New York (Skyline 2) Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

Al negar con la cabeza, los enormes pendientes de aro que llevaba (tamaño XXL) comenzaron a balancearse con vida propia. Aquella noche Úrsula llevaba un minivestido ajustado de hilo metalizado y tirantes finísimos que marcaba cada curva de su cuerpo.

La miré con más detenimiento.

—Te veo más delgada —entrecerré los ojos, sospechando—. ¿Has perdido peso?

—Tres kilitos. Nada escandaloso.

Le restó importancia con demasiada rapidez.

Pero una de dos: o la báscula de su casa estaba estropeada y merecía acabar en la basura, o me estaba dando gato por liebre.

La observé de nuevo y confirmé mi impresión: estaba bastante más delgada. Demasiado, incluso. A través del tejido del vestido se le marcaban las costillas con claridad.

—No te pases con la dieta, ¿vale?

—Sí, mamá… —respondió con retintín, poniendo los ojos en blanco.

Para cambiar de tema, sacó de repente una pastilla de la palma de la mano. En realidad, eran dos: las famosas pastillas blancas con la carita smile grabada.

—Toma —dijo—. Trágatela ya para que te vaya haciendo efecto cuanto antes.

Cogí una y me la puse en la lengua. Ella hizo lo mismo.

—No te vayas, Curly. Quédate aquí —añadió—. Voy al lavabo, que me estoy meando viva. Y a la vuelta pillaré algo de beber para las dos.

— Okey.

En cuanto desapareció entre la multitud, saqué discretamente la pastilla de la boca y la escondí dentro del sujetador, entre el relleno y mis tetas.

Aquella noche no me apetecía drogarme teniendo a Tyler a pocos metros de distancia. No quería darle motivos para echarme la bronca… otra vez. Esos sermones suyos a los que ya estaba demasiado acostumbrada.

Cerré los ojos y empecé a moverme al ritmo de Be My Lover , de La Bouche. Mis caderas siguieron el compás de la música mientras alzaba los brazos sobre la cabeza justo cuando la canción alcanzaba su punto álgido, ese momento en el que todo explota en una mezcla de ritmo, luces y sensaciones.

Amaba bailar. Sentir cómo las notas de música acariciaban todo mi cuerpo como si fueran las manos de un amante fiel. Bailar me hacía sentir desinhibida, ligera, lejos de mí misma.

De pronto alguien pegó su cuerpo con descaro a mi espalda y me susurró al oído con una voz gutural y peligrosamente seductora.

—Vaya, vaya, vaya…

Noté cómo el bulto de su entrepierna crecía contra la parte baja de mi espalda.

—Definitivamente, el mundo es un pañuelo… y yo un puto afortunado. Hoy es mi día de suerte.

Reconocí aquella voz al instante, aunque la última vez que la había oído estuviera colocada hasta las cejas.

Me giré.

—Eros…

—Vivito y coleando.

—Qué casualidad.

—Me lo has quitado de la boca. Qué puta casualidad.

—¿Qué… qué haces aquí?

—¿Me lo preguntas o me lo afirmas?

Me quedé callada. Al girarme, sin pretenderlo, le estaba dando la espalda a Tyler, aunque sabía perfectamente que lo estaba viendo todo. Y no hacía falta ser muy listo para imaginar que, en ese preciso instante, estaría maldiciendo a los dioses del Olimpo y vomitando sapos y culebras.

Detestaba a Eros.

—Nena, ¿no piensas darme un beso de bienvenida?

—Ehm… es que, la verdad, no te esperaba. Quiero decir que…

—Bueno, yo tampoco esperaba volver a verte después de lo que pasó la otra noche en aquel ático —soltó una risa desagradable—. Pero tranquila, princesa. No soy rencoroso… y eso tiene fácil arreglo.

Y, sin esperar respuesta, me atrapó por la cintura con sus enormes manos. Me atrajo hacia su cuerpo, pegando su erección contra mi vientre con una insolencia que pretendía dejar muy claro lo excitado que estaba. Y lo que pensaba hacer al respecto.

No tardó en besarme. Ni siquiera esperó mi consentimiento.

Invadió mi boca con su lengua caliente y torpe, demasiado insistente, demasiado húmeda.

Nada que ver con el recuerdo que yo tenía…

aunque claro, la última vez que nos habíamos besado yo estaba colocada hasta las trancas, casi en pleno subidón, así que todo me había parecido mucho más intenso de lo que realmente era.

Abrí los ojos, me separé de sus labios y le planté la palma de la mano en el pecho.

—¿Qué coño te pasa?

—Nada, perdona, es solo que…

Con el dorso de la mano intenté limpiarme los restos de saliva que me había dejado en los labios. Pero en cuanto me despisté un segundo volvió a abalanzarse sobre mí. Esta vez me sujetó la cabeza con ambas manos y volvió a besarme con fuerza, obligándome a corresponder.

Cuando por fin se separó, se relamió los labios con evidente satisfacción. Yo, en cambio, no sentía nada. Absolutamente nada.

—No vuelvas a hacer eso.

—¿El qué? ¿Besarte? —sonrió con descaro—. Bueno, para follar tampoco hace falta besarse. Yo estoy abierto a todo, ¿sabes?

—No me has entendido.

—Pues explícate mejor, cielo.

—Hoy no vas a follarme.

Entrecerró los ojos.

—¿Y eso por qué?

Luego sonrió con falsedad.

—¿Tienes la regla?

—Joder… ¿en serio has dicho eso?

Me llevé una mano a la frente, incrédula. En pleno final del siglo XX, todavía había tipos que se creían machos alfa y no eran más que unos miserables machistas.

—Pues claro que lo he dicho, nena. Y no me retracto. Además, ya te tengo calada.

—Ilumíname.

Me crucé de brazos.

—El otro día sí que querías follarme. Hoy no. Blanco y en botella: eres una calientapollas.

—No tienes ni puta idea, Eros.

—Yo diría que sí.

Me agarró la mano y la llevó hasta su bragueta, obligándome a sentir lo dura que estaba su erección.

—Una zorra. Eso es lo que eres. Pero si piensas que estoy equivocado… demuéstramelo. Acaba lo que empezaste.

—Aparta tus sucias manos de ella.

La voz de Tyler cayó como un trueno.

Eros soltó una risa tensa.

—Ya estamos todos… —se burló Eros con los dientes apretados— Lárgate, colega. Aquí no se te ha perdido nada.

—No te lo volveré a repetir.

—Tío, esfúmate. ¿Eres sordo?

Yo llevaba unos segundos completamente bloqueada, consciente de que aquello iba a acabar mal. Muy mal. Porque Tyler Lewis le tenía muchas ganas desde la otra fiesta.

—Esta puta es mía.

Ni siquiera sé cómo ocurrió. Todo pasó en una fracción de segundo.

El puño de Tyler estrellándose contra el mentón de Eros.

El crujido seco. La sangre brotando de su nariz.

El grito. Y de pronto la mano de Tyler agarrando la mía con fuerza y tirando de mí entre la multitud, por el pasillo, escaleras abajo, hasta la calle.

La lluvia me empapó el rostro al instante, el pelo, la ropa.

Nos metimos en un callejón oscuro, sombrío, lejos de miradas curiosas.

Tyler me soltó y mi espalda se apoyó contra una pared de ladrillo pintarrajeada en su mayor parte de un mural hecho a grafiti.

Luego empezó a caminar de un lado a otro como un animal enjaulado, soltando gruñidos mientras descargaba patadas al aire.

—Joder… ¡joder!

Su rabia era casi palpable, tenía un cabreo monumental. Yo lo observaba en silencio, tratando de entender qué demonios acababa de pasar. Tyler Lewis acababa de romperle la cara a Eros por defender mi dignidad y yo seguía en shock .

—Tyler… escúchame…

Intenté acercarme, pero al oír su nombre se giró de golpe y vino hacia mí como un vendaval. Apoyó las dos manos en la pared, a ambos lados de mi cabeza, atrapándome entre su cuerpo y el ladrillo húmedo, inclinándose ligeramente hacia mí, obligándome a permanecer frente a él y mirarle.

Nos miramos sin parpadear, aguantándonos la mirada, casi sin respirar, reteniendo el aire en nuestros pulmones.

Estaba empapado. El agua de la lluvia seguía deslizándose por su pelo negro, pegándole varios mechones a la frente. Desde allí goteaba lentamente hasta su mandíbula. Sus ojos verdes, normalmente tan claros, ahora parecían oscurecidos por algo mucho más peligroso que la rabia.

Su mirada descendió lentamente desde mis ojos hasta mi boca entreabierta y temblorosa, casi hiperventilando. Él empezó a respirar más trabajosamente, tanto que pensé que iba a darle una apoplejía o algo peor.

Cuando inclinó la cabeza, creí oír un gemido grave escapando entre sus dientes. Pero se detuvo a medio camino. Como si estuviera librando una batalla interna. Entonces su respiración se volvió más pesada. Su pecho subía y bajaba tan cerca del mío que casi me rozaba.

Olía a tabaco, a alcohol y a su piel. Una mezcla peligrosa. Narcótica. Tentadora.

De pronto levantó una mano y empezó a recorrer mi rostro con los dedos. Despacio. Desde la mejilla hasta la mandíbula. De la barbilla hasta mis labios. Los rozó con la yema del dedo. Lento. Primero la comisura. Luego el labio superior. Después el inferior.

El gesto era tan íntimo, tan cargado de algo que ninguno de los dos estaba dispuesto a nombrar, que sentí un escalofrío recorrerme la espalda. Íntimo, sensual… tortuoso, ¡casi hipnótico!

Cuando volvió a mirarme, su expresión había cambiado.

Ya no era de rabia, era de deseo. El mismo que sentía yo.

Sabíamos exactamente lo que iba a pasar.

O lo que queríamos que pasara. Se inclinó hacia mí muy lentamente.

Su boca se acercó a la mía, estaba a milímetros de la mía.

Estaba tan cerca que ya podía sentir el calor de sus labios.

Lo deseaba, con todas mis fuerzas sentir sus labios contra los míos…

Un segundo más. Solo uno. Y me habría besado, pero se detuvo.

Maldijo en voz baja, se apartó bruscamente y descargó el puño contra la pared con tanta fuerza que se despellejó los nudillos.

—¡Tyler!

Pero él ya se alejaba bajo la lluvia, maldiciendo. Entró en el BMW, dio un portazo que casi me reventó el tímpano y arrancó. No sabía qué había pasado por su cabeza para detenerse en el último segundo. Pero algo lo había hecho retroceder.

Subí al coche y me senté detrás, como siempre. El chófer y la hija del jefe. La rutina de siempre.

Me quité los zapatos y me abracé las rodillas. Estaba helada.

Tyler encendió la calefacción. El aire caliente empezó a llenar el coche, pero el silencio que se instaló entre nosotros era aún más denso que el frío.

Miré varias veces el retrovisor, esperando encontrar su mirada.

Pero nada. Ni una palabra. Ni un gesto. Solo un silencio incómodo que nos acompañó durante todo el camino de vuelta.