New York (Skyline 2) Capítulo 11
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Capítulo 11

CURLY EVANS

La velocidad de la caída

Tyler condujo el resto del trayecto en silencio, ese silencio espeso que pesa más que una bronca. Fumó un par de cigarrillos con el codo apoyado en la ventanilla entreabierta mientras el humo escapaba hacia la noche en pequeñas volutas grises que se deshacían en el aire húmedo.

Ni una sola vez volvió a mirarme por el retrovisor.

Ni siquiera por descuido. Se mantuvo serio, distante, hermético, como el chófer perfecto que transporta a alguien importante y no a la hija del jefe.

Y aquello me inquietó más que si me hubiera soltado uno de sus sermones, porque Tyler Lewis podía ser muchas cosas, pero indiferente no.

Fruncí el ceño. «¿Será bipolar?», pensé. Porque no es normal pasar de ser el tipo más atento del planeta a convertirse en una estatua con carnet de conducir en cuestión de minutos.

Suspiré y aparté la mirada. La noche empezaba a caer y pequeñas gotas de lluvia serpenteaban por el cristal de la ventanilla.

Exhalé vaho sobre el vidrio empañado, como cuando eres niña y el viaje se hace eterno, y sin pensar demasiado dibujé con el dedo unas alas.

Unas alas de ángel, como el tatuaje de él.

Más tarde supe que ese símbolo representaba libertad, vuelo, protección.

Un guardián invisible que vela por ti. Algo de guardián que aparece cuando nadie lo llama y se mete donde no le corresponde solo para evitar que el mundo se vaya al carajo.

Y lo curioso es que, cuando lo descubrí, pensé en Tyler y se me erizó la piel.

Porque yo tenía algo de eso: estaba sedienta de libertad.

Y déjame decirte que eso le pegaba mucho a Tyler Lewis, quien me recordaba a Guardian, ese personaje de Marvel de los años setenta, con su traje exoesqueleto ceñido y queriendo imponer su bien hacer allá por donde va…

A eso de las nueve en punto Tyler detuvo el BMW en una bocacalle de Moeller St. Ni siquiera hacía falta bajar del coche para saber que allí había fiesta.

La música se escapaba por los balcones como si el edificio respirara a base de bajos y sintetizadores.

Gypsy Woman de Crystal Waters vibraba en el aire húmedo.

Tyler empezó a examinar la calle con la mirada, meticuloso, como un sabueso que busca rastros. Solo le faltaba agacharse a olisquear el asfalto. Finalmente se volvió hacia mí con gesto inquisitivo.

—Déjame adivinar —barruntó—. No has quedado con Úrsula para estudiar.

Su mirada era hielo puro.

—¡Eureka!

Fue lo único que respondí. Porque sí, me había pillado. Otra vez. Y acto seguido, hice el gesto de abrir la puerta.

—Ni se te ocurra poner un pie en esa fiesta —gruñó entre dientes, apretando tanto los labios que casi desaparecieron.

Lo miré con fastidio.

—Ni se te ocurra decirme lo que puedo o no puedo hacer.

Respondí como la cría respondona que era, porque Tyler no era mi padre, ni mi tutor, ni mi dueño. Así que acabé de abrí la puerta, salí del coche y la cerré de un portazo antes de que pudiera añadir una sola palabra más.

La fiesta estaba en la cuarta planta y era un auténtico caos.

Rhythm is a Dancer de Snap retumbaba en los altavoces mientras las luces estroboscópicas barrían el salón en ráfagas de colores.

Humo, risas, sudor, desmelene, alcohol barato y cuerpos moviéndose sin demasiado control.

En una de las paredes habían colgado una sábana enorme que hacía de pantalla improvisada, donde se proyectaban grabaciones en Super-8 de conciertos de Nirvana, Pearl Jam y Guns N’ Roses. ¡Los noventa en estado puro!

Úrsula me vio entre la multitud y se abrió paso hacia mí como un torpedo humano. Nos abrazamos chillando como dos fans histéricas en un concierto de Michael Jackson.

—¡Zorra! ¡Llegas tarde! —me gritó al oído, dejándome medio sorda durante varios segundos—. ¿Qué coño te ha pasado? ¿Se te ha quedado atascado el tampón en el chichi y no podías sacarlo?

Úrsula me espoleó sin miramientos tras atizarme un doloroso manotazo en el brazo. Luego esbozó una sonrisa gamberra y yo me permití el lujo de poner los ojos en blanco. Entretanto, me acerqué a su oído porque, de otro modo, era imposible que me oyera entre tanto ruido.

—¡Pero qué marrana eres! —me reí—. Confiesa… ¿cuántas copas te has bebido ya en mi ausencia?

—Ninguna, la verdad. Y eso que llevo aquí un buen rato.

Pero ya me conoces: mientras observo al ganado y decido a qué buenorro lanzarle el anzuelo, voy sobria.

Además, el alcohol me vuelve gilipollas y me nubla mi sexto sentido…

ese que tengo tipo arácnido, ¿sabes? Ese don divino que me avisa de los peligros inminentes y me impide liarme con dobles cutres de Marilyn Manson.

—Ya, ya… doy fe. Doy fe…

Me eché a reír recordando a los últimos tíos que se había tirado. ¡Y daban bastante miedito!

—Pues eso —se mordió el labio, pensativa—. Venga, ahora confiesa. ¿Qué narices te ha pasado?

—Nada importante, en realidad. Solo que ha surgido un nuevo imprevisto protagonizado por el de siempre… mi chófer, Tyler Lewis.

Úrsula alzó las cejas de inmediato.

—¿Estás hablando del macizorro que parece el doble de Brad Pitt en Thelma si se queda sujeto… ¡tararí que te vi!

No pude evitar soltar una carcajada. Úrsula tenía una capacidad prodigiosa para soltar barbaridades con la naturalidad más absoluta.

—Así que ya sabes —concluyó, encogiéndose de hombros—: para que se lo coman los gusanos… que lo disfruten los cristianos.

—Amén —respondí con una sonrisa—. Aunque tú tampoco estás nada mal, ¿eh?

Le guiñé un ojo.

Sus labios, pintados de un rojo burdeos intenso, se curvaron en una sonrisa traviesa.

—¡Bah! —hizo un gesto despreocupado con la mano.