—No tiene buena pinta.
—No es nada, Sydney, en serio… —solté una risa nerviosa. De los dos puñetazos, el segundo había sido el que me había destrozado los nudillos—. Es reciente, por eso se ve tan feo.
—Puede ser, pero… —susurró mientras examinaba la herida.
Yo ya no miraba mi mano. Miraba su rostro y la forma en que arrugaba ligeramente la nariz mientras se concentraba. Un gesto que, por alguna razón, me recordó a la pelirroja.
—Creo que está empezando a infectarse —continuó—. Deberías ir a que lo viera un médico. Que lo valorara.
—Ah, no. De eso nada… ni hablar.
Soné tajante. Incluso un poco borde y en el fondo me sentí mal cuando levantó la mirada y me observó con esa expresión de cordero degollado.
A veces era un poco tosco en mis relaciones con el género contrario; deformación profesional o quizá porque me costaba la vida abrirme en canal y mostrar mis vísceras a los demás.
Recuperé el pañuelo y volví a envolver la lesión, aunque ya no sangraba. Eso sí, escocía a rabiar sobre la piel rota.
No pude evitar sonreír con una mueca al recordar cuando no era más que un chiquillo y mi madre solía rociarme las rodillas peladas con clorhexidina para desinfectármelas cada vez que me estrellaba con el monopatín.
Semana sí, semana también. Por aquel entonces era bastante patoso, como si hubiera heredado dos pies izquierdos en lugar de uno de cada.
Entonces ella soplaba sobre la herida y decía aquello de: «Si pica, cura». Y, por todos mis muertos, que era verdad. Curar, curaba. Pero también picaba como un jodido enjambre de abejas malhumoradas después de saquearles la miel.
Por un momento deseé compartir ese recuerdo con Sydney, regalarle algo de mí.
Pero a última hora me eché atrás. Preferí guardarlo en mi cajón de memorias.
Quizá porque apenas la conocía, a pesar de haber intimado físicamente.
Todavía no había cruzado esa línea imaginaria que separa a la gente corriente de las personas especiales.
Ese escondrijo de mi confianza por el que muy pocos habían deambulado a lo largo de los años.
—Si no vas a dejar que te examine un médico, al menos permite que te lo cure en condiciones —propuso en tono meloso.
Sonreí.
Sydney era tan dulce y entregada que daban ganas de quererla sin pensarlo demasiado.
Entre otras cosas porque esas cualidades estaban en peligro de extinción en el ser humano.
Yo las admiraba. Eran de esas que marcan la diferencia.
Tanto que por un momento llegué a preguntarme en qué jodido rincón del pub habían escondido las cámaras.
—Ir de duro por la vida no beneficia a nadie. Y menos a ti —añadió con educación.
Vaya, vaya, vaya... La segunda sonrisa apareció en su cara en menos de cinco minutos.
La observé con el ceño ligeramente fruncido, porque parecía sentirse demasiado cómoda a mi lado… y no entendía muy bien por qué.
—¿Y qué propones? —pregunté haciéndome el tonto, aunque imaginaba la respuesta.
—Lo primero: curar bien esa herida para que no te queden cicatrices.
—¿Y lo segundo?
—Que me invites a cenar.
La tercera sonrisa brotó tan espontánea de sus labios que no tuve más remedio que rendirme. Negarme habría sido descortés. Y además sonaba como un plan de puta madre.
A los pocos minutos Sydney y yo estábamos en la trastienda del pub.
El bueno de Martin acostumbraba a tener soluciones caseras para todo, y aquella vez no fue diferente.
Ella cogió un botiquín de primeros auxilios que colgaba de la pared, justo al lado de un póster de Jennifer Beals interpretando a la soldadora de Pittsburgh en Flashdance , recreando aquella icónica escena en la que el agua cae sobre su cuerpo al final de la coreografía.
Me senté en una silla por orden expresa de Sydney.
Tras lavarse las manos, retiró el pañuelo que cubría mis nudillos, empapó una gasa en solución salina y empezó a limpiar la herida con suaves toques.
Eliminó la sangre seca y después las pequeñas impurezas.
Estaba tan concentrada en hacerlo bien, con tanto cuidado de no hacerme daño, que me nació gastarle una pequeña broma.
—Auuu… joder… —fingí un dolor dramático, contrayendo la cara—. ¿Pero qué cojones ha sido eso? ¡Me has matado!
—¡Oh! Perdóname —tembló horrorizada—. ¿Te duele mucho?
Mientras decidía si seguir con la farsa o confesar, prolongué un poco más la escena. A veces es necesario desmelenarse un poco, aflojarse el cinturón, caminar descalzo para recordar que seguimos vivos.
—Creo… creo que se me están saliendo las tripas por ahí…
Abrió los ojos de par en par.
—Sí, por ahí… —señalé mis nudillos pelados.
—¿Qué?
Lo sé. Se me fue la pinza. No pude aguantar la risa al ver su cara de mosqueo cuando se dio cuenta de que estaba de guasa.
—Tyler, no tiene ni pizca de gracia.
Negó con la cabeza y su expresión se volvió menos amable.
—Venga, no te enfades… ha sido una broma tonta.
—Muy tonta.
Separé un poco las piernas y le atrapé la mano.
—Sí. Mucho.
Tiré suavemente de ella y coloqué su cuerpo entre mis piernas.
—Has sido bastante cruel —murmuró.
—¿Cuánto en una escala del uno al diez?
Deslicé la yema de mis dedos por su espalda, recorriendo lentamente su columna vertebral. Al llegar a su cintura la obligué a sentarse en uno de mis muslos.
—Nueve…
—Eso es mucho.
Aparté su pelo hacia un lado y empecé a acariciar su nuca, clavando ligeramente los dedos en el nacimiento del cabello.
—Pero no llega a diez —chasqueé la lengua—. Qué pena… Si hubiese sido diez estaría obligado a compensarte como es debido. Pero siendo nueve… solo podré hacerlo a medias.
Me sonrió.
Si mis cálculos no fallaban, aquella era la cuarta vez que le robaba una sonrisa. Una más que la otra noche cuando acabamos follando como animales sobre la mesa de su apartamento.
Nos quedamos mirándonos unos segundos antes de acercar su boca a la mía. Saboreé sus labios con calma. Despacio. Calentando motores. Abriendo el apetito poco a poco. Con cuidado de no tropezar otra vez con la misma piedra. La de besarla a ella… mientras pensaba en otra pelirroja.